miércoles, 21 de octubre de 2026

El convoy de las nueve

 

Según leo en los papeles, una pareja se enfrentó de malas maneras a dos agentes de la Policía Nacional porque el coche patrulla aparcado les estropeaba una foto de la Catedral de León. “Eran las 01.45 de la madrugada del día 22 de octubre de 2023, -cuenta Diario de León- cuando un varón se dirigió a dos agentes de la Policía Nacional diciéndoles que retirasen el vehículo policial de donde estaba estacionado porque le molestaba para realizar una fotografía”. El resultado final es que la pareja ha sido condenada a sendas penas de siete meses de prisión por tres delitos de atentado a agentes de la Autoridad por la Sala 1 de la Sección de lo Penal del Tribunal de Instancia de León. Solo se me ocurre la frase “Tié q’haber gente pa’tó”, atribuida al torero Rafael Gómez Ortega, “El Gallo” cuando Cossío le presentó a Ortega, diciendo sobre él que era filósofo. Sin embargo, Pedro Salinas, en su ensayo “La gran cabeza del turco o minoría literaria” en la revista mejicana ‘Cuadernos americanos’ (en dos entregas aparecidas en 1945 y 1946) cuenta esa anécdota con otros matices y referidas al torero Rafael Molina Sánchez, “Lagartijo”. Tal afirmación conduce a la duda, considerando que Lagartijo murió el 1 de agosto de 1900, cuando Ortega solo tenía diecisiete años. Fue un torero al que le tocó la lotería el día de su fallecimiento con el número 19, al que estaba abonado. El décimo apareció en el traje con el que le amortajaron, según contó su cochero, Manuel Franco, “El Finito” en la revista El Ruedo. Pegar a los guardias queda feo, no cabe duda, aunque ganas me dieron en cierta ocasión de darle un guantazo a una dama en un cine donde proyectaban la película “El último tren a Gun Hill”, un film interesante donde el sheriff Matt Morgan juró detener al asesino de su esposa, y logró su objetivo marchando en el convoy de las nueve con Rick Belden (hijo del asesino muerto) detenido. La razón por la que quise darle un guantazo a la dama que tenía en la butaca delantera, como digo, fue por culpa de su enorme pamela que me impedía ver parte de la pantalla. Era un sombrero con un torrente de plumas de gavilán y una anchura de las alas que le abarcaba de hombro a hombro, como aquellos elegantes sombreros de ‘Maison Lewis’, de París que aparecían en La Esfera, revista semanal ilustrada y de información general dirigida por Ricardo verdugo, que dejó de publicarse en 1931. Conservo ejemplares encuadernados. Pero me contuve. Pegarle a una dama queda feo, como darle a un soplamocos a un sacristán o administrarle una colleja al que me pisa un callo del pie bailando una milonga, que ganas no me faltan, porque yo me considero un caballero español, como dice un cursi zangolotino ‘pisaverde" en la “Mazurca de las sombrillas” (en el segundo acto de la zarzuela “Luisa Fernanda”), cuando una damisela le espeta: “¡Ay, qué zaragatero es usted!”. Aquí lo dejo para no aburrir al lector, siendo consciente de que me he marchado caminando ligero de equipaje por los cerros de san Paterno y de santa Bárbara, en los andurriales de Bámbola. En fin, mañana es jueves y el viernes llega volando.

 

martes, 20 de octubre de 2026

Espinoso jardín

 

