En el capítulo
primero de “El gallego y su cuadrilla”,
C.J.Cela, hace referencia a un
pueblo pequeño, un pueblo pequeño donde no cabía un tonto más. Y el tonto de
aquel pueblo se llamaba Blas Herrero
Martínez, que sustituyó al anterior por derecho propio, un tal Perejilondo, que llegó a olvidarse de
que se llamaba Hermenegildo. Dice
Cela: “El pueblo no admitía más que un
tonto, no daba de sí más que para un tonto porque erra un pueblo pequeño”.
Esa frase celiana me ha hecho reflexionar. Porque, claro, si echo cuentas,
descubro que en una ciudad grande, pongamos por caso Collado-Villalba o Alcalá
de Henares, el número de tontos puede aumentar de forma exponencial. Y en Madrid, ni te cuento. Pero todos
ellos cumplen alguna función. Unos van delante de las procesiones, al estilo de
Barandales, pero sin túnica ni esquilones
que pendan de sus muñecas, o delante de las bandas de música; otros tiran
piedras a las gallinas o levantan con la ayuda de un palitroque las faldas a las
mozas y las sotanas a los curas. Una de las leyes de Murphy señala
que ‘es inútil hacer un aparato a prueba
de tontos, siempre existe un tonto capaz
de saltarse cualquier protección’. Pero
Douglas Adams contemplaba
otra variante: ‘Un error común que la gente comete
cuando intenta diseñar algo completamente a prueba de fallos es subestimar el ingenio
de los tontos completos’. No olvidemos que en algunos villorrios casi
ocultos en los mapas ‘hasta el más tonto hace relojes’. También existen los ‘tontos
que hacen tontear’, o sea, esos tontos peligrosos que, por su conducta,
consiguen que personas tenidas por sensatas, actúen de igual manera. De ahí el
refrán: ‘un bobo emboba a ciento si le
das lugar y tiempo’. Es decir, que nunca se debe discutir con un tonto. Si lo
haces, te bajará a su nivel y allí te ganará por experiencia. Blas Herrero Martínez,
según afirmaba Cela, “era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no
un tonto cualquiera de esos que hace falta un médico para saber que son tontos”.
Cada uno cumple su rol. Da igual que lleve boina, bonete o capirote.