miércoles, 13 de mayo de 2026

A cada uno lo suyo

 

Señala la prensa que las familias se han visto obligadas a contratar monitores ajenos a los institutos de Secundaria para que sus hijos puedan hacer los viajes de final de curso a distintos lugares de España o del extranjero. En Aragón ya hay 47 centros cuyos profesores se niegan en rotundo a hacer esas labores de tutela con educandos, algunos “indomables”, mientras no exista una regulación clara que proteja su responsabilidad durante las 24 horas de cada día de viaje. Es notorio que existe una evidente falta de autoridad y confianza. Si un alumno se porta  mal y  recibe una amonestación por parte del profesor, éste se expone a que los padres ese alumno presenten una denuncia por supuestos malos tratos hacia su hijo, tras haber escuchado de éste maleducado alumno una versión de los hechos que no se corresponden con la realidad. Cuando un  profesor es el responsable de un alumno, es necesario que los padres de éste depositen su plena confianza en el encargado de su tutela. No cabe duda de que las excursiones  extraescolares forman parte del aprendizaje del alumno; pero, en ocasiones, el comportamiento de uno o varios adolescentes puede ser imprevisible y ello contraviene al buen desarrollo de los viajes organizados. Un profesor tienen como misión instruir al alumno en la asignatura que le corresponda, pero de ninguna de las maneras es gestor de tiempo libre ni monitor de ocio. Para esos menesteres ya están las Concejalías de Juventud, las asociaciones juveniles y las parroquias que organizan campamentos. Tampoco hay que olvidar que contratar monitores de empresas externas conlleva subidas de los costes del viaje programado. En resumidas cuentas, los profesores necesitan mayor respaldo jurídico, reconocimiento profesional real y una compensación adecuada. Para el profesor, un viaje de estudios no es un viaje de placer. Suum cuique tribuere.

 

martes, 12 de mayo de 2026

Un curioso libro-registro

 

En El Bierzo, diario digital que dirige con acierto Alejandro J. García Nistal, apareció un trabajo sorprendente: “Cuando el timbre abría el baile en el salón de Sorbeda”. Para el que no lo sepa, Sorbeda del Sil es una localidad española del municipio de Páramo del Sil, en la comarca de El Bierzo, provincia de León, que cuenta con 132 habitantes y que cuenta con una Junta Vecinal, que es el órgano de gobierno de las Entidades Locales Menores. Celebra sus fiestas patronales cada 22 de julio en honor de santa María Magdalena. Pues bien, en Sorbeda del Sil un vecino encontró en el altillo del desván de una vieja casa un libro-registro lleno de polvo donde se recogía la vida social del lugar  durante los años 30 del siglo pasado. Según afirma la periodista María Carro, así lo refería en Diario de León el pasado día 10 de mayo y que ahora resumo. Se trata de un libro-registro manuscrito que recoge numerosos testimonios de esa época. La asociación “Recreo y Cultura” se mantuvo activa entre 1929 y enero de 1937. En los estatutos se daba cuenta de las normas que debían cumplir los socios, que los había de dos tipos: “de número”, y “adictos”. Los primeros formaban parte del órgano activo, y los segundos, carecían de competencias. Los “de número” pagaban una cuota de 5 pesetas y 3 pesetas los “adictos”. El local fue alquilado a un vecino de esa localidad a razón de 240 pesetas al año. Para el salón de baile se compró un piano a manubrio (organillo) que costó 325 pesetas. Entre las normas se estableció que “todo socio tendrá que entrar en el local descubierto y se privará de fumar y ninguno podrá entablar conversación con las jóvenes durante el tiempo que estén dentro, si bien pueden hacerlo al bailar. Tampoco podrán acceder con madreñas, palos,  cachabas o paraguas ni con armas blancas o de fuego”. Además, “Ningún socio podrá dejar a ninguna moza comprometida de un baile para otro, y será expulsado el que no respetase la norma”. Tampoco se les permitía a los mozos sentarse en el sitio reservado para las mujeres, con el fin de que ninguna joven estuviera de pie a no ser que lo desease. Por su parte, la moza que fuera invitada a bailar tenía que acceder al paisano que la había invitado; de lo contrario, no podría bailar con ningún otro durante el transcurso de esa pieza de baile. Entre los integrantes de aquella insólita asociación, formaban parte el párroco,  Pío Alonso y el maestro, Domingo Álvarez. El sonido de un timbre abría la sesión de baile en el salón.

