martes, 15 de agosto de 2017

De llover no está





Estos días son fiestas locales en multitud de pueblos y aldeas. En casi todos ellos hay algún espectáculo relacionado con la Tauromaquia. En los pueblos, o se saca el toro ensogado para asustar a los forasteros, o se observa desde las gradas de una plaza ambulante cómo actúan los recortadores llegados de otros pueblos, o se hace una merienda popular en honor de los ancianos, que son casi todos. Pero  los ancianos no se ponen delante de un toro ensogado ni casi prueban el rancho, las migas, las judías, o la paella enorme, cuanto más grande, mejor, que guisan los expertos del lugar utilizando paellas y raseras enormes. Siempre hay una hija cerca que le dice al anciano: “No comas de eso, papa, que te sentará mal”. Y lanzan cohetería y sacan a la Virgen en procesión y organizan subastas de roscones por ver quién es el que paga más dinero por una torta bañada en azúcar glas. La fanfarronería también juega su papel. Esos tipos que un día abandonaron el campo y se marcharon a trabajar a un polígono industrial de la periferia de las grandes urbes regresan una vez al año al pueblo que les vio nacer, siempre coincidiendo con las fiestas, con un utilitario flamante que en la ciudad no lo usan nunca, excepto cuando se pasan la mañana del domingo lavándolo y acariciándolo con un extraño culto. Y dos días más tarde regresan a la ciudad con el capó trasero lleno de patatas, frutas, verduras y varias garrafas de vino peleón e infame de una cooperativa que, por regla general, también lleva el nombre del santo patrono del lugar. Brincamos la mitad del mes de agosto y aquí sigue sin llover. De nada sirve procesionar a san Pascual o san Roque para pedir lluvias mientras las avionetas sigan lanzando a las nubes nitrato de plata. Puede que estemos rebozados en el merengue del cambio climático. No lo sé, pero de llover no está. Hoy decoro este trabajo con un dibujo de mi nieta Candela. Espero que les guste.

Don Adolfito (III)





A decir verdad, y así lo señala Gutiérrez Calderón, la indumentaria de don Adolfito  variaba con frecuencia. “Unas veces traía sombrero –cuenta en autor de ‘Santander fin de siglo’—y otras, gorra de visera; alpargatas o botas y lo mismo sucedía con la barba, que era corta o traía perilla, o unos buenos bigotes que arrancaban de los carrillos y que en sus tiempos estuvieron de moda”. (...) “Su visita anual era en la segunda quincena del mes de abril; ningún año faltó, hasta que dejó de visitarnos, que sería cuando abandonó este mundo o acaso algunos años antes, en que pudo enfermar”. (...) ¡Ah!, don Adolfito, seguido de cuatro o cinco chiquillos, escolta que siempre le acompañaba, se detenía de pronto enfrente de algún mirador o ventana; algo había visto... Y en aquel momento, derechas y unidas su piernas, y colocados sus pies en escuadra cual militar en correcta formación, sacaba de la funda su violín y su arco, señalaba con éste a la joven que había visto asomada, y al mismo tiempo que la saludaba echando mano al sombrero, le dirigía frases corteses, le brindaba una canción y decía muy alto: “sólo por ti / suspiro yo, / pero olvidarte / monona mía, / no puedo, no”. A veces, desde un balcón le lanzaban alguna moneda. Él la besaba antes de meterla en el bolsillo de la chaqueta. Durante muchos años fue cobijado por un tal Temiño, en la cuesta de Gibaja número 3, piso primero, donde se solía presentar sin avisar de su llegada. Sostiene Gutiérrez Calderón en su libro que “salía todas las mañanas a las cinco, en ayunas, y no volvía hasta la noche, haciendo todas las comidas fuera de casa y recorriendo la población y los pueblos de los alrededores”. También sostiene Gutiérrez Calderón que “comía y cenaba ordinariamente en el establecimiento de la viuda de Anselmo, casa de comidas en la calle del Cubo...”. Cuando se marchaba de Santander, al mes de su estancia, iba a Torrelavega. Escribe Gutiérrez Calderón: “Iba solo, silencioso, bien aplomado su cuerpo y con andar seguro y desenvuelto, cubierta con un pañuelo blanco su gorra de visera, llevaba colgado de la espalda su maco pequeño de ropa y, además, su violín en su bolsa. Estaba en Torrelavega cuatro o cinco días a lo sumo, hospedándose en la casa de don Inocencio Revuelta y hermano, en la que dejó siempre fama de buen pagador y de hombre fino y considerado. Algunos años estuvo dos veces. “Sobre el año 1892 –cuenta Gutiérrez Calderón—recorría Asturias, pasaba por Llanes. En Oviedo se detenía unos quince días, visitaba las tertulias que al anochecer formaban las mujeres a las puertas de las casas y entre ellas conseguía algunos donativos de poca importancia. Se decía que desde allí se dirigía a Gijón y a las playas de Asturias, siguiendo su constante andar, sabe Dios por dónde. Se le vio en Avilés, con frecuencia en Vigo, en La Coruña, en Lugo, en Santiago de Compostela, y en la Puebla, frente a Villagarcía de Arosa, y se decía que no tenía residencia fija”. Llegó un tiempo en el que don Adolfito dejó de ir por Santander. Se temía lo peor. Un número de El Imparcial de febrero de 1904 despejó la incógnita. Bajo el epígrafe “Muerte de un trovador”, se contaba que don  Adolfito había fallecido en un lugar de Galicia que Gutiérrez Calderón no recordaba en su libro. Se le dedicó hasta una habanera.

