Ahora resulta que la U.E. quiere cargase la festividad de la Epifanía, tan celebrada en España, y que los chavales vuelvan a las aulas el 4 de enero. De ser así, se acabarán definitivamente las cabalgatas de Reyes, la entrega de regalos a los niños y el típico roscón con el que se pone fin a las navidades. Se perderá una vieja tradición española, la llegada de los Magos de Oriente al portal del belén casero, con el oro, el incienso y la mirra traducidos en juguetes (para los que han sido traviesos, carbón) y se pondrá fin a los sueños infantiles a la hora de escribir las cartas y de colocar los zapatos cerca de la ventana con alguna cotufa para los camellos conducidos por los pajes cansados de su largo peregrinar. En nuestro país, como señalan las estadísticas, cada año se producen menos nacimientos y ya existen muchas aldeas donde no corretean los niños y donde, en consecuencia, también han desaparecido las escuelas públicas. España es un país envejecido, como digo. La pirámide demográfica se ha invertido: la mitad de la población pasa de los 45 años y más del 20% son mayores de 65 años. Pero sucede que este país no está preparado para ser un cementerio de elefantes. Las residencias son carísimas, el trato en ellas suele ser deficiente y preocupa el alto índice de ancianos que viven en la más penosa e ingrata soledad. Vivimos en una sociedad deshumanizada donde muchos hijos solo se acuerdan de sus progenitores para ir al notario. La solución a la falta de mano de obra y de nacimientos que tomen el testigo en las empresas solo podrá solucionarse, si acaso, con la llegada de migrantes, algo que detesta una crecida ultraderecha que está escalando posiciones en la esfera política europea por razones que no acierto a comprender. Si alguien lo entiende, que me lo explique.