jueves, 6 de agosto de 2026

Las tres dimensiones del miedo

El miedo a la incertidumbre - Gabinet Psicològic Mataró


 

Tiene razón García Trapiello cuando afirma en su artículo de hoy en Diario de León, “¡Sube el volumen!”, que “sembrando terroríficos miedos al Infierno la Iglesia medieval se hizo con la plaza en propiedad porque detrás del miedo viene siempre un redentor, un vendehumos o un dictador sin vergüenza ni estilo”. La gente llena la puerta de su casa de candados, suscribe pólizas antirrobos, se atiborra de fármacos antidepresivos  y coloca alarmas en la casa como si fuese una sucursal del Banco de España. Cunde el miedo, esa emoción natural de supervivencia que se activa ante un peligro real o imaginario (me inclino más por lo segundo) prepara al cuerpo para huir, luchar o estar alerta y libera adrenalina para actuar con rapidez. Hay tres clases de miedo: el racional, el irracional y el patológico, todos ellos relacionados de alguna manera con el fracaso, la soledad y la muerte. El último de ellos es el más peligroso, el que utilizan la mayoría de las religiones para considerar a los clérigos, que han recibido el sacramento del orden en alguno de sus tres grados, episcopado, presbiterado y diaconado,  como útil y necesario. Pero no cabe duda de que para que existiesen esos “vendedores de humo” era imperioso crear antes la figura del pecador, del converso y del inicuo, triada que resume los estados del alma frente a la gracia divina. De hecho, según entienden los doctores de la Iglesia católica, solo ellos son capaces de explicar a los seguidores de esa doctrina ('la única verdadera', según afirmaba el ‘Astete’)  lo que no tiene una explicación medianamente  razonable. De chico de pantalón corto recuerdo haber escuchado a un soberbio fraile que nos trataba siempre de usted para marcar distancias, aquello de “cuando yo esté en el Cielo y ustedes en el infierno…”. ¡Y se quedaba tan ancho el tío!  Ante tal afirmación rotunda salida de la boca de un tipo que vestía hábito, los educandos nos quedábamos paralizados, conscientes de que la parálisis es la incapacidad del cuerpo para actuar ante una amenaza. La  sumisión y el silencio eran la respuesta infantil en un vano intento de complacer a aquel imbécil y evitar un posible conflicto. Un niño nunca sabe cómo gestionar sus temores y un adulto se resigna ante lo inevitable. En ese sentido, señala García Trapiello que “sobran miedos y cabrones que suben hoy el volumen hasta ensordecer la razón y el corazón. Porque el miedo –según sostiene ese articulista- tiene volumen y tres dimensiones: largo, ancho y alto. La largura del miedo es la que viene de atrás, la que arrastra la historia desde las cavernas, miedo a la catástrofe natural, a la desgracia familiar, a la enfermedad, a la pobreza, a la guerra, a la muerte... La anchura del miedo es la que traza el poder o la religión para que por ella desfilen cautivos todos menos los poderosos que pueden pagarse ir por fuera y los ministros del Señor como funcionarios del Cielo y la salvación. Y finalmente está la altura del miedo, que se levanta como muro que oculta el horizonte como muralla alambrada y fortificada para que no la crucen ni vecinos ni extranjeros, miedos elevados como dogmas contra vacunas o negando el cambio climático, la redondez de la Tierra, la igualdad de la gente, razas y credos...”. Nada es lo que parece.

 

Un cronicón de 1912

 Qué Ver en Santander en Cantabria: 10 Lugares - Recyourtrip

 

