sábado, 19 de septiembre de 2026

El cambalache de un borrador

 

Hoy leyendo un trabajo de Andrés Amorós en El Debate he sentido como un escalofrío. Sabido es que Amorós es una de las plumas más finas que tiene este país y al que, cada vez que lo leo, siento que me reconforto. Hoy hace un exquisito resumen de la publicación póstuma de Elena Fortún aparecida en 1943 y publicada por Editorial Aguilar, “Celia en la revolución”. La protagonista ya no es aquella niña, sobre la que escribía Encarnación Aragoneses (verdadero nombre de la autora) desde 1928 en el suplemento infantil “Gente menuda”, dentro de la revista “Blanco y Negro” que dirigía Torcuato Luca de Tena. Según recuerda Amorós, “el 28 de junio de ese año apareció por primera vez el nombre de Celia en un cuento breve, dialogado: firmado con el seudónimo de Luisa. El 6 de enero de 1929 se publicó ‘Celia sueña en la noche de Reyes’. El personaje se había convertido ya en el protagonista de una sección fija, ilustrada por su amigo Santiago Regidor”, que consiguió dotar a los personajes infantiles de una gran espontaneidad e ingenuidad y que a partir de 1932 fue sustituido por Serny, seudónimo de Ricardo Summers. Regidor fue vecino del matrimonio de Elena Fortún y Eusebio Gorbea en la calle Ponzano de Madrid. Había sido discípulo en su juventud del paisajista Carlos de Haes y más adelante catedrático de dibujo en el Instituto de San Isidro de Madrid. Falleció en esa ciudad en septiembre de 1942. En “Rinconete” (Centro Virtual Cervantes) Isabel Bellido, bajo el epígrafe “Elena Fortún y Carmen Laforet: culpables por escribir”, narra: "Cuando me muera pídele a Carolina tus cartas, que guardo todas en un sobre, para que las rompas tú y nadie más las lea». Llegado a tal punto del texto, el lector-fisgón toma consciencia de lo que tiene entre sus manos. La frase pertenece a una Elena Fortún anciana y moribunda que se encomienda a Carmen Laforet, su interlocutora, que tenía entonces (año 1951) treinta años. Las hijas de Laforet heredaron una parte de la intimidad de su madre al recibir unas cartas que la autora de la serie de libros de Celia le dirigió, pero faltaba la otra mitad de la historia. La también escritora Cristina Cerezales Laforet se propuso dar con las misivas firmadas por su madre con pasmosa diligencia. Consiguió localizar a Carolina Regidor (la que asoma al principio de este artículo; hija de Santiago Regidor, primer ilustrador de Celia), que vivía en una residencia de ancianos de Madrid, pero, poco antes de su ansiada cita, la amiga de Elena Fortún falleció. Muerta también la esperanza, unos pocos días después, Cristina Cerezales Laforet se topó con el libro Los mil sueños de Elena Fortún’, de Marisol Dorao, biógrafa de la autora. Cuál fue su sorpresa cuando vio que, desde la fotografía de cubierta, Fortún le señalaba una parte de su escritorio donde figuraba un sobre que rezaba ‘Cartas de Carmen Laforet, para entregarle a ella después de mi muerte’. Efectivamente: las tenía Marisol Dorao. Ahora las cuarenta y seis cartas están reunidas (frente a frente, página a página) en De corazón y alma’ (1947-1952), un libro editado por la Fundación Banco Santander, al cuidado de Nuria Capdevila-Argüelles (editora y estudiosa de Elena Fortún) y Cristina y Silvia Cerezales Laforet”. Y entre aquellos papeles estaba el borrador de “Celia en la revolución”. Lo cierto es que, en noviembre de 2021, la Biblioteca Regional ‘Joaquín Leguina’ de la Comunidad de Madrid recibió un inesperado paquete e correos sin remitente: el manuscrito original de “El pensionado de santa Casilda”. Nadie sabe quién lo envió. Sí se sabe que Elena Fortún terminó el libro “Celia en la revolución” el 13 de octubre de 1943 en Buenos Aires, según señalo su autora al final del texto. Tras ardua labor dio con el borrador Marisol Dorao. Resultó difícil su traducción ya que el manuscrito estaba lleno de abreviaturas. La primera edición de ese libro (Aguilar, 1987) con ilustraciones de Asun Balzola me lo regaló mi madre (que cuando empezó la guerra civil tenía la misma edad que Celia, quince años, y que también pasó penalidades sin cuento con su padre, más tarde también mi abuelo, preso en Santander, en el barco-prisión “Alfonso Pérez”). Lo conservo como un tesoro por lo que significa. Hay que saber valorar las pequeñas cosas, aunque sean difíciles de explicar a las nuevas generaciones.

