sábado, 16 de mayo de 2026

Se acabó la fiesta


 

Se acabó la fiesta de san Isidro (salvo las corridas de toros) y los madrileños habrán vuelto a meter en los armarios la chaquetilla de cuadros corta (chupa), los pantalones oscuros y ajustados (alares), la camisa blanca, el chaleco (Gabriel) con dos bolsillos para posar los pulgares, los botines, el pañuelo blanco al cuello (safo),  las parpusas de pata de gallo y el clavel de la solapa. También habrán desaparecido de la Pradera los organillos de manubrio y las barquilleras coloradas con ruleta incorporada. Y habrán bajado la persiana los ambigús con mesas y sillas de tijera donde se servían buñuelos, porras, tazas con chocolate y agua de cebada. Se acabó la fiesta del patrón labrador de la misma manera que habrán puesto mustios los claveles que llevaban las chulapas a un lado de la cabeza sobre el pañuelo blanco de pico, y se habrán metido en los baúles los vestidos chinés rojos o celestes, con mangas de farol y faldas largas adaptadas a las caderas,  vuelo en su parte final y zapatos negros de tacón. Aquellas flores siempre tuvieron un mensaje: claveles blancos: soltera; dos claveles rojos: casada; uno rojo y otro blanco, con novio o comprometida; dos rojos y uno blanco, viuda… Antaño era una forma de que el chulapo supiese a quien podía cortejar. Todo muy propio de los populares barrios de Madrid en el siglo XIX. El origen del traje de chulapa se remonta a finales del siglo XVIII, cuando la Casa de Borbón trajo consigo  una moda afrancesada que la burguesía madrileña comenzó a imitar y que las clases populares rechazaron. Ello impulsó en los barrios la necesidad de diferenciarse y a forjar su propia manera de vestir. De ahí surgieron los majos y las majas que con tanto acierto plasmó Goya en sus cuadros. El chotis llegó a Madrid en 1850 y se bailó por primera vez en el Palacio Real, la noche del 3 de noviembre de 1850, bajo el nombre de 'polca alemana’. El organillo también fue introducido en Madrid por el italiano Luis Apruzzese que, siguiendo el consejo del músico Tomás Bretón, se instaló en Madrid tras montar un taller de fabricación y reparación en la costanilla de San Andrés y más tarde en la Carrera de San Francisco. Aquellas cajas  acústicas iban provistas de un cilindro que en su giro introducía sencillos ritmos austriacos que traían grabados los cilindros originales llamados ‘schotis’. Durante el baile de aquella musiquilla, que hizo furor, la mujer giraba alrededor del hombre, que a su vez iba girando sobre su propio eje. Aquel baile ‘agarrao y picarón’  se bailaba sin salirse de un ladrillo. En ese sentido, en un artículo de Javier Barreiro, “Los primeros chotis españoles” (Publicado en “Anales del Instituto de Estudios Madrileños”, CSIC, Madrid, 2010, pp. 37-42)  se señalaba que “hay que remontarse algo más atrás, aunque no demasiado. Las primeras noticias que he localizado sobre el chotis en España aparecen en ‘El Clamor Público’ el 18 de septiembre de 1849. Allí se anuncia la partitura de un nuevo baile (schottis-polka) dedicado a la sociedad de bailes, ‘La Juventud española’, bailado por primera vez en dicha agrupación. La partitura para piano valía nueve reales y para flauta o violín, cuatro. Lo que parece indicar que sería poco antes de esa fecha cuando, bajo la dirección de Marcelino San Martín, se interpretase y bailase allí el que sería el primer chotis ibérico”. En aquel mismo artículo, Barreiro señalaba que “se ofrecía ahora también una partitura para guitarra, a cinco reales y se vendía en el almacén del editor Casimiro Martín, situado en la calle del Correo nº 4”. Se acabó el carbón, se terminó la fiesta castiza y regresó cada mochuelo a su olivo. Hoy es día de reflexión en Andalucía y en Sevilla queman por atraer a la suerte hojitas de romero…, solo romero.

 

viernes, 15 de mayo de 2026

Cruces

Mi Parroquia de papel: Brazo en alto

 