En relación con el chat anterior, donde criticaba que Pérez-Maura afirmase en un artículo de El Debate que Sánchez no pudiese hacer uso de La Mareta durante las vacaciones veraniegas, no puedo sustraerme a contar a los lectores cuando Alfonso XIII recibió  el 7 de septiembre de 1912 las llaves de un  palacio de 700.000 pesetas de las de entonces, construido para su disfrute en Santander, regalado por el Ayuntamiento y a la venta del mismo por Juan de Borbón  en  1977 por 150 millones de pesetas al Ayuntamiento que en su día había sido regalado a su padre. Pérez-Maura, que nació en Santander en 1966, será conocedor de lo que cuento. Para saber cómo era Santander en 1912 nada mejor que recurrir a las hemerotecas o leer los cronicones de Fermín Sánchez González, también conocido por el seudónimo de Pepe Montaña (1893-1971). Aquel año  dio comienzo con la noticia de haber llegado al cardenalicio José María Cos.  Los santanderinos estaban divididos en dos bandos: los que preferían al torero Machaquito y los que se inclinaban por Bombita. El 20 de abril hubo una gran función en el Teatro Principal en beneficio de los soldados heridos de Melilla, Se representó la obra  “Al natural”, de Jacinto Benavente. Por aquellos días terminó su mandato el gobernador civil, señor Fuertes, al que sustituyó Alberto Larrondo. El 19 de mayo moría Marcelino Menéndez Pelayo. El  multitudinario entierro al día siguiente  estuvo presidido por el ministro de Instrucción Pública  Santiago Alba, que ostentaba la representación del rey  y del Gobierno. Alfonso XIII que andaba por tierras montañesas, aprovechó para ir a los toros, a unas regatas y a visitar las obras del Palacio de la Magdalena. Los  reyes se hospedaron en la finca que en Fraguas tenían los duques de Santo Mauro. Uno de aquellos días el rey marchó a cazar a los Picos de Europa (que era el trabajo que mejor sabía hacer) y su mujer, Victoria, aprovechó para“ver su casa”, que era como llamaba desahogadamente al palacio en construcción. Dicen  las crónicas que descendió del coche para que le abriesen la capota y recibió a las autoridades. Venía acompañada del duque de Santo Mauro, su hija, el conde de Grove y el general Vera. Victoria recibió un ramo de flores, y una compañía del Regimiento de Valencia le rindió honores. Ya en palacio, desde la torreta pudo ver la entrada en los muelles de los barcos de guerra“Terror” y “Proserpina”, y desde una cabina de teléfonos habló con su suegra, María Cristina y con el príncipe de Asturias que se encontraban en San Sebastián. Al día siguiente, de riguroso incógnito, volvió la reina a la obra regia para hablar con los arquitectos sobre el reparto de las habitaciones.  El día 7 salió al encuentro de su marido, que regresaba de la cacería, acompañándola  el alcalde Lloreda y el diputado Pedro Acha. Deseaba que el monarca pidiese sin demora las llaves de palacio. El rey accedió y diez minutos más tarde entró en el palacio. El alcalde le hizo entrega de una llave de oro y platino con incrustaciones de pedrería. Llevaba el escudo de Santander y las iniciales del matrimonio real: A.B. por un lado y V.B. por el otro. El alcalde se la entregó, diciéndole: “Señor, en nombre del pueblo de Santander tengo la honra y satisfacción de haceros entrega de la llave de este Palacio, el cual deseo que disfrutéis con felicidad acompañado de la Familia Real”. El rey contestó con otro sencillo discurso, en el que patentizó su cariño y gratitud para Santander, afirmando que el verano próximo sería un vecino más de la ciudad, y rogando se dieran las gracias a todos los donantes y al pueblo que tan pródigo había sido con la Monarquía. Visitó todas las dependencias, miró al fondo de la bahía, vio los fuegos encendidos del yate “Giralda”, acudió al domicilio de los infantes a dejarlos y despedirse de ellos y sin quitarse el traje de cazador que llevaba embarcó en el yate. Unos días más tarde llegaba el conde de Romanones invitado por los diputados y senadores de esa provincia que militaban en el Partido Liberal y le brindaron un banquete en el Círculo Mercantil. Por cierto, Romanones fue el único personaje que acompañó a la reina y a sus hijos hasta la estación de El Escorial para despedirlos en 1931 cuando iban camino del exilio. A Victoria la había dejado sola hasta su marido, que se había marchado la víspera precipitadamente camino de Cartagena, en aquel amargo trance. Se había instalado la II República en España y el palacio quedó sobre la bahía santanderina como una alegoría fantasmagórica. En 1932, gracias a Fernando de los Ríos, se transformó en sede de la Universidad Internacional de Verano. Durante la guerra civil funcionó como hospital, después como y prisión fascista, y más tarde albergó a damnificados del gran incendio de Santander de 1941.


