jueves, 13 de agosto de 2026

¿Quién va a por el rey?

 Desvelan el encuentro que mantuvo el rey Juan Carlos I en Londres mientras  los reyes Felipe y Letizia visitaban Paiporta

 

Son ya varios los columnistas de la prensa de la derecha que están convencidos de que “van a por el rey”. ¿Quiénes? Según ellos consideran, el gobierno de Sánchez y el resto de las fuerzas de izquierda. A mi entender, Felipe VI se equivocó cuando afirmó que iba a ir a Ceuta tras la tromba de migrantes que invadieron esa ciudad autónoma española ante la pasividad cínica del rey marroquí. Pero el rey español no tuvo presente al hacer tales afirmaciones, sabedor de que necesita el permiso del Ejecutivo para poder dar ese paso. Y no lo tiene. Hoy un periodista de El Debate señala en ese diario digital que “desde Paiporta cada vez es más evidente que el rey es recibido con los brazos abiertos allá donde va mientras que Sánchez no puede ir a ninguna parte sin una escolta que haga muros humanos de separación con la ciudadanía”. Pero hay un motivo que no cuenta. A Sánchez, un  energúmeno le dio con un palo en la espalda. Al rey, no. A mi entender, en ese mismo instante, al marcharse Sánchez también lo debería haber hecho el rey, y no lo hizo. Prefirió hacerse fotos con barro en la camisa y ser vitoreado por la calle. Hoy, al leer el artículo de ese periodista pariente de Antonio Maura, también he leído los posteriores comentarios. Uno de ellos recuerda que  la monarquía de Alfonso XIII cayó por el empuje de los partidos del Pacto de San Sebastián, pero también, y fundamentalmente, por la deserción de los monárquicos”. Este es un país donde los franquistas  pasaron a ser juancarlistas, de dar culto de latría a un sátrapa a simpatizar con un “campechano” que había perdido todos los derechos históricos antes de su nacimiento en Roma, o sea, en abril de 1931, cuando se marchó cobardemente su abuelo. La historia nos dice que dar la cara por los Borbones (los ‘mejor preparados’ no sabemos para qué) no trae cuenta. Y lo que afirmo no son bravuconadas de taberna. Dice ese periodista que “van a por él”. A mi entender, el monarca va solo, sin necesidad de ayuda. En 1808, los españoles se batieron el cobre con una lealtad extrema en defensa de Fernando VII, el peor rey en la historia de España. Pero antes de ello, lo estuvieron a favor de Felipe V, que llevó al país a la Guerra de Sucesión frente a las tropas del otro aspirante al Trono, el archiduque Carlos de Austria. En ambos casos, un soberano de origen galo pasaría a reinar sin que España dependiera formalmente de Francia. Sin embargo, para las clases acomodadas madrileñas, la insurrección del populacho en 1808 fue una pesadilla que amenazaba el orden social y que les traía malos recuerdos, como el motín de Esquilache en 1766  o las sublevaciones de la Revolución Francesa que habían acabado con el Antiguo Régimen en Francia. Para el pueblo llano, en cambio, lo importante en aquel momento era evitar el traslado de los hijos de Carlos IV a Bayona para forzar su renuncia a la corona española tras su invasión sigilosa por el Tratado de Fontainebleau.  Finalmente, los españoles consiguieron lo que querían. El regreso del rey felón a España, tras el descalabro de la Guerra de la Independencia  ocurrió en la primavera de 1814. Conocido como "El Deseado",  Fernando VII regresó desde su cautiverio en Francia con la intención de restaurar el absolutismo, lo que logró mediante el Real Decreto del 4 de mayo de 1814, derogando la Constitución de 1812 y disolviendo las Cortes de Cádiz. Con el “¡vivan las cadenas!” llegó nuestro calvario. Dicen que sarna con gusto no pica. Ya lo creo que sí.


miércoles, 12 de agosto de 2026

Sobre una ermita abandonada

MORALEJA DE SAYAGO DEHESA DE SANTARÉN DE LOS PECES Iglesia de San Sebastián  o de San Miguel

