La para mí excesiva condena dictada contra Ábalos y Koldo, y la rara maniobra para que Aldama no entre en la cárcel pese a tener pendientes cuatro años de condena por el hecho de ser soplón y 'garganta profunda', me recuerda la no sé si fábula que acabo de leer en El Progreso de Xosé A. Perozo, “El cuento de pan y pimiento”, que le va de perlas al caso que nos ocupa. Perozo, extremeño aunque afincado en Galicia desde los años 70, es un periodista que escribe en castellano y en gallego, y entre otros trabajos fue el de adjunto al director de Faro de Vigo, donde creó los suplementos dominicales ‘Don Domingo’. Y Perozo recuerda en su artículo de hoy que “allá por 1485 en mi ciudad de nacimiento [Llerena] ya estaba instaurado el Santo Oficio de la Inquisición. Se dice que en aquellos primeros años su tribunal actuaba con una dedicación feroz y eficaz contra los presuntos delitos de fe y la dignidad de las personas”. A continuación, Perozo describe un caso para ayudar a la reflexión del lector. Dice: “En aquel tiempo tres súbditos con más picardía que talento, para remediar sus situaciones económicas, algo de hambre y mucho de ambición, se confabularon para robar tres cerdos de una piara que engordaba sus días al pie de la sierra de San Miguel. Era primavera y aprovechando las sombras del lubricán [crepúsculo] cumplieron tal propósito con la certeza de que, al ser comedores de carne de puerco, jamás serían acusados ni de mahometanos ni de judaizar. Y por su notoriedad cristiana, tampoco de ladrones. Sin embargo en los días siguientes la noticia del robo corrió por las calles como un perro rabioso dado que el propietario de los animales era el inquisidor mayor. Ni que decir tiene que alguaciles, alcalde, notario del secreto y otros familiares del Santo Oficio se lanzaron con presteza a dar con los culpables. El primero en caer fue un tal Fiktur al-Daama de quien existían sospechas de ser falso cambista y de traficar con carbón vegetal y otros combustibles. No le requisaron el cerdo y una vez ante el escribano general y los calificadores, no tardó un soplo en denunciar a sus cómplices gracias a la promesa del notario de secuestros de no recibir martirio y ser tratado con benevolencia. Los otros dos artesanos, Hutafat y Ku Gharsa, cuyos cerdos habían desaparecido, fueron detenidos, torturados, despojados de todos sus bienes, condenados a la hoguera y sus hijos a pagar lo robado, sin que los cuerpos del delito fueran encontrados jamás. Para escándalo del pueblo, Fiktur fue absuelto sin obligación de devolver el cerdo ni pagar multa. Tiempo después se conoció que este delator mantenía negocios ocultos con el inquisidor mayor y en sucesivas fechorías, protegido por los famosos edictos de gracia de 1480, dictados en beneficio de los delatores, y siguiendo la premisa de que "el Santo oficio nunca se equivoca", amasó una histórica fortuna de la que aún se guarda recuerdo en el lugar”. El Tribunal Supremo es hoy en día el ‘Alto Tribunal’ ¿que nunca se equivoca? No me hagan reír, que se me despeina el bigote.