sábado, 8 de abril de 2017

Pompas y vanidades





Ignoraba que existiera en el zaragozano Cementerio de Torrero el Pabellón de Ilustres. Y me entero de su existencia porque se han trasladado a ese lugar los restos de Pilar Lahuerta Cajo, más conocida como La Pilara, fallecida en 1993 y que forma parte de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos. Según leo hoy en Heraldo de Aragón, el alcalde Pedro Santisteve pretende que “el Pabellón de Ilustres acoja a personajes destacados de todo tipo, y no se ciña exclusivamente a los relacionados con la vida municipal”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! En una nota de prensa se informa que el Reglamento de Protocolo del Ayuntamiento de Zaragoza recoge en los artículos 17 y 18 que podrán ser inhumados en el Panteón de Ilustres de Torrero concejales, exconcejales, exalcaldes y cualquier persona que ostente alguna distinción municipal, por acuerdo del Ayuntamiento a petición de la familia. Ello quiere decir que cualquier concejal o exconcejal fallecido podrá ocupar un nicho en el Pabellón de Ilustres si así lo desea su familia, aunque a tal antiguo edil  no lo haya conocido ni su señor padre y que  haya pasado tan desapercibido para el ciudadano como un gorrión en un páramo de Castilla. El Pabellón de Ilustres, ya que existe, debería ser ocupado por restos de aragoneses distinguidos y de renombre, verbigracia, Joaquín Costa, Mariano de Cavia, Miguel Fleta o Ramón Sainz de Varanda, primer alcalde democrático desde la Guerra Civil. Los concejales y exconcejales tienen de ilustres lo que yo tengo de músico. Sólo faltaría que encima de haber vivido del cuento un porrón de años se les proporcionase a la postre sepultura gratis. Eso es lo que se llama reinar después de morir, como Inés de Castro, pero sin haber muerto a puñaladas. El concejal que quiera entierro postinero, pompas y vanidades, ya sabe, que se haga una póliza de El Ocaso.

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