martes, 20 de octubre de 2026

Espinoso jardín

 

Hoy en La Razón, el columnista y filólogo José María Marco hace un retrato de Manuel Azaña centrado en su obra “El jardín de los frailes”, con el que no estoy para nada de acuerdo. No dudo de su capacidad para analizar el tema pero, a mi entender, Azaña fue un intelectual de la ‘Generación del 14’, como lo fueron Marañón y Ortega.  Presidente del Ateneo de Madrid, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra “Vida de don Juan Valera” , doctor en Derecho y presidente de la Segunda República. Sobre él dice Marco que “esta sociedad infantilizada le ha convertido en un muñeco de cera, que imparte lecciones de bondad, generosidad y tolerancia”. Hace referencia a los años que pasó (entre 1893 y 1897) en el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial, situado en un edificio justo al lado del monasterio). Según Marco, “era una universidad privada, católica, a cargo de los agustinos que habían sustituido a los jerónimos en el monasterio de El Escorial. Lo fundaron en1893 y lo patrocinó la entonces reina regente María Cristina. Un establecimiento destinado a educar a la elite que gobernaría España durante el nefasto reinado de Alfonso XIII, su hijo. Era el establecimiento educativo más caro de España, y el más selecto”. En la nueva edición de “El jardín de los frailes” que ahora se presenta se publica el reglamento: 1.500 pesetas por curso –que era lo que se pagaba para no tener que ir al servicio militar o más tarde a las guerras en Marruecos–, traje oscuro de etiqueta, cubiertos de plata con iniciales grabadas, etc. Azaña se codeó con los hijos de la oligarquía de la Monarquía constitucional”. Sobre su persona, los historiadores franquistas volcaron todo su rencor. Para  Mola, que no fue historiador sino un militar golpista responsable de la muerte de miles de pacenses, fue “un caso, quizá el más interesante, de degeneración mental ocurrido desde el hombre primitivo hasta nuestros días“; González Ruano, que vendió su pluma a los nazis y estafó a fugitivos judíos en el París ocupado, lo describió como “oscuro funcionario enloquecido de soberbia y amoratado de rencor”; Stanley Payne, autor del libro "El camino al 18 de julio", lo señaló como el principal responsable de la guerra civil; el leonés Andrés Trapiello le prodigó desprecios tales como “político a medias, faltándole la principal mitad”; “sembrador de vientos” y “paralizado por el miedo físico", y le mandó al basurero de la historia. Pero hubo otros: Arrarás, el ladrón de los "Cuadernos", Ricardo de la Cierva, que veía masones hasta en las costuras del colchón de su cama; el impresentable Pío Moa y demás turiferarios del más rancio fascismo carpetovetónico. Ninguno de ellos le perdonó a Azaña que tuviese fe en una España democrática, moderna y tolerante. Esa fue la realidad. El resultado fue un golpe de Estado, una posterior guerra civil, una posguerra interminable, una victoria omnipresente y una dictadura autoritaria que perduró casi cuarenta años manejada por un adalid eunuco y perverso y un grupúsculo de rancios salvapatrias obcecados en llevar un camino diferente al de las democracias occidentales. Así nos lució el pelo.

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Con la bala en la boca


 