 

miércoles, 5 de agosto de 2026

La cosa es darle leña al mono

 La Mareta, el regalo de lujo de un rey que disfruta Pedro Sánchez

 

Ahora nos viene Ramón Pérez-Maura a contar desde su hueco en El Debate que “Sánchez no puede usar el casoplón de La Mareta", en el municipio de Teguise (Lanzarote), regalo de Hussein de Jordania a Juan Carlos I y cedida por éste a Patrimonio Nacional para no pagar impuestos. Por lo tanto, forma parte del Patrimonio del Estado y puede utilizarse con fines públicos y con lo que al Ejecutivo le venga en gana. Recuerda ese periodista que ahí fue donde la Familia Real pasó las navidades de 1999 y donde  murió repentinamente su madre del entonces rey, María de las Mercedes, el 2 de enero de 2000. Nos aclara Pérez-Maura a los lectores que en esa casa (cuyo nombre se debe a que en el mismo lugar existía una mareta, es decir, un aljibe que servía para recoger el agua de lluvia y como bebedero de animales) los reyes y su familia “pasaron el final de siglo y recibieron el nuevo año” porque, según parece, para ese plumilla el siglo consta de 99 años; es decir, que a su criterio el año 2000 ya formaba parte del siglo XXI. Tampoco ha recordado al lector que Felipe González pasaba sus vacaciones en Doñana y hasta hizo uso del “Azor” sin  pedir permiso a nadie, y que por La Mareta pasaron, además de Sánchez, Aznar y Rodríguez Zapatero. Y también muchos invitados. Que yo recuerde, el canciller alemán Helmut Kohl, durante la Cumbre Hispano-Alemana celebrada en Lanzarote en el año 1991;  el expresidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov y su esposa Raísa  durante tres semanas, en agosto de 1882; Gerhard Schröder; el  presidente checo Václav Havel; el delincuente Rodrigo Rato; y el presidente de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev. Pese a ello, Pérez-Maura está empecinado en que “los bienes del Patrimonio Nacional están afectos al uso exclusivo de la Familia Real. La ley no deja lugar a dudas al respecto”, sin  entender que La Mareta forma parte del Patrimonio del Estado. Ello equivale a decir que el Museo del Parado o el Palacio de Aranjuez, o la Biblioteca Nacional solo pueden visitarlos en exclusividad el rey y su familia. A mayor abundamiento hace suyas las palabras de Isabel de los Mozos y Touya, profesora titular de Derecho Administrativo de la Universidad de Valladolid, quien dijo que “el mero hecho de usar un bien del Patrimonio Nacional como finca particular de descanso personal por parte del presidente del Gobierno constituye un delito de usurpación de ese bien público que, aunque sea un delito menor -si atendemos a la gravedad de la pena y a que esta no supone privación de libertad- va acompañado necesariamente de otros dos delitos, por lo menos, la malversación de caudales públicos y la correspondiente prevaricación del responsable del Organismo Público de Administración del Patrimonio Nacional”. Roma locuta est, causa finita. Creo que este hombre, Pérez-Maura, necesita unas vacaciones para poner en orden sus ideas. Cualquier persona con un mínimo de cultura general es conocedor de que los bienes del Patrimonio Nacional pertenecen al Estado, pero están afectados al uso y servicio del rey y la Familia Real para la alta representación institucional, algo muy propio de la Edad Media. Pero eso es sobre el papel. En la praxis las cosas cambian. Y que los bienes del Patrimonio del Estado pertenecen al conjunto de la Administración Pública (Ministerios, organismos autónomos) y se usan para el funcionamiento de los servicios públicos, el uso general o su explotación económica. La Mareta, a mi entender, corresponde a  Patrimonio del Estado desde el mismo momento en el que el rey anterior se desentendió de esa propiedad, como sucedió con el Palacio de la Magdalena, cuando Juan de Borbón, creyéndose heredero del bien donado a alguien que abandonó la Corona en 1931 y se marchó de España cobardemente, se lo vendió al Ayuntamiento de Santander por 150 millones de pesetas en 1977, sin tener en cuenta que su padre, Alfonso XIII, lo había tomado como regalo y recibió las llaves de forma oficial el 7 de septiembre de 1912. ¡Vaya papo!  A mi entender, el presidente del Gobierno tiene derecho a utilizar los bienes de Patrimonio del Estado sin tener que dar cuentas al rey, esa figura institucional que reina pero no gobierna. Es el rey, en una Monarquía Parlamentaria, el que tiene que dar cuenta al Ejecutivo de todos sus pasos y no a la inversa. En este caso no se aplica la propiedad conmutativa de la suma y la multiplicación en matemáticas; y, en consecuencia, 'el orden de los factores sí altera el producto'. Ya lo creo que sí lo altera... ¡y de qué manera, oiga!

