domingo, 9 de agosto de 2026

¡Qué mes, señá Remedios, qué mes...!

MANDILES

 

García Trapiello, ese genio de la pluma de jilguero leonés, da en el chiste. Le gustaría, a mí también, que se suprimiese agosto, ese mes irritante donde las calores, los pitos y las flautas no dan tregua durante la noche. Antes las ancianas de los pueblos salía con la silla de anea a la puerta de casa para tomar la fresca, y charlaban de lo divino y de lo humano hasta que el sueño las descalifiaba. A partir de ahí, el silencio en la noche bruna, con cada mochuelo en su olivo y con cada estrella guiñando el ojo junto a una luna insomne con facciones de pavo y forma de pandereta. “Porque es mes -dice G.T.- que si antes agrupaba sus fiestas patronales en la Virgen de agosto o san Roque en los pueblos de siempre, hoy esparrama vagones de fiestorros, festivalillos y fiestambres con los motivos más diversos: que si la feria de la sidra, que si el jolgorio de la cerveza, que si los quesos de cabra bizca, las rosquillas de hierro, los bordados artesanales, las peras limoneras, los mercadillos medievales en honor del conde Olinos...”. ¡Un no parar, oiga! “Porque es mes -sigue escribiendo G.T. - de concejitos por la cara y filandorrios por el culo, de veraneantes oriundos con voz y trueno en toda obra pública y proyecto vecinal, de concursos de tute cabrón en la cantina que ahora regenta una colombiana (algo de agradecer o su cierre remataría la ruina del pueblo). ¡Qué mes, señá Remedios, qué mes!..., y por si fuera poco, han contratado un eclipse para que el listillo del 'hostal Reina Urraca' o la 'pensión Marisa' pongan la dormida de esos días a trescientos euros porque hay quien los paga”. Ya ni la Virgen de agosto ni san Roque con el perro pueden remediar este sinvivir. Porque ya me dirá usted cómo se puede arreglar este desasosiego cultureta. Sostiene G.T. (y yo sujeto la vara de la peana de su sabiduría) que “agosto es mes en el que no hay día sin su recital de poesía, sin su exaltación de valores tradicionales y su consagración de ombligos identitarios, sin sus libros de sufragio municipal, sin su concierto de corno inglés y viola de gamba a cargo de dos alumnos del pueblo que estudian en el Real Conservatorio de Madrid, sin su exposición en la casa de cultura de cobres esmaltados y vidrios encobrecidos de una artista segoviana que es amiga de la prima de una concejala, sin su presentación de la revista comarcal en edición extraordinaria…”. Uf, que disloque. Los pueblos vaciados se llenan de actos a mayor gloria de los oriundos en la diáspora que comen a mandíbula batiente los embutidos y lomos adobados sobrantes de la última matacía; y que, al marcharse, cargan el utilitario con huevos de gallina, tomates, pimientos y patatas de la huerta de los pobres ancianos heridos de silencio. Sí, debería desaparecer agosto, el tinto de verano, las gorras de visera puestas al revés, las chancletas playeras, las copas de balón con gin-tonic infame y las riñoneras como de asiduo cliente del desaparecido cabaré 'Barcelona de Noche'. ¡Qué mes, señá Remedios, qué mes…!

 

Si no saben, que se informen

 Cita con la historia y otras narraciones: La historia del barco-prisión  Alfonso Pérez

 

