Anoche pude ver en la “2” de RTVE la película de Jaime Chávarri“Las bicicletas son para el verano” (1984) basada en la obra teatral de Fernán Gómez (1977), donde se cuentan los avatares de una familia de clase media en el Madrid sitiado. En los primeros días de abril de 1939, Luisito, el hijo, casi al final de la película, le indica a su padre que la paz ya ha llegado. Pero el padre le contesta que lo que ha llegado es la victoria, que es cosa diferente. Tenía razón. Comenzaba un nuevo tiempo para los ganadores y pésimo para los vencidos. No se equivocó. Hubo consejos de guerra sumarísimos, ejecuciones masivas, incautaciones de bienes y trabajos forzados. Con la aplicación de la "Ley de Responsabilidades Políticas" de 1939 se prohibieron partidos y sindicatos, se anuló el divorcio y se persiguió activamente a las mujeres, quienes sufrieron humillaciones públicas, robo de bebés y encarcelamientos. Se puso en marcha la maquinaria del terror. Según afirmaba el historiador Julián Casanova, “la destrucción del vencido se convirtió en prioridad absoluta”. Lo peor fue que las condenas –muchas a muerte– no se basaban en pruebas, sino en una presunción de culpabilidad que procedía de rumores, suposiciones y delaciones; también en confesiones firmadas tras brutales sesiones de tortura. Y España se convirtió en un país de chivatos. Aquella “Ley de Responsabilidades Políticas” establecía que el juez instructor debía pedir inmediatamente informes al alcalde, al jefe de la Falange, al sargento-comandante de la Guardia Civil y al cura párroco. Los párrocos, conocedores de los secretos de confesión de muchos vecinos y parientes de feligreses, se entregaros a la tarea de ejercer de soplones con un entusiasmo inusitado. No, no había llegado la paz sosegadora sino una victoria preocupante. Ya lo dijo De Gaulle:“Las guerras civiles no se acaban nunca”. Y unos por miedo, otros por ignorancia y la mayoría por alienación, auparon y vitorearon a un dictador durante casi cuarenta años convencidos de que era el adalid (“caudillo de España por la gracia de Dios”, como rezaba en las monedas) que había devuelto la paz a los españoles. Pero aquella paz se encontraba silente en las cunetas con esqueletos taladrados por las balas de fusil. La derecha mansurrona tergiversó la historia a su acomodo; y los obispos, que habían dado a la guerra civil el estatus de 'cruzada' volvieron a recuperar derechos perdidos con la República, y fueron entonces conscientes y ahora también de que, en el dudoso caso de que Cristo apareciese de nuevo entre los hombres, habría que rematarlo a golpes contundentes de badajos de campana, de hisopos, de incensarios y de cruces pectorales para no perder sus prebendas en este sanedrín de tahúres endiosados donde el afilador que más chifla, capador.

