
La guía Michelín ya describe, aunque sin concederles alguna estrella, algunos establecimientos como de “alta cocina de barrio”, sin derecho a 'estrella'. Me gustaría conocer qué diferencia existe entre “alta cocina de barrio” y “cocina merecedora de recompensa en zonas de pijos y nuevos ricos”. Por lo que se desprende de esa apreciación subjetiva, unos restaurantes son merecedores de premio siempre que la zona donde están ubicados estén considerados de alto nivel económico; o, sencillamente, se trate de locales donde, a pesar de comer de forma decente los clientes, se conforman con platos sencillos de cuchara, tripicallos, huevos a la Carmenchu o congrio en salsa verde; al desconocen por completo quiénes se sientan a la mesa en qué consiste degustar una buena menestra a la bilbaína, un excelente corte de ‘villagodio’ al estilo de la marquesa de Parabere, que nunca ostentó ese título nobiliario, (con pan rallado, un diente de ajo, perejil, pimienta y algo de sal) o una fresca merluza a la tártara, es decir: frita, acompañada de la clásica salsa, a base de pepinillos en vinagre picados, mayonesa y charlota muy picada. Y uno llega a pensar que “El Amparo”, antiguo y prestigioso establecimiento de comidas de las hermanas Azcaray, en Bilbao, ubicado en un antiguo caserón de piedra rodeado de huertas y cerca de zonas mineras, jamás hubiera conseguido hoy una ‘estrella Michelín’. Todo lo más, por decir algo, algún ‘solete Repsol’, que pone en valor el turismo de proximidad en los que no hace alta vestir de gala. Pero, observe el lector lo que son las cosas: pese a la modestia de aquella casa de comidas del barrio de Mena, rodeado por vías de tren, prostíbulos y minas, llegaban diariamente elegantes coches de caballos con personas como el torero Chiquito de Begoña, Sabino Arana, Eduardo Dato, Indalecio Prieto, Ramón de Basterra o el conde de Romanones. Es decir, que tanto los obreros como los ricachos que poseían un palacete en Neguri, palco en el Teatro Arriaga y carruaje fetén, acudían a “El Amparo” para comer como reyes. Y a todos ellos, obreros y empresarios, se les recibía con cortesía y amabilidad sin tener en cuenta su estatus social. Doña Felipa Eguileor hizo famosa su casa a fuer de cazuelas de bacalao y tostadas de Carnaval. Sus hijas siguieron su estela fusionando las técnicas de la alta cocina francesa, que tan en boga estaba, con la cocina tradicional vizcaína. En su mesa cabían desde la humilde tortilla de patata hasta el pichón a la Demidoff, pasando por porrusalda, sopa de chirlas, cocido de alubias, merluza frita, chimbos asados o pasteles de arroz, platos autóctonos que guisaban con el mismo mimo que la langosta a la americana, el pastel Saint Honoré o el lenguado a la Mornay. En el selecto “club” de los locales poseedores de “estrellas Michelín”, los cocineros (odio la palabra chef y su plural chefes o chefs, por ser palabra ‘inglesa’ que entró en inglés alrededor de 1850 y que proviene del francés "chef de cuisine") deberían ‘bajarse de la burra’ y dejarse de pamplinas. Como en todas las profesiones, los hay excelentes, del montón, y malos de solemnidad. Lo más curioso es que, al tratarse de sustantivo masculino, no podemos decir “la chefa” sino “la chef instructora”. Es el colmo. En la cocina moderna rezuma un insolente machismo. Pasa con todo. Hasta a los sastres les llaman ahora modistos. ¿Qué demonios fueron doña Felipa Eguileor y más tarde las hermanas Azcaray, almas de ‘El Amparo’? De la sabrosa 'cocina de la abuela' hemos pasado a los fogones de unos jetas que cuanto más cobran al comensal por un 'menú de autor' o "menú de degustación", que le dejan al comensal con más hambre que a Carpanta, más llenan el restaurante de horteras adinerados. ¡Mandan huevos!

