miércoles, 12 de agosto de 2026

Sobre una ermita abandonada

MORALEJA DE SAYAGO DEHESA DE SANTARÉN DE LOS PECES Iglesia de San Sebastián  o de San Miguel

 

Me entero de que existe riesgo de colapso estructural por deterioro en la ermita románica del Cristo de la Vega en la Dehesa de Santarén de los Peces, adscrito al municipio de Moralina de Sayago, ubicado en el corazón del Parque Natural de Arribes del Duero. Los primeros intentos de asentamiento de población en esa zona son del siglo XII, según demuestran las noticias referentes a la cercana villa de Peñausende. No parece, sin embargo, que hubiera una repoblación efectiva más que a partir de mediados de ese siglo, según carta otorgada en 1147 por Alfonso VII, su mujer Berenguela y su hijo Sancho, que dieron al obispo zamorano Bernardo con la intención de que la poblase. No está clara su advocación, pues mientras el patrono del lugar es san Sebastián (titularidad que Madoz concede a la ermita), la guía diocesana la denomina de san Miguel. Lo cierto es que esa ermita está a punto de derruirse por falta del mantenimiento necesario. Fue construida en sillería y mampostería de granito, con cabecera cuadrada, una nave con espadaña sobre el hastial y portada al sur, cubierta ésta por un porche cerrado. Al sur, ocupando parte de la cabecera y parte de la nave, se adosó también la sacristía, mientras que en el norte se ven los restos de un abandonado cementerio. Es casi idéntica a la ermita de la dehesa salmantina de Gavilanes, muy próxima a Ledesma, en la provincia de Ávila, lo que corrobora una vez más la vinculación de Santarén con ese pueblo. Llama la atención la  postura codiciosa de la Iglesia católica sobre esa ermita románica del siglo XII, inmatriculada, como digo, como parte de su extenso patrimonio  (al amparo de una antigua reforma de la Ley Hipotecaria durante el gobierno de Aznar), a la hora de exigir una intervención urgente para que no se derrumbe, que sus supuestos“dueños” acudan a Patrimonio de la Junta de Castilla y León para que lleven a cabo una intervención urgente. ¿Por qué no la arreglan ellos? ¡Hace falta ser desahogados! Solo faltaría que, en el supuesto de ser arreglada, la diócesis de Zamora, dentro de la provincia eclesiástica de Mérida-Badajoz (que muchos meapilas no lo saben), cobrasen entrada por visitarla como es su costumbre. A mí no me extrañaría. De los depredadores funcionarios del Cielo me creo todo, menos lo que predican.


martes, 11 de agosto de 2026

Contar la Historia con rigor

 

 

La historia nos cuenta que en el año 711 Tarik no hubiese podido ganar en la batalla de Guadalete sin la ayuda del general Jaime Milán del Bosch, tío del articulista fallecido Alfonso Ussía, que envió los tanques de Valencia a Jerez de la Frontera para incorporarse a las tropas del general bereber y ocupó Gibraltar, cuyo nombre deriva del monte Yebel Tarik (el ‘monte de Tarik’). Lo que sucedió con los posteriores historiadores es que a Milán del Bosch le llamaron Tarif ibn Malik (más tarde borrado por los estudiosos del pasado para no dar pistas), nacido en Tripolitania,  ciudad a la que ahora llaman Madrid. Pero el Gobierno de entonces no tuvo en cuenta su valor (que se le suponía) y fue procesado por su ayuda a Tarik sin habérselo consultado antes a Adolfo Suárez. No se tuvo en cuenta, como digo, su estirpe militar, ni el hecho de poseer la Laureada de San Fernando colectiva  la Cruz de Hierro nazi de segunda clase y haberse integrado en VII Bandera de la Legión, donde combatió al servicio de los golpistas hasta el final de la guerra civil. Tampoco se le tuvo en cuenta su patriotismo demostrado y confirmado por un brigada de la escala de Reserva  (que con la picha abría latas de conserva) cuando el 23 de febrero de 1981, poco después de la ocupación del Congreso de los Diputados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina, Milans sacó los tanques a las calles de Valencia y sin tan siquiera beberse una horchata ordenó redactar un Bando por el que decretaba el Estado de Excepción. Los carros de combate eran de cartón-piedra pero daban el pego, circularon por las principales arterias de esa ciudad y se mantuvieron apuntando simbólicamente (con balas de madera y pistolas de agua de chorrito corto) a edificios claves como el Ayuntamiento, la Delegación del Gobierno, el Gobierno Militar y la Jefatura Superior de Policía. Todo era simbólico y formaba parte del guión. No hubo intención alguna de amedrentar a nadie, que Milans lo podría haberlo jurado por san Rufino de Asís, y el Bando lanzado por él no fue por imponer el orden militar tras la toma del Congreso sino un performance de lo que hizo el alcalde de Torrejón de Ardoz, Andrés Torrejón García 173 años antes. Nunca se habla del otro alcalde, Simón Hernández, pese a que ambos encendieron la conciencia nacional ante las tropas francesas. Hay que ser riguroso con la Historia, como procuro serlo yo, que no miento ni en el confesionario cuando el cura es sordo y tiene que ir al urinario de la sacristía por urgente necesidad. En realidad, en Móstoles no había dos alcaldes sino cuatro: dos ordinarios y dos de la Santa Hermandad. Es necesario aclarar que el término ‘alcalde’ deriva del árabe hispánico ‘alqáḍi’  con el añadido de la contracción de un artículo, y significa juez. Por ello, en algunas ciudades grandes, como Sevilla o Madrid, había incluso hasta 24 alcaldes. Bueno, en realidad, España está llena de alcaldes de aldeas que trabajan gratis y de gente que prefiere mandar que obedecer. Solo falta que le pongas una gorra de visera a un peatón despistado para que éste comience a dar órdenes a troche y moche. Es algo que los españoles llevamos impreso en nuestra naturaleza, como el recuerdo heroico de nuestros generales salvapatrias.

