Recuerdo que en tiempos de la mili obligatoria muchos mozos de los diversos pueblos de nuestra geografía firmaban como voluntarios para hacer el servicio militar cerca de su familia y así poder evitar ser trasladados por sorteo a África. Ser voluntario equivalía a tener más tiempo efectivo de mili, pero no les importaba. Todos en los pueblos conocían a algún capitán o comandante pariente de unos vecinos al que encomendaban a su hijo para que “le cuidase bien” durante su estancia en el cuartel. Y el militar en cuestión procuraba corresponder las peticiones de los padres del muchacho y darle trabajos sencillos, como la panadería haciendo chuscos, recoger el correo, servir en la cantina de los oficiales o hacerse cargo de una acémila. Es caso es que, al dedicarse a esos menesteres poco castrenses, nunca se le veía haciendo instrucción o de centinela de garita. Si, además, el soldado era un “manitas” hasta hacía trabajos sueltos en casa de aquel oficial a cambio de permisos. El hecho de tener que ir a servir a África por un maldito sorteo en la Caja de Reclutas (Sahara, Ifni, Ceuta, Melilla…) no era plato de buen gusto para nadie. El padre del muchacho, ahora convertido en servidor de la Patria, le animaba diciéndole al futuro recluta: “Así verás mundo; peor fue ir al frente de Gandesa como me tocó a mí, y eso que era de la quinta del biberón". Pero aquellas palabras paternales no terminaban de consolarle al muchacho. Ir a África significaba para él tener que partir a otro mundo donde no había cosa distinta a dunas, ungulados, hombres con turbante y mujeres con hiyab. Y en sus sueños nocturnos se le aparecían tuaregs vestidos de azul montados sobre elegantes dromedarios, que comían en silencio o hablaban dialectos bereberes durante los descansos en los oasis. Se despertaba sobresaltado, se levantaba de la cama sudoroso y echaba un trago de agua del botijo por intentar disipar raros pensamientos. Otro joven del mimo pueblo y de su misma quinta tuvo peor suerte. Al carecer de padrino, militar por supuesto, hubo de embarcar en Cádiz con rumbo a Villa Sanjurjo (actual Alhucemas) para servir en un tabor de regulares. Pasado el tiempo le dieron unos días de permiso y se presentó en su pueblo con un tarbuch rojo en la cabeza, camisa y pantalón ancho tipo zaragüelles de color garbanzo, fajín verde con borlas y flecos, alquicel, skara de marroquinería y correaje. Para los vecinos, salvo cuando el obispo de la diócesis estuvo en visita pastoral vestido con sotana morada, fajín de seda, muceta, solideo, cruz pectoral, medias moradas y bonete de cuatro crestas, no se había visto a nadie por aquellos andurriales luciendo tantos colorines. Visitó a todos casa por casa y en todas ellas le ofrecían algo de comer. Al despedirse, le besaban con cariño y le daban propinas, como era costumbre hacer también con los niños de primera comunión. Me acordé de aquel chiste tabernario, cuando a un quinto le dieron la papeleta de destino donde ponía “directo a África”, y el quinto, con los nervios desatados, trabucó la lectura y entendió que le habían hecho “director de fábrica”. Que tengan un buen fin de semana.
