Si vas a Calatayud pregunta por la Dolores, dice una vieja coplilla. Yo preferiría decir que, si vas a Calatayud deberías visitar la Plaza de España, rodeada de casas de ‘balcón corrido’ de origen medieval y la Fuente de Ocho Caños de 1598, desmontada en 1969 y reubicada junto a la Puerta de Terrer, antiguamente llamada Plaza de los Matadores, en la vieja carretera N-2, de finales del siglo XVI y que formó parte del antiguo recinto amurallado de una ciudad que contaba con tres puertas, la señalada, la Puerta de Soria y la Puerta de Zaragoza. Las puertas de casi todas las ciudades amuralladas, cuando perdieron su función defensiva se reconvirtieron en puntos estratégicos de control fiscal y aduanero. Tras un proceso de restauración en 2001, la Puerta de Terrer pasó a ser el ‘Centro de Estudios Bilbilitanos’, dependiente de la Diputación Provincial. Se trata de dos torreones con arco y balcón que une ambas torres y que antaño albergaba una imagen del ángel custodio, desaparecida en la segunda mitad del siglo XX. Su lugar lo ocupa un nuevo ángel, grabado sobre cristal, A ambos lados existe un blasón con las armas de la ciudad, y otro con las armas de la Casa de Austria, incluyendo los cinco escudos azules que tomó como emblema el primer rey de Portugal, Alfonso Henríquez, tras la batalla de Ourique en 1139. Alrededor de esas ‘cinco quinas’ hay una bordura roja con siete castillos de oro, añadidos por el rey portugués Alfonso III (segundo hijo del rey Alfonso II el Gordo y de Urraca de Castilla, que sucedió en el trono a su hermano Sancho II, de la dinastía de Borgoña, en 1248) en conmemoración de la reconquista de fortalezas en el Algarve y que fijó los límites con Castilla mediante el Tratado de Badajoz en 1267, estableciendo el río Guadiana como la frontera sur. La plaza de España, como decía al principio, fue el núcleo comercial y social desde tiempos medievales. En una de sus esquinas se encuentra el antiguo Ayuntamiento, antigua lonja, (hoy trasladado al edificio que albergase la sucursal del Banco de España). Consta de una planta baja del siglo XVI (construida con columnas ‘robadas’ de las ruinas romanas de Bílbilis) y una primera planta del siglo XVIII modificada en 1842. Bajo un reloj de sol de madera destaca una pieza de cerámica de loza sobre cobre que representa a san Vicente Ferrer. El resto de las casas que constituyen la plaza cuadrada contemplan soportales y están bastante inclinadas, aunque sujetas casi de milagro por estar apoyadas unas contra otras por la inestabilidad de un suelo formado por yesos lacustres y la permeabilidad del río Jalón. La otra joya bilbilitana, como decía, es la fuente de ocho caños (que en tiempos pasados tuvo once) de estilo manierista construida con piedra sillar, que consta de un cuerpo alargado entre dos potentes apilastrados en sus extremos y bajo un arquitrabe sostenido por dos ménsulas. En el centro aparecen cobijados los ocho caños, que en tiempos fueron once. Tiene un cuerpo superior adintelado donde resalta entre pilastras un blasón con el escudo de la Ciudad, donde aparece un guerrero ecuestre portando en la mano diestra una lanza con banderola y con la siniestra empuñando las riendas del caballo. Me dejo en el tintero la obra cumbre bilbilitana: la Colegiata de Santa María la Mayor (o Santa María de Mediavilla) que por su gran belleza merece capítulo aparte. Edificada en 1129 sobre una antigua mezquita, cuyo ábside, claustro y torre son puro arte mudéjar, fueron testigos mudos de las primeras Cortes de Calatayud en tiempo del rey Pedro IV el Ceremonioso, hijo segundo de los condes de Urgel que ante el pueblo zaragozano rasgó con un puñal el “Privilegio de la Unión” de 1347 (posterior al firmado por Alfonso III de Aragón en 1287). La colegiata fue declarada Monumento Nacional en 1884. Pero como por desgracia sucede en este país con harta frecuencia, dado su lamentable estado de conservación necesitó ser restaurada en profundidad. Y así se hizo. Los trabajos concluyeron en 2022 tras casi doce años de haber permanecido cerrada por alto riesgo de derrumbe. El Ayuntamiento impulsó el proyecto, el Ministerio de Transportes financió casi el 80% de las obras y el Gobierno de Aragón puso el resto; y miembros del Obispado de Tarazona, (propietaria del edificio por una dudosa inmatriculación, dada la costumbre de utilizar un certificado firmado por el obispo de la diócesis sin necesidad de presentar escrituras previas), se limitó a inaugurar el templo con un rociado de hisopo y el rezo entre dientes de unos gorigoris ininteligibles. Vamos, lo de siempre, ir a mesa puesta, algo que ya forma parte de su “particular manera de entender el derecho consuetudinario”.
