domingo, 1 de febrero de 2026

Basiliscos, cuélebres y demás ralea

 

Febrero, el mes más corto, comienza con el mártir turco san Trifón, considerado como santo análgiro, o sea que, al contrario de lo que practica mi dentista, no cobraba por sus visitas curativas y en muchos casos milagrosas, como cuentan que sucedía con Cosme y Damián. A san Trifón se le atribuyen poderes para luchar contra las invasiones de roedores y langostas, y hasta cuentan que era capaz de amansar basiliscos, esos animales mitológicos en forma de cuélebre con cresta en forma de mitra cargados con veneno letal, capaces de matar con la mirada y que con su aliento marchitaba la flora del entorno y resquebrajaba las piedras. Según recoge Pierre de Beauvais en su ‘Bestiario’ de 1206, el basilisco nacía a partir de un huevo deforme, puesto por un gallo o una gallina e  incubado por un sapo durante 9 años. En la Edad Media, pasó a ser un gallo con cuatro patas, plumas amarillas, grandes alas espinosas y cabeza y cola de serpiente, que podía terminar en garfio o en otra cabeza de gallo. En otras versiones, el basilisco disponía de ocho patas y escamas en vez de plumas. También se contaba de él que vivía en los desiertos, exhalaba fuego, secaba plantas y envenenaba el agua. Plinio el Viejo afirmó en su libro ‘Naturalis Historia’ que tal animal era oriundo de Cirene y no medía  más de 20 dedos de longitud. También decía que los métodos seguros de matarlo eran con el canto del gallo, que aterrorizaba al basilisco, o con el  olor de la comadreja. Alejandro Neckam aseguraba que si el basilisco se reflejaba en un espejo, quedaba fulminado al instante. Nada tenía que ver aquel extraño animal mitológico con el verdadero basilisco, de color verde, que vive en América del Sur y que es el único lagartos que puede correr sobre el agua gracias a sus pies grandes, dedos extendidos y la capacidad de mover sus patas traseras como aspas de molino a tal velocidad que crea una bolsa de aire que impide que se hunda. El cuélebre, en cambio, es otra variedad de animal legendario en forma de serpiente con alas de murciélago de la mitología asturiana, leonesa (donde también se le conoce como culuebro, culebrón o sierpe) y cántabra. Entre sus funciones está la de vigilar tesoros ocultos. Emite sonidos terribles y se alimenta de seres humanos. Todavía se cuenta que al cuélebre que habitaba una cueva detrás del convento de Santo Domingo, en Oviedo, y que iba devorando uno tras otro a los frailes, logró darle muerte un fraile cocinero dándole a comer un pan relleno de alfileres. El último cuélebre fue avistado  en Felechosa, (Asturias) en 1965. Con ese motivo se llevó a cabo la última batida oficial de la Guardia Civil, esta vez en tono festivo, que terminó con una merendola que un empresario local, Luciano Tejón Muñiz, organizó a las autoridades y para motivar con ello a que los periodistas, con sus reportajes, atrajeran el turismo a esa pedanía de la parroquia del Pino, en el Concejo de Aller.

 

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