
Hoy, por ser la Fiesta Nacional de España, se ha celebrado la parada militar en Madrid presidida por el jefe del Estado, acompañado en la tribuna de su mujer y de sus dos hijas. A su llegada a los actos, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha desayunado escuchando gritos a coro de “Pedro Sánchez, hijo de puta” y aplausos al rey. No hay derecho. Los patriotas de pacotilla que tenían gradas preferentes y que lucían pulseras con la bandera española han dado a entender que “les gusta la fruta”. Sí, a mí también me gusta la fruta, pero la que dan los árboles y tomamos de postre. La “gente de bien” (según el subjetivo baremo de los reaccionarios que ya están preguntando a Feijóo “¿que hay de lo mío?”) ,está en su derecho de vitorear al que le venga en gana, ¡faltaría más! Pero insultar al jefe del Ejecutivo de la manera en que lo hacen ya es harina de otro costal. Aunque no sea el caso de Sánchez, ningún ciudadano porta en su frente el marchamo indeleble de quedar proscrito de por vida, o a ser considerado un inicuo sin redención posible por la circunstancia de ser hijo de una meretriz, que también merece absoluto respeto. Ayuso, que tiene menos neuronas cerebrales que una vicuña del Paraguay, llamó de esa guisa a Sánchez en la tribuna de invitados del Congreso en noviembre de 2023, cuando éste estaba en su turno de réplica al líder del Partido Popular, Núñez Feijóo, e hizo referencia a la polémica que rodeó a Tomás Díaz Ayuso, hermano de la presidenta de la Comunidad de Madrid, al conocerse que cobró una comisión de una empresa, que a su vez había firmado un contrato con el Gobierno de Madrid para traer mascarillas desde China a la capital en lo peor de la pandemia. Pero lo peor fue la abyecta sonrisa de Irene Montero (que antes de ser nombrada ministra de Igualdad trabajó como cajera de una gran superficie de electrodomésticos) y de la sicóloga Ione Belarra, ambas militantes de Podemos y que más tarde demostraron ser dos ministras impresentables que mantuvieron una actitud de confrontación constante hacia sus socios en el Gobierno de coalición, incluido el presidente. Como bien señaló Carmen P. Flores en un artículo publicado en Galicia@Press (19/05/23): “Las personas que se dedican a la política no deberían olvidar nunca una palabra que se llama ética, vocablo casi olvidado en el quehacer diario de los que tienen responsabilidades públicas. Ambas señoras, durante sus respectivos cargos ministeriales, no dejaron ni un momento de criticar a los compañeros socialistas de Gobierno como si fueran la oposición”. Está claro que se habían equivocado de bando.

