Dice un viejo refrán castellano que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Cambiar el nombre a las cosas o a las profesiones, no modifica su esencia. Los aparejadores se llaman arquitectos técnicos; los secretarios judiciales, letrados de la Administración de Justicia; lo barberos, estilistas; los cocineros, chefs; etcétera. Otros oficios ya han desaparecido: alpargatero, azacán, sereno, almadiero, barquillero, colchonero, fogonero, rabadán… Y ahora llega un nuevo nombre para Ceuta y Melilla. Sánchez está interesado en que ambas ciudades autónomas españolas dejen de llamarse así para transformarse en regiones ultraperiféricas de la Unión Europea, lo que obligaría a reformar los Tratados europeos con un nuevo encaje. Ello conllevaría ventajas fiscales para esas dos ciudades, como sucede en la actualidad con Canarias, Azores, Madeira y los territorios franceses de ultramar: la Guayana Francesa, Guadalupe, Martinica, Mayotte y Reunión, y permitiría aplicar condiciones específicas en ámbitos como la fiscalidad, el comercio exterior, la unión aduanera y el acceso preferente a fondos europeos. Pero esa reforma requeriría también, como digo, el acuerdo unánime de los 27 Estados miembros. Personalmente tengo mis dudas de que estén por la labor. Ello necesitaría contar con voluntad política. En la reciente invasión de marroquíes a Ceuta se ha puesto de manifiesto que los socios europeos han mirado para otro lado, como dando a entender que ese“problema” debe arreglarse entre vecinos, como si se tratase de ruidos molestos, fugas y humedades, impagos de morosos, o el mal uso de los espacios compartidos. Lo que sucede entre España y Marruecos -y así lo deberían entender los socios europeos- no es cosa diferente a un fiel reflejo de Patio de Monipodio, parecido a aquel famoso centro de operaciones del hampa sevillana en la novela de Cervantes “Rinconete y Cortadillo”. Lo primero que debería hacer Sánchez es reconocer sin fisuras que aquella invasión de marroquíes llevaba el visto bueno del millonario sátrapa Mohamed VI, ese Monipodio africano tan temido por sus súbditos que pretende anexionarse Ceuta y Melilla y asfixiar Canarias del modo más infame, o sea, por aburrimiento del contrario. Las avalanchas migratorias no nacen al azar como las setas en los pinares. Detrás de las llegadas masivas e incontroladas siempre hay una operación de Estado. Pese a las supuestas advertencias del CNI (donde también hubo divergencias entre el ministro del Interior y la ministra de Defensa) no se reforzaron las fronteras ni se movió la diplomacia. Para el Gobierno aquellos barruntos de invasión solo eran el consabido ‘cuento del lobo’. Sí, claro, claro…, se estaba mejor en La Mareta a gastos pagados.