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Una historia liviana

 

 

Recuerdo que en tiempos de la mili obligatoria muchos mozos de los diversos pueblos de nuestra geografía firmaban como voluntarios para hacer el servicio militar cerca de su familia y así poder evitar ser trasladados por sorteo a África. Ser voluntario equivalía a tener más tiempo efectivo de mili, pero no les importaba. Todos en los pueblos conocían a algún capitán o comandante pariente de unos vecinos al que encomendaban a su hijo para que “le cuidase bien” durante su estancia en el cuartel. Y el militar en cuestión procuraba corresponder las peticiones de los padres del muchacho y darle trabajos sencillos, como la panadería haciendo chuscos, recoger el correo, servir en la cantina de los oficiales o hacerse cargo de una acémila. Es caso es que, al dedicarse a esos menesteres poco castrenses, nunca se le veía haciendo instrucción o de centinela de garita. Si, además, el soldado era un “manitas” hasta hacía trabajos sueltos en casa de aquel oficial a cambio de permisos. El hecho de tener que ir a servir a África por un maldito sorteo en la Caja de Reclutas (Sahara, Ifni, Ceuta, Melilla…) no era plato de buen gusto para nadie. El padre del muchacho, ahora convertido en servidor de la Patria, le animaba diciéndole al futuro recluta: “Así verás mundo; peor fue ir al frente de Gandesa como me tocó a mí, y eso que era de la quinta del biberón". Pero aquellas palabras paternales no terminaban de consolarle al muchacho. Ir a África significaba para él tener que partir a otro mundo donde no había cosa distinta a dunas, ungulados, hombres con turbante y mujeres con  hiyab. Y en sus sueños nocturnos se le aparecían tuaregs vestidos de azul  montados sobre elegantes dromedarios, que comían en silencio o hablaban dialectos bereberes durante los descansos en los oasis. Se despertaba sobresaltado, se levantaba de la cama sudoroso y echaba un trago de agua del botijo por intentar disipar raros pensamientos. Otro  joven del mimo pueblo y de su misma quinta tuvo peor suerte. Al carecer de padrino, militar por supuesto, hubo de embarcar en Cádiz con rumbo a Villa Sanjurjo (actual Alhucemas) para servir en un tabor de regulares. Pasado el tiempo le dieron unos días de permiso y se presentó en su pueblo con un tarbuch rojo en la cabeza, camisa y pantalón ancho tipo zaragüelles de color garbanzo, fajín verde con borlas y flecos, alquicel, skara de marroquinería y correaje. Para los vecinos, salvo cuando el obispo de la diócesis estuvo en visita pastoral vestido con sotana morada, fajín de seda, muceta, solideo, cruz pectoral, medias moradas y bonete de cuatro crestas, no se había visto a nadie por aquellos andurriales luciendo tantos colorines. Visitó a todos casa por casa y en todas ellas le ofrecían algo de comer. Al despedirse, le besaban con cariño y le daban propinas, como era costumbre hacer también con los niños de primera comunión. Me acordé de aquel chiste tabernario, cuando a un quinto le dieron la papeleta de destino donde ponía “directo a África”, y el quinto, con los nervios desatados, trabucó la lectura y entendió que le habían hecho “director de fábrica”. Que tengan un buen fin de semana.

