sábado, 11 de agosto de 2018

La calderilla de las perseidas


Acostumbrado a comprar en el Mercado Central, nunca entendí la razón por la que los productos dispuestos para la venta siempre estaban por debajo de una cifra redonda. Suponía que los tenderos utilizaban ese aparente truco para que diese la sensación de que estaban más baratos. Por ejemplo,  poner la etiqueta de los mejillones a la vista del cliente en 2’99 euros/kilo en vez de 3uros. La respuesta a mi falta de entendimiento la encontré de forma casual en el envés de una hoja de calendario. Descubrí que esa pauta comercial no se hacía para impresionar al consumidor sino que tenía que ver con el movimiento de la caja registradora. Poniendo los precios con céntimos, los propietarios del negocio se aseguraban de que sus dependientes registraran todas las ventas, al tener que dar el cambio. Pues mira, no había dado en el quid de la cuestión. Como dice Julio Llamazares, “hay que parase, escuchar y mirar” para ir aprendiendo. Él, Llamazares, se refería en su artículo en El País a que “cuando era niño y adolescente, una de sus diversiones favoritas era acercarse a las vías del tren de León a Bilbao para verlo pasar, pero sobre todo para escucharlo llegar desde lejos anunciándose entre la arboleda igual que después se perdería en un horizonte que era el del verano mismo”. A mí me sucede en el mercado. Tomo número, me paro frente al dependiente, escucho lo que se habla a ambos lados del mostrador y miro a los clientes que, como yo, esperan pacientes su turno para ser atendidos. Por una ranura de la balanza sale una tira de papel con un código de barras, el peso del producto adquirido y el importe que debo abonar. Las pautas comerciales han cambiado sin que nos hayamos dado cuenta y a la velocidad que transitan por el bruno firmamento las perseidas, esa calderilla que antes nos devolvía la caja registradora.

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