Leo en la prensa aragonesa que el Movimiento hacia un Estado Laico pide retirar la cruz en el Aneto. Ese Movimiento entiende que ese pico, el más alto de Aragón, no pertenece a una confesión particular por ser un espacio protegido. La cruz anterior, de hierro, fue quitada hace poco por unos desconocidos y, en su lugar, se ha colocado otra cruz de madera. También existe en su  cumbre una imagen de la virgen del Pilar que, de momento, ha sido respetada. A mí, particularmente, no me molesta que alguien coloque símbolos cristianos donde le venga en gana, pero también entiendo que España es un país aconfesional, según informa en su artículo 16.3 la Constitución Española de 1978.  ¿Qué ocurriría si alguien colocase la Media Luna del Imperio Otomano, la Estrella de David de los judíos, la Rueda del Darma budista o el Compás y la Regla de los masones? Todos ellos encarnan valores. No cabe duda de que el lugar de los símbolos religiosos en los espacios públicos es una cuestión controvertida. Tal es así que hace ya tiempo que se quitaron en España los crucifijos en las aulas de los colegios públicos.  Durante el franquismo, la religión católica volvió a ser la oficial del Estado, aunque desde 1967 el Fuero de los Españoles reconoció la libertad religiosa. Tras la aprobación de la última Constitución en vigor, como decía, el Estado dejó de ser confesional por segunda vez en su historia. Si les digo la verdad, a mí las únicas cruces que me molestan son aquellas que persisten en algunos lugares, cada vez menos, que solo representan a los “caídos por Dios y por España” durante la Guerra Civil y que solo hacen referencia a los muertos en combate de uno de los bandos, el ganador. También los republicanos eran españoles que respetaban la Constitución de 1931 y cayeron, muchos fusilados en cunetas y en tapias de cementerios, en defensa de la Libertad perdida por la gracia de unos militares africanistas, unos burgueses que no deseaban perder sus privilegios, determinados caciques del medio rural y un clero que levantaba el brazo a la romana en su afán imperial, con la excepción del cardenal Segura, arzobispo de Sevilla.  José María de Llanos, jesuita, describió en la revista Hechos y Dichos (mayo de 1975), la visita de Millán Astray, en 1939, a la casa de formación de los jesuitas en la antigua cartuja de Granada. Señalaba Llanos:El entusiasmo ante Millán era común, y el aplauso cerrado. Un escalofrío nos sacudía a la abigarrada clericalidad juvenil. El Imperio, según el general, estaba a la mano y constituía un deber. Más de una hora con no sé cuántos gritos y aclamaciones. Había que terminar lanzando los himnos. Primero el de los legionarios; era el suyo, de él; después, brazo en alto, el ‘Cara al sol’. “Ahora -les dijo- el de vuestro san Ignacio, el capitán; pero también brazo en alto, a lo fascista”. Entusiasmo. Por último: “Y ahora, eso que cantáis, que tanto me gusta, eso del amor y no sé qué..., amor y amores... Bueno, pero ¡de rodillas!, brazo en alto”. Cerca de doscientos clérigos, incluidos algunos teólogos de más de setenta años, se postran, alzan el brazo y, con Millán Astray como primera voz, nos arrancamos fervorosos con el ‘Cantemos al amor de los amores...’. A su despedida, lo acostumbrado: el teologuillo que se acerca: “Mi general, le vi una vez desde las trincheras, he hecho la guerra durante los tres años, ¡a sus órdenes!”. Y Millán, que tira de la cartera y saca mil pesetas -¡de entonces!—: “Toma, para que te emborraches”. Que tengan un buen fin de semana.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

Mirada serena

 

 

El comentario de un lector de periódicos me ha hecho reflexionar. Dice ese lector que quieren poner medidas restrictivas a la conducción de los mayores de 65 años y, sin embargo, los encargados de hacer las leyes pretenden se jubilen cada vez con más edad. Tiene razón. Hay cosas que no las entiende nadie. Si alguien ha perdido reflejos propios de la edad, no comprendo cómo pueden seguir manejando un puente-grúa, tirando de pico y pala, o enganchando vagones en una estación de ferrocarril. El que pierde reflejos por la edad considero que los pierde para todo.  Pierden reflejos pero ganan experiencia. Queda compensado. Conozco actores que han mejorado en sus interpretaciones con el paso de los años; abuelas capaces de aconsejar a sus hijas con respecto a los nietos con esa sapiencia de aquellos que van de vuelta en la vida; y gente mayor que con una mirada son capaces de saber con quién se juega los cuartos. Son personas que sufrieron la posguerra en sus carnes, las cartillas de racionamiento, que se vieron obligadas a dejar el terruño en busca de un futuro mejor, que malvivieron en casas de adobe sin calefacción ni agua corriente hasta bien entrada la década de los 60, que no pudieron estudiar por falta de recursos de sus padres, que tiraban hacia adelante con cuatro gallinas, seis conejos, la ceba de un cerdo y un pequeño huerto con hortalizas, que se tuvieron que ayudar arriesgándolo todo con el estraperlo, que besaban el pan cuando se les caía al suelo, que veían como algo normal tener sabañones en invierno, que consideraban un festejo familiar compartir un pollo asado con motivo de una boda, o poder disfrutar de un  partido de futbol (en blanco  y negro y con interferencias) en el teleclub municipal de una aldehuela donde nunca pasaba nada. Aunque no se tuviese afición por ese deporte, no importaba. El local disponía de dos estufas catalíticas que mitigaban un frío que calaba hasta los huesos. Se estima que durante aquellos años fallecieron en España  200.000 ciudadanos por inanición o enfermedades asociadas. En aquella época gris la ingesta de alimentos disminuyó un 26 % con respecto a 1933; y, consecuentemente, se incrementaron considerablemente los casos de tifus, tuberculosis y latirismo por el consumo  continuado de harina de almorta. Ahora, cuando veo a un niñato que no da un palo al agua y sostiene, además de un vaso con gin-tonic que con Franco vivíamos mejor, siento ganas de darle un soplamocos. Pero volviendo al principio: de nada sirve tener reflejos (de mechas en plan pijo en su pelambrera, claro) cuando se carece de tristes experiencia sufridas. La vida es la mejor fuente de sabiduría. El anciano silente no necesita diplomas personalizados en papel que simula el pergamino con orla cursi, ni falta que le hace. El que no es capaz de entender una mirada serena de anciano con arrugas en la cara de suela de zapato, tampoco entenderá una larga explicación.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

