El paisaje del viñedo español está salpicado de viñas en vaso y en espaldera, los dos principales sistemas de disposición o conducción de las viñas. La conducción en vaso es la forma tradicional, el sistema más antiguo: la vid no cuenta con ningún tipo de sujeción ni apoyo para conducir la vegetación y, en consecuencia, las viñas son más bajas. Este sistema en vaso es típico de regiones como Rioja, La Mancha y zonas mediterráneas. En otras zonas se aplica el viñedo en espaldera, como en la D.O. Rueda, donde el 97% del viñedo sigue el sistema de conducción. En la conducción en espaldera, predominante en los viñedos nuevos, se emplean cordones y alambres de sujeción que guían los brazos de la planta. Generalmente, sobre el tronco de la cepa salen dos ramas que crecen en el sentido del alambre, perpendicular al crecimiento de la cepa. No cabe duda de que, aunque la inversión en espaldera es más costosa, resulta amortizable al permitir vendimiar con máquinas y su coste se reduce considerablemente. Pero todos los negocios, también los agrarios, tienen sus pros y sus contras. En las viñas en vaso, al ser más bajas, la savia llega antes a la uva y se adaptan mejor a los suelos pobres. Ello viene a cuento con un artículo leído hoy en El Correo de Zamora referido a la vendimia de Toro, donde la mecanización de la vendimia ha ganado terreno a la que tradicionalmente se realizaba a mano, con el objetivo de reducir costes y para hacer frente al problema de la escasez de mano de obra. No estoy de acuerdo en la escasez de mano de obra, como afirman los toresanos. Hay mucha gente inmigrante deseosa de trabajar en las labores que les ofrezcan. Pero ese trabajo hay que pagarlo de acuerdo con la legislación vigente, como ocurre en Francia con los temporeros españoles. La realidad es que en España hay un marcado descenso del consumo del vino en beneficio de la cerveza. Como bien se señala en ese diario, “lejos quedan aquellas vendimias tradicionales en las que estudiantes y parados, esperaban la llegada de la campaña para obtener recursos económicos, aunque en la actualidad tampoco los familiares y amigos pueden ayudar a los viticultores a recolectar las uvas a cambio de un sabroso almuerzo regado con el primer mosto o vinos de otras añadas”. En España, sobre todo en La Mancha, hay excedente de viñedos y esa descomedida producción de uva se destina inevitablemente a producir alcohol, vinagre o brandis jerezanos infames, como aquellos que infundían coraje al soldadito valiente antes de entrar en combate. No olvidemos que a partir del siglo XX, el ‘Brandy de Jerez ‘ (con D.O. desde 1989) vivió una etapa de expansión y reconocimiento en todo el mundo, convirtiéndose en la principal bebida espirituosa de cuantas se fabricaban en España. Tal fue su fama que Azorín (1927) escribió un sainete en tres actos, “Brandy, mucho brandy”, donde ese potente brebaje se convertía en un catalizador que permitía a los personajes despojarse de sus máscaras sociales y revelar sus verdaderos pensamientos y emociones. Pero a aquellos infames brandis no llegaron nunca a superar en bravura a las aguas medicinales de Arnedillo, villa situada en un valle a la izquierda del río Cidacos, que entre otras propiedades, dada su elevada temperatura de surgencia y su riqueza en sales minerales, “hacen lanzar con facilidad asombrosa las esquirlas de los huesos, y los proyectiles si son producidos por armas de fuego, robustecen la demacración de un miembro, las fracturas mal consolidadas, y lanzan los cálculos ordinarios”. (Tomo II, p. 342 del “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar”.- Madrid.- 1845). En el agua reside toda la melancolía. Gaston Bachelard, en su obra "El agua y los sueños" acuñó el concepto del "complejo de Ofelia", explicando cómo el agua, sobre todo el agua de los balnearios, se asocia culturalmente con una muerte melancólica, el abandono y el viaje sin retorno. Se pudo comprobar leyendo la novela corta "Muerte en Venecia", de Thomas Mann, donde la salud física y moral de Gustav von Aschenbach, hospedado en el balneario "Grand Hotel des Bains" en la isla de Lido (donde pasó unos días Mann en 1911 y le inspiró el relato), se derrumban en paralelo por el cólera morbo en una silla de playa mientras escucha el manso rumor de las olas y un sudor de desesperanza le cae por las sienes.