domingo, 15 de diciembre de 2019

Con el muñón en el barril



Tengo la manía de leer cada día el santoral del taco de calendario. Hoy me ha sorprendido leer, entre otros, el nombre de María Crucificada de Rosa y he tenido que buscar  en uno y otro sitio por saber quién había sido esa mujer elevada a los altares. He sabido por fin que fue una religiosa y enfermera de Brescia nacida en 1813, que dedicó su vida al servicio de los pobres, que fundó la Comunidad de las Siervas de la Caridad y que murió un día como hoy en 1855. Se acaba el año, seguimos sin Gobierno y, al menos en mi caso, sin haber comprado todavía las tabletas de turrón y las botellas de sidra “El Gaitero”, ese champán de los pobres imprescindible en la cena de Nochebuena. Como digo, seguimos sin Gobierno, pero Pablo Iglesias, en un arranque de valentía sólo comparable a cuando Churruca  perdió una pierna en la batalla de Trafalgar y colocó su muñón en un barril de harina para mantener el equilibrio y seguir dando órdenes de ataque contra los navíos ingleses hasta morir desangrado, ha dado a entender, no sabemos si por el bien de España, que preferiría no ser él vicepresidente del nuevo Gabinete, que optaría a que lo fuese Irene Montero, la mujer con la que comparte vida, colchón y casoplón en La Navata. ¡Chupa del frasco! Antonio Maestre dice hoy en Eldiario.es que “viene una generación en España de hombres jóvenes adoradores del fascismo”. Aprovechando que la mañana ha salido soleada, me voy a acercar hasta las orillas del Ebro, con las precauciones necesarias por venir crecido, por ver cómo beben los peces en el río.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Recordando a Garmendia



Nombrar a José Antonio Garmendia Gil (Sevilla, 1932-2007) significa recordar a un señor muy alto, con una barba blanca enorme de franciscano, casi siempre vestido de negro, con el pecho lleno de colgantes y eterno paseante por las calles y las tascas del centro de Sevilla. Licenciado en Química, ejerció varios oficios. Escribió en varios periódicos, se asomó a la radio, publicó chistes en La Codorniz y escribió una veintena de libros, entre los que se encuentran “Poemas de pulpa y cascabel”, “La fauna ibera”, “El Locamerón”, “Florilegio de choradas”, “El Diccionario de Cipriano Telera (y siete cartas a opá)”, “La Pasión llena de Gracia”, “La taberna de El Traga”… También fue el autor de un autorretrato en verso que editó en El Correo de Andalucía, en 1970: “Nací en Sevilla; mi apellido es vasco. Vasca mi sangre, vasca mi figura…”. Tuvo muchos amigos, entre ellos Benito Rodríguez Rey, más conocido como El Beni de Cádiz, conocido cantaor de flamenco gaditano fallecido en Sevilla en 1992, cuando contaba 62 años. También regentó un bar en El Postigo, en barrio del Arenal, llamado El colmaíto, que contaba con una sola mesa. Por su negocio pasó  lo más selecto del arte y el toreo. A El Beni igual le daba cantar fandangos y rumbas que zambras o caracoleras. Por cierto, dicho sea de paso, hubo en Sevilla un costalero que en la procesión del Lunes Santo de 1999 murió de repente en El Postigo mientras el cofrade mayor gritaba: “Al cielo con él”, que era la orden que daba para que el paso en reposo se levantara del suelo y comenzara a moverse merced al esfuerzo humano. De El Beni,  contaba Garmendia infinidad de anécdotas. Muchas de ellas las reflejó en “La taberna de El Traga”. Pero hay, por cierto, una anécdota de este cantaor gaditano recogida por el poeta Antonio Hernández referida a El Beni de Cádiz, cuando tras una placa colocada en casa de José María Pemán, El Beni le preguntó a El Cojo Peroche: “¿Y cuando yo me muera, qué pondrán en la fachada de mi casa?”. Contestación de El Cojo Peroche: “Se vende”. Pero aún existe otra anécdota más hiriente, si cabe, también referida por Antonio Hernández: Durante una juerga flamenca pagada por el acaudalado adulador de turno, un exdirector general franquista le preguntó a El Beni: “¿Usted de dónde es?”