 

martes, 4 de agosto de 2026

De Torquemada al Sacamantecas

13- Ciegos Juglares en el Camino de Santiago | Tradición Jacobea

 

La palabra “moro” no es despectiva, aunque algunos la tomen como tal. Proviene del latín "maurus" (oscuro) y fue el término con el que se designó a los musulmanes que invadieron la península en el año 711, por el color de su piel, cuando Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho de Gibraltar y derrotó al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete  con  soldados bereberes, sirios y árabes, instaurando, primero en Sevilla  y más tarde en Córdoba, durante casi ocho siglos el valiato de Al-Ándalus, dependiente del califato Omeya. Hasta que el año 756 el príncipe omeya Abd Al-Rahman, único superviviente de la masacre de toda su familia por parte de los Abbasíes de Damasco, llegó a Al-Andalus, derrotó al emir Yusuf, representante del poder de Damasco, y se hizo proclamar emir con el nombre de Abd al-Rahman I. Más tarde, en el año 773, rompió sus relaciones con los Abbasíes y se proclamó emir independiente. Pero lo que aquí señalo no aclara nada nuevo, está presente en todos los libros de Historia. Todo ello lo explicó con rigor Américo Castro en su ensayo “España en su historia”, publicado en 1948  durante su exilio americano. No hay que olvidar que, mientras Castilla dirigía sus acciones sobre el sur de la Península, la Corona de Aragón ponía sus miras en el Mediterráneo.  La expulsión definitiva de judíos y árabes por los Reyes Católicos se produjo en 1492, pero antes de ello, en 1478, esos reyes crearon  el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición tras la  aprobación del papa Sixto IV de la bulaExigit sinceras devotionis affectus’, con miras a mantener la unidad religiosa y controlar el poder político en sus reinos. Ese Tribunal, en principio, solo tenía competencia sobre cristianos bautizados, pero más tarde se extendió a toda la población para la represión de la herejía. Dio  lugar a los ‘autos de fe’, que conllevaron suplicios y la quema de personas vivas. Hasta que las diferencias entre Fernando II de Aragón y el papa hicieron que el papa promulgase una nueva bula en la que prohibía categóricamente que la Inquisición se extendiese a Aragón. Sin embargo, las presiones del monarca aragonés hicieron que el papa terminara suspendiendo la bula y que promulgara otra, nombrando a Torquemada inquisidor general de Aragón, Valencia y Cataluña. Pero en Aragón la ciudadanía se resistió a las drásticas medidas de Tribunal del Santo Oficio, hasta el día en que en La Seo fue asesinado el presbítero agustino Pedro Arbués, en 1485, por aquel entonces inquisidor del Reino de Aragón, perpetrado por judeo-conversos, pese a que no quedó demostrado. Aquel agustino fue beatificado, pese a ser un reaccionario irredento de la peor calaña, en 1662 por el papa Alejandro VII, santificado en 1867 por Pío IX e incluso se le dedicó una capilla en la catedral. Y para que los aragoneses conociesen la supuesta verdadera maldad de los judíos conversos, y para aumentar el odio contra ellos, se puso en boca de la gente la truculenta historia de Dominguito de Val, un niño de siete años (que quizás nunca existió) crucificado en una pared en el Arrabal zaragozano en el año 1250. Más tarde, para hacer desaparecer su cuerpo, le cortaron la cabeza y los pies, que lanzaron al pozo que tenían en la casa, mientras que el resto del cuerpo lo enterraron en la orilla del Ebro, muy cerca del actual pozo de San Lázaro.  Historias parecidas eran utilizadas para imponer mayores medidas represoras contra los judíos y un mayor control sobre ellos, llegando incluso a amurallar las juderías’ donde habitaban. Pese a no estar clara la existencia de ese niño, como digo, fue canonizado el 9 de Julio de 1808 por el Pío VII. La leyenda del martirio de Dominguito de Val se enmarca en el antisemitismo europeo de la época, aunque existen antecedentes de ese relato un siglo antes, en 1144, cuando desapareció de la ciudad inglesa de Norwich un niño llamado Ricardo que, según el testimonio de un converso, había sido asesinado para cumplir con el ritual de sangre de la Pascua hebrea. De esas leyendas se dio paso en el siglo XIX a la figura del“Sacamantecas”, que se utilizaba como estampa mítica del folclore para asustar a los niños traviesos. Las hazañas de tan siniestro personaje las cantaban los ciegos y las vendían en pliegos de cuerda los buhoneros en las ferias rurales.

