viernes, 3 de abril de 2026

Vivir mata

 

 

Hoy, Viernes Santo, me he pasado la mañana haciendo limpieza de papeles. Siempre encuentro algo curioso de lo que ya ni me acordaba. He podido rescatar del olvido un suelto de Heraldo de Aragón de 2004 donde Juan Domínguez Lasierra, en “El ‘limpia’ del Tubo” hacía referencia a Luis Pastor Cruz, el último limpiabotas  con salón propio que heredó de su abuelo, que lo había inaugurado en 1953. Domínguez Lasierra, al referirse a Luis Pastor, fallecido el 1 de julio de 2004, se deshace en elogios. Señala: “Fue un  personaje muy querido por todos. Muchos recuerdan su antiguo ‘Chévrolet’, de color blanco y capó granate. Era muy apuesto, en su juventud tuvo mucho éxito con las mujeres”. Y Domínguez Lasierra le enseña a su acompañante melillense, Vicente Moga, una foto “en la que  Luis Pastor aparece en su ‘salsa’ junto a ‘El Plata’ cantándole a una de las históricas tabaqueras del Tubo”. Aunque no he visto esa foto, presumo que se referirá a Serafina. Para quien lo desconozca, Vicente Moga Romero es historiador, fue director del Archivo General de Melilla y autor de libros muy interesantes, entre ellos, “Las heridas de la historia. Testimonios de la Guerra Civil española en Melilla” (Ed. Bellaterra, Barcelona, 2004) y “La cuestión marroquí en la escritura africanista” (Ed. Bellaterra, Barcelona, 2008). Serafina, por otro lado, fue una cigarrera de nombre Herminia Martínez Lines, que estuvo sentada junto a ‘El Plata’ durante más de 65 años ofreciendo a los peatones cajetillas de cigarrillos de estraperlo.  Falleció el 19 de febrero de 2011. Desde 2015 forma parte de la comparsa de Gigantes y Cabezudos después de haberle quitado el cigarrillo de la boca de cartón-piedra. Fue como haberle suprimido el cigarro habano a Churchill o la pipa a Popeye. A todas luces una censura lerda donde se enfrentó la salud pública con la libertad de expresión artística. Ya sabemos que vivir mata, como así lo entienden los galenos; y, también, que los siete sacerdotes que quitaron de la boca de cartón-piedra el pitillo de Serafina tocaron incesantemente los shofares hasta conseguir que cayesen las murallas de Jericó. Bueno, eso dice el libro de Josué. Creo que la expresión artística hubiese disminuido considerablemente de haber dejado de fumar Picasso y de beber ‘Pernod Fils’, o sea,  absenta.

 