 

Me entero de que existe riesgo de colapso estructural por deterioro en la ermita románica del Cristo de la Vega en la Dehesa de Santarén de los Peces, adscrito al municipio de Moralina de Sayago, ubicado en el corazón del Parque Natural de Arribes del Duero. Los primeros intentos de asentamiento de población en esa zona son del siglo XII, según demuestran las noticias referentes a la cercana villa de Peñausende. No parece, sin embargo, que hubiera una repoblación efectiva más que a partir de mediados de ese siglo, según carta otorgada en 1147 por Alfonso VII, su mujer Berenguela y su hijo Sancho, que dieron al obispo zamorano Bernardo con la intención de que la poblase. No está clara su advocación, pues mientras el patrono del lugar es san Sebastián (titularidad que Madoz concede a la ermita), la guía diocesana la denomina de san Miguel. Lo cierto es que esa ermita está a punto de derruirse por falta del mantenimiento necesario. Fue construida en sillería y mampostería de granito, con cabecera cuadrada, una nave con espadaña sobre el hastial y portada al sur, cubierta ésta por un porche cerrado. Al sur, ocupando parte de la cabecera y parte de la nave, se adosó también la sacristía, mientras que en el norte se ven los restos de un abandonado cementerio. Es casi idéntica a la ermita de la dehesa salmantina de Gavilanes, muy próxima a Ledesma, en la provincia de Ávila, lo que corrobora una vez más la vinculación de Santarén con ese pueblo. Llama la atención la  postura codiciosa de la Iglesia católica sobre esa ermita románica del siglo XII, inmatriculada, como digo, como parte de su extenso patrimonio  (al amparo de una antigua reforma de la Ley Hipotecaria durante el gobierno de Aznar), a la hora de exigir una intervención urgente para que no se derrumbe, que sus supuestos“dueños” acudan a Patrimonio de la Junta de Castilla y León para que lleven a cabo una intervención urgente. ¿Por qué no la arreglan ellos? ¡Hace falta ser desahogados! Solo faltaría que, en el supuesto de ser arreglada, la diócesis de Zamora, dentro de la provincia eclesiástica de Mérida-Badajoz (que muchos meapilas no lo saben), cobrasen entrada por visitarla como es su costumbre. A mí no me extrañaría. De los depredadores funcionarios del Cielo me creo todo, menos lo que predican.


martes, 11 de agosto de 2026

Contar la Historia con rigor

 

 