 

lunes, 3 de agosto de 2026

"No miro a nadie...y si miro, no veo"

La balsa de la Medusa: una mirada desde la neurociencia - Revista Mercurio

 

Lo que está sucediendo en España no es el acabose sino la continuación del empezose. La debilidad de Sánchez ante el rey de Marruecos es evidente. El jefe del Ejecutivo español nos ha intentado hacer creer, como si fuésemos tontos, que  la masiva llegada de migrantes, cerca de 60.000 (por dar una cifra aproximada) ha sido por culpa de la mafia. Hoy, en Vozpópuli, Jesús Cacho en su artículo  “La balsa de La Medusa” saca las miserias de Sánchez al aire y señala a España como la reproducción en vivo del lienzo de Géricault, cito textual: “con un barco a la deriva con un incompetente en el puente de mando en 1816. Junto a la fragata navegaba el buque-bodega Loire, el bergantín Argus y la corbeta Écho. El mando de La Medusa había sido confiado, gracias a amigos influyentes, al vizconde Hugues Duroy de Chaumareys, un oficial naval que se había exiliado en Inglaterra durante la Revolución. Chaumareys presumía de una hoja de servicios intachable, aureolada con actos de heroísmo protagonizados durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, pero cuando se hizo cargo de La Medusa llevaba más de 20 años de apacible retiro sin haber vuelto a poner sus pies sobre la cubierta de un barco. Ningún peligro rondaba a La Medusa salvo la incompetencia, entreverada de soberbia, de su capitán. El l 2 de julio de 1816, Chaumareys cometió su primer error. Frente a la costa de la actual Mauritania, la fragata se adelantó al resto del convoy hasta perderlo de vista y su capitán confundió dos puntos geográficos antes de encallar, a las tres de la tarde y a pleno sol, en un fondo arenoso mal cartografiado. La tripulación intentó por todos los medios reflotar la nave, sin éxito. Finalmente, La Medusa se partió en dos. Chaumareys, que además de necio resultó ser un cobarde, se subió al primer bote salvavidas y puso rumbo a Saint-Louis, distante apenas 30 millas náuticas. Los pasajeros que pudieron se apiñaron en los restantes botes, pero 150 personas, en su mayoría civiles, no tuvieron más remedio que lanzarse a una balsa improvisada, hecha con tablas y estachas, que se convertiría en su tumba. Cuando 13 días después apareció el Argus, a bordo solo quedaban diez hombres con vida, que se habían alimentado con los cadáveres de los muertos”. Pues bien, según Nicolás Redondo (así lo afirma Cacho) “España es hoy una reproducción en vivo de ‘La balsa de La Medusa’, un país perdido en el océano de la nada, un barco a la deriva con un incompetente en el puente de mando que responde al nombre de Pedro Sánchez, un Chaumareys resultado de "una extraña mezcla de soberbia y de banalidad, de atrevimiento y cobardía, de pusilanimidad y resistencia, de irresponsabilidad y de fanfarronería, que recordaremos como una pesadilla." Sigue escribiendo Cacho: “En la noche del miércoles 29, el monarca alauita dirigió un discurso televisado a su país con motivo del 27 aniversario de su acceso al trono. Un Mohamed VI avejentado y de aspecto enfermizo, que necesitó la