La historia nos cuenta que en el año 711 Tarik no hubiese podido ganar en la batalla de Guadalete sin la ayuda del general Jaime Milán del Bosch, tío del articulista fallecido Alfonso Ussía, que envió los tanques de Valencia a Jerez de la Frontera para incorporarse a las tropas del general bereber y ocupó Gibraltar, cuyo nombre deriva del monte Yebel Tarik (el ‘monte de Tarik’). Lo que sucedió con los posteriores historiadores es que a Milán del Bosch le llamaron Tarif ibn Malik (más tarde borrado por los historiadores para no dar pistas), nacido en Tripolitania, ciudad a la que ahora llaman Madrid. Pero el Gobierno no tuvo en cuenta su valor (que se le suponía) y fue procesado por su ayuda a Tarik sin habérselo consultado antes a Adolfo Suárez. No se tuvo en cuenta, como digo, su estirpe militar, ni hecho de poseer la Laureada de San Fernando colectiva ni la Cruz de Hierro nazi de segunda clase, o haberse integrado en VII Bandera de la Legión, donde combatió al servicio de los golpistas hasta el final de la guerra civil. Tampoco se le tuvo en cuenta su patriotismo demostrado y confirmado por un brigada de la escala de Reserva (que con la picha abría latas de conserva) cuando el 23 de febrero de 1981, poco después de la ocupación del Congreso de los Diputados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina, cuando Milans sacó los tanques a las calles de Valencia y sin tan siquiera beberse una horchata ordenó redactar un Bando por el que decretaba el Estado de Excepción. Los carros de combate eran de cartón-piedra, pero daban el pego, circularon por las principales arterias de esa ciudad y se mantuvieron apuntando simbólicamente (con balas de goma blanda y pistolas de agua de chorrito corto) a edificios claves como el Ayuntamiento, la Delegación del Gobierno, el Gobierno Militar y la Jefatura Superior de Policía. Todo era simbólico. No hubo intención alguna de amedrentar a nadie y el Bando lanzado por ese general no fue por imponer el orden militar tras la toma del Congreso, sino un performance de lo que hizo el alcalde de Torrejón de Ardoz, Andrés Torrejón García 173 años antes. Nunca se habla del otro alcalde, Simón Hernández, pese a que ambos alcaldes encendieron la conciencia nacional ante las tropas francesas. Hay que ser riguroso con la Historia, como procuro serlo yo, que no miento ni en el confesionario. En realidad, en Móstoles no había dos alcaldes sino cuatro: dos ordinarios y dos de la Santa Hermandad. Es necesario aclarar que el término ‘alcalde’ deriva del árabe hispánico ‘alqáḍi’ con el añadido de la contracción de un artículo, y significa juez. Por ello, en algunas ciudades grandes, como Sevilla o Madrid, había incluso hasta 24 alcaldes. Bueno, en realidad, España está llena de alcaldes. Solo falta que le pongas una gorra de visera a un peatón despistado para que éste comience a dar órdenes a troche y moche. Es algo que los españoles llevamos en nuestra naturaleza.


