Leo en la prensa aragonesa que el Movimiento hacia un Estado Laico pide retirar la cruz en el Aneto. Ese Movimiento entiende que ese pico, el más alto de Aragón, no pertenece a una confesión particular por ser un espacio protegido. La cruz anterior, de hierro, fue quitada hace poco por unos desconocidos y, en su lugar, se ha colocado otra cruz de madera. También existe en su cumbre una imagen de la virgen del Pilar que, de momento, ha sido respetada. A mí, particularmente, no me molesta que alguien coloque símbolos cristianos donde le venga en gana, pero también entiendo que España es un país aconfesional, según informa en su artículo 16.3 la Constitución Española de 1968. ¿Qué ocurriría si alguien colocase la Media Luna del Imperio Otomano, la Estrella de David de los judíos, la Rueda del Darma budista o el Compás y la Regla de los masones? Todos ellos encarnan valores. No cabe duda de que el lugar de los símbolos religiosos en los espacios públicos es una cuestión controvertida. Tal es así que hace ya tiempo que se quitaron en España los crucifijos en las aulas de los colegios públicos. . Durante el franquismo, la religión católica volvió a ser la oficial del Estado, aunque desde 1967 el Fuero de los Españoles reconoció la libertad religiosa. Tras la aprobación de la Constitución de 1978, como decía, el Estado dejó de ser confesional por segunda vez en su historia. Si les digo la verdad, a mí las únicas cruces que me molestan son aquellas que persisten en algunos lugares, que solo representan a los “caídos por Dios y por España” durante la Guerra Civil y que solo representan a los muertos en combate de uno de los bandos. También los republicanos eran españoles que respetaban la Constitución de 1931 y cayeron, muchos fusilados en cunetas y en tapias de cementerios, en defensa de la Libertad perdida por la gracia de unos militares africanistas, unos burgueses, determinados caciques y un clero que levantaba el brazo a la romana en su afán imperial, con la excepción del cardenal Segura, arzobispo de Sevilla. José María de Llanos, jesuita, describió en la revista Hechos y Dichos (mayo de 1975), la visita de Millán Astray, en el verano de 1939, a la casa de formación de los jesuitas en la antigua cartuja de Granada. Señalaba: “El entusiasmo ante Millán era común, y el aplauso cerrado. Un escalofrío nos sacudía a la abigarrada clericalidad juvenil. El Imperio, según el general, estaba a la mano y constituía un deber. Más de una hora con no sé cuántos gritos y aclamaciones. Había que terminar lanzando los himnos. Primero el de los legionarios; era el suyo, de él; después, brazo en alto, el ‘Cara al sol’. “Ahora -les dijo- el de vuestro san Ignacio, el capitán; pero también brazo en alto, a lo fascista”. Entusiasmo. Por último: “Y ahora, eso que cantáis, que tanto me gusta, eso del amor y no sé qué..., amor y amores... Bueno, pero ¡de rodillas!, brazo en alto”. Cerca de doscientos clérigos, incluidos algunos teólogos de más de setenta años, se postran, alzan el brazo y, con Millán Astray como primera voz, nos arrancamos fervorosos con el ‘Cantemos al amor de los amores...’. A su despedida, lo acostumbrado: el teologuillo que se acerca: “Mi general, le vi una vez desde las trincheras, he hecho la guerra durante los tres años, ¡a sus órdenes!”. Y Millán, que tira de la cartera y saca mil pesetas -¡de entonces!—: “Toma, para que te emborraches”. Que tengan un buen fin de semana.