Leo un artículo de Fernando Jáuregui (“¡Manda huevos! y otras cosas”) donde, al hacer referencia a Sánchez y a su improbable triunfo del PSOE en los comicios del próximo 29 de noviembre (según las previsiones del CIS), señala el periodista: “Cuando se habla del mago Sánchez hay que hablar con cautela: nunca se sabe si, al margen de lo previsto, ‘ley de nietos’ incluida, en la chistera de Houdini está agazapada alguna liebre que corra hacia el voto”. Para mí, mentar a Houdini (o Houdin) es algo muy serio. Fue el nombre artístico de Erik Weisz , que lo adoptó como homenaje a otro famoso mago que había muerto tres años antes de que él naciera, y con el que quedó fascinado tras leer su biografía. Nació en la ciudad francesa de Blois en 1805. Huérfano de madre, su padre le envió a estudiar a Orleans, de donde regresó ya mayor de edad dispuesto a heredar el oficio familiar de relojero; lo hizo en el taller de su primo a despecho de los deseos de su progenitor, que quería que estudiase Derecho y le había conseguido un empleo en un despacho jurídico. Decidido a ser alguien en el mundo de la horología  (arte, la ciencia y la técnica de medir el tiempo mediante instrumentos como relojes, cronómetros y relojes de sol), solicitó por correo dos volúmenes sobre el tema pero por error le enviaron un célebre tratado de magia titulado “Divertimentos científicos”. Aquella equivocación le cambió la vida. Leyó el libro con tan creciente interés que siguió comprando otros e incluso recibió clases de Maous de Blois, un mago local. Ensayaba juegos de manos mientras ampliaba sus estudios y abría su propio taller de relojería en Tours. Compatibilizó ambas actividades hasta que entró en contacto con un prestigioso mago  Torrini, un  aristócrata de nombre Edmund de Grisi, que le tomó como aprendiz. El éxito de Houdini se debió a su capacidad para inventar trucos de ilusionismo. El más popular fue el de la clarividencia (averiguar con los ojos vendados qué objetos personales tenían los espectadores), pero también destacaron el de la suspensión etérea (hacer levitar a alguien volviéndolo ligero mediante la aspiración de un frasco de éter) y otras formas de prestidigitación que hacían desaparecer cosas a ojos del público para luego hacerlas reaparecer en el sitio más insospechado. En 1847,  Luis Felipe de Orleans asistió a una función  y le contrató para un pase privado. Más tarde, con la subida al poder de Napoleón III llegó la insólita misión en Argelia. Según contó el mago en sus memorias, se le pidió que viajase a la colonia para enfrentarse a los morabitos, es decir, los santones que vivían como ermitaños y bendecían a los fieles otorgándoles baraka, (suerte). Los morabitos solían utilizar trucos de magia y a Napoleón III se le ocurrió que un francés les demostrase que su magia era más fuerte que la de ellos. Houdin actuó en el teatro argelino de Bab Azoun y dio funciones a varios jeques usando sus mejores trucos, que dejaron pasmados a los argelinos. En cierta ocasión retó a un argelino a dispararle y atrapó la bala con la boca, dejando a todos impresionados. Fue su mejor truco de magia. Murió en 1871.

 

sábado, 17 de octubre de 2026

La venda y la herida

 

 

Un relato de Gustavo Morales, “El cobrador de los muertos”, me ha hecho pensar y recordar cosas de mi infancia. Cuenta Morales que hay dos oficios siniestros casi desaparecidos: el cobrador de los muertos y el practicante a domicilio. El primero tocaba el timbre y cuando abrías la puerta aparecía un hombre enlutado y con cara de pocos amigos que sacaba de una pequeña cartera un recibo de decesos del ‘Ocaso’ que teníamos contratado, para asegurarnos en la muerte un buen entierro con “esquelas, recordatorios y ataúd incluido”. Sigue diciendo Morales que “era tan habitual que mi padre, pesimista él, según nací un viernes de dolor me dio de alta en ello y desde entonces debo haber abonado pagos a esa compañía ya para una docena de entierros o más, con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz en la testa además de una banda de cornetas y tambores ejecutando el ‘Réquiem’ de Mozart y si falta algo de eso puedo reclamar a la aseguradora tras mi sepelio”. Bueno, el muerto nunca podría reclamar nada dado su lamentable estado. El otro oficio, así lo comenta Morales, era el practicante, que más tarde cambió su nombre por ATS, siglas de ‘Ayudante Técnico Sanitario’, que no deben confundirse con las siglas ATS, referidas a “Applicant Tracking System” (Sistema de Seguimiento de Aspirantes, aplicación de software diseñada para automatizar y centralizar el proceso de reclutamiento y selección de personal en las empresas). Gustavo Morales  se refería a “aquel hombre que llegaba con su maletín preñado de temibles objetos que transportaban nuestra imaginación al horror,  y para alimentar el terror de la niñería iniciaba una perturbadora ceremonia consistente en ir sacando y depositando en una mesa cajas de metal plateado que contenían jeringuillas de cristal con afiladas agujas doradas en un cacharro con agua que ponía a hervir al fuego de un recipiente con alcohol, que prendía con un encendedor ‘Ronson’ para desinfectarlas”. Recuerdo, veraneando en Lugo de niño, recibir en casa de mis abuelos paquetes que enviaba mi madre desde Aragón cuyo contenido eran unos inyectables (de muestras gratuitas, ya que mi padre era médico) de un complejo vitamínico, ‘Hepal Crudo’, muy doloroso, que fabricaban los ‘Laboratorios Juste’. Al día siguiente de la llegada del cartero con el paquete aparecía por casa un practicante de apellido Pontide, alto, circunspecto, de cara afilada y dedos de pianista de cabaré, dispuesto a cumplir con aseo la suerte de banderillas, después de haber llevado a cabo un rito lento y aterrador con la preparación del instrumental que sacaba de un pequeño maletín. Como parece, asegurarse el entierro “con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz”, y poner la venda de dolorosas inyecciones protectoras de no sabemos qué antes de que se pudiese producir la herida, fueron las armas que tuvieron a mano nuestros antepasados para disipar el espectro de un Cielo o un Infierno que nos esperaba con la puerta abierta cuando estirásemos la pata, tal como nos avisaba César Abellas Vázquez, canónigo magistral de la Catedral de Lugo, célebre por el rigor y empaque de unos sermones que producían desasosiego.

