Leo en La Vanguardia que “León XIV agradece al Rey y la Iglesia española [no pone qué] tras su viaje apostólico”. Dice un refrán que ser agradecido es de bien nacido, pero el papa si es que tiene que estar agradecido es a los españoles, que hemos pagado la factura de una controvertida semana de sermón y jamón, de coñazo, incienso y genuflexiones. Seamos serios. Por estos pagos lo que se ha producido es una vulnerabilidad de la aconfesionalidad del Estado por el despilfarro de fondos públicos. Ha habido, a mi entender, un retroceso democrático vulnerando esa aconfesionalidad constitucional. ¿Se podría repetir algo parecido con otras religiones? Ya te lo miraré, pero no creo. Sermonear en la Carrera de San Jerónimo no vino a cuento. El hecho de ser a la vez jefe del Estado Vaticano y sucesor de san Pedro es paradójico y surrealista. El catolicismo está en franca decadencia, si observamos serenamente las cifras de fieles que asisten cada domingo a los actos litúrgicos. De hecho, cada día se celebran más bodas civiles, menos primeras comuniones y hay un gran descenso en las clases de religión en la enseñanza pública. Pero el ramalazo con olor a sacristía y alcanfor del ‘nacional-catolicismo’ sigue presente en los ‘rosarios de cristal’, en las romerías a ermitas en páramos intransitables y en las procesiones de Semana Santa, cada día con más añadido de tambores y cornetas y mayor militancia cofradiera cortando calles. Todo tiene su explicación. Los españoles son costumbristas de mantón de Manila y calzón corto y les encandila disfrazarse de lo que sea aunque no venga a cuento. Les pones una gorra de plato en la cabeza y de inmediato comienzan a dar órdenes, como el tonto del paseo en las ‘carreras de pollos’. La gorra de plato Imprime carácter, y eleva al individuo a un rango superior, alejándolo del suelo, y si lleva el barboquejo chusquero de charol caído sobre el mentón, entonces ya es la rehostia. Transforma al que la lleva de tal manera que acaba siendo el individuo el que es llevado por la gorra, por el tacatá de los sesos. Contaba el fotoperiodista Emilio Castro Juárez (Andanzas.- ‘La gorra de plato’.- 10/03/23) que “ya no hay uniformes grises, pero la gorra de plato sigue estando en el espíritu pequeño de individuos pequeños, que no son nada sin el poder que detentan”.