Leo en un diario regional que “un
pueblo de Zaragoza busca personas para hacerse cargo de su bar. Una oportunidad
especialmente interesante”. Se trata del bar de Godojos, pueblo a tiro de piedra Alhama de Aragón que
cuenta en la actualidad con una población de 55 habitantes (Madoz, 1847. p 431). El comunicado señala que el bar, “que cuenta con una clientela habitual”,
está vacante por jubilación de su actual
responsable, el madrileño, Juan Mijarra,
que asumió su gestión hace unos años
tras presentarse y ganar la subasta pública. Antes había trabajado 10 años en
el balneario” Termas Pallarés”, en
Alhama de Aragón. El posible adjudicatario deberá abonar al Ayuntamiento de
Godojos un canon mínimo de 800 euros al año por el contrato es de un año prorrogable, con posibilidad de ocupar
vivienda mediante contrato de alquiler independiente. Godojos presume de hacer buen vino. En su término
municipal llegó a haber más de 2 millones de cepas. Ya lo dice el refrán: “El pan con ojos, / el queso sin ojos/ y el
vino de Godojos". Pero llevar un bar en un lugar con tan poca densidad
de población no parece rentable. Se me antoja curioso que en el anuncio ponga
eso de que “el bar cuenta con una
clientela habitual”. Hombre, claro. Si
el pueblo cuenta con una cincuentena de vecinos, la mayoría ancianos, ya me
dirá el lector cómo se puede vivir de la hostelería. La mitad de ellos posiblemente
no salga de casa por los achaques propios de la vejez, y la otra mitad, si
entra en el establecimiento se tomará un café o una cerveza y se pasará la
tarde jugando al guiñote o dormitando frente a un televisor cansino. Con esos bueyes, mal se puede labrar un huerto.
Cosa diferente sería si se ofreciese casa gratis a cambio de hacer algunos
trabajos retribuidos para el municipio. Pero me da la sensación de que el
socialista Santiago Cebolla Yagüe,
actual alcalde, no dispone de los fondos necesarios para llevar a cabo un
contrato que contribuya a mejorar los ingresos del supuesto adjudicatario del
bar, ese cuarto de estar tan necesario en aldeas que se mueren lentamente y sin
hacer ruido, como un ramillete de
alhelíes en un florero. Godojos necesita “aventureros”
al estilo del falso barón de
Montesegratí (digo lo de falso barón, ya que los títulos nobiliarios italianos dejaron de
tener reconocimiento legal en 1947 por la disposición transitoria XIV de la
Constitución de la República italiana).
Pero, como digo, ese italiano compró en 2001 la llamada Torre-castillo de los Señores de Godojos, imponente fortaleza gótica
del siglo XIII, cuando Pedro III de Aragón
encargó en 1278 su defensa a Lorenzo
Martínez de Artieda, que en el año 1396 Juan I de Aragón (al poco tiempo muerto en un accidente de caza sin
dejar descendencia) lo cedió a Rodrigo
Lorenzo de Heredia junto con la villa de Sisamón. Después, al marqués de Camarasa, señor de Muel, Ricla y
Villafeliche (siglo XVI), y finalmente a la familia aragonesa de los Gayán. Montesegrati terminó comprándolo,
junto al terreno que lo rodea, a un particular para su restauración. Una buena
idea sería poder habilitarlo para residencia turística dada su proximidad a
Alhama de Aragón, ciudad conocida por sus magníficas aguas termales (en la
actualidad se explotan dos importantes complejos, San Roque y Cantarero)
donde acuden desde hace más de un siglo muchos madrileños y donde todavía queda
el recuerdo de Benito Pérez Galdós, que
vinculó gran parte de su novela “La
familia de León Roch”, publicada en 1878. Tampoco debemos olvidar la relación
de profundo amor y fidelidad durante toda su vida entre el balneario “Termas Pallarés” y José Luis Sampedro, desde que acudió por primera vez en 1925, con tan solo ocho años, acompañado
por su padre. Y allí se instaló a finales de los años 50 para escribir
su novela “El río que nos lleva”. Godojos necesita tabernero y, por qué no, disponer de un selecto servicio de ambigú.