Decir gitano no es peyorativo desde el momento de que éstos se enorgullecen de serlo. Viene a cuento con una noticia aparecida en Diario de León donde dice textualmente: “Una pareja de etnia minoritaria mata de tres tiros a un vecino de Santa Lucía de Gordón por un tema de drogas”. De hecho es el término oficial y el etnónimo en España. Pero si se dice gitano con ánimo de molestar la cosa cambia, como es el caso de la RAE, que incluye ese término para equipararlo con “trapacero”, de la misma manera que resulta peyorativo equiparar a judío con “tacaño”. Las cosas son de una manera o de otra en función del cristal con que se miran. Durante el franquismo se hicieron muchos chistes, la mayoría de mal gusto, relacionados con tipos de etnia gitana y la Guardia Civil (“plastañí” en calo, que deriva de voces romaníes vinculadas al verbo perseguir o “plastarel”) de correría, que sustituyó a la Santa Hermandad y que iba provista de capa, tricornio verde con visera y cogotera, barboquejo caído hasta el mentón, zurrón y fusil 'mauser', donde se manchaba la dignidad de un pueblo entero. Durante mucho tiempo, esos relatos constituyeron una mezcla entre la picaresca, el tropiezo cultural y la tensión constante entre ese colectivo marginado y la principal autoridad rural de la época que ejercía un control férreo en páramos y caminos. El choque entre la vida nómada y las estrictas normativas del Estado generaba situaciones cómicas que la tradición oral utilizaba para invertir los roles de poder. En estos chistes, el gitano solía representar la astucia y la supervivencia, mientras que el guardia civil representaba una autoridad rígida que era burlada a través de malentendidos deliberados o respuestas absurdas. También se hicieron muchos chistes sobre Franco que hasta los ministros se contaban sotto voce. Yo creo que aquellos guardias civiles ejercían de autoridad hasta en pijama. Por aquellos tiempos, algunos miembros de la Guardia Civil al servicio de la Dictadura cometíeron muchas tropelías. En los tristes años de la España en blanco y negro, como digo, se contaba que cuando un gitano se ponía un tricornio, automáticamente le entraban ganas de ponerse a repartir hostias. Hoy, en democracia, la Guardia Civil es un cuerpo muy respetable y respetado que ayuda al necesitado en situaciones infaustas, vigila las carreteras, salva a alpinistas en situaciones delicadas, controla las armas en circulación, persigue la droga, hace guardia en centros oficiales e impone la ley cuando es necesario. Como dice su lema:“El honor es mi divisa”. Pero debo hacer una matización: durante el golpe de Estado de 1936 hubo guardias civiles en los dos bandos y al estar considerado como cuerpo militar tuvo que acatar órdenes en el lado que les tocó servir. El Cuerpo contaba con unos 33.500 efectivos. Su lealtad inicial dependió de la postura de sus mandos locales y regionales, siendo decisivo el bando al que se sumaban para inclinar la balanza en cada ciudad o pueblo. Poco después, por decreto de 30 de agosto de 1936, el Cuerpo fue disuelto y renombrado como Guardia Nacional Republicana en la zona republicana. Pero no puede olvidarse el pasado, ni los sucesos de Castilblanco del 31 de diciembre de 1931 o los de Casas Viejas en 1933, que le costó el cargo a Manuel Azaña. Fue una época dura, en la que exceptuando la recogida de la aceituna poco trabajo había en el campo y la gente pasaba hambruna. Tampoco pueden olvidarse los fusilamientos masivos el 14 de agosto de 1936 (tal día como hoy) llevados a cabo por guardias civiles en la plaza de toros de Badajoz y en las tapias del cementerio por orden de Juan Yagüe. En una entrevista con el periodista estadounidense John T. Whitaker, Yagüe defendió los fusilamientos masivos de miles de prisioneros afirmando: “Naturalmente que los hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar 4.000 prisioneros rojos con mi columna, teniendo que avanzar contra reloj hacia Talavera de la Reina? ¿O iba a dejarlos en mi retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?”. En honor a la verdad, bueno será reconocer que un día después, el 15 de agosto, también el comandante de la Guardia Civil de Badajoz, José Vega Cornejo, y su hijo, el teniente José Vega Rodríguez, fueron fusilados por los rebeldes tras permanecer leales a la República. Hoy hace 90 años de aquella masacre. El 22 de octubre de 1952, al día siguiente de su fallecimiento, Franco le concedió a aquel asesino soriano el Marquesado de San Leonardo de Yagüe a título póstumo. Menos mal que ese título, como sucedió con otros muchos, fue derogado por la Ley de Memoria Democrática, esa ley en vigor que tanto molesta al Partido Popular y que desea derogarla cuando llegue al poder en su vano intento de tapar con el negro manto del olvido crímenes de lesa humanidad que vergonzosamente permanecieron impunes. Muchos descendientes de aquellos miserables asesinos van hoy de demócratas y hasta escriben engolados artículos en la prensa. Que tengan un buen fin de semana.