Hoy leyendo un trabajo
de Andrés Amorós en El Debate he sentido como un
escalofrío. Sabido es que Amorós es una de las plumas más finas que tiene este país y al que, cada vez que lo leo, siento que me reconforto. Hoy hace un
exquisito resumen de la publicación póstuma de Elena Fortún aparecida en 1943 y publicada por Editorial Aguilar, “Celia en la revolución”. La
protagonista ya no es aquella niña, sobre la que escribía Encarnación
Aragoneses (verdadero nombre de la
autora) desde 1928 en el suplemento infantil “Gente menuda”, dentro de la revista “Blanco y Negro” que dirigía Torcuato
Luca de Tena. Según recuerda Amorós, “el 28 de junio de ese año apareció
por primera vez el nombre de Celia en
un cuento breve, dialogado: firmado con el seudónimo de Luisa. El 6 de enero de 1929 se publicó ‘Celia sueña en la noche de Reyes’. El personaje
se había convertido ya en el protagonista de una sección fija, ilustrada por su
amigo Santiago Regidor”, que consiguió
dotar a los personajes infantiles de una gran espontaneidad e ingenuidad y que
a partir de 1932 fue sustituido por Serny, seudónimo de Ricardo Summers. Regidor fue vecino del matrimonio de Elena Fortún y Eusebio Gorbea en la
calle Ponzano de Madrid. Había sido discípulo en su juventud del paisajista Carlos de Haes y más adelante
catedrático de dibujo en el Instituto de San Isidro de Madrid. Falleció en esa
ciudad en septiembre de 1942. En “Rinconete”
(Centro Virtual Cervantes) Isabel Bellido, bajo el epígrafe “Elena Fortún y Carmen Laforet: culpables
por escribir”, narra: "Cuando me
muera pídele a Carolina tus cartas,
que guardo todas en un sobre, para que las rompas tú y nadie más las lea».
Llegado a tal punto del texto, el lector-fisgón toma consciencia de lo que
tiene entre sus manos. La frase pertenece a una Elena Fortún anciana y
moribunda que se encomienda a Carmen Laforet,
su interlocutora, que tenía entonces (año 1951) treinta años. Las hijas de
Laforet heredaron una parte de la intimidad de su madre al recibir unas cartas
que la autora de la serie de libros de Celia le dirigió, pero faltaba la otra mitad de
la historia. La también escritora Cristina
Cerezales Laforet se propuso dar con las misivas firmadas por su madre con
pasmosa diligencia. Consiguió localizar a Carolina
Regidor (la que asoma al principio de este artículo; hija de Santiago
Regidor, primer ilustrador de Celia), que vivía en una residencia de ancianos
de Madrid, pero, poco antes de su ansiada cita, la amiga de Elena Fortún
falleció. Muerta también la
esperanza, unos pocos días después, Cristina Cerezales Laforet se topó con el
libro ‘Los mil sueños de
Elena Fortún’, de Marisol Dorao, biógrafa de la autora.
Cuál fue su sorpresa cuando vio que, desde la fotografía de cubierta, Fortún le
señalaba una parte de su escritorio donde figuraba un sobre que rezaba ‘Cartas
de Carmen Laforet, para entregarle a ella después de mi muerte’. Efectivamente:
las tenía Marisol Dorao. Ahora las cuarenta y seis cartas están reunidas
(frente a frente, página a página) en ‘De
corazón y alma’ (1947-1952), un libro
editado por la Fundación Banco Santander, al cuidado de Nuria Capdevila-Argüelles (editora y estudiosa de Elena Fortún) y Cristina y Silvia Cerezales Laforet”.
Y entre aquellos papeles estaba el borrador de “Celia en la revolución”. Lo cierto es que, en noviembre de 2021,
la Biblioteca Regional ‘Joaquín Leguina’
de la Comunidad de Madrid recibió un inesperado paquete e correos sin
remitente: el manuscrito original de “El
pensionado de santa Casilda”. Nadie sabe quién lo envió. Sí se sabe que
Elena Fortún terminó el libro “Celia en
la revolución” el 13 de octubre de 1943 en Buenos Aires, según señalo su
autora al final del texto. Tras ardua labor dio con el borrador Marisol Dorao.
Resultó difícil su traducción ya que el manuscrito estaba lleno de
abreviaturas. La primera edición de ese libro (Aguilar, 1987) con ilustraciones
de Asun Balzola me lo regaló mi
madre (que cuando empezó la guerra civil tenía la misma edad que Celia, quince
años, y que también pasó penalidades sin cuento con su padre, más tarde también mi abuelo, preso en Santander, en el barco-prisión “Alfonso Pérez”). Lo conservo como un tesoro por lo que significa. Hay que saber valorar las pequeñas cosas, aunque sean difíciles de explicar a las nuevas generaciones.
