lunes, 9 de abril de 2012

Bueno, fueron a misa. ¡Y qué!


A mí, personalmente, no me parece una noticia de portada en los periódicos que el rey y parte de su familia hayan asistido a la misa de Pascua en la catedral de Palma de Mallorca. Es como si la prensa contase, por ejemplo, que ya parece que asoma la primavera. Los actos privados de la Familia Real, como en este caso, el hecho de contar que los reyes y su familia hayan asistido a una misa en día de precepto en un Estado no confesional, es pura tautología. Es como si nos contasen cada día qué hace el rey después de almorzar, si mira el telediario, echa una cabezada en el sillón o se monta en la moto para dar una vuelta por los montes de El Pardo. Tampoco veo “normal” que, como señala la prensa, “el obispo de Mallorca, Jesús Murgui, portando la mitra y el báculo y acompañado de los miembros del cabildo catedralicio y acólitos, les ha recibido a todos ellos a las puertas de la catedral y les ha ido saludando uno a uno”. Lo “normal”, a mi entender, hubiese sido que el rey y su familia hubieran llegado a la catedral de Palma, se hubieran sentado en uno de los bancos que hay frente al altar y hubieran oído misa como ciudadanos corrientes que se sienten católicos, puesto que, como parece, llegaron conduciendo sus respectivos coches y sin ningún tipo de protocolo adicional. Que el obispo de la diócesis, báculo en mano, acompañado del cabildo, saliese a recibirles, es síntoma evidente de cómo anda el aceite de nuestro candil. Los españoles no saldremos de nuestro marasmo mientras seamos cortesanos, hagamos genuflexiones de vergonzosa plebeyez al saludar a la realeza y no acabemos de entender de una maldita vez que la soberanía reside en el pueblo.

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