 

lunes, 10 de agosto de 2026

El sosiego perdido

 Fiestas tradicionales - PressReader

 

Ignacio Soria Aldavero escribe en un diario de Edigrup un artículo, “Señoritingos”, donde señala que“no hay cosa peor que esos personajes que salieron un día de su pueblo con la maleta medio vacía, y que después volvieron con ínfulas de saber más que nadie, y con el firme propósito -antes de marcharse de nuevo-, de querer demostrárselo a medio pueblo con el tacto y las formas del mismo burro que a buen seguro montaron de niños. El otro día -sigue diciendo el autor- me encontré a un alcalde de un pueblo de nuestra provincia y me relató el calvario que arrastra con uno de esos tocapelotas de los que les hablo. Me dijo que, a pesar de su paciencia, tuvo que ponerlo en su sitio porque la situación era ya insostenible: que si necesito un documento y lo necesito para ayer; que qué hay de lo mío; que qué cara es el agua si yo no la gasto; que si ese trozo de tierra era de mi tatarabuelo y me lo habéis robado; que si huele a caca de vaca; que si me molesta el tañer de las campanas…”. Son tipos en la diáspora desde los tiempos de López Rodó y sus planes de desarrollo, que tienen casa cerrada en el pueblo y que solo acuden a ella unos días en verano por no tener mejor sitio adonde poder  ir, y que, cuando llegan, parece que  perdonan la vida a los pocos vecinos que van quedando. Son personajillos, digo, que presumen de coche con turbo, que ocupan la primera fila de asientos en misa mayor, que se santiguan con muchos aspavientos, que piden en el bar cosas rarísimas y que se cabrean cuando uno de sus hijos se cae corriendo, se hace una rozadura en la rodilla y preguntan histéricos a los vecinos con los que se encuentran que dónde hay un médico, aún sabedores de que el galeno solo acude una vez por semana y ese día no le toca pasar consulta. Entonces despotrican contra la Sanidad pública y sostienen que con Franco no pasaban esas cosas. El día que se marchan esos energúmenos, el pueblo volverá a recobrar el sosiego perdido.

 

domingo, 9 de agosto de 2026

¡Qué mes, señá Remedios, qué mes...!

MANDILES

 

García Trapiello, ese genio de la pluma de jilguero leonés, da en el chiste. Le gustaría, a mí también, que se suprimiese agosto, ese mes irritante donde las calores, los pitos y las flautas no dan tregua durante la noche. Antes las ancianas de los pueblos salía con la silla de anea a la puerta de casa para tomar la fresca, y charlaban de lo divino y de lo humano hasta que el sueño las descalifiaba. A partir de ahí, el silencio en la noche bruna, con cada mochuelo en su olivo y con cada estrella guiñando el ojo junto a una luna insomne con facciones de pavo y forma de pandereta. “Porque es mes -dice G.T.- que si antes agrupaba sus fiestas patronales en la Virgen de agosto o san Roque en los pueblos de siempre, hoy esparrama vagones de fiestorros, festivalillos y fiestambres con los motivos más diversos: que si la feria de la sidra, que si el jolgorio de la cerveza, que si los quesos de cabra bizca, las rosquillas de hierro, los bordados artesanales, las peras limoneras, los mercadillos medievales en honor del conde Olinos...”. ¡Un no parar, oiga! “Porque es mes -sigue escribiendo G.T. - de concejitos por la cara y filandorrios por el culo, de veraneantes oriundos con voz y trueno en toda obra pública y proyecto vecinal, de concursos de tute cabrón en la cantina que ahora regenta una colombiana (algo de agradecer o su cierre remataría la ruina del pueblo). ¡Qué mes, señá Remedios, qué mes!..., y por si fuera poco, han contratado un eclipse para que el listillo del 'hostal Reina Urraca' o la 'pensión Marisa' pongan la dormida de esos días a trescientos euros porque hay quien los paga”. Ya ni la Virgen de agosto ni san Roque con el perro pueden remediar este sinvivir. Porque ya me dirá usted cómo se puede arreglar este desasosiego cultureta. Sostiene G.T. (y yo sujeto la vara de la peana de su sabiduría) que “agosto es mes en el que no hay día sin su recital de poesía, sin su exaltación de valores tradicionales y su consagración de ombligos identitarios, sin sus libros de sufragio municipal, sin su concierto de corno inglés y viola de gamba a cargo de dos alumnos del pueblo que estudian en el Real Conservatorio de Madrid, sin su exposición en la casa de cultura de cobres esmaltados y vidrios encobrecidos de una artista segoviana que es amiga de la prima de una concejala, sin su presentación de la revista comarcal en edición extraordinaria…”. Uf, que disloque. Los pueblos vaciados se llenan de actos a mayor gloria de los oriundos en la diáspora que comen a mandíbula batiente los embutidos y lomos adobados sobrantes de la última matacía; y que, al marcharse, cargan el utilitario con huevos de gallina, tomates, pimientos y patatas de la huerta de los pobres ancianos heridos de silencio. Sí, debería desaparecer agosto, el tinto de verano, las gorras de visera puestas al revés, las chancletas playeras, las copas de balón con gin-tonic infame y las riñoneras como de asiduo cliente del desaparecido cabaré 'Barcelona de Noche'. ¡Qué mes, señá Remedios, qué mes…!