. El Beni le respondió: “De Cádiz”. Tras un reiterado interrogatorio del político fascista y las respectivas respuestas lacónicas de El Beni, aquel exdirector general le espetó de forma grosera: “¿De Cádiz, dice usted? De donde son los maricones”. El Beni, ya harto, le preguntó al político: “¿Y su mujer, de dónde es, caballero”. Respuesta del político: “De Calatayud”. El Beni se vino arriba, se puso de pie, pidió silencio al resto de los acompañantes de aquel imbécil, y dijo: “Señores, ¿saben ustedes de donde es la mujer de este tío? ¡De Calatayud! De donde son todas las putas y muchos de los cornudos, porque también habrá en Calatayud algún forastero”. Se armó la gresca. No se sabe cómo terminó aquello, aunque supongo que como el rosario de la aurora. Contaba Garmendia en “La taberna del Traga” otra anécdota referida a El Beni de Cádiz y a El Cojo Peroche. Una noche, ambos fueron a un cine de verano en la Alameda de Hércules. Como dice Garmendia, “un cine de pipas de girasol, de higos chumbos, y de esmerado servicio de nevería”. Proyectaban una película del Oeste con muchos tiros. “En medio de una batalla campal -sigue contando Garmendia- entre los buenos y los malos, con tantísimos disparos que el cine olía a pólvora, ese Cojo que se levanta de su silla de enea. Y con aquella voz, dificultosa e inconfundible como su cojera, va y le dice al compadre:”Beni, yo me voy a mear. Cúbreme”. La cosa no era para menos.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Tímido rescate del olvido



Cuando algunos abrigábamos la idea de lo dificultoso que resultaba encontrar ejemplares de “La novela corta” y de “La novela del sábado” en librerías de lance, apareció una colección de bolsillo de Emiliano Escolar por los años 80 que volvió a dar vida a unos escritores que permanecían no ya en el purgatorio de las letras sino en el fondo de los infiernos, como si aquellos literatos fuesen inicuos, sin redención posible. Me refiero a Carrere, Zamacois, Retana, Cansinos Asens, Pedro Mata, Alberto Insúa, Carmen de Burgos, José Francés..., casi todos ellos clientes de Kursaal, aquel teatrito de nombre rimbombante y cercano a la madrileña plaza del Carmen donde actuaban cada noche la Argentinita, Pastora Imperio, la Bella Belén y la Fornarina. Y alguno de ellos pudo renacer de sus cenizas  para alegría de muchos lectores. Pero digo más: a veces, gusta más la salsa que los caracoles; es decir, algunos prólogos encargados por el editor resultaron ser más atractivos que el contenido en sí de muchas de aquellas las novelillas cortas y agridulces. Como ejemplo valga “El raro amor de Gustavo Pinares”, de José Francés, con prefacio de Rodrigo Rubio, abaceteño de nación, paralítico, casado con la novelista Rosa Romá y ganador del Premio Planeta de 1965 con “Equipaje de amor para la tierra”, donde María habla de su Hijo crucificado. Fue también, además de columnista de ABC, colaborador de Radio Nacional de España, falleciendo en Madrid en 2007.  Rodrígo Rubio, en su prefacio a la novela corta de José Francés, publicada en 1916, hace un recorrido literario de la época.  “La colección de prensa Gráfica, un tesoro encontrarla ahora, -cuenta Rubio- con un precio entre 30 y 50 céntimos ejemplar, y que anunciaba en las contraportadas productos como el Depilatorio Jovincela, que extirpaba el vello de raíz, y los Hipofosfitos Salud,  para las mamás que daban teta a sus nenes", contaba con ilustraciones de Bartolozzi, Sirio, Echea y Pérez Dolz, con la excepción del trazo de Penagos, siempre genial y único”. José Francés, que solía escribir con el seudónimo de Silvio Lago, había publicado sus primeros cuentos a principios de siglo; en 1903, dos novelitas: “Dos guerras” y “Abrazo mortal”; obtuvo en 1905 un  premio otorgado por la revista Blanco