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

La parábola del disparate

 Curva de Laffer - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

Leo en la prensa que Sumar ha anunciado que ha presentado en el Congreso de los Diputados una proposición de ley para gravar a las grandes fortunas. Según los cálculos realizados por la propia formación, implicaría gravar a unos 1.500 contribuyentes y recaudar más de 4.200 millones de euros. No sé yo si esos cálculos están bien hechos. Pero, por lo que se desprende del anuncio, Sumar no ha tenido en cuenta la “curva de Laffer”, teoría que indica donde se debe poner el punto crítico en la gráfica de la parábola, si más a la izquierda o más hacia la derecha. Si el punto está en el cero por ciento no hay impuestos y, por tanto, tampoco recaudación. Si el tipo impositivo fuese del 100 por ciento, el Estado se quedaría con todo y nadie tendría incentivos para trabajar o invertir. Por eso, en el punto medio está la virtud para optimizar la recaudación sin perjudicar la inversión, teniendo en cuenta que la inflación se comporta como otro impuesto más, al reducir el poder adquisitivo de los agentes económicos. También será necesario conocer el “punto muerto” de una empresa, o sea,  el nivel de ventas que una sociedad debe alcanzar para cubrir todos sus costes fijos y variables, logrando un beneficio cero. Será, a partir de entonces, cuando obtenga beneficios, si es que lo logra. La fórmula es simple en unidades, dividiendo el total de los ingresos entre el precio unitario. Pero como esas zarandajas son harto complicadas, las dejo para los expertos o para los pícaros, que haberlos, ahílos. Pongamos los pies en el suelo y vayamos a lo que importa. Resulta que la Eurocámara señala responsabilidades a Marruecos en el tema de la invasión de Ceuta y los socialistas siguen empecinados en contarnos la milonga de “Las mil y una noches”,  manteniendo la buena labor de Marruecos con el rápido retorno de la gran mayoría de quienes habían invadido España. ¿Y qué hacemos con los más de 7.000 okupas que no llevan idea de regresar a su país de origen? Por otro lado, Núñez Feijóo está en su salsa ante esa situación sobrevenida si ello desgasta a Sánchez, y Juan Jesús Vivas se ha convertido en el tonto del paseo, el que recibe todas las tortas. ¿Y si mañana la ola de invasores decide desplazarse a las islas Chafarinas? ¿Volveremos a hacer un sainete como el de la isla Perejil? Estamos comidos por la pediculosis y no encontramos tratamiento contra la infestación, ni lendrera de arrastre, ni ‘curva de Laffer ‘que sitúe el punto óptimo de equilibrio en la parábola del disparate. En vez de intentar que funcione nuestra diplomacia con la de Marruecos, importamos aves de ese país para recuperar una especie extinguida, el torillo andaluz. No, si ya te digo…

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Las recetas de doña Palla

 La curiosa historia de la torre de Villademar, uno de los edificios más  antiguos de Cudillero y que mandó construir doña Paya, una nieta del rey  Ramiro

 

Cada vez que abre o se reforma un restaurante o bar céntrico en Zaragoza, suele aparecer resaltado en la prensa local. Sin ir más lejos, leo en uno de esos diarios un titular referido a una cafetería reformada de Grupo Boulevardier en la plaza de los Sitios, de nombre muy parisino: Le Cocó Café” Y se señala (como un gancho que anime a entrar y consumir) que “te puedes tomar un vino, una gilda o un montadito”. Hombre, ¡qué menos! Lo raro sería, si acaso, que te ofreciesen un latiguillo, un frasco de colonia o unos calzoncillos de la marca ‘Cañamares’. Hubiese sido preferible que el plumilla del diario que ha dado la noticia hubiese hecho hincapié en sus paredes forradas de flores, su precioso caballito de tiovivo y su decoración en terciopelo rosa y tonos pastel, sin olvidar sus tartas, bizcochos,  zumos y tostadas. Quizás el reportero se ha querido referir a otro establecimiento, la “Taberna Castiza”,  que ese grupo hostelero  tiene abierto en la calle doctor Horno Alcorta.  Dejémoslo ahí. Queda claro que el plumilla Alejandro Toquero escribe detalles culinarios sobre sitios que nunca ha visitado, o que confunde una cafetería decorada con muy buen gusto, como es el caso de Le Cocó Café, con la cantina ferroviaria de la estación de Venta de Baños. Aprovecho mi particular crítica para contarle al señor Toquero, al que supongo amigo de los fogones, dos recetas de doña Palla, Pelaya Ordóñez, condesa de Pravia, mujer que fundó la torre de Villademar, en Cudillero, que daba posada al peregrino y que sus dominios abarcaban nueve feligresías. Fue hija del infante Ordoño Ramírez el Ciego y la infanta Cristina Bermúdez. Una de esas recetas es la de las“aceitunas fritas”. Se toman unas aceitunas deshuesadas, se atraviesan con  palillo y se bañan en una bechamel espesa, procurando que las aceitunas queden en forma de pera y del tamaño de una nuez. Se rebozan en harina, huevo batido y pan rallado. Se fríen en aceite bien caliente hasta que estén doradas. Se sirven calientes acompañadas con vino de Montilla. El otro manjar gastronómico es la “rulada de bonito a la doña Palla. Para ello se pasa por la picadora un cuarto de kilo de tocino, un kilo de bonito y una cebolla de regular tamaño. El picadillo resultante se mezcla con tres huevos, una cucharada de pan rallado y otra de harina. Se forma un rollo como de unos ocho centímetros de diámetro ayudándose con harina fina, y se pone al horno a punto, y se cuida de rociarlo con aceite o mantequilla. La gula, señor Toquero, se me antoja como uno de los siete capitales pecados que, como la lujuria  (considerando que el celibato y la virginidad constituyen el ideal cristiano), siempre quedan en la raya roja entre el desliz y la virtud. Qué le vamos a hacer…