Hoy leo el artículo de Pérez-Maura en El Debate “Contra la memoria histórica: Concha Espina” donde explica que la familia de esa autora cántabra ha querido sacar a la luz una reedición de“Diario de una prisionera” (Ediciones 98, Madrid diciembre 2025) publicado en 1938.  Como recuerda Pérez-Maura, una tragedia recorre las páginas del libro: “Es la del buque prisión ‘Alfonso Pérez’, fondeado en el puerto de Santander con ciudadanos no afectos a la República. En diciembre de 1936 fueron asesinados a tiros en las bodegas del barco 167 prisioneros. No hubo familia en Santander que no tuviera un asesinado entre los suyos. Sobre esta tragedia solo puedo recomendar la obra magistral ‘A bordo del Alfonso Pérez’ de Ramón Bustamante Quijano”. Pero hubo antecedentes. Los ataques aéreos empezaron a formar parte de la vida cotidiana de la provincia de Santander en el otoño-invierno de 1936. Los aparatos alemanes e italianos de la aviación sublevada llegaron a bombardear hasta en 34 ocasiones Santander y el ataque del domingo 27 de diciembre de 1936 ocasionó 74 muertos en el Barrio Obrero, todos civiles, entre ellos numerosas mujeres y niños. Ello fue motivo de una dolorosa contrapartida. El asalto al “Alfonso Pérez” se llevó a cabo en dos secuencias: la primera, promovida de una manera exaltada por unos 30 milicianos que irrumpieron en la cubierta y desarmaron a sus vigilantes; la segunda se produjo avanzada la tarde, fue más sistemática y estuvo liderada por Teodoro Quijano Arbizu, director general de Justicia, y el comisario de Policía, Manuel Neila.  El comisario general de Guerra de la provincia, Bruno Alonso, horrorizado por las noticias y ante la ausencia de Juan Ruiz Olazarán, que aquel día se encontraba en Gijón con los responsables del Ejército del Norte, pronunció por la noche una alocución en los micrófonos de Radio Santander solicitando el cese de la venganza por el ataque aéreo. Ya he contado alguna ocasión que en aquellas bodegas se encontraba mi abuelo materno y uno de sus hermanos. Por razones que desconozco, o que no me han explicado bien, ambos hermanos pudieron salvar la vida poco antes de la matanza. El 22 de enero de 1932, procedente de Bilbao, el “Alfonso Pérez” atraca en el Pozo de los Mártires en Santander para una larga estancia y en octubre de 1934 comenzó su primera etapa como barco-prisión. La huelga general en Cantabria y la Revolución de Asturias hicieron que fuera necesario habilitarlo para ello, dado el alto número de personas detenidas. El 28 de julio de 1936, a raíz de la sublevación militar que daría lugar a la Guerra Civil, las autoridades santanderinas requisaron el barco volviéndolo a habilitar como barco-prisión con  el nombre de “Alfonso Pérez Prisión”. El barco  permaneció durante un tiempo con una guardia de milicianos socialistas, que fueron después relevados por milicianos anarquistas de la FAI y en octubre de 1936 fue trasladado con sus prisioneros al muelle de Maliaño. El 25 de febrero de 1937 el “Alfonso Pérez” partió de Santander, después de cambiar de nombre por el de “Cantabria”. En Castro Urdiales  cargó mineral. En 1938 el buque fue fletado por la compañía británica 'Mid-Atlantic Shipping Company', con sede en Londres. El “Cantabria” no se dedicaba al comercio español en el momento de su hundimiento, y se encontraba en ruta entre el  Támesis e Immingham con destino a Leningrado al mando del capitán Manuel Argüelles. A bordo se encontraban 45 personas que componían la tripulación y los pasajeros, de los cuales cinco eran niños y tres mujeres. Entre los pasajeros se encontraban la esposa del capitán, Trinidad, y sus hijos Ramón y Begoña. Por otro lado, el “Nadir” era un crucero auxiliar de 1.132 toneladas perteneciente a la Armada sublevada, armado con un cañón principal de 120 mm, dos secundarios de 105 mm y otros dos cañones antiaéreos de 47 mm. Se trataba del antiguo “Ciudad de Valencia”, antiguo crucero auxiliar que había estado muy activo durante el bloqueo de Vizcaya de 1937. Los franquistas lo habían renombrado como “Nadir” para confundir a la Armada republicana de buques incursores en la zona. Sus objetivos eran los cargueros republicanos que operaban desde los puertos del Norte de Europa.  El buque había sido botado en octubre de 1930  en los astilleros 'Unión Naval de Levante' como “Infante Don Gonzalo”, propiedad de la 'Compañía Transmediterránea' y requisado por los sublevados el 30 de octubre de 1936. Hacia las 11.30 de la mañana del 2 de noviembre de 1938, el capitán del “Cantabria” estaba preocupado al notar que su carguero estaba siendo seguido por un barco más pequeño. Era el “Nadir” que abrió fuego contra el “Cantabria” en esa tarde. Uno de los cañonazos destruyó el puente. El “Nadir” rodeó al “Cantabria” disparando sus cañones sin parar y rociando la cubierta con fuego de metralla. Otro cañonazo destruyó la maquinaria del “Cantabria”, dejándole a la deriva. Poco después, el “Cantabria” se hundió completamente. Solo un tripulante, Juan Gil, se hundió junto con el barco. Por cierto, Juan Cañada me sorprendió en  Diario de Teruel el pasado 20 de enero con su artículo “El regalo de Reyes”, donde su autor se alegraba de haber leído el libro de Bustamante que le habían regalado por la Epifanía de la última edición.  Lo que describe en su trabajo son tópicos y pequeñas generalidades en las que no añade nada. Pero sí me choca la foto que aporta el diario turolense que dirige desde 2024 José Ramón Vicente Cansino, que no se corresponde con el “Alfonso Pérez” sino con otro barco más moderno de pasajeros al que le han añadido de modo artificial un burdo letrero con el nombre del auténtico barco mercante hundido en 1938. Quiero pensar que esas cosas solo se le pueden ocurrir a un sansirolé que no sabe por dónde le sopla el aire. Eso no es un lapsus sino falta de conocimientos a la hora de redactar. Podría plasmarlo en mi modesto chat por producir una sonora carcajada, pero no me viene en gana hacerlo. El que quiera verlo plasmado en papel, que consulte las hemerotecas. Y si el redactor que tuvo ese 'antojo' es necio por naturaleza, que se informe debidamente o que se dedique a otra cosa.