jueves, 2 de abril de 2026

Un santo a su manera


Esta noche de Jueves Santo se volverá a celebrar en León la procesión del“Entierro de Genarín” que, para mí, debería ser considerada de Interés Turístico Nacional. Congrega a más de 20.000 ciudadanos en torno a la figura de Genaro Blanco Blanco, que fue santo a su manera. Su procesión fue prohibida por el franquismo entre 1957  y 1978 por ser considerada escandalosa para los meapilas de aquel régimen autoritario. La figura de Genarín no cabe duda de que forma una parte importante de nuestra cultura popular. Nació en 1861 y fue abandonado en  la inclusa.  De mayor tuvo el oficio de pellejero de pieles de conejo y de liebre, se casó con María García Pérez (fallecida el 18 de abril de 1917) y tuvo seis hijos, de los que dos de ellos ya habían muerto antes del atropello de su progenitor, que  falleció el 29 de marzo de 1929 (Viernes Santo) después de haber sido arrollado mientras exoneraba el vientre por el primer camión de la limpieza pública en la leonesa carrera de los Cubos. El mito de san Genarín nació de la mano de un grupo de bohemios borrachines del Barrio Húmedo, los cuatro “evangelistas”, llamados Francisco Pérez Herrero, Luis Rico, Nicolás Pérez ‘Porreto’ y Eulogio ‘El Gafas’, que se dedicaron a elogiar su figura por las diversas tabernas leonesas hasta el punto que al año siguiente, en 1930, decidieron montar una procesión en su honor coincidiendo con la noche del Jueves Santo, donde se ensalzó la personalidad de aquel hombre amante de empinar el codo, el juego y los lupanares mediante una especie de ‘evangelio apócrifo’. Cualquier persona interesada en la vida de este ‘santo’ puede informarse con la lectura, que recomiendo,  de “El entierro de Genarín”, novela de Julio Llamazares (Alfaguara, 2015, 200 páginas). La procesión, como digo, está organizada cada año por la Cofradía de Nuestro Padre Genarín. Y antes de cada procesión, los hermanos cofrades celebran una ‘última cena’. Más tarde se da comienzo a la procesión, que se compone de tres pasos, y los fervorosos fieles entonan  el cántico “Genaro es cojonudo”. En el primero de ellos se representa a san Genarín como un pellejero abrazado a una farola con una botella de orujo en la mano.  El segundo, se corresponde  con La Mocha, la meretriz piadosa que acudió a socorrerle nada más suceder el atropello. El tercero, representa a la Dama de la Guadaña, fría y sin carnes. También forman parte de la comitiva cuatro cabezudos, uno por cada evangelista. La procesión arranca en la plaza del Grano y su final está situado en la carrera de los Cubos, donde Genarín perdió la vida de forma infame. Entre medias se realiza una serie de rituales. Entre ellos, la lectura de textos satíricos sobre su vida y milagros: "Y antes de ser declamadas para gloria de este mundo,/ siguiéndote  en tus costumbres,/ pues nunca ganasteis lujos./ Bebamos a tu memoria una copina de orujo,/ que fue lo que más chupaste antes de ser difunto...". Al llegar al tercer cubo de la muralla romana se procede a la ofrenda del orujo, una rosca de pan, queso y unas naranjas. He visto una fotocopia de su ‘acta de defunción’ y de otro documento donde el entonces juez municipal suplente, Francisco del Río Alonso, recoge en acta que se llama Jenaro, con 'jota', que no Genaro, y que se apellidaba Blanco, sin segundo apellido, ya que era hijo de “padres desconocidos”, Blanco (como Expósito) era el apellido común para identificar a los huérfanos. La reseña de su muerte apareció al día siguiente en Diario de León (que entonces era propiedad del Obispado) y en El Dia de Palencia el 1 de abril. En otro diario de la época, La Democracia (que se imprimía en la calle Gutierre, 1) se aclaraba que “a esa hora [sobre las doce de la noche] Genaro caminaba por la orilla de la carretera de los Cubos cuando enfilando desde la plaza del Espolón en dirección a la Catedral, a la altura del tercer cubo de la muralla, la camioneta de limpieza municipal (no de recogida de basura), bautizada como “La Bonifacia“ (en honor al concejal  Bonifacio Rodríguez) perdió el control a manos de su conductor, José María Sáez (Sáenz, según ese diario), vecino de Puerta Moneda y de 19 años, que ingresó en la cárcel”. Por otro lado, el cura párroco de Santa Marina, Anastasio Fernández, y el coadjutor, Ramiro Carniago, aparecieron  enseguida en el lugar de los hechos, “administrándole la extremaunción sub conditione” (sic). En su memoria se aplicaron diversas misas en la iglesia de Nuestra Señora del Mercado, ubicada en la plaza del Grano, junto a la calle El Barranco, también conocida como 'Apalpacoños', en cuyas burdeles dice una leyenda posterior que Genarín reinaba entre sorbo y sorbo de orujo, algunos de ellos en la tasca del tío 'Perrito', haciendo esquina junto a los soportales empedrados. La inscripción de sus sepultura señalaba: “Cuartel F, Fila 2, número 26”. Pero esa referencia no se corresponde con el actual cementerio, ubicado en la avenida de san Froilán, entre los ríos Bernesga y Torío e inaugurado en 1932,  sino con el anterior, el camposanto de la calle maestro Uriarte, en el barrio de san Esteban, ya desaparecido. Por cierto, las lápidas de aquel cementerio fueron troceadas y reutilizadas para formar marmolillos de aceras. En consecuencia, ¿dónde se encuentran los restos de Genarín? Nadie lo sabe.

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Un viejo libro

 

Conservo entre mis libros uno que me llama la atención. Se trata  de una edición de “El anticuario”, de Walter Scott, que constituye el tomo IV, editado en Madrid en marzo de 1832 en la oficina de Moreno, calle de Preciados, número 7 (en la actualidad ese espacio lo ocupa la administración de lotería número 239, conocida como “El jorobado de la suerte”). El relato de Scott consta de 142 páginas y un anexo de otras 10 donde figura una lista de los señores suscriptores de todas las ciudades de España. Concretamente en Zaragoza hay 14 de ellos. Fue la tercera de sus obras, escrita en 1816, cuya trama se centra en la figura de un terrateniente de las Tierras Altas, estudioso del pasado romano de Gran Bretaña y coleccionista de piezas arqueológicas de esa época. A lo largo de IX capítulos y durante un largo viaje en diligencia desde Edimburgo a la población de la costa nororiental de Escocia donde reside, traba amistad con un joven que se dirige a un destino muy cercano al suyo. En el trayecto se topa con  imprevistas subidas de mareas hasta duelos en las ruinas de un monasterio,  tesoros enterrados, cultos secretos y apariciones fantasmales, mendigos, condes con un espantoso secreto en su pasado, capitanes pendencieros, barones en la ruina, nigromantes alemanes y hasta una muchacha enamorada. La edición de 1832 a la que hago referencia coincide con el año de su muerte, y entre los suscriptores de Zaragoza aparecen los nombres de Manuel Sevil, Manuel Cesáreo de Osma, Mariano Sebastián, Antonio Beguería, Ramón Ruiz y Goya, Ángel Quijada y Vicente, Francisco Navarro, Isidro Dolz, etcétera. Así, como decía, hasta 14. No es fácil de encontrar. A alguno de los suscriptores le he seguido la pista. Por ejemplo, de Isidro Dolz y Dolz he llegado a saber que fue presbítero, doctor en Sagrada Teología, maestro en Artes, Académico de honor  de la de Nobles y Bellas de San Luis, catedrático de Matemáticas, e individuo de número y mérito literario de la Real Sociedad Aragonesa, condecorado con la Cruz de distinción concedida a los defensores de los Sitios de Zaragoza y secretario principal de la Junta del Montepío de Labradores. También he podido ver un curioso certificado firmado por él en nombre de la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País con  sello y firma, otorgado en Zaragoza el 5 de diciembre 1825 y puesto a la venta por internet en 125 euros.