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Leyendo el 'taco'

 

 

Yo nunca entendí el empeño de mi abuela de que comulgase los primeros viernes de mes, algo que siempre queda señalado y recordado en la hoja del ‘taco’ de los jesuitas de Bilbao que  tengo colgado mi cuarto. Como digo, nunca entendí aquel fervor de mi abuela, de misa diaria, y la insistencia en que sus nietos cumplieran con un ‘precepto’ que nunca supe quién lo había sacado de la manga. ¿Por qué los primeros viernes y no los martes o los lunes? Debo decir que personalmente jamás seguí los consejos de mi abuela en ese aspecto. Ya desde niño me sentí agnóstico y con el tiempo me convertí en dogmatófago, como don Pío Baroja. Pero aquella obcecación casi enfermiza de mi abuela la entendí de alguna manera años más tarde leyendo algo sobre la biografía de Margarita María de Alacoque, monja de la Orden de la Visitación en Paray-le-Monial, en Borgoña, importante lugar de peregrinación desde finales del siglo XVII, y cuya fiesta celebra hoy la Iglesia católica. Parece ser que aquella religiosa tuvo tres supuestas apariciones en las que recibió sendos mensajes, dando lugar a que en vida difundiera la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y custodiase las doce promesas y “la petición de comulgar lo más a menudo posible, especialmente el primer viernes de cada mes”. Lo cierto es que recuerdo haber visto en muchas casas, siendo niño, un trono donde estaba sentado Jesucristo enseñando aquella víscera de fibra lisa. También supe que durante la Guerra Civil muchos soldados rebeldes guardaban celosamente una estampa del Corazón de Jesús,  conocido como “detente bala”, un pequeño escapulario que los requetés carlistas llevaban cosido en la camisa sobre el lado izquierdo del pecho a la altura del corazón (que no se encuentra a la izquierda del tórax sino en el centro) en la creencia de que aquel fetiche les protegía de las balas enemigas durante los combates. Lo cierto es que, con escapulario o si él, caían como moscas. Por algo se decía aquello de “alférez provisional, cadáver efectivo”. Ya he contado alguna vez que el origen de aquel parche se remonta a la Primera Guerra Carlista, cuando se cantaba la 'Jota mandilona', y cuando uno de los primeros cuatro batallones carlistas que se formaron en Navarra recibió el apodo de requeté por una tonada que cantaban antes de entrar en combate, que decía: “Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté”. El término se refería a la retambufa del soldado, que quedaba al descubierto por el mal estado de su vestimenta. Los del batallón requeté tomaron a bien esta burla y la convirtieron en su distintivo. Debido a su bravura y arrojo, se ganó el favor del general Zumalacárregui y el respeto de los demás batallones carlistas, que adoptaron su nombre y su canción. Por terminar, Margarita encontró un aliado, el jesuita Claudio de la Colombière (beatificado por Pío XI en 1929), quien reconoció de inmediato la autenticidad sobrenatural de sus vivencias místicas. Al cambiar la hoja del ‘taco’ he visto el “menú” con el santoral del día y el recordatorio de que, al ser viernes, también es día de abstinencia, tal como recoge el Código de Derecho Canónico en sus cánones 1250 y 1251. Roma locuta est, causa finita est. Pues nada, hoy, como mandan los cánones, toca comida de hospital.

