Hoy, Luis María Anson, en La Razón, se queda corto cuando señala que “en España, la ciudadanía sufraga la Administración municipal, la Administración provincial, la Administración autonómica, la Administración central y la Administración europea”. El español, como sucede con los ciudadanos de todos los países, lo sufraga todo. Cosa distinta es que haya aumentado considerablemente el número de funcionarios por haber aumentado, del mismo modo, el número de dependencias, oficinas y despachos. Sigue señalando Anson que “en 1979, los contribuyentes pagaban a 700.000 empleados públicos; en 2026 superan los 3.600.000. Es lo que tiene haber creado 17 Estados de pitiminí”. Pero eso ya se sabía cuando se engendró la Constitución. Me consta que las democracias resultan muy costosas, pero ello no justifica una inexplicable duplicidad de servicios. A mi entender, no era necesario crear 23 ministerios, ni seguir manteniendo las diputaciones provinciales, ni contar con un innumerable número de asesores pagados con dinero público, de tantos coches oficiales, de mamandurrias sin fin, ni tampoco de un rabo de exigencias burocráticas absurdas, inconmensurables y barrocos gastos suntuarios sin venir a cuento. Acudir a la ventanilla de una administración local, provincial o estatal por pretender dar solución a un embarazoso asunto personal resulta insufrible. Eso, en el supuesto de que el ciudadano en cuestión haya permanecido horas en una fila hasta conseguir el plácet de la “cita previa”, inventada tras la pandemia. No digamos nada si la consulta es telefónica. La operadora pone una musiquilla ratonera que puede durar ni se sabe el tiempo. Al final, cansado de la espera, decides colgar la llamada. Al cabo de dos horas vuelves a intentarlo. Entonces sale una voz del aparato que dice “todos los teléfonos están ocupados . Llame más tarde”. Así lo haces y siempre contestan lo mismo. Al final te rindes y tiras la toalla. O lo peor de todo, el silencio administrativo, el peor de los silencios. Solicitar algo mediante carta, en ocasiones, es como meter un papel escrito en una botella y lanzarla al mar en la confianza de que alguien la recoja algún día. Lo que está aconteciendo, como digo, es lo más parecido al “vuelva usted mañana” de Larra [según consta en la edición facsímil de 'El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres', por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía, núm. 11, enero de 1833, Madrid.] Es viernes, el cielo está encapotado y lo mejor será que me prepare un vermú de ‘Casa Valdepablo’ con matices ambarinos y un par de gloriosas gildas por ver de disipar el espectro de la ira. Les deseo que tengan un buen fin de semana.
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