
La historia del famoso “pepito” de ternera la contó por primera
vez el cocinero Teodoro Bardají en
la sección culinaria que escribía para la revista ‘Ellas’, el 7 de mayo de 1933. Hacía referencia al antiguo “Café de Fornos “, fundado en 1870 y situado
en Madrid, en la calle de Alcalá, esquina a la de Peligros. Pero años antes, en
1929, Julio Camba hizo una versión diferente
en su libro ‘La casa de Lúculo o el arte
de comer’. Según él, un tal Don
Pepito tuvo un día desganado en un popular café de Madrid (no señala su
nombre) y en vez de tomar su habitual y enorme filete servido en plato optó por
comer otro de menor tamaño en bocadillo, y pronto se conoció entre la clientela
como ”lo que pide don Pepito”. La versión más acertada parece ser la de
Bardají, pero con matices. Sabido es que uno de los hijos de uno de los
fundadores, que más tarde fue sucesor del establecimiento, se llamaba José Fornos, y que de niño tenía costumbre
de merendar un bocadillo de fiambre, hasta que un día se decidió por tomar un
bocadillo caliente. El café era propiedad de los hermanos Fornos Colín (Manuel, José y Carlos) y mantuvo abiertas sus
puertas con algunas interrupciones hasta 1909. Fueron famosas sus tertulias y su plato estrella: el ‘bistec Fornos’, que consistía en un grueso filete de solomillo de
ternera asado a la parrilla, colocado sobre una rebanada de pan frito y
acompañado de jamón serrano, lengua escarlata, patatas soufflé y salsa Colbert.
Pero Bardají se confundió, como decía, a la hora de referirse al degustador de “pepitos”.
No se trataba del hijo del dueño, José
Fornos, como Bardají afirmó en la revista, sino al sobrino José Martínez Fornos, conocido como Pepito toda su vida y que, por desgracia,
murió a los 35 años. El periódico La Prensa publicó
el viernes 22 de noviembre de 1907 una
nota sobre el fallecimiento de José Martínez Fornos ‘víctima de larga
enfermedad’ y sobrino de los propietarios del café del mismo nombre. Es necesario
hacer esa matización por evitar confusiones. En febrero de 1913 murió José Fornos Colín, uno de los tres
hermanos que habían heredado el establecimiento, conocido con el hipocorístico Pepe, no como Pepito. Ahora parece
haberse puesto de moda el “paquito”,
consistente en carne cordero (pierna fileteada entre pan) impulsado por el
sector ganadero aragonés, acompañado de aliños al estilo ‘kebab’. Aparte de sus valores nutricionales, que los desconozco,
entiendo que jamás estará a la altura del glorioso ‘pepito’ de vacuno con buen pan de poca miga y masa madre calentado
en la sartén donde queda algo de aceite de oliva y ajo frito. El sabor del “paquito” es distinto, no apto para todos
los paladares, y el nombre adoptado se me antoja raquero, como dirían en
Cantabria. Le costará entrar en el Diccionario
de la RAE, como le sucede al ‘flamenquín’
(trozos de jamón enrollados en cintas de lomo de cerdo, rebozado en pan rallado
y frito en aceite vegetal, creado en 1939 en el restaurante ‘El Gallo’, de la plaza del Sol de Andújar)
y cuyo nombre todavía no lo ha sido reconocido por la Real Academia, pese a que en 2021 entraron por la puerta grande el cachopo,
el sanjacobo, el rebujito y el paparajote. Hay nombres que se les atragantan a
los señores académicos sin que yo sepa por qué.