 

martes, 15 de septiembre de 2026

Caballeros sin caballo

LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE ZARAGOZA CELEBRA CON GRAN BRILLANTEZ  DURANTE LOS DÍAS 13 Y 14 DE MAYO DIVERSOS ACTOS CON MOTIVO DE LA FESTIVIDAD  DE SU SANTO PATRÓN EL SEÑOR

 

La Real Maestranza de Caballería de Zaragoza celebra su otoño cultural sin caballos. Y ese otoño cultural pasa el próximo 18 de septiembre por un recital de jota a cargo de Pilar Flores Leaza e Iván Sampietro Soplón; y el 22 del mismo mes, una conferencia del profesor universitario Jorge Jiménez López sobre Arquitectura mudéjar en Aragón. Todo ello se completará con otra conferencia del catedrático de Patología Animal Juan José Ramos Antón sobre la “trashumancia”. Todo ello concebido como el mejor remedio para dormir a las ovejas.Si les digo la verdad, la Real Maestranza demuestra muy poca imaginación con tales actos. Los responsables del selecto programa han aclarado que “todas esas actividades serán gratuitas hasta completar aforo”. ¡Hace falta ser optimistas! No cabe duda que la Real Maestranza, con muchos siglos de vigencia, siempre ha hecho gala de sus dos postulados fundacionales: su compromiso con Aragón y su lealtad a la Corona de España. Estoy seguro que  si un día desapareciera esa Institución nadie la echaría de menos, por mucho que su origen se remonte al siglo XII, tras la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador en 1118 y cuando algunos caballeros de alcurnia pasaron a llamarse entre sí Caballeros de San Jorge. Aquel grupúsculo de caballeros formaría más tarde el “Capitol de Caballeros e Infançones de la Ciudat de Çaragoça”. En 1457, el Capitol creó la “Cofradía de Justadores de San Jorge” que se obligaba a organizar justas y torneos en la ciudad con motivo de los más diversos eventos; o sea, bodas, bautizos y comuniones. A principios del siglo XVI, el Capitol solicitó a Fernando II de Aragón que confirmase las ordenaciones para la creación de la “Cofradía de Caballeros e Infanzones”  bajo el auspicio de ese santo. En 1591 a raíz de diversos altercados en Zaragoza, la “Cofradía de Caballeros de San Jorge “se alineó con las tropas aragonesas para defender los fueros aragoneses en contra de Felipe II, saliendo malparados. Durante la Guerra de Sucesión, esa Cofradía tomó partido del archiduque Carlos de Austria.  Y en consecuencia, Felipe V les requisó todos sus bienes. En 1808 Palafox empleó a caballeros Infanzones del Reino para crear el ‘Cuerpo de Caballería de los Almogávares’ para la defensa de la ciudad. En 1819,  el rey felón Fernando VII elevó la Cofradía al rango de Maestranza. Existen otras cuatro maestranzas más antiguas, Ronda, Sevilla, Granada y Valencia, respectivamente. Tras la destrucción del Palacio de la Diputación del Reino, la Real Maestranza tendría su sede en diversos lugares: la iglesia de Santa Isabel de Portugal, el Salón Consistorial, el Palacio de la Aduana y el Palacio de los marqueses de Ayerbe, hasta que en 1835 ese culo de mal asiento fijó su sede definitivamente en la casa de Miguel Donlope, comprada el 24 de junio de 1912 a la familia Jordán de Urriés. Y la guindal pastel la puso Alfonso XIII en 1908, con motivo del centenario de los Sitios, al permitir el uso de la cruz de Eneko Aritza Ximeno, creador del Reino de Aragón (una cruz patada apuntada en su brazo inferior en punta afilada que ocupa sobre campo azur el segundo cuartel del escudo aragonés, según señaló el cronista Jerónimo Zurita) como venera. Mucha parafernalia para tan poca utilidad. No se puede vivir del cuento. Pisemos en el suelo.