Hoy, Pedro García Trapiello, en su artículo “Un coche así”, en Diario de León, hace referencia a un señorito andaluz, Luis Andrés Marcial de Torres, que fue a visitar a su amigo, compañero de estudios, que se encontraba trabajando con un pariente en un páramo leonés. Le preguntó por él a un campesino, mientras esperaba a su amigo en un prado que estaba en la encimera de un pueblo, y si el prado era suyo. El campesino le contestó que no, que lo tenía arrendado, que los prados suyos estaban en la vega baja, más un trozo de monte con mucha escoba que vale poco. “Pues mi papá --le dijo Luis Andrés al campesino--tiene una finca en Jerez que tardamos lo menos tres día en recorrerla en coche...”. Y el campesino, sin apenas inmutarse, le contestó: “Pues nosotros también teníamos un coche así y tuvimos que venderlo”. Los fanfarrones son, por regla general, presuntuosos, jactanciosos, petulantes, bravucones, fantasmas y vanidosos. Me viene a la cabeza aquella vieja canción que se escuchaba durante la Guerra de la Independencia: "Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones", o la letrilla que se escucha en los sanfermines pamploneses: “Ellos eran cuatro y nosotros ocho, que palo les dimos ellos a nosotros”. Las últimas fanfarronadas sonadas son la amenazas arancelarias de Trump, que un día dice una cosa y al día siguiente la contraria. En aragonés tenemos la palabra “baladriar”, equivalente a “fablar con arroganzia chitando fanfarronadas”. Cosa diferente es “baladrar”, que equivale a gritar, a dar alaridos para comunicarse en la lejanía. Eso me recuerda algo leído en no sé dónde referido a dos pastores que estaba a cierta distancia controlando sendos ganados de pécoras. A la hora de comer, uno de ellos le baladra al otro: “¿Qué, comemos?”. El otro le contesta: “Como quieras..., ¿pero de tu comida o de la mía?”. El otro colega, que era un puñetero somarda, le contesta:“Mejor de la tuya, que no te oigo”. Somarda, por si alguien lo desconoce, es el término aplicado en Aragón a la persona socarrona y sarcástica. El caso de Luis Andrés Marcial de Torres, que describía García Trapiello, es distinto. Aquel andaluz no era sarcástico ni socarrón, sino un auténtico gilipollas.