 

Benemérita institución

 

 

Doy por hecho que todos los ciudadanos españoles nos sentimos solidarios con las familias de los dos agentes de la Guardia Civil muertos por los narcotraficantes en la costa de Huelva el pasa do viernes. El Cuerpo, de naturaleza militar, fue creado por un Real Decreto de 13 de mayo de 1844, siendo presidente del Consejo de Ministros Luis González Bravo en un intento de combatir el bandolerismo y asegurar los caminos tras años de inestabilidad tras la finalización de la Primera Guerra Carlista, encomendándole esa gestión a Francisco Javier Girón y Ezpeleta. Poco después, el 1 de septiembre de ese año, 1.500 guardias a pie y 370 a caballo hacían acto de presencia en Madrid, en las inmediaciones de la glorieta de Atocha. Se trataba de unificar algo que entonces estaba disperso: mozos de escuadra en Cataluña, compañías de migueletes en Valencia, miñones en Álava, escopeteros en Sevilla, Toledo y Ciudad Real, escuadras de gendarmes en Pamplona, celadores en las provincias de Castellón de la Plana y Jaén,  salvaguardias en Santander, la compañía de faletís en Cádiz,  el tercio rural de migueletes en Salamanca, y otras compañías sueltas en Aragón y Castilla la Nueva. Al nuevo cuerpo creado se le dio el nombre de Guardia Civil por deseo expreso de la reina Isabel II. La primera casa-cuartel del benemérito cuerpo se instaló en el Cuartel de San Martín, en Madrid, con una residencia en Pinto. Los primeros alumnos fueron doce, hijos de huérfanos o heridos que ya no podían prestar servicio. En 1852  se trasladaron a Valdemoro, al edificio de una antigua Real Fábrica de Paños y Tapices. Le siguió la casa-cuartel de Falces, en Navarra. En 1864  Isidoro de Hoyos creó la Guardia Civil Veterana, a partir del tercio de Madrid, para la defensa de la capital, prestando gran ayuda un año más tarde a las víctimas de la epidemia de cólera. En 1866 la Benemérita sofocó la Sublevación del Cuartel de San Gil, y ayudó con heroísmo durante los graves terremotos en Granada y Málaga en la Nochebuena de 1884. Son innumerables los casos de ayuda a la ciudadanía a lo largo de los 182 años transcurridos desde su creación. Pues bien, en el debate del pasado viernes en Canal Sur, la candidata por el PSOE, María Jesús Montero, calificó como de “accidente laboral” (acto de servicio) la muerte de los dos últimos guardias civiles en el cumplimiento de su deber. Yo diría, que son gajes del oficio. Tal calificación ha merecido rechazo por parte de un sector de la derecha. También molestó que Sánchez y Marlaska no estuviesen presentes en los funerales, dejando sola a la señora Montero, que recibió todo tipo de reproches a la llegada a la capilla ardiente y gritos de fanáticos ultras que le gritaban: “¡No te queremos en Andalucía!”. De haber estado in situ Sánchez y Marlaska apuesto doble contra sencillo que los insultos hubiesen sido descomunales por parte de una derechona ruin y de la más baja estofa que solo sabe repetir "me gusta la fruta" en letanía monocorde. A mi entender, fue coherente que María Jesús Montero denominase la muerte de esas dos personas como “accidente laboral” por haber fallecido ambos agentes en pleno ejercicio de sus funciones, como el encofrador que se cae del andamio y se mata, o el electricista que se electrocuta mientras está encaramado en un poste de alta tensión. Es accidente de trabajo “toda lesión corporal que el trabajador sufra con ocasión o por consecuencia del trabajo que ejecute por cuenta ajena”. Y es de sentido común que más se arriesga el que más se expone. Lamento la muerte de esos dos agentes de la Autoridad y presento desde estas líneas a sus familiares mis sentidas condolencias. Nadie merece morir estando al servicio de todos. La Guardia Civil es un claro ejemplo de valentía en la persecución de delincuentes y en la ayuda a los ciudadanos sin ningún tipo de discriminación y sin esperar nada a cambio. “Todo por la Patria” es su lema. Merece respeto y consideración. Para mí son héroes sin recompensa. Hay cosas que no tienen precio. Al menos, así lo entiendo.

