No conozco la ciudad de Jaén, pero he leído que en la ‘taberna El Gorrión’, junto a la Catedral, y cruzando la estrecha calle Arco del Consuelo, se conserva un jamón momificado que data de 1918 y que sigue colgado para que puedan contemplarlo los turistas, los curiosos, los simpatizantes con todo lo referente a las momias de los faraones de Egipto, o con los devotos de Teresa de Ávila. Sobre ese pernil reseco e incorrupto se han escrito hasta leyendas curiosas. En lo que respecta a la calle Arco del Consuelo, se sabe que en la noche del 6 de octubre de 1848 se cometió bajo el arco entonces existente (que tuvo una hornacina con una imagen de la virgen del Consuelo), el crimen más sonado de la historia de Jaén desde el cometido siglos atrás contra el Condestable de Castilla, Miguel Lucas de Nieva, mal llamado “de Iranzo” (que tal era el apellido de su padrastro) el 21 de marzo de 1473 en la antigua Catedral de Jaén. Se sabe que fue apuñalado mientras rezaba de rodillas en la capilla mayor y que fue impulsado por celos nobiliarios y por su tolerancia hacia la comunidad judía. En el ‘Parador Nacional Castillo de Santa Catalina’ existió un cuadro (que en la actualidad no se sabe dónde se encuentra) del condestable Miguel Lucas, realizado por el pintor de Villagordo Francisco Cerezo Moreno (1919-2006), que idealizó su figura al no tener la menor idea de cómo era el personaje cuando la Delegación de Turismo, de la que era subsecretario el jienense Antonio García Rodríguez-Acosta, le encargó esa pintura para adorno de ese parador cuando fue inaugurado a mediados de los años 60. Pues bien, como señalaba al principio, aquella noche de 1848, con ánimo de robarle, unos desconocidos apuñalaron al carlista Ramón Calvo, conde de la Puebla de los Valles, que falleció poco después. Se tardó casi un año en encontrar a los culpables, los hermanos Juan y Silvestre Merelo Espejo, vecinos de Martos, que recibieron garrote vil mediante ejecución pública el 25 de octubre de 1849 en El Ejido de Belén, que en la actualidad es un barrio extramuros de Jaén. Un cómplice, Malaquias de Mora, fue condenado a cadena perpetua y a presenciar las ejecuciones.