 

sábado, 8 de agosto de 2026

Fiestas patronales

 La danza de las varas marca el día de la Virgen de las Nieves en Lanestosa  | Dantzanet

 

Leo una columna de Félix Villalba, “Las puertas de la España vaciada”, en Heraldo-Diario de Soria,  donde su autor cuenta que hace un par de años el humorista Leo Harlem, que había recalado en Soria con su espectáculo, dijo en una entrevista que “la España vaciada la vais a echar de menos como se os llene”, algo que acontece estos días en pueblos y aldeas que se llenan de parientes de los pocos que van quedando  para pasar las fiestas patronales. Lo que no sabernos es si ello constituye una alegría o un incordio para los ancianos que allí rompen una cotidiana rutina impuesta por las circunstancias. En el ensayo “Los santos patronos y la identidad de las comunidades locales en la España de los siglos XVI y XVII”, José Ignacio Gómez Zorraquino, al referirse a “la nueva España” dice que los cambios religiosos de la Reforma y Contrarreforma, contribuyeron a avivar las identidades distintivas, y las comunidades locales de pequeño vecindario, como parte de unas comunidades mayores, también se vieron inmersas en la búsqueda de sus propias identidades. Señala su autor que “en este complejo universo debemos situar todo lo que acontece con relación al patronazgo, la reivindicación de las reliquias, la publicación de hagiografías, aunque sin olvidar que antes de Trento las hagiografías y el culto a las reliquias tenían plena vigencia. Los  santos fueron convertidos en héroes dominantes, admirados y propuestos como el ideal humano, o interesadamente invocados como protectores o terapeutas. A la vez, funcionó a la perfección una poderosa publicidad y una extensa propaganda -sustentadas en el sermón panegírico y en la imprenta- que afianzaban y reproducían lo que acabamos de señalar. Puntualmente, las élites lectoras podían recurrir a los escritos y libros impresos y, por otra parte, los sermones panegíricos cumplían una función divulgadora en amplios ámbitos de la cultura y de la devoción popular”. (…) Habitualmente, las hagiografías de tantos santos se solían adecuar más al modelo general que a la verdadera personalidad del hagiografiado. Ante esta circunstancia, no es raro encontrar que todos o casi todos los santos nacen igual, tienen una niñez semejante, viven lo mismo, mueren conforme a la muerte de los demás santos y hacen milagros de idéntica tipología en vida y, en mayor número, atendiendo a las beatificaciones, después de la muerte”. (…) “Tampoco debemos olvidar que tras el Concilio de Trento las órdenes religiosas adquirieron un nuevo protagonismo. A los viejos enfrentamientos entre órdenes religiosas se unieron otros nuevos choques con las órdenes que iban naciendo”. (…) “En este contexto, resulta significativo que el cronista real padre bernardo fray Atanasio de Lobera, autor de una destacada hagiografía de los santos Froilán y Atilano, llegase a afirmar que la regla de san Benito de Nursia contó con 476 papas, 2.000 cardenales, 7.000 obispos, 15.000 arzobispos, 34.000 santos y 15.000 doctores”. La verdad es que a día de hoy, el santo patrono o patrona no es más que una excusa para celebrar unos días de asueto en los que se entremezcla lo religioso y lo profano a partes iguales y que dejan algo de dinero en el pueblo. Cada año lo mismo: misa, procesión, subida a la ermita, comida de hermandad para la ‘tercera edad’ a cargo del ayuntamiento, bailes populares, charangas, panderetas, toros ensogados, cohetes voladores, pitos, flautas… Ya lo dice el refrán: “No hay olla sin tocino ni sermón sin agustino”. Pasados los festejos locales regresa cada mochuelo a su olivo y el silencio vuelve a reinar en unas calles estrechas y umbrías donde solo rompe esa taciturnidad inquietante el ladrido de los perros.

