En este país se está dando una extraña paradoja. El principal partido de la oposición, el Partido Popular, pretende, por un lado devolver a Marruecos a los ocupantes que quedan en Ceuta y que no tienen intención de marcharse; por otro, que sigan donde están hasta el final de la legislatura para desgastar al Gobierno más, si cabe. Y el Gobierno, por el contrario, está colocando a los invasores en barracones de armadillos de plástico y tubos en playas, naves industriales y el puerto para que esos ocupantes se encuentren mejor acomodo. Pero, ojo, en el puerto hay depósitos de gasolina capaces de volar una ciudad como Barcelona. Por otro lado, el presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, va mañana a Bruselas a contar a los eurodiputados lo que está sucediendo. ¡Pero si ya lo saben! Según leo en El País, “el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el mandatario ceutí, del mismo partido político, han acusado a Marruecos de haber intentado una maniobra con la “invasión” de Ceuta, que según el líder del PP estaba destinada a arrancar a España concesiones; y Vivas se ha opuesto a trasladar a esos invasores, incluidos los menores, a la Península para descongestionar Ceuta, con todo el respaldo del PP y de Vox”. Mientras, el ministro Víctor Torres, responsables desde el 25 de agosto del mando único para gestionar esa crisis, defiende la colaboración con Marruecos, y confía en recuperar la normalidad. Para mí que la cosa no ha hecho más que empezar. Veremos qué sucede si a Felipe VI se le ocurre poner un pie en ese territorio español, como le prometió a Vivas sin haberlo consultado, según parece, antes con el Gobierno. Para Mohamed VI, o Mojamé como le dice la gente del Sur, las represalias contra España podrían ser de libro por parte de ese sátrapa y jefe espiritual de un Estado formalmente creado en 1956 tras el fin del protectorado de Francia, el 2 de marzo, y de España el 7 de abril de aquel año. Hasta esa fecha en Marruecos hubo un mosaico de sultanatos, jefaturas tribales y territorios de soberanía difusa. Durante siglos, las tribus rifeñas vivieron en régimen de autoorganización, fuera del control efectivo del sultán, formando parte del llamado Bled es-Siba: no pagaban tributos regulares, no reconocían la autoridad administrativa del Majzén y se regían por sus propias asambleas y el derecho consuetudinario. El vínculo con el sultán, cuando existió, fue solo religioso y simbólico, no político ni fiscal. Aquella autonomía se expresó de forma radical durante la República del Rif (1921‑1926), cuando Abd el‑Krim organizó un proyecto político independiente tanto de España y Francia como del propio sultán de Fez. Y cuando España ocupó el Sáhara Occidental en el siglo XIX lo consolidó como territorio e instaló su dominio sobre sociedades nómadas y semi‑nómadas que habían conservado un fuerte margen de autonomía política. La “Marcha Verde” del 6 noviembre de 1975, con Franco agonizando y España desbaratada por el miedo al futuro político, fue la causa de que este país abandonase el Sahara Occidental (hasta entonces provincia española) y a los saharauis a su suerte en beneficio de Hassan II, que también afrontaba un panorama complicado: dos golpes de Estado, uno seguido de otro, que habían hecho tambalear su corona. Ahora, ha bastado una visita de Sánchez a Argelia para que, a los pocos días, se haya activado la hostilidad contra lesas ciudades autónomas. Rabat tienen razones de peso para saber que la respuesta de España siempre será tibia, por no decir que inexistente. No se puede olvidar que los teléfonos del presidente del Gobierno y de los ministros de Defensa e Interior, Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska, respectivamente, fueron intervenidos por Marruecos; el mismo país del que nos cansamos de decir que es hermano, amigo y aliado. Sánchez, sabe que no estamos en el año 711, no quiere otra“batalla de Guadalete”, y el Tarik de Rabat tienen razones de peso para saber que la respuesta de ese nuevo don Rodrigo que habita en la Moncloa siempre será inexistente. Ese país del que nos cansamos de decir que es hermano, amigo y aliado, es un vengativo vecino de mucho cuidado. Ya lo dice el refrán: “Si alguien te ha de joder, de la familia ha de ser”.