Ahora resulta que como los seminarios están más vacíos que un pub de tardeo en Illán de Vacas, provincia de Toledo, que cuenta con tres personas censadas, la falta de curas se intenta suplir en las diócesis con diáconos permanentes que, excepto misas, pueden servir a la Iglesia católica a través de la palabra, algunos sacramentos y la caridad. Puede ser conferido tanto a hombres célibes como casados. En el caso de que quiénes reciben la ordenación sean solteros, implica el compromiso de vivir el celibato de manera permanente. Entre las condiciones necesarias, deben ser varones con vocación y con las cualidades humanas y espirituales necesarias para recibir el tercer grado del Orden sacerdotal. Entre los requisitos, se exige una edad mínima de 25 años para los candidatos célibes. En el caso de los hombres casados, la edad mínima debe ser de 35 años, con al menos cinco años de matrimonio y contando con el consentimiento y apoyo de su mujer, que hayan ejercido o estén ejerciendo una profesión civil retribuida y tengan una edad máxima situada alrededor de los 60 años. Los otros grados jerárquicos son el de presbiteriado (sacerdotes, con poder de consagración y el perdón de los pecados) y el episcopado (obispos, que dirigen una diócesis y con poder bastante para ordenar sacerdotes). Ignoro, por otro lado, si tales servicios de diaconado están compensados económicamente. Las mujeres, según se desprende, no pueden ser diaconisas. Los defensores de la expansión del diaconado para incluir a las mujeres dicen que hacerlo les proporcionaría una mayor función en el ministerio y la gobernanza de la iglesia, al tiempo que ayudaría a abordar los efectos de la escasez de sacerdotes católicos en distintas partes del mundo al permitir que las mujeres realicen algunas funciones sacerdotales. Los detractores entienden que ordenar diaconisas sería el comienzo de una pendiente resbaladiza. Conviene recordar que, en 2023, durante una conferencia de prensa, el agustino Robert Prevost (actual papa León XIV) reconoció que su antecesor en el cargo, Francisco I, creó dos comisiones de estudio sobre el diaconado permanente, pero advirtió que convertir a las mujeres en clérigos “no necesariamente resolvería un problema de la falta de sacerdotes, sino que podría crear uno nuevo”. Resulta chocante que las mujeres puedan ser consideradas doctoras de la Iglesia (caso de Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Catalina de Siena o Hildegarda de Bingen) sin que nunca hubiesen podido tener acceso al sacramento del Orden (canon 1024) reservado solo para hombres. Algo que parece chocante en una Iglesia católica donde se da culto de hiperdulía a María, debido a su maternidad divina. Si alguien lo entiende, le agradeceré que me lo explique.