Leyendo esta mañana en El País la sección de ‘El Comidista’, me ha hecho reflexionar algo relacionado con la temporada de setas, el dicho italiano: “Tutti i funghi sono commestibili, ma alcuni solo una volta”. En efecto, todas las setas pueden comerse, pero algunas solo una vez. Yo nunca me he fiado y solo me llevo a la boca, si acaso, champiñones, rebollones y los primaverales perrechicos. Lo cierto es que existen setas mortales o muy tóxicas que mimetizan casi a la perfección a excelentes comestibles, como el champiñón silvestre o el falso níscalo. Pueden ocurrir dos cosas para un inexperto: una, entender como venenosa una seta comestible y la prevista cena se quedará en el bosque; y dos, marcar como comestible una seta venenosa. El coste de ese error puede ser un trasplante hepático o un funeral. Ante tal tesitura, es mejor no coger ninguna. El micetismo ha sido la causa de muerte de familias enteras. Hay otras setas, por ejemplo las colmenillas, que son tóxicas si se comen en crudo por contener unas proteínas, (hemosilinas termolábiles) que producen la ruptura celular de los glóbulos rojos, pero que se descomponen por acción del calor. Tampoco las colmenillas deben mezclarse con alcohol. Existe un caso en el que consta que seis personas bebieron vino tras tomar unas colmenillas rellenas de calabacín y gratinadas con queso rallado en un restaurante de Cataluña (con estrella Michelín) y que, más tarde, presentaron un signo de eritema cutáneo, sensación de inflamación de labios, palpitaciones, vómitos e hipotensión. Digo más, la ingesta de setas silvestres a veces pueden contener altas concentraciones de metales pesados y pesticidas y producir gastroenteritis aguda. Pero hay, como decía al principio, setas fiables, como el pincho de champiñón del ‘bar Soriano’, en la logroñesa calle Laurel, sobre rebanada de pan coronada por tres champiñones a la plancha bañados en ajo, aceite de oliva y perejil, rematados con una pequeña gamba en la parte superior, o el ‘revuelto de perrechicos’ al estilo de ‘El Amparo’ bilbaíno regentado por las hermanas Azcaray, que representó hasta principios del siglo XX la esencia de la cocina tradicional vasca fusionada con la sutileza culinaria francesa, donde se utilizó para su confección aceite de oliva, mantequilla de vaca pasiega y frescos huevos de corral. Existen otras setas aunque no comestibles, y me refiero a los grandes parasoles de madera de la sevillana plaza de la Encarnación, desde donde se puede contemplar la Giralda, el Guadalquivir, el barrio de Triana y la iglesia de la Anunciación, en la calle Laraña, donde descansan desde 1913 los restos de los hermanos Bécquer. En el momento de su construcción era alcalde de la Ciudad hispalense el socialista y médico Alfredo Sánchez Monteseirín, fallecido el pasado 26 de octubre. Descanse en paz.