y Negro por su relato “Alma errante”; y su sainete “Judith” obtuvo el Premio Nacional de Literatura, aunque jamás se estrenó en un teatro. También hizo muchas críticas de arte en la revista gráfica “La Esfera”. Fue empleado de Correos por oposición y, además de escritor y crítico de arte, gran amigo de Juan de Contreras y López de Ayala, IX marqués de Lozoya, título concedido a su antepasado, Luis de Contreras Girón y Suárez de la Concha, por Carlos II en 1686. El Hechizado fue un monarca muy retratado, enfermizo y feo hasta la grosería, que lo único bueno que hizo en su vida fue evitar que durante la regencia de Mariana de Austria (segunda consorte de Felipe IV, sobrina de éste, hija de Felipe III y prometida desde niña del príncipe Baltasar Carlos, muerto muy joven en Zaragoza, en 1646) se expoliase el patrimonio histórico (tras la reconstrucción de buena parte de El Escorial después del incendio de de 1671), evitando que la regente regalase a su hermano Juan Guillermo del Palatinado (coleccionista compulsivo de obras de Rubens) gran parte de ese patrimonio.  Por resumir, “El raro amor de Gustavo Pinares” gira en torno a la belleza de un cuadro de Rocío Montoya, propiedad del marqués de Urbealmar, que hereda como regalo prometido Gustavo Pinares a la muerte de aquel noble montañés. La pintura representaba, como digo, a esa burguesa damisela desconocida, obra de Emilio Sala, alcoyano fallecido en Madrid el 14 de abril de 1910 de una angina de pecho, y que fue el mismo artista que decoró los techos del Café de Fornos,  el palacio de Manzanedo, el palacio Anglada, el café Lion d’Or, el palacio de la infanta Isabel y  la Cantina Americana.  Pero la pintura se había vuelto como difuminada, aunque otras veces se transformaba en nítida y fresca, como recién tomada del caballete. Un día, durante uno de sus paseos apareció delante de los ojos de Gustavo Pinares una mujer, con el mismo rostro y aspecto que Rocío Montoya. Su nombre era Lucienne d’Ermononville y resultó ser la hija ésta. Gustavo Pinares vivió a partir de entonces una etapa de su vida tormentosa con Lucienne. El relato termina de forma inesperada al tiempo que se escucha  en el exterior de su casa el triste ladrido de un perro.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Sobre el Cristo velazqueño



Mi trabajo de ayer, “Tres sucesos románticos”, se perdió en la nube misteriosa al darle al ordenador una orden equivocada. Hacía referencia a un ensayo de José Bergamín (“A buen Cristo, mucha luz”) que había releído unos días antes y que formaba parte de su libro “Al volver” (Biblioteca Breve, 1974). En su ensayo, Bergamín hacía referencia al luminoso Cristo, de Velázquez, actualmente colocado entre Las meninas y Las hilanderas en el Museo del Prado tras haber pasado mucho tiempo en casa de Godoy. Un lienzo pintado por Velázquez, como digo, para el antiguo convento de religiosas benedictinas de San Plácido (construido en 1641 entre las calles madrileñas de San Roque y Pez, en lo que en la actualidad se conoce como barrio de Malasaña) posiblemente por encargo del rey Felipe IV; y que fue colgado inicialmente en la pared de la sacristía de la iglesia (entonces llamada de la Encarnación Bendita) de ese convento. Todo apunta a que, en 1619, Jerónimo de Villanueva adquirió el solar donde ya existía una iglesia como regalo para Teresa Valle de la Cerda, mujer de la que estaba enamorado. Teresa no aceptó la petición de matrimonio que le había ofrecido Jerónimo y prefirió aceptar ser priora del convento benedictino donde habían llegado las primeras religiosas en 1624. En el convento había monjas pero faltaba un confesor. Fue elegido fray Francisco García Calderón, de cincuenta y seis años, autor de un cambalache en el que intervino la Inquisición al producirse entre aquellas monjas, casi unas niñas, una “epidemia de histerismo colectivo” al