Tengo en casa un librito facsímil curioso: “El
hombre fino”, en su tercera edición, traducido del francés al castellano
por Mariano de Rementería y Fica,
publicado en Madrid (imprenta del Colegio de sordo-mudos), en 1837. En el capítulo
XXII, referido a la comida, se hace
referencia al dueño de la casa, cómo debe ser su comportamiento cuando tiene
invitados y ejerce de anfitrión, y
cuáles son las obligaciones de los invitados una vez transcurrido el banquete.
Me choca algo que Rementería mantiene y que yo desconocía. Según afirma en ese convenio
protocolario sobre las reglas del trato
fino y del buen tono donde existen leyes no escritas, también se hace
referencia, como digo, a la obligación del convidado con respecto al anfitrión,
la de volver a la casa en la que fue
bien atendido ocho días más tarde en señal de gratitud. Es lo que se llama la “visita de digestión” en prueba de que
se ha apreciado lo que vale una buena comida: “que las vajillas del que convida estaban bien acondicionadas, sus
guisados excelentes y que sus vinos no estaban adulterados, es decir, que la
visita se va a hacer con el objeto de
decir que lo pasa uno bien, que ha digerido perfectamente, y que uno está
pronto a digerir de nuevo”. Claro, si esa segunda comilona también resultaba excelente al ahora
auto-invitado, ocho días más tarde podía repetirse la ceremonia con otra‘visita de digestión’ para corroborar de
nuevo las excelencias de la cocina del anfitrión, con lo que solía entrarse en
una espiral de muy difícil manejo. Menos mal que aquellas viejas costumbre de
los tiempos de Larra y de la ‘sociedad de buen tono’ se fueron
disipando. Quizás, el anfitrión, abrumado con el banquete semanal protocolario
al que estaba obligado con respecto del auto-invitado, (digamos oruga, ya
transformado en mariposa mediante una metamorfosis completa) se vería forzado a
poner la excusa de tener que hacer un largo viaje de negocios en un intento de poder quitarse
de encima al desenfrenado tragón sobrevenido al que le solía dar igual echar a la
oficina de las tripas ganso que pato, codorniz que zorzal. congrio que trucha..., ¡y yo qué sé!