ayuda de su hijo, el príncipe heredero Mulay Hasán, para ponerse en pie tras finalizar su alocución. Y a la mañana siguiente, este enfermo que dirige con mano de hierro un país en vías de desarrollo, que se está gastando mil millones de euros en la construcción de un gran estadio de fútbol en Casablanca, lanzó un órdago a España con el envío de un ejército de 60.000 hombres (entre ellos, los casi 2.000 delincuentes indultados por el monarca por tan gozosa efeméride), en su mayoría en edad militar, la flor y nata de una nación, contra un vecino como España”. (…) “Esta es la segunda ‘Marcha Verde’ después de aquella que, en plena agonía de Franco, protagonizó su padre para ocupar el antiguo Sahara Occidental español. Ahora, en plena agonía de Sánchez, en uno de los momentos más bajos de España como nación, una España rehén de un Gobierno convertido en una banda mafiosa dedicada al saqueo de lo público, el sultán marroquí insiste en una segunda marcha, esta vez 'Azul', que tiene todos los visos de ser una prueba antes del golpe definitivo sobre Ceuta y Melilla. Es la imagen de un mequetrefe a merced del monarca absoluto de un país subdesarrollado”. Y continúa señalando Cacho: “¿Pero qué demonios había en ese móvil infiltrado con Pegasus? Ni siquiera se ha atrevido a llamar a consultas al embajador de Rabat en España, que hubiera sido lo mínimo exigible con un país que ha demostrado ser un vecino hostil, un enemigo declarado de España y de su soberanía”. El artículo es largo. Aquí lo dejo. Invito a su lectura completa. Solo añadiré algo que no ha escrito Cacho: Felipe VI, como jefe del Estado, debería haber abandonado Mallorca, volver a su despacho en Madrid y llamar a su “pariente” Mohamed VI para ponerle las peras a cuarto. Soy consciente de que la "relación cuasi familiar" procede de la generación anterior.  Juan Carlos I y el difunto rey Hassan II de Marruecos forjaron una alianza y una amistad profunda, al punto de que ambos monarcas se llamaban cariñosamente "hermanos" y el monarca alauí llamaba "tío" al español. Lo que ignoraba el emérito es que hay amores que matan. Soy consciente de que se ha reducido el papel diplomático tradicional de la Corona, y que Felipe VI no tiene la potestad ejecutiva para ordenar el despliegue del Ejército ni dirigir la diplomacia internacional sin el refrendo del Gobierno. Pero, a mi entender, debería visitar (nunca lo ha hecho) Ceuta y Melilla por ser parte de España. El rey ha dicho “me siento indignado” ante los recientes sucesos. Pero no ha matizado contra quién. Vamos, como lo de Miguel Gila: "No miro a nadie... y si miro, no veo". A mí, como español que paga el sueldo del monarca y su estancia en un palacio del Estado, el de su mujer, el de sus hijas y el de su madre, me gustaría saberlo. Los españoles, a los que justo nos viene llegar a fin de mes con pagas de mierda, empezamos a estar hartos de ser "pagafantas". Es lo menos que un republicano, como es mi caso, le puede pedir al sucesor del Borbón elegido a dedo por Franco, que sigue conservando inexplicablemente el título de rey y que, para más inri, no paga impuestos en España.