martes, 16 de junio de 2026

En la calle llovía plomo

Obra de arte: Puente de Triana 02 Artistas y arte. Artistas de la tierra

 

Comenzamos mal es día de san Quirico, el niño mártir hijo de santa Julita. Me llaman del hospital para decirme que no me acerque por allí, que los médicos están de huelga y no hay consulta. Y no voy. El sol es de justicia, pero nada tiene que ver con Félix Bolaños sino con esta sartén que es Zaragoza, donde en la Plaza del Pilar se podría freír un huevo. Ayer vi el partido de España contra Cabo Verde, la patria chica de Cesárea Évora,  la diva difunta de los pies descalzos. La mansedumbre del equipo español fue semejante al de la ‘vaquinha mansa, bó carinha contente…’. Como el día tiene muchas horas, he vuelto a releer una novel ligera que escribí a borbotones de imaginación en mi vieja‘Underwood’, cuando creía que  sabía escribir, antes de que acabase el anterior siglo. Sigue en un cajón silente y las hojas se están volviendo de color sepia como las fotos olvidadas. Y ahí seguirán hasta que se la coman los ratones. Era una historia de dos amigos sevillanos que intentaron hacer un viaje hasta Fabara para contar lo que le ocurrió a un cura rural cuando se enfrentó al obispo. Pero el viaje terminó en Calatayud, durante las fiestas de san Roque. Una vaquilla mató a uno de ellos y el otro amigo regresó con el cadáver al Sur en un coche fúnebre de aquellos de vitrina, conducido por una choferesa de piel pálida, melena dorada y ojos azules. Después del entierro, el amigo marchó a la calle Matahacas, donde tenía su domicilio, y puso un rollo en la pianola para escuchar un fragmento de “La viejecita” mientras que por la ventana entraba el sonido negro de una ambulancia moviendo tabas. Sevilla tenía luz, Sevilla tenía aviones acharolados y limpios que planeaban por el puente de Triana, por donde según Manuel Pareja-Obregón se rompió la barandilla y se cayó a las mansas, verdosas y profundas aguas la niña almonteña, una pimienta de siete candiles, y el coche que la llevaba. En un bar pedí una palomita de ojén.

--Siéntese usted--, me indicó el camarero. Se está más cómodo.

--Y me senté.

En  la calle llovía plomo derretido.

 

lunes, 15 de junio de 2026

El tacatá de los sesos

 Página 10 | Imágenes de Sombrero boina - Descarga gratuita en Freepik

 

Leo en La Vanguardia  que “León XIV agradece al Rey y la Iglesia española [no pone qué]  tras su viaje apostólico”. Dice un refrán que ser agradecido es de bien  nacido, pero el papa si es que tiene que estar agradecido es a los españoles, que hemos pagado la factura de una controvertida semana de sermón y jamón, de coñazo, incienso y genuflexiones. Seamos serios. Por estos pagos lo que se ha producido es una vulnerabilidad de la aconfesionalidad del Estado por el despilfarro de fondos públicos. Ha habido, a mi entender, un  retroceso democrático vulnerando esa aconfesionalidad constitucional. ¿Se podría repetir algo parecido con otras religiones? Ya te lo miraré, pero no creo. Sermonear en la Carrera de San Jerónimo no vino a cuento. El hecho de ser a la vez jefe del Estado Vaticano y sucesor de san Pedro es paradójico y surrealista. El catolicismo está en franca decadencia, si observamos serenamente las cifras de fieles que asisten cada domingo a los actos litúrgicos. De hecho, cada día se celebran más bodas civiles, menos primeras comuniones y hay un gran descenso en las clases de religión en la enseñanza  pública. Pero el ramalazo con olor a sacristía y alcanfor del ‘nacional-catolicismo’ sigue presente en los ‘rosarios de cristal’, en las romerías a ermitas en páramos intransitables y en las procesiones de Semana Santa, cada día con más añadido de tambores y cornetas y mayor militancia cofradiera cortando calles. Todo tiene su explicación. Los españoles son costumbristas de mantón de Manila y calzón corto y les encandila disfrazarse de lo que sea aunque no venga a cuento. Les pones una gorra de plato en la cabeza y de inmediato comienzan a dar órdenes, como el tonto del paseo en las ‘carreras de pollos’. La gorra de plato Imprime carácter, y eleva al individuo a un rango superior, alejándolo del suelo, y si lleva el barboquejo chusquero de charol caído sobre el mentón, entonces ya es la rehostia. Transforma al que la lleva de tal manera que acaba siendo el individuo el que es llevado por la gorra, por el tacatá de los sesos. Contaba el fotoperiodista Emilio Castro Juárez (Andanzas.- ‘La gorra de plato’.- 10/03/23) que  “ya no hay uniformes grises, pero la gorra de plato sigue estando en el espíritu pequeño de individuos pequeños, que no son nada sin el poder que detentan”.