jueves, 6 de agosto de 2026

Las tres dimensiones del miedo

El miedo a la incertidumbre - Gabinet Psicològic Mataró


 

Tiene razón García Trapiello cuando afirma en su artículo de hoy en Diario de León, “¡Sube el volumen!”, que “sembrando terroríficos miedos al Infierno la Iglesia medieval se hizo con la plaza en propiedad porque detrás del miedo viene siempre un redentor, un vendehumos o un dictador sin vergüenza ni estilo”. La gente llena la puerta de su casa de candados, suscribe pólizas antirrobos, se atiborra de fármacos antidepresivos  y coloca alarmas en la casa como si fuese una sucursal del Banco de España. Cunde el miedo, esa emoción natural de supervivencia que se activa ante un peligro real o imaginario (me inclino más por lo segundo) prepara al cuerpo para huir, luchar o estar alerta y libera adrenalina para actuar con rapidez. Hay tres clases de miedo: el racional, el irracional y el patológico, todos ellos relacionados de alguna manera con el fracaso, la soledad y la muerte. El último de ellos es el más peligroso, el que utilizan la mayoría de las religiones para considerar a los clérigos, que han recibido el sacramento del orden en alguno de sus tres grados, episcopado, presbiterado y diaconado,  como útil y necesario. Pero no cabe duda de que para que existiesen esos “vendedores de humo” era imperioso crear antes la figura del pecador, del converso y del inicuo, triada que resume los estados del alma frente a la gracia divina. De hecho, según entienden los doctores de la Iglesia católica, solo ellos son capaces de explicar a los seguidores de esa doctrina ('la única verdadera', según afirmaba el ‘Astete’)  lo que no tiene una explicación medianamente  razonable. De chico de pantalón corto recuerdo haber escuchado a un soberbio fraile que nos trataba siempre de usted para marcar distancias, aquello de “cuando yo esté en el Cielo y ustedes en el infierno…”. ¡Y se quedaba tan ancho el tío!  Ante tal afirmación rotunda salida de la boca de un tipo que vestía hábito, los educandos nos quedábamos paralizados, conscientes de que la parálisis es la incapacidad del cuerpo para actuar ante una amenaza. La  sumisión y el silencio eran la respuesta infantil en un vano intento de complacer a aquel imbécil y evitar un posible conflicto. Un niño nunca sabe cómo gestionar sus temores y un adulto se resigna ante lo inevitable. En ese sentido, señala García Trapiello que “sobran miedos y cabrones que suben hoy el volumen hasta ensordecer la razón y el corazón. Porque el miedo –según sostiene ese articulista- tiene volumen y tres dimensiones: largo, ancho y alto. La largura del miedo es la que viene de atrás, la que arrastra la historia desde las cavernas, miedo a la catástrofe natural, a la desgracia familiar, a la enfermedad, a la pobreza, a la guerra, a la muerte... La anchura del miedo es la que traza el poder o la religión para que por ella desfilen cautivos todos menos los poderosos que pueden pagarse ir por fuera y los ministros del Señor como funcionarios del Cielo y la salvación. Y finalmente está la altura del miedo, que se levanta como muro que oculta el horizonte como muralla alambrada y fortificada para que no la crucen ni vecinos ni extranjeros, miedos elevados como dogmas contra vacunas o negando el cambio climático, la redondez de la Tierra, la igualdad de la gente, razas y credos...”. Nada es lo que parece.

