Recuerdo de niño haber visto en la entrada de la escuela donde aprendí las primeras letras tres mástiles (tres tubos pintados de verde) que en contadas ocasiones servían para colocar tres banderas: la nacional (roja y gualda con el águila de san Juan), la de Falange Española (formada por tres bandas verticales -roja, negra y roja- siendo la banda central de color negro el doble de ancha que cada una de las bandas rojas, con el yugo y las flechas), y la del Requeté carlista, que apareció por estos andurriales con la llegada de Felipe de Austria, marido de Juana de Trastámara. La expresión ‘requeté’ tiene su origen en el dicho “tápate, soldado, tápate, que se te ve el requeté” (haciendo referencia al trasero). Se explica, dada la mala vestimenta y con abundantes descosidos del tercer batallón de soldados carlistas que lucharon en la Primera Guerra (1833-1840) siendo partidarios del botarate Carlos María Isidro, tras haber hecho público el ‘Manifiesto de Abrantes’ donde mantenía sus derechos dinásticos frente a su sobrina Isabel, a la que Galdós definió como "la de los tristes destinos". También recibieron el nombre de “requetés” los cerca de 76.000 participantes de las fuerzas navarras sublevadas que lucharon en la Guerra Civil al servicio de los responsables del golpe de Estado de 1936. Aquellos soldados navarros avanzaban en fila por los caminos por caminos polvorientos y con rumbo el frente tras un abanderado que portaba la bandera con el aspa de Borgoña y de otro que alzaba una cruz procesional, como puede comprobarse en las ilustraciones de Carlos Sáenz de Tejada y de Joaquín Valverde en “Historia de la cruzada española” editada por Ediciones Españolas S.A. entre 1939 y 1944, estando encomendada la dirección literaria a Joaquín Arrarás de los 36 tomos repartidos en 8 volúmenes que escribió un equipo auxiliado con muchos corresponsales, todos ellos puestos al servicio de la propaganda franquista. Arrarás, para quien lo desconozca, fue el periodista que entregó a Nicolás Franco los “Cuadernos robados” de Manuel Azaña sustraídos en el consulado de Ginebra, siendo titular Cipriano Rivas y vicecónsul el traidor Antonio Espinosa Sanmartín. Esos documentos manuscritos en libros de contabilidad, hoy de gran valor histórico, llegaron a manos de Arrarás, jefe de los Servicios de Propaganda e historiador del bando rebelde. Fue publicando fragmentos en ABC de Sevilla convenientemente seleccionados para suscitar rencor contra Azaña y contra los ministros de la Segunda República. En fin, comencé con banderas izadas en mi infancia y he terminado en lo más parecido a la Rampa de Brañuelas, por no decir por los cerros de Úbeda, por donde se perdió Álvar Fáñez, retratado en “Cartar de mío Cid”. Que tengan un buen día.