La palabra “moro” no es despectiva, aunque algunos la tomen como tal. Proviene del latín "maurus" (oscuro) y fue el término con el que se designó a los musulmanes que invadieron la península en el año 711, por el color de su piel, cuando Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho de Gibraltar y derrotó al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete con soldados bereberes, sirios y árabes, instaurando, primero en Sevilla y más tarde en Córdoba, durante casi ocho siglos el valiato de Al-Ándalus, dependiente del califato Omeya. Hasta que el año 756 el príncipe omeya Abd Al-Rahman, único superviviente de la masacre de toda su familia por parte de los Abbasíes de Damasco, llegó a Al-Andalus, derrotó al emir Yusuf, representante del poder de Damasco, y se hizo proclamar emir con el nombre de Abd al-Rahman I. Más tarde, en el año 773, rompió sus relaciones con los Abbasíes y se proclamó emir independiente. Pero lo que aquí señalo no aclara nada nuevo, está presente en todos los libros de Historia. Todo ello lo explicó con rigor Américo Castro en su ensayo “España en su historia”, publicado en 1948 durante su exilio americano. No hay que olvidar que, mientras Castilla dirigía sus acciones sobre el sur de la Península, la Corona de Aragón ponía sus miras en el Mediterráneo. La expulsión definitiva de judíos y árabes por los Reyes Católicos se produjo en 1492, pero antes de ello, en 1478, esos reyes crearon el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición tras la aprobación del papa Sixto IV de la bula ‘Exigit sinceras devotionis affectus’, con miras a mantener la unidad religiosa y controlar el poder político en sus reinos. Ese Tribunal, en principio, solo tenía competencia sobre cristianos bautizados, pero más tarde se extendió a toda la población para la represión de la herejía. Dio lugar a los ‘autos de fe’, que conllevaron suplicios y la quema de personas vivas. Hasta que las diferencias entre Fernando II de Aragón y el papa hicieron que el papa promulgase una nueva bula en la que prohibía categóricamente que la Inquisición se extendiese a Aragón. Sin embargo, las presiones del monarca aragonés hicieron que el papa terminara suspendiendo la bula y que promulgara otra, nombrando a Torquemada inquisidor general de Aragón, Valencia y Cataluña. Pero en Aragón la ciudadanía se resistió a las drásticas medidas de Tribunal del Santo Oficio, hasta el día en que en La Seo fue asesinado el presbítero agustino Pedro Arbués, en 1485, por aquel entonces inquisidor del Reino de Aragón, perpetrado por judeo-conversos, pese a que no quedó demostrado. Aquel agustino fue beatificado, pese a ser un reaccionario irredento de la peor calaña, en 1662 por el papa Alejandro VII, santificado en 1867 por Pío IX e incluso se le dedicó una capilla en la catedral. Y para que los aragoneses conociesen la supuesta verdadera maldad de los judíos conversos, y para aumentar el odio contra ellos, se puso en boca de la gente la truculenta historia de Dominguito de Val, un niño de siete años (que quizás nunca existió) crucificado en una pared en el Arrabal zaragozano en el año 1250. Más tarde, para hacer desaparecer su cuerpo, le cortaron la cabeza y los pies, que lanzaron al pozo que tenían en la casa, mientras que el resto del cuerpo lo enterraron en la orilla del Ebro, muy cerca del actual pozo de San Lázaro. Historias parecidas eran utilizadas para imponer mayores medidas represoras contra los judíos y un mayor control sobre ellos, llegando incluso a amurallar las ‘juderías’ donde habitaban. Pese a no estar clara la existencia de ese niño, como digo, fue canonizado el 9 de Julio de 1808 por el Pío VII. La leyenda del martirio de Dominguito de Val se enmarca en el antisemitismo europeo de la época, aunque existen antecedentes de ese relato un siglo antes, en 1144, cuando desapareció de la ciudad inglesa de Norwich un niño llamado Ricardo que, según el testimonio de un converso, había sido asesinado para cumplir con el ritual de sangre de la Pascua hebrea. De esas leyendas se dio paso en el siglo XIX a la figura del“Sacamantecas”, que se utilizaba como estampa mítica del folclore para asustar a los niños traviesos. Las hazañas de tan siniestro personaje las cantaban los ciegos y las vendían en pliegos de cuerda los buhoneros en las ferias rurales.