Hoy en La Razón, el columnista y filólogo José María Marco hace un retrato de Manuel Azaña centrado en su obra “El jardín de los frailes”, con el que no estoy para nada de acuerdo. No dudo de su capacidad para analizar el tema pero, a mi entender, Azaña fue un intelectual de la ‘Generación del 14’, como lo fueron Marañón y Ortega.  Presidente del Ateneo de Madrid, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra “Vida de don Juan Valera” , doctor en Derecho y presidente de la Segunda República. Sobre él dice Marco que “esta sociedad infantilizada le ha convertido en un muñeco de cera, que imparte lecciones de bondad, generosidad y tolerancia”. Hace referencia a los años que pasó (entre 1893 y 1897) en el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial, situado en un edificio justo al lado del monasterio). Según Marco, “era una universidad privada, católica, a cargo de los agustinos que habían sustituido a los jerónimos en el monasterio de El Escorial. Lo fundaron en1893 y lo patrocinó la entonces reina regente María Cristina. Un establecimiento destinado a educar a la elite que gobernaría España durante el nefasto reinado de Alfonso XIII, su hijo. Era el establecimiento educativo más caro de España, y el más selecto”. En la nueva edición de “El jardín de los frailes” que ahora se presenta se publica el reglamento: 1.500 pesetas por curso –que era lo que se pagaba para no tener que ir al servicio militar o más tarde a las guerras en Marruecos–, traje oscuro de etiqueta, cubiertos de plata con iniciales grabadas, etc. Azaña se codeó con los hijos de la oligarquía de la Monarquía constitucional”. Sobre su persona, los historiadores franquistas volcaron todo su rencor. Para  Mola, que no fue historiador sino un militar golpista responsable de la muerte de miles de pacenses, fue “un caso, quizá el más interesante, de degeneración mental ocurrido desde el hombre primitivo hasta nuestros días“; González Ruano, que vendió su pluma a los nazis y estafó a fugitivos judíos en el París ocupado, lo describió como “oscuro funcionario enloquecido de soberbia y amoratado de rencor”; Stanley Payne, autor del libro "El camino al 18 de julio", lo señaló como el principal responsable de la guerra civil; el leonés Andrés Trapiello le prodigó desprecios tales como “político a medias, faltándole la principal mitad”; “sembrador de vientos” y “paralizado por el miedo físico", y le mandó al basurero de la historia. Pero hubo otros: Arrarás, el ladrón de los "Cuadernos", Ricardo de la Cierva, que veía masones hasta en las costuras del colchón de su cama; el impresentable Pío Moa y demás turiferarios del más rancio fascismo carpetovetónico. Ninguno de ellos le perdonó a Azaña que tuviese fe en una España democrática, moderna y tolerante. Esa fue la realidad. El resultado fue un golpe de Estado, una posterior guerra civil, una posguerra interminable, una victoria omnipresente y una dictadura autoritaria que perduró casi cuarenta años manejada por un adalid eunuco y perverso y un grupúsculo de rancios salvapatrias obcecados en llevar un camino diferente al de las democracias occidentales. Así nos lució el pelo.

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Con la bala en la boca


 

Leo un artículo de Fernando Jáuregui (“¡Manda huevos! y otras cosas”) donde, al hacer referencia a Sánchez y a su improbable triunfo del PSOE en los comicios del próximo 29 de noviembre (según las previsiones del CIS), señala el periodista: “Cuando se habla del mago Sánchez hay que hablar con cautela: nunca se sabe si, al margen de lo previsto, ‘ley de nietos’ incluida, en la chistera de Houdini está agazapada alguna liebre que corra hacia el voto”. Para mí, mentar a Houdini (o Houdin) es algo muy serio. Fue el nombre artístico de Erik Weisz , que lo adoptó como homenaje a otro famoso mago que había muerto tres años antes de que él naciera, y con el que quedó fascinado tras leer su biografía. Nació en la ciudad francesa de Blois en 1805. Huérfano de madre, su padre le envió a estudiar a Orleans, de donde regresó ya mayor de edad dispuesto a heredar el oficio familiar de relojero; lo hizo en el taller de su primo a despecho de los deseos de su progenitor, que quería que estudiase Derecho y le había conseguido un empleo en un despacho jurídico. Decidido a ser alguien en el mundo de la horología  (arte, la ciencia y la técnica de medir el tiempo mediante instrumentos como relojes, cronómetros y relojes de sol), solicitó por correo dos volúmenes sobre el tema pero por error le enviaron un célebre tratado de magia titulado “Divertimentos científicos”. Aquella equivocación le cambió la vida. Leyó el libro con tan creciente interés que siguió comprando otros e incluso recibió clases de Maous de Blois, un mago local. Ensayaba juegos de manos mientras ampliaba sus estudios y abría su propio taller de relojería en Tours. Compatibilizó ambas actividades hasta que entró en contacto con un prestigioso mago  Torrini, un  aristócrata de nombre Edmund de Grisi, que le tomó como aprendiz. El éxito de Houdini se debió a su capacidad para inventar trucos de ilusionismo. El más popular fue el de la clarividencia (averiguar con los ojos vendados qué objetos personales tenían los espectadores), pero también destacaron el de la suspensión etérea (hacer levitar a alguien volviéndolo ligero mediante la aspiración de un frasco de éter) y otras formas de prestidigitación que hacían desaparecer cosas a ojos del público para luego hacerlas reaparecer en el sitio más insospechado. En 1847,  Luis Felipe de Orleans asistió a una función  y le contrató para un pase privado. Más tarde, con la subida al poder de Napoleón III llegó la insólita misión en Argelia. Según contó el mago en sus memorias, se le pidió que viajase a la colonia para enfrentarse a los morabitos, es decir, los santones que vivían como ermitaños y bendecían a los fieles otorgándoles baraka, (suerte). Los morabitos solían utilizar trucos de magia y a Napoleón III se le ocurrió que un francés les demostrase que su magia era más fuerte que la de ellos. Houdin actuó en el teatro argelino de Bab Azoun y dio funciones a varios jeques usando sus mejores trucos, que dejaron pasmados a los argelinos. En cierta ocasión retó a un argelino a dispararle y atrapó la bala con la boca, dejando a todos impresionados. Fue su mejor truco de magia. Murió en 1871.

