Al fin ha podido
sofocarse el incendio de Leciñena, y al quemarse la maleza han salido a la luz
trincheras de la guerra civil desde las que se combatió ferozmente, descritas
por George Orwell (combatiente con
las milicias del POUM en 1937) y donde dejó escrito en su libro“Homenaje a Cataluña” (1938) que
“cinco cosas son importantes en la guerra
de trincheras: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo”. De hecho, en la
llamada ‘Loma Orwell’, también
llamada‘monte Irazo’, existe un
asentamiento con alambradas, trincheras y pozos de tirador. Decía un pastor de la zona, con muy buen criterio, que
menos mal que la carretera A-129 hizo de cortafuegos. De no haber sido así, por
la insensata falta le caminos podría haber ardido toda la sierra de Alcubierre.
En la actualidad se han recuperado tres trincheras en el desierto de los
Monegros: la Ruta Orwell, las Tres Huegas y la posición de Santa Quiteria, además del búnker de Lanaja, la posición San Simón y el refugio antiaéreo de
Monegrillo. Por cierto, todavía existen varios monumentos falangistas
recordatorios donde se honra a los luchadores del lado rebelde y que deberían
haber desaparecido por la Ley de Memoria
Democrática, vergonzosamente derogada en Aragón por el gobierno
de coalición de PP y VOX y la ayuda del ya casi extinto PAR, en febrero de 2024. A mi entender, Jorge Azcón debería ponerse las pilas,
dejar de ir tanto a Madrid a no sabemos qué y preocuparse más por el territorio
que gobierna. ¡Si Feijóo, llegado el caso, no te va a hacer ministro, hombre! Todo lo más, jefe de la cla para que administres los aplausos de los estómagos agradecidos. El desierto de los Monegros, cuya capital es Sariñena, es una enorme
explanada de tierra ocre, sabinas centenarias desperdigadas, torrollones y tozales
fantasmales donde puede escucharse el sonido mudo del silencio, que abarca 276.440 hectáreas y consta de 49 pueblos en 31
municipios, donde la orografía alpina elevó la zona y provocó su desecación
hace 25 millones de años. Los Monegros es una comarca de una belleza inhóspita contenida
en su aridez, donde solo rompen el paisaje sediento el castillo de Loarre, asentado sobre un promontorio de arena caliza, y la laguna
salada de Sariñena, visitada cada año por miles de aves migratorias que marchan y regresan sin necesidad de papeles.