Leo que Zaragoza contará con una estatua dedicada a Galdós y a la sexta novela realista de la primera serie de sus “Episodios Nacionales”, publicada en 1873. Pero lo cierto fue que la falta de alimentos, la superioridad bélica de los franceses y la epidemia de fiebre amarilla que diezmó a la población fue la causa de que Zaragoza capitularse a las siete de la tarde del 20 de febrero de 1809, estampando su firma Pedro María Ric, marido de la condesa de Bureta y presidente de la Junta Suprema de Aragón, en el acta de capitulación en Casablanca. En un texto firmado por el mariscal Jean Lannes y Pedro María Ric, respectivamente, se dejaba claro en once capítulos y entre otras cosas que la guarnición de Zaragoza saldría al día siguiente (21, a mediodía) de la ciudad con sus armas por la puerta del Portillo y las dejaría a 100 pasos de dicha puerta; que oficiales y tropa deberían hacer juramento de fidelidad a Napoleón; que aquellos que no desearan hacer ese juramento irían presos a Francia; que todos los habitantes y los extranjeros deberían ser desarmados por sus alcaldes y las armas depositadas en el Portillo; que las personas y sus propiedades (también la religión y sus ministros) serían respetadas; que las tropas francesas ocuparían al día siguiente todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso; que toda la artillería y sus municiones, así como la tesorería y las cajas de regimiento, pasarían a ser puestas al servicio del Emperador; y, por último, que todas las administraciones civiles y empleados deberán hacer juramento de fidelidad a Napoleón, y que la justicia se hará en nombre del emperador francés. El día 21, en consecuencia, salieron por la puerta del Portillo cerca de 12.000 individuos espantosamente demacrados, entregando sus armas y quedando prisioneros en un triste espectáculo, en palabras del oficial francés Lejeune. Unos morirían por enfermedad, otros pasarían años trabajando en un depósito de prisioneros de Nancy, un número indeterminado escaparía y continuaría la guerra. Palafox fue llevado preso al castillo de Vincennes. Lejeune describe el humo, las cenizas y los escombros revueltos con restos humanos medio secos o carbonizados. En Zaragoza había más de 6.000 cadáveres insepultos y los supervivientes parecían fantasmas. Entre los defensores murieron más 52.000 personas: 10.000 en combate y el resto por tifus. En el ejército napoleónico se reconocieron 4.500 bajas entre muertos y heridos. Muchos de ellos, tanto españoles como franceses, fueron enterrados en la arboleda de Mazanaz, en la orilla izquierda del Ebro. Algunos héroes (Agustina Zaragoza, Sangenís, Casta Álvarez, Jorge Ibor, Boggiero, Sas, Manuela Sancho, etcétera) disponen de calles dedicadas en Zaragoza. También el principal paseo. Una entrada a la ciudad, la Puerta del Carmen, es testigo de aquel infausto periodo histórico. También, una cruz en el Puente de Piedra recuerda la vil muerte de dos curas trabucaires y caer herido el barón de Warsage. De la misma manera, hacia 1848, Cristóbal Oudrid compuso “El sitio de Zaragoza” para una obra teatral en tres actos y escrita en verso de Juan Lombía, que terminaba con una rondalla interpretando la “Jota aragonesa”. Pero, a mi entender, que la alcaldesa Chueca pretenda hacer ahora, pasados 217 años, una estatua para resaltar una frase de Galdós de unos hechos teatralizados en su obra literaria, me parece que está fuera de lugar. Zaragoza se rindió y punto. Chueca, por lo que se desprende, no ha leído las “Abdicaciones de Bayona” de mayo de 1808 con la renuncia de Carlos IV y del príncipe heredero Fernando en favor de Bonaparte. La actual alcaldesa de Zaragoza debería abandonar la práctica de sus chocantes ocurrencias. No descarto que el día menos pensado nos levante un monumento como homenaje al ratoncito Pérez, a Roenueces, o al cura Merino (a Jerónimo Merino Cob, quiero decir) que fue cura trabucaire contra los franceses en la batalla de Roa. Porque debo aclarar que hubo otro cura con el mismo apellido también trabucaire, Martín Merino y Gómez, activista liberal que llevó a cabo un atentado fallido contra Isabel II en 1852 y que fue conducido al patíbulo con una hopa y birrete amarillos con manchas encarnadas, No vaya a ser que Chueca, conocida su desbordada imaginación, se confunda, le hagan sus neuronas cerebrales el "nudo de Lambán" a la remanguillé, y la liemos.