En su artículo de hoy en El
Debate, “Si, todavía hay mártires por declarar”, Ramón
Pérez-Maura señala que “el papa León XIV ha firmado este viernes el decreto
de martirio del sacerdote Francisco González de Córdova y 79 compañeros
mártires, que dieron su vida por la fe en la diócesis de Santander entre 1936 y
1937”, en referencia a los sacerdotes que murieron asesinados en el cabo de
Faro Mayor. Muchos de aquellos cadáveres fueron posteriormente
rescatados del Cantábrico, de noche y a hurtadillas, y sus restos fueron
sepultados bajo el altar mayor de la cripta de la Catedral, llamada “El
Cristo”, siendo obispo de esa diócesis José Eguino y Trecu desde 1929, tras
la muerte de su predecesor, Juan Plaza, en 1927. Eguino fue encarcelado
en 1936 y más tarde liberado gracias a gestiones del Gobierno Vasco.
Marchó al exilio y fue repuesto en su diócesis al final de la guerra. Casó a
mis padres en Santander el 3 de marzo de 1945, fiesta de los santos Emeterio (que dio nombre a la ciudad) y Celedonio, ambos decapitados en Calahorra. Sus cabezas aparecen en el escudo de la ciudad, además de la Torre del Oro de Sevilla. Eguino fue asistente al banquete
posterior a la ceremonia, del que guardo algunas fotos junto a mis padres. Aquel obispo bueno fue un gran
aficionado a la música durante toda su vida. Sabía tocar el órgano, el
clarinete y el tambor, y compuso diversas obras fundamentalmente religiosas,
entre ellas: "Himno a la Virgen del Juncal de Irún", "Himno
a la Virgen Bien Aparecida de Santander", "Himno a la Virgen
del Mar de Santander", una salve y "Hosanna". Tuvo
que hacerse cargo de importantes arreglos en la Catedral tras el tremendo
incendio de 1941 seguido de galerna, donde hubo grandes desperfectos. Desde 1956 contó con la
ayuda de Doroteo Fernández, obispo auxiliar y al que Eguino consagró en
la catedral de León el 3 de junio de aquel año. Tras el fallecimiento de
Eguino, Fernández se convirtió en administrador apostólico de esa diócesis
hasta el nombramiento del siguiente obispo, el bilbaíno Eugenio Beitia
Aldazábal, que antes había sido vicario general de Vitoria y obispo coadjutor
de Badajoz. En ese mismo artículo, Pérez-Maura hace referencia al barco-prisión“Alfonso
Pérez”. Cuenta: “Héctor Ara, Antonio de los Bueis, Alberto Vallejo y
Antonio Soler han reeditado la obra de Ramón Bustamante y Quijano, ‘A bordo del
Alfonso Pérez’, que fue uno de los prisioneros del barco que sobrevivió y que
es un alegato demoledor contra la barbarie del Gobierno republicano. Y que
también se cuenta un poco en “Santander, 1936”, el gran libro de Álvaro
Pombo”. Presumo de tener el libro original de Ramón Bustamante, con
una entrañable dedicación de su autor a mi abuelo materno (El Sardinero,
24.09.40), y donde en la página 83 de ese libro dice: “Andando el
tiempo ingresó en nuestra bodega José Antonio Martínez, cajero del Banco de
España en Santander. Afortunadamente, le repugnaban aquellas piltrafas y
tuvo la feliz ocurrencia de ofrecérmelas un día. Fue mi salvación pues, a partir
de entonces, no dejé jamás de acudir con mi plato a las horas de rancho, a la ‘ventanilla’
del exquisito cajero, a retirar los ‘premios’…, cuando los había”. Pero además de los libros de Bustamante y de Pombo, Santander entre los años 1900-1949 queda perfectamente definido en las crónicas de Fermín Sánchez González, firmadas bajo el pseudónimo de Pepe Montaña. Se trata de cuatro tomos de un gran interés (Aldus de Artes Gráficas, Santander, 1950). Y de época anterior existe (aunque agotado) otro libro, "Santander fin de siglo", de José María Gutiérrez-Calderón, de corte costumbrista, con prólogo de Vicente de Pereda e ilustraciones de Eugenio Cortiguera, de la misma editorial que el anterior y publicado en Santander en 1935. Todos esos libros a los que hago referencia son muy difíciles de encontrar.