 

sábado, 17 de octubre de 2026

La venda y la herida

 

 

Un relato de Gustavo Morales, “El cobrador de los muertos”, me ha hecho pensar y recordar cosas de mi infancia. Cuenta Morales que hay dos oficios siniestros casi desaparecidos: el cobrador de los muertos y el practicante a domicilio. El primero tocaba el timbre y cuando abrías la puerta aparecía un hombre enlutado y con cara de pocos amigos que sacaba de una pequeña cartera un recibo de decesos del ‘Ocaso’ que teníamos contratado, para asegurarnos en la muerte un buen entierro con “esquelas, recordatorios y ataúd incluido”. Sigue diciendo Morales que “era tan habitual que mi padre, pesimista él, según nací un viernes de dolor me dio de alta en ello y desde entonces debo haber abonado pagos a esa compañía ya para una docena de entierros o más, con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz en la testa además de una banda de cornetas y tambores ejecutando el ‘Réquiem’ de Mozart y si falta algo de eso puedo reclamar a la aseguradora tras mi sepelio”. Bueno, el muerto nunca podría reclamar nada dado su lamentable estado. El otro oficio, así lo comenta Morales, era el practicante, que más tarde cambió su nombre por ATS, siglas de ‘Ayudante Técnico Sanitario’, que no deben confundirse con las siglas ATS, referidas a “Applicant Tracking System” (Sistema de Seguimiento de Aspirantes, aplicación de software diseñada para automatizar y centralizar el proceso de reclutamiento y selección de personal en las empresas). Gustavo Morales  se refería a “aquel hombre que llegaba con su maletín preñado de temibles objetos que transportaban nuestra imaginación al horror,  y para alimentar el terror de la niñería iniciaba una perturbadora ceremonia consistente en ir sacando y depositando en una mesa cajas de metal plateado que contenían jeringuillas de cristal con afiladas agujas doradas en un cacharro con agua que ponía a hervir al fuego de un recipiente con alcohol, que prendía con un encendedor ‘Ronson’ para desinfectarlas”. Recuerdo, veraneando en Lugo de niño, recibir en casa de mis abuelos paquetes que enviaba mi madre desde Aragón cuyo contenido eran unos inyectables (de muestras gratuitas, ya que mi padre era médico) de un complejo vitamínico, ‘Hepal Crudo’, muy doloroso, que fabricaban los ‘Laboratorios Juste’. Al día siguiente de la llegada del cartero con el paquete aparecía por casa un practicante de apellido Pontide, alto, circunspecto, de cara afilada y dedos de pianista de cabaré, dispuesto a cumplir con aseo la suerte de banderillas, después de haber llevado a cabo un rito lento y aterrador con la preparación del instrumental que sacaba de un pequeño maletín. Como parece, asegurarse el entierro “con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz”, y poner la venda de dolorosas inyecciones protectoras de no sabemos qué antes de que se pudiese producir la herida, fueron las armas que tuvieron a mano nuestros antepasados para disipar el espectro de un Cielo o un Infierno que nos esperaba con la puerta abierta cuando estirásemos la pata, tal como nos avisaba César Abellas Vázquez, canónigo magistral de la Catedral de Lugo, célebre por el rigor y empaque de unos sermones que producían desasosiego.