Leo que en la visita de Felipe VI y su consorte al Vaticano, ayer viernes, los reyes regalaron a León XIV una manta de lana merina para colocar sobre asiento de butaca y una edición facsímil del manuscrito del siglo XVI “Libro de Horas de Felipe II”, cuyo original se encuentra depositado en el Real Monasterio de El Escorial (vitrina 2), que consta de 320 páginas de pergamino escritas en latín, y que incluye 45 miniaturas iluminadas con oro. Fue escrito y miniado por los frailes Andrés de León, Julián de la Fuente el Saz y Martín de Palencia, que se inspiraron en el estilo del manierista croata Giulio Clovio (1498-1578) personaje que llegó a ser protector de El Greco. La edición limitada de ese facsímil consta de 979 ejemplares numerados y autentificados ante notario. Esa edición facsímil la he visto puesta a la venta en segunda mano a precios que oscilan entre 600 y 5.000 euros. Concretamente, en la Librería Anticuaria El Camino de Santiago, en León, (Patrimonio Ediciones, Valencia. 1996, facsímil del manuscrito “Liber Missarum et Officiorum”) y se ofrece a 1.000 euros el ejemplar de 320 páginas, con encuadernación en piel sobre tabla en estuche de terciopelo. Pero en ese establecimiento se ofrecen obras mucho más caras, como la edición facsímil del “Il Libro D´Ore Durazzo, Horae Beatae Mariae Virginis cum Kalendario”, cuyo original se conserva en la Biblioteca Cívica Berio, de Génova, por 3.400 euros; o el facsímil del “Libro de Horas de Rohan”, cuyo original se encuentra depositado en la Bibliothèque Nationale de France, escrito entre los años 1430 y 1435, con encuadernación en piel holandesa repujada en oro y tapas de madera. Se trata de 478 páginas adornadas con 532 miniaturas realzadas con oro y texto en latín. Se ofrecen otras obras de gran interés bibliográfico, pero no está en mi deseo extenderme. Apostaría doble contra sencillo a que el papa no perderá mucho tiempo en hojear el libro facsímil, pero a que sí pondrá sus santas posaderas sobre la manta de lana de merino por una razón sencilla: los palacios suelen ser fríos y lo cursi abriga. A veces pienso en el interés que hubiese puesto en esos facsímiles el librero de lance y amigo muerto Inocencio Ruiz, o el bibliófilo José Luis Melero, que en el diario Heraldo de Aragón publicó el 23 de abril de 2013 un interesante artículo bajo el epígrafe “Librerías zaragozanas. Un inventario y tres recuerdos imborrables”, que recorté y guardé en una carpeta. Víctor Amela señaló en La Vanguardia que “Melero ama a sus libros casi con dolor”. Con eso me quedo.