Leo hoy en un suelto en un diario ultraconservador el siguiente epígrafe: “¿Tengo que dar limosna al pobre que está en la iglesia?”. En ese sentido, informa ese diario que muchos creyentes católicos se cuestionan con frecuencia entre si es bueno dar un donativo a un pobre que pide a la puerta del templo o canalizarlo a través de obras caritativas de la Iglesia. Yo, desconfiado por naturaleza (como todos los que hemos nacido en un pequeño pueblo donde los trenes siempre pasaban de largo) me inclinaría por lo primero. Como dice el refrán:“Más vale pájaro en mano que ciento volando”. Me ha venido a la cabeza la novela de Pérez Galdós, “Misericordia”, publicada en1897 y centrada en el Madrid cochambroso de la última década de aquel siglo. La novela se estructura en cuatro partes, gira toda ella en torno a Nina, la principal protagonista. Como señala Luciano García Lorenzo en su magnífico prólogo a la novela galdosiana (Cátedra, 1982) el escenario de esa novela es Mesón de Paredes, la plaza del Ángel, la callejuela del Beso, la calle de Toledo, el puente de Segovia, la calle de la Cabeza, el Campo Nuevo, las Cambroneras…”. Alguna calle o plaza ha desaparecido, otras han cambiado de nombre, si hacemos las pertinentes consultas en“Origen de las calles de Madrid”, publicado en 1863 por Antonio Capmany Montpalau; leemos con interés “Escenas matritenses” de Ramón de Mesonero Romanos; o vamos directamente a “Las calles de Madrid”, de Pedro de Répide (Afrodisio Aguado, 1981), donde se explica de forma clara el entorno por donde se movían pidiendo limosnas aquellos tristes personajes de fin de siglo: calle Huertas, iglesia de San Sebastián, plaza de Santa Ana… Galdós había llegado a Madrid en 1862 dispuesto a vivir de dramaturgo y vio crecer la ciudad, elegante y burguesa al norte y oeste y miserable al sur. Aquellos pobres de solemnidad, también carreteros, fulleros y tramposos sin domicilio fijo, solían tomar algo caliente dado en caridad en algunas porterías de conventos, lo que se conocía como el“bodrio”, que era un caldo con restos de sopa, mendrugos, sobras de comida, verduras y legumbres. Un sopicaldo caliente, aunque parezca poca cosa, siempre disipa los rugientes borborigmos en la oficina de las tripas. Resulta harto dificultoso mantener la dignidad intacta cuando alguien pierde toda esperanza, duerme entre cartones, vive de milagro y no dispone de un mísero rincón donde poder caerse muerto.