Hoy, en La Razón se explica la causa de por qué en Zaragoza casi siempre hace viento. Señala la información que “se asocia habitualmente a situaciones de gradiente de presión entre el Cantábrico y el Mediterráneo, que refuerzan el flujo canalizado”. Será por ese motivo que a los vecinos del barrio del Arrabal, a los de la izquierda orilla del Ebro, les llaman “cheposos”. Es normal que cruzar el Puente de Piedra sea la causa de que los arrabaleros caminen torcidos, con la cabeza adelantada y el vientre contraído, como cuando algunos plebeyos hacen genuflexiones exageradas de vasallaje al saludar al rey y a su consorte. Lo de las mujeres todavía es más embarazoso. Alguna de ellas al hacer el cumplido ante el jefe del Estado realizan un giro con una de las pierna como si intentara poner un trabanquillo al jefe de protocolo, que es como el guardia de la circulación encargado de ordenar la fila de aquellos que acuden en situación de gradiente (esa razón entre la variación del valor de una magnitud en dos puntos próximos y la distancia que los separa) al besamanos en el Palacio Real coincidiendo con la Pascua de Navidad. Hay señoras, digo, que hacen incluso hasta revoleras con la pierna, o sea, algo parecido a esa suerte de lance que el torero practica con el capote en un intento de quedar bonito ante el respetable, en este caso ante Su Majestad por la gracia de Franco. Pero en Zaragoza, lo peor del cierzo, esa situación de gradiente de presión entre dos mares capaz de doblar cadáveres y dejar cegatos a los vivos, es que consigue por la falta de limpieza a la que nos tiene acostumbrados la alcaldesa Chueca, que la basura del suelo se levante en polvareda, como la que señala un romance que se alzó el día que desapareció misteriosamente don Beltrán en el paso de Roncesvalles, y deje cegatos a los peatones que circulan en ambas direcciones. Menos mal que todavía no se practica el besapiés palaciego, que esas cosas se dejan para el Cristo de Medinaceli del madrileño barrio de las Letras cada primer viernes de marzo. Un marinero me contó que no se puede controlar el viento pero sí ajustar las velas. Todo es cuestión de cazar la escota para ceñir, aplanar la vela con mayor viento y observar lanitas marcadoras para asegurar un flujo de aire paralelo. Ya, ya.., todo eso está muy bien, pero si se utilizase más la escoba y la mangarriega todos saldríamos ganando en una ciudad, Zaragoza, donde las tasas son de órdago y en la que, por desgracia para el ciudadano, la folclórica alcaldesa se inclina más por los fastos y los derroches estúpidos con dinero público que por la eficacia en gestionar. Así nos luce el pelo.