creerse que estaban poseídas por el demonio al que denominaron Peregrino raro, se prestaron a raros exorcismos por fray Francisco, terminando aquellas monjas “endemoniadas” y su confesor presos en Toledo por orden de la Inquisición, tal y como explica con claridad Gregorio Marañón en su ensayo “El Conde-Duque de Olivares” (Austral, pp.126-133). Posiblemente, la verdad del cuento se la llevó a tumba don Gaspar de Guzmán y Pimentel, valido de Felipe IV, gordo, medio inútil, gotoso y fatigándose mucho, con la conciencia torturada y siempre acompañado de sus fieles criados Burrigay y Llamazares, muriendo el sábado 22 de julio de 1645 a las 9 de la mañana de tabardillo (sin significación precisa), de arterioesclerosis y de una posterior erisipela en la ciudad de Toro, donde había sido desterrado, tras ser asistido por los médicos toresanos Francisco Medina y Lázaro de la Fuente y por Cipriano Maroja, catedrático de Medicina en Valladolid; y posteriormente embalsamado y trasladado en ataúd de plomo su corrompido cuerpo hasta Loeches tras un largo y agitado camino de la comitiva que le acompañó hasta ser sepultado en el monasterio de la Inmaculada Concepción, fundado por él. De Velázquez se conservan tres cuadros suyos: uno de ellos de cuerpo entero pintado en 1624 y que se conserva en el Museo de Arte de Sao Paulo;  otro, de medio cuerpo, pintado en 1638, que se conserva en el Museo del Hermitage; y un tercero, a caballo (1634), que se expone en el Museo del Prado. También existe un supuesto retrato de su esposa y prima, Inés de Zúñiga y Velasco, en el Museo de Huesca, copia anónima y reducida de una dama atribuida a Velázquez, que se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín. Por terminar, recomiendo la lectura del libro “Alguien heló tus labios”, de Fernando  García de Cortázar (Editorial Kailas, colección KF. 2016), donde se hace un recorrido de los últimos tres siglos para entender nuestra historia. Lamento por falta de tiempo no poder hacer un balance histórico sobre la figura de Jerónimo de Villanueva, valido del valido y de su esposa, la exclaustrada que decidió convertirse en su mujer y que tanta influencia tuvieron en el devenir histórico. Quizás lo deje otro día. No quiero terminar, sin embargo, sin contar que Felipe IV se enamoró de una novicia, sor  Margarita de la Cruz, y que ambos tuvieron citas a escondidas. De hecho, el rey, ayudado por Olivares y Jerónimo de Villanueva quiso  secuestrarla una noche. Para librarse de éste, Margarita se hizo la muerta en su celda, amortajada y metida en un ataúd. El rey, después de contemplar esa escena, se marchó despavorido y obligó a instalar un reloj en la iglesia del convento que tañía las campanas cada cuarto de hora en toque de difuntos, también conocido como “clamor”. A la muerte de sor Margarita, aquellas campanas no volvieron a tocar nunca más, salvo cuando fallecía una monja. Tras aquella “comedia” disuasoria,  Felipe IV donó el velazqueño Cristo crucificado al convento. En 1804 aquel cuadro fue comprado por Godoy, como decía, por 60.000 reales, pasando más tarde a estar en poder de su esposa, María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón. Hasta que en 1826, durante su exilio en Paris, la condesa puso el cuadro en venta, sin éxito, pasando a su muerte (1828) el cuadro a ser propiedad de su cuñado, el duque de San Fernando de Quiroga, quien se lo regaló a Fernando VII. Un año después (1829) pasó al Museo del Prado. Aquel Cristo le sirvió de inspiración poética a Miguel de Unamuno, autor en 1920 de su famoso trabajo “El  Cristo de Velázquez”, dividido en cuatro partes y con diferentes perspectivas: Cristo mito, Cristo hombre-Cruz, Cristo Dios y Cristo  eucarístico, siguiendo la estela de fray Luis de León y su obra “De los nombres de Cristo”, en verso blanco; es decir, sin rima, aunque cumpliendo los requisitos de medida.