Don Adolfito (II)





Como decía en mi trabajo anterior, en el Tomo II, página 94, de “La vida en Santander...”  se informa: “Por las calles de Santander anda don Adolfito, El trovador, que anunciaba el veraneo, que llamaba al buen tiempo con las notas inarmónicas de su violín; el maniático, que era respetado por chicos y grandes. Figura magnífica del retablo de tipos populares, que tan exuberante era entonces, que fue motivo de curiosos artículos biográficos en los que se anotaban los cantares que dedicaba a su amada”. Un poco más adelante puede leerse: “Mas el autor de ‘Sotileza’ está herido de muerte”, en referencia a José María de Pereda. Corría el verano de 1904. Pero, ¿quién era don Adolfito? Trataré de resumir lo que informa sobre ese personaje José María Gutiérrez Calderón entre las páginas 195 y 207 de su libro “Santander fin de siglo”. Dice Gutiérrez Calderón: “Era gallego, nacido en Santiago de Compostela en 1841. Se llamaba Adolfo Carballo García y pertenecía a familia de excelente reputación. Su padre era doctor en Medicina”. Según Félix Estrada Catoya, cronista oficial de La Coruña, por el año 1855 don Adolfito estudiaba Farmacia en Santiago. Estaba enamorado de Rosa Fernández Herrera, de familia oriunda de Puente Arce. Se casó con Rosa y durante un tiempo vivieron en casa de los padres de ella. El 13 de junio de ese año hubo una revuelta en Santiago y Pedro Fernández Herrera, entonces concejal del Ayuntamiento y capitán de la Milicia Nacional fue asesinado  por un miliciano nacional de la Segunda Compañía. El asesino, de apellido Vallejo, fue juzgado en Consejo de Guerra y fusilados tres días más tarde. “La muerte de don Pedro –sigue contando Gutiérrez Calderón—fue un desastre para aquella familia que se dispersó, ingresando la mayor de sus hermanas, Josefa, en el claustro, llegando a ser abadesa del convento de Santa Clara. Otra hermana, Isabel, casada con el médico Manuel Baraja, se marchó a Cabezón de la Sal, al ser nombrado su marido médico titular. Rosa, la hermana más joven de don Pedro y esposa de don Adolfito “murió llena de pena por la muerte de su hermano”. Don Adolfito enloqueció, dejó los estudios y se marchó de Santiago con un violín para correr una vida llena de desventuras de pueblo en pueblo. Más tarde vivió en Ribadeo con una hermana suya que estaba casada con un comandante de Artillería. Pero cuando menos se lo esperaba su hermana, don Adolfito desaparecía por tiempo indefinido aunque siempre terminaba regresando a Cabezón de la Sal. Hasta que un día apareció por Santander. Gutiérrez Calderón dice de él que “era de buena estatura, cuerpo bien formado, color moreno, ojos un tanto chispeantes, pelo oscuro, perilla larga y abundante y bigote del color de su pelo, aunque con asomos blanquecinos bien marcados ya, por los tiempos en que le vimos; tenía un porte caballeroso, movimientos desenvueltos y modales finos; iba vestido con americana, que siempre llevó abrochada, sombrero redondo de fieltro muy blando, color café, col ala corta vuelta hacia arriba y calzado muchas veces con alpargatas, todo muy usado, pero limpio y ordenado. Parecía ser lo que llamábamos ‘un señor venido a menos’. Compañero suyo era el violín del que nunca se separó, colgada de la espalda la bolsa de color verde oscuro recosida y remendada en que le llevaba guardado”.

