Celebro que la
presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, haya retirado
de sus paredes los cuadros de presidentes que lo fueron de las Cortes Españolas
franquistas, a excepción del óleo de Torcuato
Fernández Miranda, al considerar su importante papel para la aprobación de
la Ley para la Reforma Política. Se ha dado cumplimiento a lo acordó por
la Mesa de la Diputación Permanente el pasado 13 de octubre. Se trata de Esteban
Bilbao Eguía (1943-1965), Antonio
Iturmendi Bañales (1965-1969) y Alejandro Rodríguez de Valcárcel
Nebreda (1969-1975). La medida ha sido tomada pocos días antes de que el
Congreso celebre unas jornadas ha organizado una jornada de recuerdo y homenaje
a todas las víctimas del golpe de Estado, la posterior guerra civil y la terrible
dictadura de Franco. En esas
jornadas habrá un recuerdo a las conocidas como ‘Rapadas de Fuendejalón’,
en 1936. El 28 y 29 de agosto de aquel año, 39 mujeres fueron sacadas de sus
casas, rapadas y
paseadas por las calles. Fue costumbre habitual en toda España durante de la represión
general y sistemática dirigida contra la población civil considerada desafecta
a los sublevados. A las
mujeres, tras ser detenidas, se les golpeaba y se les rapaba la cabeza, incluso
las cejas, para después ser paseadas por las calles de su localidad. En
ocasiones se les colgó carteles en los que se leía "Rapadas por putas" y se les hacía desfilar tras la banda
de música en las fiestas locales. ¿Cabe mayor ignominia? A aquellas mujeres, en
muchas ocasiones, se les obligaba a beber aceite de ricino mezclado con
gasolina por falangistas, requetés
o guardias civiles. Y en los documentos sumariales quedaban calificadas como "peligrosas,
extremistas, de bajos instintos, deslenguadas, pendencieras, ateas, amancebadas,
altaneras, arrabaleras, incitadoras de los hombres, ateas y de dudosa moral
pública y privada". En el caso de Fuendejalón (pueblo situado en la comarca del Campo de
Borja), el 29 de agosto de 1936,
un grupo de 39 mujeres fueron sacadas por la fuerza
de sus casas para ser rapadas al cero y obligadas a desfilar por las calles del pueblo y ser sometidas al escarnio y la humillación
pública. Pocos días más tarde, el 7 de septiembre, fusilaron en las tapias del
cementerio a María Domínguez Remón, alcaldesa de Gallur aunque nacida en Pozuelo de Aragón y a otros
tres vecinos. María Domínguez también colaboró como articulista en
cabeceras como Ideal de Aragón y Vida Nueva, firmando con el seudónimo de
María la tonta y publicó en 1934 el
libro “Opiniones de mujeres”. Tras el golpe de
Estado, María Domínguez se negó a huir a Francia junto a otros vecinos de
Gallur y buscó refugio en Pozuelo de Aragón, en casa de su hermana Jacoba. Fue detenida y trasladada a
Fuendejalón, donde fue fusilada. Tras su posterior exhumación (31 de enero de
2021) su cuerpo presentaba el cráneo fracturado por un tiro de gracia. Junto a
su esqueleto encontraron una peineta rota, posiblemente por el tiro en la
cabeza, y varias horquillas para el pelo. El Registro Civil de ese pueblo inscribió su
defunción al día siguiente, consignando como causa de muerte el eufemismo “heridas de arma”, que era la fórmula habitual de la época para
encubrir las ejecuciones sumarias. Su segundo marido, Arturo
Segundo Romanos, de
oficio esquilador,
corrió la misma suerte el 13 de septiembre en el cementerio de Tabuenca.
Los
días 29 y 30 de agosto pasados se hizo
en Fuendejalón un homenaje a aquellas
mujeres organizado
por el Ayuntamiento de esa localidad, en colaboración con la ‘Asociación por la Memoria Democrática de
Fuendejalón’ (ley en la actualidad
vergonzosamente derogada en Aragón por el Gobierno PP-Vox que preside Jorge Azcón) compuesta fundamentalmente por nietas o bisnietas de
aquellas mujeres represaliadas. El próximo día 29 de noviembre hay en España elecciones
generales. Solo espero y confío en que no se produzca el ‘strepito’, ese chirriante "Grito" de Munch que nos devuelva a la época
más siniestra de nuestra historia reciente, donde la ultraderecha retrógrada (Vox y los cantantes imitadores) pretende conducirnos con cantos de
sirena. Los errores siempre los termina pagando la clase trabajadora, enanos en un mundo de gigantes que, como decía Concha Alós, siempre se esconden para reírse.



