Ayer me dejé cosas en el tintero por tener que pasar la ITV de mi ya desgastado cuerpo, que no es precisamente el de Carabineros ni el de escopeteros de estación, aquellos tipos que controlaban en los andenes las mercancías de los vagones vestidos de marrón-carmelita con chapas ovaladas de latón sobre la guerrera y carabinas de cerrojo ‘Destroyer’ de los tiempos del ‘Far West’ de Almería. Hoy la Iglesia católica celebra la “fiesta del Corazón de Jesús”, correspondiente al viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, una festejo que fue instituido tras las supuestas revelaciones de Cristo a santa Margarita María de Alacoque, monja de la Visitación, en 1673; y que en 1856, Pío IX designó como fecha movible y, de paso, la invitación a practicar la confesión y comunión los primeros viernes de mes. En realidad el verdadero promotor de ese culto fue el confesor de esa monja, Claudio de la Colombiére. Un escapulario con el famoso “¡detente bala!” fue popularizado en España durante la Primera Guerra Carlista, convirtiéndose en un amuleto de protección de los requetés con dudosos resultados. Aquellos soldados solían coser directamente sobre el lado izquierdo de sus uniformes, justo sobre el corazón, buscando inmunidad frente a los proyectiles enemigos. El apodo de ‘requeté’ tiene su origen en una canción que cantaban aquellos carlistas antes de entrar en combate, que decía: “Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté”, refiriéndose al trasero. También algunos rebeldes lo usaron durante la última guerra civil. Durante mucho tiempo se tuvo por normal colocar plaquitas de hojalata con un Corazón de Jesús policromado en las puertas de muchas viviendas como signo de protección ante el Maligno. Aquellos años del siglo XVII, como digo, fueron muy convulsos. El Imperio se descomponía a pedazos, cundía la pobreza y la hambruna y la consanguinidad de los Austria había producido taras manifiestas en su estirpe. Sobre Carlos II, apodado El Hechizado, se rumoreaba en los corrillos de la Corte que había bebido de niño una taza de chocolate caliente en la que se habían disuelto los sesos de un ahorcado; y sobre su padre, Felipe IV, se decía (aunque no recuerdo haberlo leído en el magnífico ensayo de Marañón, "El conde-duque de Olivares") que había sido fruto de “un coito menguado”. Por todas esas cosas y por otras muchas, no es de extrañar que hiciera falta un “detente”, no para frenar la fuerza de las bolas que salían por las ánimas lisas de los mosquetes clavados en las horquillas de los tercios desnortados sino por tratar de contener tanta locura instaurada.