Creo recordar que fue en octubre de 2024 cuando se celebró un encuentro de trabajo en Zamora donde se propuso la creación de un reglamento para el nombramiento de capellanes taurinos y cátedras de Tauromaquia en las Universidades. Se trataba de que se reconociera la labor de los ungidos en lo referente a la fe y la fiesta. Se comentó entonces la necesidad de tener en consideración la labor sacerdotal en función del tipo de festejo y de poder disponer de capilla por la misma razón que existen las enfermerías. Y se proponía también la existencia de capillas en entornos cercanos a las plazas, incluso en las portátiles, considerando que el capellán debe estar presente tanto en corridas de postín como en encierros, festivales, becerradas y demás espectáculos populares. Lo primero que me viene a la cabeza es el conocido dicho de “¡fíate de la virgen y no corras!”. Entre las conclusiones de aquel encuentro se entendió como primordial que el capellán que se alzase con ese cargo de responsabilidad, no sé si vitalicio, fuese aficionado a la fiesta de los toros y mostrase interés en su labor pastoral encomendada, dejando claro que no debería en ningún caso confundirse la labor del mayoral de la torada con el pastoreo de las almas de los aficionados. En aquel primer encuentro de la Asociación Internacional de Tauromaquia y la Delegación de Patrimonio del Obispado de Zamora, como digo, se puso de manifiesto la "fusión" entre la tauromaquia y el sacerdocio en un ritual artístico de alto grado emocional, en el que la muerte está presente desde el inicio del arte del toreo con los primeros capotazos, para el que se necesitan las correspondientes atenciones espirituales". Sobre los toreros de salón no se dice nada, pese a que para ello necesite quien lo ejerce ser un gran actor dramático. Los espectáculos taurinos, en la arena o de salón, siempre son una metáfora de la vida, donde hay que ‘templar y mandar’, como supo hacer Solana con su pincel sobre el lienzo, o Poncio Trullenque, más conocido como Niño de Gibalbín, jugándose el tipo en infames plazas sin enfermería; y que hoy, retirado de los ruedos, con el cuerpo lleno de costurones y con un palo de avellano que hace de pierna, dirige un salón de limpiabotas en la calle Matahacas, en Sevilla. Y en una de sus paredes hay una cabeza de toro disecada y unos frasquitos con romero, romero solo.