Hoy, cuando la Iglesia Católica celebra la festividad de san Blas (sobre el que se cuenta que salvó la vida de un niño que se ahogaba al clavársele en la garganta una espina de besugo del tamaño del sable de Narváez) Jorge Fernández Díaz sermonea a los lectores de La Razón con la fuerza con la que adoctrinaba el padre Peyton. A propósito de la “regulación masiva de irregulares para barrer España de fascistas y fachas”, el que fue ministro del Interior con Rajoy sostiene que el interés de Pedro Sánchez no es otro que el colectivo sobrevenido acabe votando a “progresistas benefactores”. Hombre, parece evidente que tal colectivo, en el supuesto de que algún día pueda ejercer su derecho a voto en municipales, autonómicas y generales, no estará por la labor de beneficiar a aquellos que les pusieron palos en la rueda a la hora de intentar vivir en paz y armonía cuando tuvieron que huir de su desgracia sin ahogarse en el intento. Todavía recuerdo aquellos programas de tarde en la Cope cuando Cristina López Schlichting elogiaba la puerta abierta de Aznar a los sudamericanos que llegaban a miles para trabajar en el ladrillo. Decía aquella locutora que “los españoles también tuvimos que hacer la maleta para marchar a Europa a ganar el coscurro y fuimos bien acogidos”. Omitía decir que aquellos españoles eran necesarios para realizar los trabajos que los otros europeos no querían hacer, que muchos tuvieron que malvivir en barracones y que procuraban ser ahorrativos por poder mandar dinero a sus parientes españoles, que también necesitaban ese refuerzo como el maná. Fernández teme el “efecto llamada que transmite a las mafias criminales, que hacen su negocio traficando con las necesidades de una población, en especial a la procedente del West Sahel africano”. Esa regularización, que será para aquellos que no tengan antecedentes penales tampoco le convence a Fernández. Dice que, según ha señalado la Policía, supongo que se referirá a la Policía del espionaje durante su mandato, “no son lo mismo antecedentes penales que antecedentes policiales”. Y habla de cifras. Según él, los extranjeros representan el 14% de la población residente, pero de éstos, el 33% de la población reclusa, y se estima (no señala la fuente de sus estimaciones) que cometen el 40% de las violaciones y más del 50% de los asesinatos de mujeres, homicidios y robos. Y hace referencia dos prelados, Sanz, de Oviedo, y Munilla, de Alicante, “que se han pronunciado con sensatez y prudencia cristiana al respecto”, que traducido al román paladino esa “prudencia cristiana” significa que son hipócritas que destilan xenofobia por todos los poros de sus respectivos pellejos. Esos inmigrantes, tan necesarios, suponen un interés económico al añadir riqueza en España, donde existe una población envejecida y baja tasa de natalidad. Jorge Fernández Díaz, que además de numerario del Opus parece que fuese el nuncio del Vaticano en España y sus posesiones de Ultramar, o sea, el islote de Perejil, entiende que los males patrios se deben a “iniciativas tan progresistas como anticristianas como son la promoción del aborto y a la falta ideología de género”. Nada que objetar: Roma locuta est, causa finita.