La historia nos cuenta que en el año 711 Tarik no hubiese podido ganar en la batalla de Guadalete sin la ayuda del general Jaime Milán del Bosch, tío del articulista fallecido Alfonso Ussía, que envió los tanques de Valencia a Jerez de la Frontera para incorporarse a las tropas del general bereber y ocupó Gibraltar, cuyo nombre deriva del monte Yebel Tarik (el ‘monte de Tarik’). Lo que sucedió con los posteriores historiadores es que a Milán del Bosch le llamaron Tarif ibn Malik (más tarde borrado por los estudiosos del pasado para no dar pistas), nacido en Tripolitania,  ciudad a la que ahora llaman Madrid. Pero el Gobierno de entonces no tuvo en cuenta su valor (que se le suponía) y fue procesado por su ayuda a Tarik sin habérselo consultado antes a Adolfo Suárez. No se tuvo en cuenta, como digo, su estirpe militar, ni el hecho de poseer la Laureada de San Fernando colectiva  la Cruz de Hierro nazi de segunda clase y haberse integrado en VII Bandera de la Legión, donde combatió al servicio de los golpistas hasta el final de la guerra civil. Tampoco se le tuvo en cuenta su patriotismo demostrado y confirmado por un brigada de la escala de Reserva  (que con la picha abría latas de conserva) cuando el 23 de febrero de 1981, poco después de la ocupación del Congreso de los Diputados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina, Milans sacó los tanques a las calles de Valencia y sin tan siquiera beberse una horchata ordenó redactar un Bando por el que decretaba el Estado de Excepción. Los carros de combate eran de cartón-piedra pero daban el pego, circularon por las principales arterias de esa ciudad y se mantuvieron apuntando simbólicamente (con balas de madera y pistolas de agua de chorrito corto) a edificios claves como el Ayuntamiento, la Delegación del Gobierno, el Gobierno Militar y la Jefatura Superior de Policía. Todo era simbólico y formaba parte del guión. No hubo intención alguna de amedrentar a nadie, que Milans lo podría haberlo jurado por san Rufino de Asís, y el Bando lanzado por él no fue por imponer el orden militar tras la toma del Congreso sino un performance de lo que hizo el alcalde de Torrejón de Ardoz, Andrés Torrejón García 173 años antes. Nunca se habla del otro alcalde, Simón Hernández, pese a que ambos encendieron la conciencia nacional ante las tropas francesas. Hay que ser riguroso con la Historia, como procuro serlo yo, que no miento ni en el confesionario cuando el cura es sordo y tiene que ir al urinario de la sacristía por urgente necesidad. En realidad, en Móstoles no había dos alcaldes sino cuatro: dos ordinarios y dos de la Santa Hermandad. Es necesario aclarar que el término ‘alcalde’ deriva del árabe hispánico ‘alqáḍi’  con el añadido de la contracción de un artículo, y significa juez. Por ello, en algunas ciudades grandes, como Sevilla o Madrid, había incluso hasta 24 alcaldes. Bueno, en realidad, España está llena de alcaldes de aldeas que trabajan gratis y de gente que prefiere mandar que obedecer. Solo falta que le pongas una gorra de visera a un peatón despistado para que éste comience a dar órdenes a troche y moche. Es algo que los españoles llevamos impreso en nuestra naturaleza, como el recuerdo heroico de nuestros generales salvapatrias.

 

lunes, 10 de agosto de 2026

El sosiego perdido

 Fiestas tradicionales - PressReader

 

Ignacio Soria Aldavero escribe en un diario de Edigrup un artículo, “Señoritingos”, donde señala que“no hay cosa peor que esos personajes que salieron un día de su pueblo con la maleta medio vacía, y que después volvieron con ínfulas de saber más que nadie, y con el firme propósito -antes de marcharse de nuevo-, de querer demostrárselo a medio pueblo con el tacto y las formas del mismo burro que a buen seguro montaron de niños. El otro día -sigue diciendo el autor- me encontré a un alcalde de un pueblo de nuestra provincia y me relató el calvario que arrastra con uno de esos tocapelotas de los que les hablo. Me dijo que, a pesar de su paciencia, tuvo que ponerlo en su sitio porque la situación era ya insostenible: que si necesito un documento y lo necesito para ayer; que qué hay de lo mío; que qué cara es el agua si yo no la gasto; que si ese trozo de tierra era de mi tatarabuelo y me lo habéis robado; que si huele a caca de vaca; que si me molesta el tañer de las campanas…”. Son tipos en la diáspora desde los tiempos de López Rodó y sus planes de desarrollo, que tienen casa cerrada en el pueblo y que solo acuden a ella unos días en verano por no tener mejor sitio adonde poder  ir, y que, cuando llegan, parece que  perdonan la vida a los pocos vecinos que van quedando. Son personajillos, digo, que presumen de coche con turbo, que ocupan la primera fila de asientos en misa mayor, que se santiguan con muchos aspavientos, que piden en el bar cosas rarísimas y que se cabrean cuando uno de sus hijos se cae corriendo, se hace una rozadura en la rodilla y preguntan histéricos a los vecinos con los que se encuentran que dónde hay un médico, aún sabedores de que el galeno solo acude una vez por semana y ese día no le toca pasar consulta. Entonces despotrican contra la Sanidad pública y sostienen que con Franco no pasaban esas cosas. El día que se marchan esos energúmenos, el pueblo volverá a recobrar el sosiego perdido.