 

jueves, 15 de octubre de 2026

"Ocurrencias"

 

 

Me entero de que, en 1974, el archiduque austriaco Andrés Salvador de Habsburgo-Lorena y Salm-Salm, nieto del emperador Francisco José y de Elizabeth, tuvo la ‘ocurrencia’ de importar 500 kilos de agresivos cangrejos americanos (hoy denominados como cangrejos de las Marismas) en España; y después de que sobrevivieran unos 7.000 ejemplares fueron liberados en La Puebla del Río, lo que dio lugar a la casi desaparición de los cangrejos autóctonos y a crear un problema ambiental descontrolado. Por aquellos días se dijo que era importante desarrollar su cría y explotación comercial, pero se consiguió dañar los arrozales y  casi terminar con los cangrejos autóctonos. Por otra parte, esos cangrejos transmiten enfermedades como la afanomicosis, causada por el hongo ‘Aphanomyces astaci’, que afectó gravemente a poblaciones de cangrejos de ríos europeos. En una entrevista de Julia Sáez-Angulo en la revista EMG (05/05/2016), a la pregunta de “¿Cómo contempla las decisiones que se han tomado en España respecto a un cangrejo rojo?”, la respuesta del austriaco fue la siguiente: “Las decisiones tomadas de las autoridades competentes [en España] son coherentes. Se protegió la especie autóctona y se permitió la importación del cangrejo americano para suplir la desaparición de la anguila de la mayoría de los estuarios del Atlántico, sobre todo en una zona carente de población de decápodos de la especie cangrejo de río como en la Isla Mayor”. De hecho, la captura y comercialización del cangrejo rojo americano impulsó durante décadas la economía de muchos pueblos, entre ellos Isla Mayor (Sevilla), hasta el año 2000 llamada Villafranco del Guadalquivir. Para el que lo desconozca,  aquel pueblo nació en el siglo XX debido a la colonización de las marismas del Guadalquivir y al cultivo del arroz, logrando su independencia municipal de La Puebla del Río en 1994. Su comercialización llegó a generar unos 20 millones de euros por temporada y a involucrar a una parte importante de sus habitantes. Pero los resultados fueron catastróficos para el medio ambiente. Por si ello fuera poco, aquel mismo año (1974) un  pescador alemán tuvo otras ‘ocurrencia’: soltar siluros en el pantano de Mequinenza para promover la pesca deportiva, rompiendo el equilibrio de los ecosistemas fluviales. El siluro es un gran depredador oportunista del río Danubio que se alimenta de peces autóctonos, aves acuáticas y pequeños mamíferos, alterando gravemente los ecosistemas locales. Y otra gran preocupación se encuentra en la expansión imparable del mejillón-cebra, aparecido por primera vez en el embalse de Sichar (Valencia) en 2005.  Su acumulación puede llegar a taponar vías de paso del agua, como las que conectan los embalses con las centrales hidroeléctricas o plantas potabilizadoras, e incluso en trasvases de agua. Nadie sabe cómo llegó a España esa especie de molusco incomible procedente de los mares Negro, Caspio y Azov, se supone que adherido al casco de un buque. Hay que tocar madera cuando alguien tiene una ‘ocurrencia’ y desea ponerla en práctica sin calibrar sus resultados. Recuerden cuando alguien con menos neuronas que un sapo tuvo la ‘ocurrencia’ de comercializar aceite desnaturalizado de colza; o la pretensión de fabricar una bomba atómica, como aquella "ocurrencia" fallida de Franco, que fue como un remedo insensato de los “grandes inventos del doctor Franz de Copenhague”.