A cada uno lo suyo

 

Señala la prensa que las familias se han visto obligadas a contratar monitores ajenos a los institutos de Secundaria para que sus hijos puedan hacer los viajes de final de curso a distintos lugares de España o del extranjero. En Aragón ya hay 47 centros cuyos profesores se niegan en rotundo a hacer esas labores de tutela con educandos, algunos “indomables”, mientras no exista una regulación clara que proteja su responsabilidad durante las 24 horas de cada día de viaje. Es notorio que existe una evidente falta de autoridad y confianza. Si un alumno se porta  mal y  recibe una amonestación por parte del profesor, éste se expone a que los padres ese alumno presenten una denuncia por supuestos malos tratos hacia su hijo, tras haber escuchado de éste maleducado alumno una versión de los hechos que no se corresponden con la realidad. Cuando un  profesor es el responsable de un alumno, es necesario que los padres de éste depositen su plena confianza en el encargado de su tutela. No cabe duda de que las excursiones  extraescolares forman parte del aprendizaje del alumno; pero, en ocasiones, el comportamiento de uno o varios adolescentes puede ser imprevisible y ello contraviene al buen desarrollo de los viajes organizados. Un profesor tienen como misión instruir al alumno en la asignatura que le corresponda, pero de ninguna de las maneras es gestor de tiempo libre ni monitor de ocio. Para esos menesteres ya están las Concejalías de Juventud, las asociaciones juveniles y las parroquias que organizan campamentos. Tampoco hay que olvidar que contratar monitores de empresas externas conlleva subidas de los costes del viaje programado. En resumidas cuentas, los profesores necesitan mayor respaldo jurídico, reconocimiento profesional real y una compensación adecuada. Para el profesor, un viaje de estudios no es un viaje de placer. Suum cuique tribuere.

 

martes, 12 de mayo de 2026

Un curioso libro-registro

 

En El Bierzo, diario digital que dirige con acierto Alejandro J. García Nistal, apareció un trabajo sorprendente: “Cuando el timbre abría el baile en el salón de Sorbeda”. Para el que no lo sepa, Sorbeda del Sil es una localidad española del municipio de Páramo del Sil, en la comarca de El Bierzo, provincia de León, que cuenta con 132 habitantes y que cuenta con una Junta Vecinal, que es el órgano de gobierno de las Entidades Locales Menores. Celebra sus fiestas patronales cada 22 de julio en honor de santa María Magdalena. Pues bien, en Sorbeda del Sil un vecino encontró en el altillo del desván de una vieja casa un libro-registro lleno de polvo donde se recogía la vida social del lugar  durante los años 30 del siglo pasado. Según afirma la periodista María Carro, así lo refería en Diario de León el pasado día 10 de mayo y que ahora resumo. Se trata de un libro-registro manuscrito que recoge numerosos testimonios de esa época. La asociación “Recreo y Cultura” se mantuvo activa entre 1929 y enero de 1937. En los estatutos se daba cuenta de las normas que debían cumplir los socios, que los había de dos tipos: “de número”, y “adictos”. Los primeros formaban parte del órgano activo, y los segundos, carecían de competencias. Los “de número” pagaban una cuota de 5 pesetas y 3 pesetas los “adictos”. El local fue alquilado a un vecino de esa localidad a razón de 240 pesetas al año. Para el salón de baile se compró un piano a manubrio (organillo) que costó 325 pesetas. Entre las normas se estableció que “todo socio tendrá que entrar en el local descubierto y se privará de fumar y ninguno podrá entablar conversación con las jóvenes durante el tiempo que estén dentro, si bien pueden hacerlo al bailar. Tampoco podrán acceder con madreñas, palos,  cachabas o paraguas ni con armas blancas o de fuego”. Además, “Ningún socio podrá dejar a ninguna moza comprometida de un baile para otro, y será expulsado el que no respetase la norma”. Tampoco se les permitía a los mozos sentarse en el sitio reservado para las mujeres, con el fin de que ninguna joven estuviera de pie a no ser que lo desease. Por su parte, la moza que fuera invitada a bailar tenía que acceder al paisano que la había invitado; de lo contrario, no podría bailar con ningún otro durante el transcurso de esa pieza de baile. Entre los integrantes de aquella insólita asociación, formaban parte el párroco,  Pío Alonso y el maestro, Domingo Álvarez. El sonido de un timbre abría la sesión de baile en el salón.