 

Un cronicón de 1912

 Qué Ver en Santander en Cantabria: 10 Lugares - Recyourtrip

 

En relación con el chat anterior, donde criticaba que Pérez-Maura afirmase en un artículo de El Debate que Sánchez no pudiese hacer uso de La Mareta durante las vacaciones veraniegas, no puedo sustraerme a contar a los lectores cuando Alfonso XIII recibió  el 7 de septiembre de 1912 las llaves de un  palacio de 700.000 pesetas de las de entonces, construido para su disfrute en Santander, regalado por el Ayuntamiento y a la venta del mismo por Juan de Borbón  en  1977 por 150 millones de pesetas al Ayuntamiento que en su día había sido regalado a su padre. Pérez-Maura, que nació en Santander en 1966, será conocedor de lo que cuento. Para saber cómo era Santander en 1912 nada mejor que recurrir a las hemerotecas o leer los cronicones de Fermín Sánchez González, también conocido por el seudónimo de Pepe Montaña (1893-1971). Aquel año  dio comienzo con la noticia de haber llegado al cardenalicio José María Cos.  Los santanderinos estaban divididos en dos bandos: los que preferían al torero Machaquito y los que se inclinaban por Bombita. El 20 de abril hubo una gran función en el Teatro Principal en beneficio de los soldados heridos de Melilla, Se representó la obra  “Al natural”, de Jacinto Benavente. Por aquellos días terminó su mandato el gobernador civil, señor Fuertes, al que sustituyó Alberto Larrondo. El 19 de mayo moría Marcelino Menéndez Pelayo. El  multitudinario entierro al día siguiente  estuvo presidido por el ministro de Instrucción Pública  Santiago Alba, que ostentaba la representación del rey  y del Gobierno. Alfonso XIII que andaba por tierras montañesas, aprovechó para ir a los toros, a unas regatas y a visitar las obras del Palacio de la Magdalena. Los  reyes se hospedaron en la finca que en Fraguas tenían los duques de Santo Mauro. Uno de aquellos días el rey marchó a cazar a los Picos de Europa (que era el trabajo que mejor sabía hacer) y su mujer, Victoria, aprovechó para“ver su casa”, que era como llamaba desahogadamente al palacio en construcción. Dicen  las crónicas que descendió del coche para que le abriesen la capota y recibió a las autoridades. Venía acompañada del duque de Santo Mauro, su hija, el conde de Grove y el general Vera. Victoria recibió un ramo de flores, y una compañía del Regimiento de Valencia le rindió honores. Ya en palacio, desde la torreta pudo ver la entrada en los muelles de los barcos de guerra“Terror” y “Proserpina”, y desde una cabina de teléfonos habló con su suegra, María Cristina y con el príncipe de Asturias que se encontraban en San Sebastián. Al día siguiente, de riguroso incógnito, volvió la reina a la obra regia para hablar con los arquitectos sobre el reparto de las habitaciones.  El día 7 salió al encuentro de su marido, que regresaba de la cacería, acompañándola  el alcalde Lloreda y el diputado Pedro Acha. Deseaba que el monarca pidiese sin demora las llaves de palacio. El rey accedió y diez minutos más tarde entró en el palacio. El alcalde le hizo entrega de una llave de oro y platino con incrustaciones de pedrería. Llevaba el escudo de Santander y las iniciales del matrimonio real: A.B. por un lado y V.B. por el otro. El alcalde se la entregó, diciéndole: “Señor, en nombre del pueblo de Santander tengo la honra y satisfacción de haceros entrega de la llave de este Palacio, el cual deseo que disfrutéis con felicidad acompañado de la Familia Real”. El rey contestó con otro sencillo discurso, en el que patentizó su cariño y gratitud para Santander, afirmando que el verano próximo sería un vecino más de la ciudad, y rogando se dieran las gracias a todos los donantes y al pueblo que tan pródigo había sido con la Monarquía. Visitó todas las dependencias, miró al fondo de la bahía, vio los fuegos encendidos del yate “Giralda”, acudió al domicilio de los infantes a dejarlos y despedirse de ellos y sin quitarse el traje de cazador que llevaba embarcó en el yate. Unos días más tarde llegaba el conde de Romanones invitado por los diputados y senadores de esa provincia que militaban en el Partido Liberal y le brindaron un banquete en el Círculo Mercantil. Por cierto, Romanones fue el único personaje que acompañó a la reina y a sus hijos hasta la estación de El Escorial para despedirlos en 1931 cuando iban camino del exilio. A Victoria la había dejado sola hasta su marido, que se había marchado la víspera precipitadamente camino de Cartagena, en aquel amargo trance. Se había instalado la II República en España y el palacio quedó sobre la bahía santanderina como una alegoría fantasmagórica. En 1932, gracias a Fernando de los Ríos, se transformó en sede de la Universidad Internacional de Verano. Durante la guerra civil funcionó como hospital, después como y prisión fascista, y más tarde albergó a damnificados del gran incendio de Santander de 1941.