miércoles, 7 de enero de 2026

Las otras amenazas

 

No es lo normal, pero debo darle la razón a Bieito Rubido, director de El Debate, cuando la tiene. Hoy entiendo que la tiene y se la doy. En su artículo “La amenaza del panettone” hace referencia a “la batalla que se está dando en España entre el roscón de Reyes y el panettone italiano”. Yo, que no como ni lo uno ni lo otro, acostumbro a desayunar un café con leche acompañado de una magdalena. Solo una. Aunque señalan los nutricionistas que el desayuno debe ser la comida más nutriente del día, tengo por costumbre hacerlo frugal y de forma rápida. También la cena si deseo dormir como mandan los cánones, o sea, sin pesadillas, sin flatos y de un tirón. Lo importante es la comida del mediodía. Rubido señala como  “invasión de fauna autóctona” todo aquello que de un tiempo a esta parte nos invade imponiéndose sobre nuestras propias costumbres, como es la visita a los cementerios en las festividades de Todos los Santos y el Día de los fieles difuntos los días 1 y 2 de noviembre. Y pone como ejemplo el Halloween; que, como señala el cura de su pueblo, Cedeira, Antonio Rua, al que tiene por buen teólogo y experto en historia del arte, “es negro y trae la oscuridad, mientras que Dios es luz, es blancura, luminosidad.  Él tiene razón, pero lo cierto es que la iglesia está vacía esos días y las calles se llenan de niños, y no tan niños, disfrazados de horribles personajes”. Yo añadiría que de igual manera se está perdiendo la costumbre de llevar a los escenarios teatrales “Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla, quien se dio a conocer en el entierro de Larra una fría tarde de febrero de 1837 en el cementerio de la puerta de Fuencarral, donde las manos sus amigos le habían preparado un nicho. Todo ello lo dejó bien patente don Natalio Rivas en la ‘primera parte’ de su “Anecdotario Histórico Contemporáneo” (Editora Nacional. Madrid , 1944, pp. 201-206). No conozco a Antonio Rua, al que Rubido tiene por gran teólogo. Tampoco sé si levantando una carcajada se apagan los gemidos. No sé, no sé…

 

viernes, 2 de enero de 2026

Un país de viejos

 

 

Ahora resulta que la U.E. quiere cargase la festividad de la Epifanía, tan celebrada en España, y que los chavales vuelvan a las aulas el 4 de enero. De ser así, se acabarán definitivamente las cabalgatas de Reyes, la entrega de regalos a los niños y el típico roscón con el que se pone fin a las navidades. Se perderá una vieja tradición española, la llegada de los Magos de Oriente al portal del belén casero, con el oro, el incienso y la mirra traducidos en juguetes (para los que han sido traviesos, carbón) y se pondrá fin a los sueños infantiles a la hora de escribir las cartas y de colocar los zapatos cerca de la ventana con alguna cotufa para los camellos conducidos por los pajes cansados de su largo peregrinar. En nuestro país, como señalan las estadísticas, cada año se producen menos nacimientos y ya existen muchas aldeas donde no corretean los niños y donde, en consecuencia, también han desaparecido las escuelas públicas. España es un  país envejecido, como digo. La pirámide demográfica se ha invertido: la mitad de la población pasa de los 45 años y más del 20% son mayores de 65 años. Pero sucede que  este país no está preparado para ser un cementerio de elefantes. Las residencias son carísimas, el trato  en ellas suele ser deficiente y preocupa el alto índice de ancianos que viven en la más penosa e ingrata soledad. Vivimos en una sociedad deshumanizada donde muchos hijos solo se acuerdan de sus progenitores para ir al notario. La solución a la falta de mano de obra y de nacimientos que tomen el testigo en las empresas solo podrá solucionarse, si acaso, con la llegada de migrantes, algo que detesta una crecida ultraderecha que está escalando posiciones en la esfera política europea por razones que no acierto a comprender. Si alguien lo entiende, que me lo explique.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Entre muertos y bohemios

 

 

De entre los casos de la vida insólita que conozco me quedo con algo leído en Diario de León: “Citan en el Hospital de León a un muerto, se disculpan y vuelven a citarlo otra vez al día siguiente. El finado había fallecido hacía 19 años y se le reclamó para pasar una consulta de Urología”. ¡Chupa del frasco! Es como si mañana llamaran a filas para hacer el Servicio Militar  a don Adolfito Carballo García, perteneciente a familia de excelente reputación y que murió en un asilo de ancianos, no recuerdo en qué población de Galicia en 1904, según  relató don Félix Estrada Catoyra, cronista oficial de La Coruña. Y ya que hago referencia a don Adolfito, diré que era hijo de un médico y comenzó a estudiar Farmacia en Santiago de Compostela. Quedó huérfano de padre y madre y las malas artes de su tutor le privaron de la herencia. Se incorporó al ejército como músico del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos en la guerra de Marruecos y una vez  licenciado se enteró de la muerte de su novia. Entonces empezó a recorrer  Galicia, Asturias y Cantabria cantando y tocando el violín.  En Santander, delante de un hotel, tocó una mazurca y Pablo Sarasate allí alojado salió a la ventana y lanzó una moneda de cinco pesetas a su sombrero. El muerto en León llamado a consulta médica  con 19 años de retraso y la triste figura del bohemio don Adolfito constituyen dos muestras que ponen de manifiesto cómo anda de aceite el candil patrio. No sé. Hasta podría acontecer que mañana me llamaran para poner mi foto en una orla por confundirme con el inventor del abrelatas. Anda, niño, déjame pasar.