Los agricultores
españoles que cultivan patatas están preocupados por las importaciones masivas
de Francia. Algo parecido sucede con el ajo, que se encuentra en una situación
crítica por el encarecimiento de los costes de producción y el aumento de las importaciones procedentes de Egipto, China y Turquía, que los
producen más baratos. Si tenemos en cuenta que más del 40 % de los titulares de
explotaciones agrarias en España supera los 65 años, que más del 70 % del territorio agrario
español es de secano y que resulta difícil fijar población en zonas rurales, donde
falta una atención sanitaria adecuada,
una educación de calidad y muchas
infraestructuras básicas, tenemos el caldo perfecto para cunda el desánimo. Por
si todo ello fuese poco, muchos agricultores y ganaderos españoles rechazan el
acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur,
donde solo ven posibles ventajas futuras para el aceite de oliva, los vinos y
la industria transformadora. La trazabilidad de los productos de consumo será
otro factor importante a tener en cuenta. Todos conocemos los engaños en las
etiquetas de la miel o del arroz, por poner solo dos ejemplos. Hay con
demasiada frecuencia fraudes en la sustitución de ingredientes, en la alteración
de etiquetas y fechas de caducidad, y en las falsificaciones de sellos de
calidad. No debe olvidarse que falsificar el origen de
un producto requiere, además de disponer
de documentación física fraudulenta, vulnerar los sistemas digitales
interconectados. Los fraudes alimentarios, empero, parece que hubiesen
adquirido carta de naturaleza en España. Los más comunes consisten en la sustitución de especies
caras por otras más baratas (por ejemplo servir fogonero por
bacalao), la alteración del peso mediante el exceso de hielo o agua,
y la venta de pescado de piscifactoría (al que le pinchan más anzuelos que
banderillas al toro de lidia) como si fuese salvaje. Pero los fraudes se
producen tanto en las pescaderías como en los restaurantes. Muchos productos
puestos en la mesa no se corresponden con los que señala el menú.
Suele
acontecer que, cuando en un restaurante de Sevilla pides “urta a la roteña” te sirvan urta, pero no de Conil de la Frontera
sino de Muritania; o que sirvan pescado congelado diciendo que es fresco. Hay un modo de saber si el pescado es fresco
con solo mirar los ojos o las agallas. También, cuando al tocar el pescado, la carne se sienta
firme y elástica. Si al presionar la pieza con el dedo la carne se hunde y no
recupera su forma, es probable que ya estuviera cautiva en una pecera del arca
de Noé. La picaresca en España no viene de ahora. El
pícaro siempre encontró, tanto
en el siglo XVI como en la actualidad (época dorada de degeneración y
corrupción), la forma de aplicar sus artimañas. En contraposición, en el siglo XVI apareció la
figura de Monipodio (“Rinconete y Cortadillo”) un personaje
admirado y querido, y a su vez temido, que controlaba las cofradías del hampa
sevillana y de la mafia donde los rufianes tenían hasta su propia jerga. Su "patio", donde había un tiesto con albahaca y la imagen
de la Virgen, funcionaba como un
centro de operaciones donde se organizaban robos, se protegía a delincuentes y
se cobraba por cometer fechorías. Hoy tenemos…, ¡yo qué sé lo que tenemos! El que quiera saber, que mire el telediario.