lunes, 25 de mayo de 2026

Romerías a tutiplén

 El Cristo de las Batallas: de la guerra al consuelo, del combate a la  romería

 

Estos días de Pentecostés están plagados de romerías en muchos municipios de España. La pasada madrugada se asaltó la reja de la Blanca Paloma en Almonte (Huelva) tras la entrada del Simpecado de la Hermandad Matriz (aclaro que simpecado es la insignia que en las procesiones andaluzas marcha delante de las cofradías de la Virgen, que ostenta el lema ‘sine libe concepta’).  Y hoy,  la Ciudad de Doña Elvira celebra la fiesta del Cristo de las Batallas en los alrededores de la ermita de Santa María de la Vega, que otrora perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. La ermita, de una sola nave de ladrillo de estilo mudéjar, siguiendo la estética de San Salvador de los Caballeros, está rematada en su zona norte con una espadaña moderna que alberga dos campanillas. La cubierta de la nave es de madera en su interior, y el presbiterio contiene pinturas murales del siglo XIII relacionada con pasajes de las vidas de Cristo y de Salomón. Se encuentra en este templo una imagen del Santísimo Cristo de las Batallas, patrón de Toro. Esa ermita, en la vega del Duero, está vinculada con un episodio histórico importante: la batalla de Toro, librada el 1 de marzo de 1476 en las inmediaciones de Peleagonzalo, donde se encontraron, no precisamente para acariciarse, los ejércitos de Alfonso V de Castilla y de Fernando II de Aragón en defensa de Isabel (hermana paterna de Enrique IV de Castilla, ambos hijos de Juan  II de Castilla) frente al ejército de Alfonso V de Portugal, aliado de Juana ‘la Beltraneja’, hija única y heredera de Enrique IV de Castilla y de su segunda esposa, Juana de Portugal, hija de Eduardo I de Portugal y sobrina de Isabel. Aquellas hostilidades finalizaron en 1479 con la firma del ‘Tratado de las Tercerías de Moura’. Juana renunció a sus derechos dinásticos y se retiró a un convento en Coimbra, dejando el camino libre para que Isabel consolidara su reinado en Castilla. Juana se había casado en 1475 con su tío Alfonso V de Portugal en Plasencia (Cáceres) a los 12 años de edad. Pues bien, como en todas las romerías, hoy todo se reduce a un acto religioso con gorigoris, eso que no falte, y a la posterior fiesta profana de compartir comida de alforja y participar en determinados actos lúdicos entre pitos, gaitas, petardos, tragos de vinazo recio, ji, ji, ja, ja, la sombra de Mañueco pululando como un  fantasma, ¡viva no sé qué!…, vamos, lo de siempre.  

 

domingo, 24 de mayo de 2026

Un jamón momificado y otras lindezas

 Entre la leyenda y la realidad

 

No conozco la ciudad de Jaén, pero he leído que en la ‘taberna El Gorrión’, junto a la Catedral, y cruzando la estrecha calle Arco del Consuelo, se conserva un jamón momificado que data de 1918 y que sigue colgado para que puedan contemplarlo los turistas, los curiosos, los simpatizantes con todo lo referente a las momias de los faraones de Egipto, o con los devotos de Teresa de Ávila. Sobre ese pernil reseco e incorrupto se han escrito hasta leyendas curiosas. En lo que respecta a la calle Arco del Consuelo, se sabe que en la noche del 6 de octubre de 1848 se cometió bajo el arco entonces existente (que tuvo una hornacina con una imagen de la virgen del Consuelo), el crimen más sonado de la historia de Jaén desde el cometido siglos atrás contra el Condestable de Castilla, Miguel Lucas de Nieva, mal llamado “de Iranzo” (que tal era el apellido  de su padrastro) el 21 de marzo de 1473 en la antigua Catedral de Jaén. Se sabe que fue apuñalado mientras rezaba de rodillas en la capilla mayor y que fue impulsado por celos nobiliarios y por su tolerancia hacia la comunidad judía. En el ‘Parador Nacional Castillo de Santa Catalina’ existió un cuadro (que en la actualidad no se sabe dónde se encuentra) del condestable Miguel Lucas, realizado por el pintor  de Villagordo Francisco Cerezo Moreno (1919-2006), que idealizó su figura al no tener  la menor idea de cómo era el personaje cuando la Delegación de Turismo, de la que era subsecretario el jienense Antonio García Rodríguez-Acosta, le encargó esa pintura para adorno de ese parador cuando fue inaugurado a mediados de los años 60.  Pues bien, como señalaba al principio, aquella noche de 1848, con ánimo de robarle, unos desconocidos apuñalaron al carlista Ramón Calvo, conde de la Puebla de los Valles, que falleció poco después. Se tardó casi un año en encontrar a los culpables, los hermanos Juan y Silvestre Merelo Espejo, vecinos de Martos, que recibieron garrote vil mediante ejecución pública el 25 de octubre de 1849 en El Ejido de Belén, que en la actualidad es un barrio extramuros de Jaén. Un cómplice, Malaquias de Mora, fue condenado a cadena perpetua y a presenciar las ejecuciones.

