
En sentido
despectivo, “tener una buena empanada”,
o tener una "empanada mental"
se utiliza para señalar que una persona
está muy despistada, aturdida, confusa o que no se entera
de lo que ocurre a su alrededor. Eso lo dicen los que no acostumbra a
leer los agudos artículos de Pedro García Trapiello en Diario de León. Ruperto de Nola, como bien recuerda García Trapiello, ya las
recetaba en el siglo XV, y a principios del XX el villafranquino Carlos
Álvarez de Toledo, “que tenía a la empanada como la soberana de los platos
bercianos: fría o caliente, como se hace en Villafranca no es conocida en
parte alguna ni tiene rival para excursiones y hasta en banquetes de tono o
boda y en brindis de chorro suelto. Se prepara para todos los gustos: con
pollo, con conejo, con anguilas, con cabrito, con codornices, con ternera, con
lomo, con ranas y con acelgas; y se la hace también con bacalao o con sardinas.
Se unen jamón, chorizos y pimientos rojos del país, que no los hay mejores
en el orbe, casementado o celestinado todo ello con un prudente golpe de
cebolla suavizadora”. En su “Libro de guisados, manjares y potajes”,
editado en Logroño a expensas de Diego Pérez Dávila, alcaide de Logroño,
en 1529, Ruperto de Nola, cocinero que fue del Serenísimo Señor Rey don Hernando de Nápoles, hizo una
recopilación de productos culinarios en la edición toledana de 1525 donde se juntaba
la cocina medieval no sólo por el uso de los alimentos más frecuentes en esa
zona, sino por la utilización de los productos que enseñaron a mezclar los
romanos y que habían aportado los árabes; por la presencia de hortalizas
estimadas en el área oriental ibérica (almendras, arroz,
avellanas, naranjas, limones, berenjenas, calabazas, coles, zanahorias,
espinacas, habas, higos, lechugas, puerros,
etcétera); y por el deseo que entrecruzar las culturas gastronómicas de judíos,
moros y cristianos. Sigue contando García Trapiello: “Pero va mi memoria
anclada a tres empanadas. La más rara, babiana y lacianiega, alta como una
hogaza, pues hogaza era de masa madre, preñada sin duelo con chorizo, lomo,
panceta, tocino y huevos duros, un hornazo bestial que los motriles salmantinos
trashumantes celebraban; no he vuelto a verla. La más fina que nunca vi era de
las clarisas de Ribadeo, de bonito entomatado en hojaldre, puro pastel. Pero la
más entrañable por pobreza sabrosa, entorno y cariño, la de acelgas y tocino
que nos horneó una paisana de Burbia rodando allí la serie de ‘Los ríos de León’, seguida de una
gozosa torta de san Pedro hecha al horno con solo pan viejo y leche...”. El nombre
de empanada proviene del castellano “empanar”
que significa encerrar algo en masa para cocerlo. La empanadilla es su hermana
pequeña. Se cuenta que en la calle madrileña de Fuencarral hubo un bar donde vendían unas hogazas de pan
gallego con un pollo asado dentro. Eso tampoco es una empanada. Parece ser que un
gijonés conocido como Vitorón, que
hacía la ruta al poderoso puerto de Le Havre con cargamento de sidra, en una
escapada furtiva a París conoció a un
joven, de nombre Marie-Antoine
Carême, más conocido como Antonin
Carême (París, 8 de junio de
1784-12 de enero de 1833) que
trabajaba en la pastelería “Chez
Bailly” (y que más tarde desarrollaría en su obra “L'art de la cuisine
française “ en 5 volúmenes) quién le dio a probar un pan hojaldrado
relleno de carne de pichón. De vuelta a Asturias le pidió a un conocido
confitero que le preparase una empanada de bonito con la masa que le había
enseñado su amigo francés, y así nació la empanada (pastelón) hojaldrada de bonito. Carême murió en su casa de París, en la Rue Neuve Saint Roche, a la edad de 49 años, debido a la
inhalación durante muchos años de los gases tóxicos del carbón de leña con el
que cocinaba. Está enterrado en el cementerio de Montmartre.