 

sábado, 13 de junio de 2026

El imprescindible bidé

Bidé - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

Hace mucho calor y ya comienzan los incendios. Acabo de tomarme un tinto de verano, que limpia mucho la carbonilla de las tripas. Han cerrado el Puente de Piedra de Zaragoza y alguna otra calle del casco viejo por ese viaje al Medievo que yo me resisto a visitar en evitación de que con las calores y el gentío me entre una lipotimia o unas diarreas estivales. Hace días conté que Juan Roig vaticinó que las casas del futuro ya no tendrán cocinas, que irán a sus supermercados a comprar y llevarse la comida en túper. Pero no hay que desesperar, siempre quedaremos algunos “cocinillas” a los que nos gustas las sartenes, las raseras y las cazuelas. Llevo peor haber comprobado que los nuevos pisos, en su mayoría, carecen de bidé. Eso sí que no lo perdono. Un baño sin bidé ni es baño ni es nada. Es el mejor aliado de la higiene y un sinónimo de dignidad, ya que el papel higiénico, que se llevaban por decenas durante la pandemia de coronavirus, es abrasivo y no termina de limpiar. Leí a María José Solano en ABC (30/10/25) en su artículo “Elogio del bidé”, donde señalaba algo en lo que yo no había caído: “Roma se desplomó cuando olvidó sus acueductos. Europa se perderá cuando olvide su bidé, ese pequeño trono acuático nacido en Japón pero se utilizó en la Francia ilustrada del siglo XVIII, patria de los refinamientos inútiles que, con el tiempo, se revelan imprescindibles”. Bidet significa “pony” y “bider”, trotar, porque se monta a horcajadas. Fue demonizado por la Iglesia católica por considerarlo un borrador de pruebas de adulterio e incitar a la inmoralidad. De Marian Benito leí que “el marqués de Argenson, uno de los ministros de Luis XV, describe en sus memorias que un día, al ser recibido en audiencia, se encontró a la marquesa ‘sentada a horcajadas en un curioso mueble en el que se disponía a lavar sus partes íntimas’ mientras despachaba con él. María Carolina de Austria, reina de Nápoles, mandó instalar uno en su baño privado dentro del Palacio Real de Caserta, en la región italiana de Campania, como símbolo de poder, a pesar de que sus asesores le advirtieron de la mala fama que este artilugio, considerado instrumento de meretriz, le podría causar. Hizo caso omiso”. Y en cierta ocasión, un amigo me contó que un día fue a visitar la casa nueva que unos amigos suyos se habían comprado en un pueblo. La dueña de la casa se enseñó todas las habitaciones y finalmente el cuarto de baño, donde habían instalado un bidé. Era de esos bidés que tienen chorro vertical y horizontal.  En un momento dado le dijo muy seria la mujer del amigo al visitante: “Quiera Dios que no tengamos que usarlo”.

 

viernes, 12 de junio de 2026

¡Detente, bala!

Del “Detente, bala” al “Detente, Covid”

 

