Comenzamos mal es día de san Quirico, el niño mártir hijo de santa Julita. Me llaman del hospital para decirme que no me acerque por allí, que los médicos están de huelga y no hay consulta. Y no voy. El sol es de justicia, pero nada tiene que ver con Félix Bolaños sino con esta sartén que es Zaragoza, donde en la Plaza del Pilar se podría freír un huevo. Ayer vi el partido de España contra Cabo Verde, la patria chica de Cesárea Évora, la diva difunta de los pies descalzos. La mansedumbre del equipo español fue semejante al de la ‘vaquinha mansa, bó carinha contente…’. Como el día tiene muchas horas, he vuelto a releer una novel ligera que escribí a borbotones de imaginación en mi vieja‘Underwood’, cuando creía que sabía escribir, antes de que acabase el anterior siglo. Sigue en un cajón silente y las hojas se están volviendo de color sepia como las fotos olvidadas. Y ahí seguirán hasta que se la coman los ratones. Era una historia de dos amigos sevillanos que intentaron hacer un viaje hasta Fabara para contar lo que le ocurrió a un cura rural cuando se enfrentó al obispo. Pero el viaje terminó en Calatayud, durante las fiestas de san Roque. Una vaquilla mató a uno de ellos y el otro amigo regresó con el cadáver al Sur en un coche fúnebre de aquellos de vitrina, conducido por una choferesa de piel pálida, melena dorada y ojos azules. Después del entierro, el amigo marchó a la calle Matahacas, donde tenía su domicilio, y puso un rollo en la pianola para escuchar un fragmento de “La viejecita” mientras que por la ventana entraba el sonido negro de una ambulancia moviendo tabas. Sevilla tenía luz, Sevilla tenía aviones acharolados y limpios que planeaban por el puente de Triana, por donde según Manuel Pareja-Obregón se rompió la barandilla y se cayó a las mansas, verdosas y profundas aguas la niña almonteña, una pimienta de siete candiles, y el coche que la llevaba. En un bar pedí una palomita de ojén.
--Siéntese usted--, me indicó el camarero. Se está más cómodo.
--Y me senté.
En
la calle llovía plomo derretido.