martes, 5 de junio de 2012

Aquí ya no caben más tontos




Hay cosas que debieran permanecer, independientemente del trapicheo publicitario. Recuerdo cuando en los cerros próximos a nuestras carreteras quisieron hacer desaparecer el famoso toro de “Osborne”, obra de Manuel Prieto que anunciaba un brandy de Jerez desde 1958, la enorme silueta de chapa negra sobre el sediento paisaje que se convirtió en todo un símbolo nacional. Pero la Ley General de Carreteras obligó en 1988 a retirar la publicidad de cualquier lugar visible desde cualquier carretera del Estado. Y como consecuencia de aquella ley desapareció la marca publicitaria, pero siguió erecta la silueta desafiante del toro bravo. Años más tarde, otra ordenanza de 1994 (Reglamento General de Carreteras) obligó a quitar todos los toros del paisaje español. Hasta que, en 1997, el Tribunal Supremo dictó sentencia favorable al mantenimiento de esos perfiles por “interés estético”. Pero el rótulo de “Tío Pepe” en la Puerta del Sol es otra cosa. Ya en fotos hechas en Madrid durante la Guerra Civil y los intensos bombardeos, donde una ciudadanía acobardada por la presión fascista intentaba llegar a la boca del metro, se podía apreciar el simpático anuncio de la botella de “fino muy seco” con chaquetilla roja, sombrero de ala ancha y una guitarra apoyada en la cadera semejando a un tipo andaluz sin rostro conocido, autoría de Luis Pérez Solero, y que era la manera con la que la empresa “González-Byass” procuraba seducir al consumidor apoyándose en el eslogan “sol de Andalucía embotellado”. Nada más acertado. Madrid ya no es lo que era. Eso queda claro. Tanto es así, que a punto estuvo el Ayuntamiento de permitir que desapareciera el “Café Gijón”, que ha estado acogiendo sabiduría sobre sus mesas de mármol desde que en 1888 lo fundara Gumersindo Gómez con unos ahorros que había hecho con mucho esfuerzo en La Habana. Entrando, a la derecha, se colocó en 2004 una simpática placa en recuerdo de Alfonso González Pintor,  “cerillero y anarquista”. Como digo, hace pocos meses a punto estuvo de cerrar la persiana definitivamente el Café por un contencioso con su terraza, reformada en 2005, al existir unas “estúpidas” trabas relativas a la pérdida de la concesión de la terraza por parte del Ayuntamiento. ¡Hace falta ser descerebrados! Precisamente la “sagrada” terraza del Café Gijón, donde Valle-Inclán solía sentarse las horas muertas atraído por el frescor que desprendían los árboles del Paseo de Recoletos en la atardecida. En España ya no caben más tontos.

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