La visita de Robert Prevost a España en visita pastoral ha conseguido que algún sansirolé de libro haya dado suelta a su mala baba. Solo algunos ejemplos: alguien aficionado al fútbol se ha creído gracioso al decir en la taberna: “León 14- Castilla 0”; una militante de Podemos, Ione Belarra, ha declarado que “Se ha convertido el Congreso de los Diputados en una iglesia”; y esa culebra de cascabel de Orihuela del Tremedal, Jiménez Losantos, le ha puesto al Obispo de Roma el calificativo de “Cara de rana”. Por si ello fuese poco, la portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, sujetándole la mano como una novicia le ha pedido al Papa en inglés que hable en catalán en Barcelona, algo que también le pidió el senador Eduard Pujol en italiano. El castellano les debe parecer un dialecto vulgar. Pienso en lo que habrá sufrido Díaz Ayuso, al no poderse vestir blanco por esa prerrogativa que autoriza a ello a determinadas reinas. García Trapiello comenta hoy en Diario de León que "los cardenales, con cara de obispos pascuales, pasaron de puntillas sobre los lodos que vienen de los polvos pederastas". La pederastia no se nombró ni de pasada. Algunos sostienen la creencia de que cuando de un tema no se habla es como si nunca hubiese existido. Sin embargo, el actual Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, que ejerce como alto comisionado de las Cortes Generales para la defensa de los derechos fundamentales, señaló en su día que los casos de pederastia cometidos por miembros del clero en España se aproximan al medio millón de casos. ¿Y el de niños robados en clínicas con ayuda de monjas colaboradoras durante el franquismo? Mantengo que la Iglesia católica tiene memoria selectiva. Hay mucha hipocresía y cada día que pasa está más presente en mi recuerdo la docena de páginas que compuso Miguel de Unamuno con su “San Manuel Bueno, mártir”, donde, como escribió Mario Valdés, “pasa de la alegoría del río sumergido al mito del espectro del pasado como potencia influyente en el presente”. Madrid se convirtió por un par de días en Valverde de Lucerna, entre la montaña de gentío vitoreador, el cierre al tráfico rodado, los maceros, las pompas y vanidades, las falsas sonrisas de ateos convencidos, los protocolos reales, los palios, los capelos morados, los hisopos, los grajos volando rasantes sobre las azoteas del callejón del Gato, y el lago de silencios que no había que mentar para no despertar a la bicha, por esa dicotomía entre la fe y la duda que atenaza cuando se mira el agua fría, azul y silente de nuestros esfuerzos yermos. En el agua reside toda la melancolía.