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Empanadas

 

 

En sentido despectivo, “tener una buena empanada”, o tener una "empanada mental" se utiliza  para señalar que una persona está muy despistada, aturdida, confusa o que no se entera de lo que ocurre a su alrededor. Eso lo dicen los que no acostumbra a leer los agudos  artículos de Pedro García Trapiello en Diario de León. Ruperto de Nola, como bien recuerda García Trapiello, ya las recetaba en el siglo XV, y a principios del XX el villafranquino  Carlos Álvarez de Toledo, “que tenía a la empanada como la soberana de los platos bercianos: fría o caliente, como se hace en Villafranca no es conocida en parte alguna ni tiene rival para excursiones y hasta en banquetes de tono o boda y en brindis de chorro suelto. Se prepara para todos los gustos: con pollo, con conejo, con anguilas, con cabrito, con codornices, con ternera, con lomo, con ranas y con acelgas; y se la hace también con bacalao o con sardinas. Se unen jamón, chorizos y pimientos rojos del país, que no los hay mejores en el orbe, casementado o celestinado todo ello con un prudente golpe de cebolla suavizadora”. En su Libro de guisados, manjares y potajes”,  editado en Logroño a expensas de Diego Pérez Dávila, alcaide de Logroño, en 1529,  Ruperto de Nola, cocinero que fue del Serenísimo Señor Rey don Hernando de Nápoles, hizo una recopilación de productos culinarios en la edición toledana de 1525 donde se juntaba la cocina medieval no sólo por el uso de los alimentos más frecuentes en esa zona, sino por la utilización de los productos que enseñaron a mezclar los romanos y que habían aportado los árabes; por la presencia de hortalizas estimadas en el área oriental ibérica (almendras,  arroz,  avellanas, naran­jas, limones, berenjenas, calabazas, coles, zana­horias, espinacas,  habas, higos, lechugas, pue­rros, etcétera); y por el deseo que entrecruzar las culturas gastronómicas de judíos, moros y cristianos. Sigue contando García Trapiello: “Pero va mi memoria anclada a tres empanadas. La más rara, babiana y lacianiega, alta como una hogaza, pues hogaza era de masa madre, preñada sin duelo con chorizo, lomo, panceta, tocino y huevos duros, un hornazo bestial que los motriles salmantinos trashumantes celebraban; no he vuelto a verla. La más fina que nunca vi era de las clarisas de Ribadeo, de bonito entomatado en hojaldre, puro pastel. Pero la más entrañable por pobreza sabrosa, entorno y cariño, la de acelgas y tocino que nos horneó una paisana de Burbia rodando allí la serie de ‘Los ríos de León’, seguida de una gozosa torta de san Pedro hecha al horno con solo pan viejo y leche...”. El nombre de empanada proviene del castellano “empanar” que significa encerrar algo en masa para cocerlo. La empanadilla es su hermana pequeña. Se cuenta que en la calle madrileña de Fuencarral  hubo un bar donde vendían unas hogazas de pan gallego con un pollo asado dentro. Eso tampoco es una empanada. Parece ser que un gijonés conocido como Vitorón, que hacía la ruta al poderoso puerto de Le Havre con cargamento de sidra, en una escapada furtiva a París  conoció a un joven, de nombre Marie-Antoine Carême, más conocido como Antonin Carême (París, 8 de junio de 1784-12 de enero de 1833) que trabajaba en la pastelería  Chez Bailly” (y que más tarde desarrollaría en su obra “L'art de la cuisine française “ en 5 volúmenes)  quién le dio a probar un pan hojaldrado relleno de carne de pichón. De vuelta a Asturias le pidió a un conocido confitero que le preparase una empanada de bonito con la masa que le había enseñado su amigo francés, y así nació la empanada (pastelón)  hojaldrada de bonito. Carême murió en su casa de París, en la Rue Neuve Saint Roche, a la edad de 49 años, debido a la inhalación durante muchos años de los gases tóxicos del carbón de leña con el que cocinaba. Está enterrado en el cementerio de Montmartre.