lunes, 9 de diciembre de 2019

La chochez de Alcibíades



En una cita previa del libro “Solo de trompeta” (Prensa y Ediciones Iberoamericanas, Madrid, 1965; col. Los libros de doña Berta; 1987) Antonio Fernández Molina señala: “Con el título "La chochez de Alcibíades" escribió mi maestro una sátira profética, que he buscado en vano entre sus papeles inéditos". Alcibíades fue sobrino carnal de Pericles. Pero Fernández Molina alude a Antonio Machado, en “Juan de Mairena”, donde aparece ese escrito textual. Tirando por el camino más corto, se me ha ocurrido leer la tesis doctoral “Pensar poético  y eutopía cívica en Antonio Machado”, de Antonio Jesús Carrillo Burgos (Universidad de Almería), por ver si con su lectura sacaba algo en limpio.  No mucho, la verdad. Juan de Mairena (Sevilla, 1865- Casariego de Tapia, 1909) fue un ficticio profesor de gimnasia y retórica creado por Machado y al que describe como “poeta, filósofo, retórico e inventor de una Máquina de Cantar”, y al que presenta como alumno del maestro apócrifo Abel Martín (Sevilla, 1840- Madrid, 1898). No existe tal localidad en Asturias, pero sí Tapia de Casariego, en el concejo del mismo nombre. Diego Taboada Varela, en su artículo “¿Por qué Juan de Mairena?”,  hace referencia a Montalbán. ” Decía Montalbán  -y así lo señala Taboada- que Mairena era quizás el más liberal de todos los liberales que hubo nunca en este tragicómico país, en donde discrepar sobre todas aquellas bobadas que suelen metérsele en la cabeza a la masa y a sus representantes políticos es y seguirá siendo considerado como un síntoma de arrogancia o prepotencia, cuando no de locura. Los borregos son y serán así toda su vida: cuando balan y ríen juntos cogen mucha fuerza, y si alguna oveja negra decide pensar y decidir por sí misma, sentirán aún más placer en ridiculizarla. El miedo y la ignorancia, que suelen ir de la mano, no perdonan a la apertura mental y a la falta de certezas o verdades opiáceas. Tanto en nuestra vida cotidiana como a altas esferas. Tanto en anónimas pero reales historias cotidianas como en públicas manifestaciones de principios, el loco es y seguirá siendo aquel o aquellos que no barren hacia el sol que más calienta. La psiquiatría tranquiliza mucho a aquellos individuos demasiado seguros de su propia cordura, por eso el loco nunca será escuchado por el mero hecho de haberse ganado, por unánime y unilateral consenso, y sin juicios previo, la etiqueta de ‘loco’; y así, por arte del birlibirloque y el consenso semántico aceptado en masa, el loco de turno y sus sólidas razones suelen quedar casi siempre relegadas al cajón de las verdades que conforman el culo y la trastienda de una sociedad hipócrita, incapaz de reírse de sí misma y de las medias-verdades que considera como sagradas e insustituibles”. Ya lo dijo Pirandello: Así es (si así os parece).