Decía Cela, y decía bien, que “para escribir solo hay que tener algo que decir”. Observo que, en muchas ocasiones, cuando un articulista de prensa lo hace a diario en un medio determinado por acuerdo expreso o tácito con la empresa que le publica, termina más quemado que la Sierra de la Culebra, situada al norte de la provincia de Zamora, con curvas serpeantes, lobos sueltos y paisaje pizarroso. Pero no está en mi ánimo tratar de aburrir al lector con datos geográficos y parajes pintorescos. La Sierra de la Culebra se quemó en el verano de 2022 y el fuego arrasó más de 60.000 hectáreas, que se dice pronto, en dos etapas: una, en junio y la otra en julio. Se tardó más de 45 días en conseguir su extinción. Pues bien, como decía, cuando un articulista se quema y no sabe por dónde tirar para llenar un folio, lo mejor que puede hacer es parar y dejar de poner sobre el papel tópicos que no aportan nada y que aburren a las ovejas. Si, en efecto, para escribir hay que tener algo que contar. Casi todas las novelas del marqués de Iria Flavia carecen de ese hilo conductor que une una historia, si exceptuamos los libros de viajes. Pero ello no evita que mantenga enganchado al lector por la genial forma de cómo lo escribe. Pierde importancia frente a la descripción de ambientes y la acumulación de personajes mediante la técnica del caleidoscopio. Es difícil encontrar un protagonista que guíe el relato salvo en ‘La Familia de Pascual Duarte’ (1942), donde el condenado espera el momento de ser ejecutado; “Mrs. Caldwell habla con su hijo” (1953), un largo monólogo epistolar; y “La cruz de San Andrés” (1994), donde la protagonista relatan en primera persona sus frustraciones. El resto de sus novelas son crónicas existenciales donde personajes pintorescos pululan en la dudosa luz del día; o libros de viajes donde el viajero recorre trochas carpetovetónicas, duerme donde puede y conecta con tipos de diversa ralea; escenas de torerías o de sanatorios; o diccionarios eróticos, donde analiza palabras que no figuran en los diccionarios tradicionales; o la “Enciclopedia del Erotismo” (1976) donde Cela recopila multitud de vocablos, expresiones, costumbres y conceptos relacionados con la sexualidad, el cuerpo y el erotismo a lo largo de la historia. Y en teatro: “María Sabina” (1967), basada en la vida de la célebre chamana mexicana mazateca; y “Homenaje a El Bosco”, compuesta en dos partes independientes: “El carro del heno o el inventor de la guitarra” (1969) y “La extracción de la piedra de la locura o la invención del garrote” (1999). Miren ustedes por dónde, me he salido de la vía principal y he entrado en agujas de una vía muerta con riesgo de dar con el vagón de las ideas en la topera, cuya función principal es detener el tren y absorber su energía si el convoy no se detiene a tiempo. He empezado escribiendo sobre articulistas quemados, he continuado por las trochas quemadas de la Sierra de la Culebra y he terminado, como un volatinero, realizando acrobacias con la pértiga en la cuerda floja sin perder de vista un punto fijo en el horizonte para no perder la orientación de lo que quería contar. La técnica del caleidoscopio funciona a condición de que aquel que la maneja esté inspirado y tenga ganas de ventilar las sábanas del léxico, o de salir a la calle y darle una colleja a un chino para que aprenda a pronunciar la erre, lo que se conoce como rotacismo, que se entere Xi Jinping, para lo que se necesita entrenar los músculos de la lengua, no el mandarín o el cantonés sino de ese órgano sexual que utilizaban los antiguos para hablar. Pues eso.