Ayer me dejé cosas en el tintero por tener que pasar la ITV de mi ya desgastado cuerpo, que  no es precisamente el de Carabineros ni el de escopeteros de estación, aquellos tipos que controlaban en los andenes las mercancías de los vagones vestidos de marrón-carmelita con chapas ovaladas de latón sobre la guerrera y carabinas de cerrojo ‘Destroyer’ de los tiempos del ‘Far West’ de Almería. Hoy la Iglesia católica celebra la “fiesta del Corazón de Jesús”, correspondiente al viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, una festejo que fue instituido tras las supuestas revelaciones de Cristo a santa Margarita María de Alacoque, monja de la Visitación, en 1673; y que en 1856, Pío IX designó como fecha movible y, de paso, la invitación a practicar la confesión y comunión los primeros viernes de mes.  En realidad el verdadero promotor de ese culto fue el confesor de esa monja, Claudio de la Colombiére. Un escapulario con el famoso “¡detente bala!” fue popularizado en España durante la Primera Guerra Carlista, convirtiéndose en un amuleto de protección de los requetés con dudosos resultados.  Aquellos soldados solían coser directamente sobre el lado izquierdo de sus uniformes, justo sobre el corazón, buscando inmunidad frente a los proyectiles enemigos. El apodo de ‘requeté’ tiene su origen en una canción que cantaban aquellos carlistas antes de entrar en combate, que decía: “Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté”, refiriéndose al trasero. También algunos rebeldes lo usaron durante la última guerra civil. Durante mucho tiempo se tuvo por normal colocar plaquitas de hojalata con un Corazón de Jesús policromado en las puertas de muchas viviendas como signo de protección ante el Maligno. Aquellos años del siglo XVII, como digo, fueron muy convulsos. El Imperio se descomponía a pedazos, cundía la pobreza y la hambruna y la consanguinidad de los Austria había producido taras manifiestas en su estirpe. Sobre Carlos II,  apodado El Hechizado, se rumoreaba en los corrillos de la Corte que había bebido de niño una taza de chocolate caliente en la que se habían disuelto los sesos de un ahorcado; y sobre su padre, Felipe IV, se decía (aunque no recuerdo haberlo leído en el magnífico ensayo de Marañón, "El conde-duque de Olivares") que había sido fruto de “un coito menguado”. Por todas esas cosas y por otras muchas, no es de extrañar que hiciera falta un “detente”, no para frenar la fuerza de las bolas que salían  por las ánimas lisas de los mosquetes clavados en las horquillas de los tercios desnortados  sino por tratar de contener tanta locura instaurada.

 

miércoles, 10 de junio de 2026

Mirando el lago azul

 Guía completa del Lago de Sanabria, rutas, qué ver, qué hacer, cuándo ir y mucho más. – Animales Viajeros

 

La visita de Robert Prevost a España en visita pastoral ha conseguido que algún sansirolé de libro haya dado suelta a su mala baba. Solo algunos ejemplos: alguien aficionado al fútbol se ha creído gracioso al decir  en la taberna: “León 14- Castilla 0”; una militante de Podemos, Ione Belarra, ha declarado que “Se ha convertido el Congreso de los Diputados en una iglesia”; y esa culebra de cascabel de Orihuela del Tremedal, Jiménez  Losantos, le ha puesto al Obispo de Roma el calificativo de “Cara de rana”. Por si ello fuese poco, la portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, sujetándole la mano como una novicia le ha pedido al Papa en inglés que hable en catalán en Barcelona, algo que también le pidió el senador Eduard Pujol  en italiano. El castellano les debe parecer un dialecto vulgar. Pienso en lo que habrá sufrido Díaz Ayuso, al no poderse vestir blanco por esa prerrogativa que autoriza a ello a determinadas reinas. García Trapiello comenta hoy en Diario de León que "los cardenales, con cara de obispos pascuales, pasaron de puntillas sobre los lodos que vienen de los polvos pederastas". La pederastia no se nombró ni de pasada. Algunos sostienen la creencia de que cuando de un tema no se habla es como si nunca hubiese existido. Sin embargo, el actual Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, que ejerce como alto comisionado de las Cortes Generales para la defensa de los derechos fundamentales, señaló en su día que los casos de pederastia cometidos por miembros del clero en España se aproximan al medio millón de casos. ¿Y el de niños robados en clínicas con ayuda de monjas colaboradoras durante el franquismo? Mantengo que la Iglesia católica tiene memoria selectiva. Hay mucha hipocresía y cada día que pasa está más presente en mi recuerdo la docena de páginas que compuso Miguel de Unamuno con su “San Manuel Bueno, mártir”, donde, como escribió Mario Valdés, “pasa de la alegoría del río sumergido al mito del espectro del pasado como potencia influyente en el presente”. Madrid se convirtió por un par de días en Valverde de Lucerna, entre la montaña de gentío vitoreador, el cierre al tráfico rodado, los maceros, las pompas y vanidades, las falsas sonrisas de ateos convencidos, los protocolos reales, los palios, los capelos morados, los hisopos, los grajos volando rasantes sobre las azoteas del callejón del Gato, y el lago de silencios que no había que mentar para no despertar a la bicha, por esa dicotomía entre la fe y la duda que atenaza cuando se mira el agua fría, azul y silente de nuestros esfuerzos yermos. En el agua reside toda la melancolía.