 

 

sábado, 23 de mayo de 2026

A propósito de una reedición

 Catálogo Colectivo de la Red de Bibliotecas de los Archivos Estatales > A  bordo del "Alfonso Pérez" : (escenas del cautiverio...

 

En su artículo de hoy en El Debate, “Si, todavía hay mártires por declarar”,  Ramón Pérez-Maura señala que “el papa León XIV ha firmado este viernes el decreto de martirio del sacerdote Francisco González de Córdova y 79 compañeros mártires, que dieron su vida por la fe en la diócesis de Santander entre 1936 y 1937”, en referencia a los sacerdotes que murieron asesinados en el cabo de Faro Mayor.  Muchos de aquellos cadáveres  fueron posteriormente rescatados del Cantábrico, de noche y a hurtadillas,  y sus restos fueron sepultados bajo el altar mayor de la cripta de la Catedral, llamada “El Cristo”, siendo obispo de esa diócesis José Eguino y Trecu desde 1929, tras la muerte de su predecesor, Juan Plaza, en 1927.  Eguino fue encarcelado en 1936  y más tarde liberado gracias a gestiones del Gobierno Vasco. Marchó al exilio y fue repuesto en su diócesis al final de la guerra. Casó a mis padres en Santander el 3 de marzo de 1945, fiesta de los santos Emeterio (que dio nombre a la ciudad) y Celedonio, ambos decapitados en Calahorra. Sus cabezas aparecen en el escudo de la ciudad, además de la Torre del Oro de Sevilla. Eguino fue asistente  al banquete posterior a la ceremonia, del que guardo algunas fotos junto a mis padres. Aquel obispo bueno fue un gran aficionado a la música durante toda su vida. Sabía tocar el órgano, el clarinete y el tambor, y compuso diversas obras fundamentalmente religiosas, entre ellas: "Himno a la Virgen del Juncal de Irún", "Himno a la Virgen Bien Aparecida de Santander", "Himno a la Virgen del Mar de Santander", una salve y "Hosanna". Tuvo que hacerse cargo de importantes arreglos en la Catedral tras el tremendo incendio de 1941 seguido de galerna, donde hubo  grandes desperfectos. Desde 1956 contó con la ayuda de Doroteo Fernández, obispo auxiliar  y al que Eguino consagró en la catedral de León el 3 de junio de aquel año. Tras el fallecimiento de Eguino, Fernández se convirtió en administrador apostólico de esa diócesis hasta el nombramiento del siguiente obispo, el bilbaíno Eugenio Beitia Aldazábal, que antes había sido vicario general de Vitoria y obispo coadjutor de Badajoz. En ese mismo artículo, Pérez-Maura hace referencia al barco-prisión“Alfonso Pérez”. Cuenta: “Héctor Ara, Antonio de los Bueis, Alberto Vallejo y Antonio Soler han reeditado la obra de Ramón Bustamante y Quijano, ‘A bordo del Alfonso Pérez’, que fue uno de los prisioneros del barco que sobrevivió y que es un alegato demoledor contra la barbarie del Gobierno republicano. Y que también se cuenta un poco en “Santander, 1936”,  el gran libro de Álvaro Pombo”. Presumo de tener el libro original de  Ramón Bustamante, con una entrañable dedicación  de su autor a mi abuelo materno (El Sardinero, 24.09.40), y donde  en la página 83 de ese libro dice: “Andando el tiempo ingresó en nuestra bodega José Antonio Martínez, cajero del Banco de España en Santander. Afortunadamente, le repugnaban aquellas piltrafas  y tuvo la feliz ocurrencia de ofrecérmelas un día. Fue mi salvación pues, a partir de entonces, no dejé jamás de acudir con mi plato a las horas de rancho, a la ‘ventanilla’ del exquisito cajero, a retirar los ‘premios’…, cuando los había”. Pero además de los libros de Bustamante y de Pombo, Santander entre los años 1900-1949 queda perfectamente definido en las crónicas de Fermín Sánchez González, firmadas bajo el pseudónimo de Pepe Montaña. Se trata de cuatro tomos de un gran interés (Aldus de Artes Gráficas, Santander, 1950). Y de época anterior existe (aunque agotado) otro libro, "Santander fin de siglo", de José María Gutiérrez-Calderón, de corte costumbrista, con prólogo de Vicente de Pereda e ilustraciones de Eugenio Cortiguera, de la misma editorial que el anterior y publicado en Santander en 1935. Todos esos libros a los que hago referencia son muy difíciles de encontrar.