Cuenta la prensa regional que tres pueblos en Aragón se quedan sin escuela. Sería mejor decir, a mi entender, que esos tres pueblos aragoneses se libran del desastre educativo que señala un informe de PISA. Pues ya sabemos lo que pasa, que los pueblos pequeños envejecen, que las ciudades crecen y que el hambre cunde por la inflación galopante, ese virus económico que nos empobrece cada día un poco más. Dice Sánchez (que afirmó en Congreso ser un “perro sin amo”) que la economía española va bien, pero eso no se traduce en la ciudadanía. Iba a decir que nos engañan como a chinos pero resulta que es al revés, que son ellos los que nos engañan a nosotros. A los escolares les han engañado hasta en la Geografía. Ahora resulta que durante generaciones los alumnos estuvieron estudiando con mapas que presentaban una realidad distorsionada. África, el segundo continente más grande del planeta, aparecía sistemáticamente reducida en comparación con regiones del hemisferio norte en aquellas fotos en blanco y negro que nos hacían a los colegiales sentados en un pupitre con un mapa físico de fondo. Aquel día, el día en el que nos robaron la imagen como si se tratase de un paisaje pintoresco, nos habían puesto la ropa de los domingos y echado fijador en el pelo para quedar bonitos ante la cámara de un fotógrafo con cara de cartón y fino bigote. Aquella foto siempre terminaba en el interior de la caja de las estampas olvidadas, una caja de hojalata que antes había contenido dulce de membrillo de Puente-Genil, y que ahora servía para guardar reliquias trasnochadas: un detente con el Corazón de Jesús, varios recordatorios de personas fallecidas, unas horquillas para el pelo, varios carretes de hilo, un pequeño silbato de madera de boj que un día apareció de regalo dentro de un paquete de maicena, una estilográfica ‘Parker 21’ con la plumilla desgastada, cromos de ‘El Coyote’, un cenicero de aluminio donde estaba estampado el “Patio de los leones” granadino , un franquito vacío de“Hipofosfitos Salud” , una cajita de hojalata de Sedobrol “Roche”, y un pequeño tubo vacío de “Megral”, contra las migrañas. El “Sedobrol” recuerdo que lo tomaba mi abuela materna cada noche después de cenar escuchando el parte por la radio. Venía en cubitos parecidos a una pastilla de caldo concentrado, pero a tamaño reducido, se disolvía en agua caliente y contenía bromuro de sodio combinado con extractos vegetales. Ramón Gómez de la Serna, que en una de sus "Greguerías" plasmó que“ningún veneno se deba guardar para otra vez”, fue un gran aficionado a la famacopea y desde pequeño le gustaba visitar la Botica Militar que estaba cerca de su domicilio madrileño. En cierta ocasión celebró en Pombo un“banquete farmacoterápico” y los platos fueron sustituidos por sopas de “Sedobrol”, peptonas, fitinas y recresales (todos ellos tónicos reconstituyentes) y los postres se cambiaron por “pastillas de goma”. Gómez de la Serna consumió durante su vida de todo de manera entusiasta: Biltron, Nicotil, Glicerofosfato, Piperazine, quinina, bromoquinina, éter, calomelanos, urotropina, sulfanilamida, penicilina, barbitúricos, efedrina, esparteína, piperacina, coramina, hepatina, Aspirina, pastillas de clorato, sulfoterapias e inyecciones de agua con azúcar… En las páginas finales de su“Automoribundia”, dice: “Tan peligroso es intoxicarse más de la cuenta como creer que se puede vivir en estado de perfecta desintoxicación”. En eso estamos de acuerdo.