
Termina julio (entre tierra quemada y el performance marroquí de la "toma de la Bastilla", en Ceuta) y leo el artículo de despedida en Vozpópuli (“Cuando uno se baja del tren”) de Miquel Jiménez, al que leía a diario. Él y yo diferíamos en la manera de pensar, pero eso no quita que Jiménez tuviera ingenio y manejase la pluma con la habilidad de un espadachín con el florete. Señala en su último trabajo que “llega el momento de bajarse del tren, señores, colgar espada, vizcaína, pistolón y casaca, dejar colgado en el perchero el gastado chambergo y retirarse a la serena vida del veterano que tantas cosas ha visto y tantas quisiera olvidar”. Se tiene ganado el descanso alguien como él, que comenzó a trabajar a los 14 años, llevado por necesidades económicas de su familia. Lo cuenta en otro artículo (“El señor Miguel, mi padre”), del que señaló: “Aun creo oler esa mezcla de picadura 'Genere', loción para el afeitado, agua de colonia y el apresto de sus camisas blancas inmaculadas”. Y en aquel artículo se confesaba a tumba abierta: “Yo soy hijo del señor Miguel y la señora Pepita, de La Unión él, ella de Hospitalet, ambos de clase humildísima y enamorados toda la vida como el primer día. Mi padre era camarero y trabajó cuarenta años en dos sitios, un merendero de la Barceloneta, de día, el ‘Costa Azul’, y en un cabaré por la noche, ‘Barcelona de Noche’. Dormía solo cuatro horas diarias. Le llegué a ver dormirse de pie, apoyado en la pared”. (…) “Nunca se quejó, nunca faltó al trabajo, nunca perdió su elegancia natural ni esa alegría de quien sabe cumplir. Quiso a mi madre con locura hasta que Dios se lo llevó, momento en el que precisamente yo lo tenía entre mis brazos porque lo acababa de afeitar. El maldito cáncer”. (…) “Su entierro fue multitudinario y la gente que pasaba frente a la iglesia preguntaba quién era el difunto, dada la aglomeración de personas que habían ido a dar su último adiós al señor Miguel. Desde El Portugués, limpiabotas algo raterillo que circulaba por los cafés de la plaza de Cataluña y aledaños hasta uno de los máximos directivos de banca de Barcelona; falangistas, libreros anarquistas, artistas de revista, travestis, repartidores de refrescos, viejas prostitutas que habían encontrado en casa siempre un plato de sopa y alguien a quien explicar las penas; también expresidiarios, carteristas jubilados, policías de la secreta, taxistas, camareros, dueños de restaurantes de postín, vendedores de diarios, conductores de autobús, médicos de fuste, serenos y vigilantes, todo un abigarrado mundo de tipos y personas se arremolinaba alrededor del féretro de aquel hombre con lágrimas los ojos…”. Para quien no lo sepa, el ‘Costa Azul’ fue un histórico y popular merendero (a los restaurantes de entonces les llamaban merenderos) abierto en 1930 por la familia Ferrer-Espí en el barrio de la Barceloneta. Más tarde se llamó ‘La Gavina’. Tomaron el relevo su hija María Luisa Espí y su marido Agustín Ferrer hasta 1989, cuando todos los restaurantes de la zona fueron derribados por la Ley de Costas, causando una gran conmoción en el barrio y en todo Barcelona. Buscaron una nueva ubicación en el propio barrio, y la encontraron en los antiguos ‘Almacenes Generales de Comercio’, actualmente ‘Palau de Mar’, construidos en 1881. Y en 1992, Espí, Ferrer, su hija María Ferrer y el marido de ésta, Ramón Seoane, inauguraron el nuevo ‘Restaurante La Gavina’. Por otro lado, ‘Barcelona de noche’ fue un cabaré fundado en marzo de 1936 por José Márquez Soria (más conocido como "Pepe el de la Criolla" porque antes había sido encargado y vigilante en el cabaret ‘La Criolla’) y su amigo Saborit en el número 5 de la calle de las Tapias, en el corazón del Barrio Chino de Barcelona, y se mantuvo activo hasta 1990. Por su pista pasaron grandes figuras del transformismo y la música como Christa Leem, Pierrot, Bibi Andersen, Ángel Pavlovski y Mimí Pompón. Lo cierto es que la apertura del nuevo cabaret ('Barcelona de noche') supuso la revitalización del entorno, de modo que una parte del ocio nocturno se trasladó desde la calle del Arco del Teatro hasta ese nuevo local. Sin embargo, el ‘Barcelona de Noche’, cuando todavía no hacía ni dos meses de su apertura, ya se hizo desgraciadamente famoso por el asesinato en extrañas circunstancias de su dueño y fundador, José Márquez Soria, el 29 de abril de 1936. A las 5 de la madrugada, tras efectuar la liquidación de los camareros, dirigiéndose a su domicilio situado en el número 6 de la calle de Santa Madrona, una vez había entrado dentro de la portería, le dispararon siete veces. La víctima llevaba encima unas joyas y 3.625 pesetas. Probablemente el crimen fue una venganza. Márquez tenía entonces 64 años de edad, dejando inacabado su ambicioso proyecto de transformar el barrio en un gran centro de ocio y diversión. Su mujer, Cayetana Hibraind, continuó como propietaria del negocio. En fin, se marcha Miquel Jiménez de ese diario digital de derechas aferrado a su cachimba como el que se agarra al trapecio circense, consciente de que la prensa escrita está condenada a la extinción.