Don Adolfito (I)





Ayer escribía sobre la desgracia que supusieron las dos explosiones del vapor Cabo Machichaco en la Bahía de Santander a finales del siglo XIX. También de la novela de José María de Pereda “Pachín González” inspirada en ese desastre y que fue la obra póstuma de ese autor montañés. Pues bien, hoy indagaré sobre don Adolfito, personaje popularísimo. Poseo en mi humilde biblioteca un libro, “Santander fin de siglo”, escrito por José María Gutiérrez Calderón y prologado por Vicente de Pereda (Ediciones Literarias Montañesas, Santander, 1935, Imprenta Aldus) dificultoso de encontrar en las librerías por tratarse de una edición agotada. En el prólogo, Vicente de Pereda, señala: “Hace muchos años sucedió lo siguiente: el novelista José María de Pereda tenía un primo carnal llamado Domingo de las Cuevas, natural de Comillas y morador constante de la liadísima villa montañesa. Cuevas era un hombre de verdadero ingenio en su conversación, particularmente al imitar los diálogos y maneras típicas de nuestra provincia, y al cumplir los sesenta años comenzó a publicar artículos ‘comillanos’ en los periódicos de Santander. Entonces su primo Pereda le dijo: --¡Ay Mingo, así se empieza! Acabarás escribiendo un libro--. Efectivamente, poco después del vaticinio Cuevas escribió un libro y el propio Pereda le puso un prólogo”. Vicente de Pereda hace referencia a Gutiérrez Calderón, otro primo suyo, que comenzó escribiendo artículos ‘santanderinos’ y terminó escribiendo este libro al que ahora hago referencia, pidiéndole un prólogo a su tío.Y aquí está trascrito parte de aquel prólogo. Pues bien, tengo otro libro “La vida en Santander. Hechos y figuras. 50 años- 1900-1949” que costa de cuatro tomos y que es una crónica yo diría que muy completa de la primera mitad del siglo XX. (Editorial Aldus, Santander, 1949). Fue escrito por Fermín Sánchez González, más conocido como Pepe Montaña, con prólogo de Tomás Maza Solano, cronista oficial de Santander. También diría que se trata de una edición dificilísima de encontrar en las librerías y que conservo como un tesoro. Pepe Montaña (Santander 1893-1971) fue comerciante (poseía una ferretería) y tras la Guerra Civil llegó a ser edil del Ayuntamiento de Santander. Fue, además de escritor, un gran comentarista deportivo y un excelente árbitro de fútbol. Llegó a arbitrar la final de la Copa del Rey en 1924, perteneció a la Junta Directiva de la Federación Cántabra de Fútbol, de la Federación Atlética Montañesa y miembro fundador y secretario del Real Club Marítimo de Santander. Disponía de un gran archivo periodístico y fotográfico. Le fue concedida la Cruz al Mérito Naval en 1956. Y abriendo el Tomo I de “La vida en Santander...”, en la crónica correspondiente a 1904, apartado segundo, Pepe Montaña hace referencia a dos cuestiones que aquí querría señalar: 1. Don Adolfito, y 2. La extrema gravedad de José María de Pereda por culpa de una apoplejía que le dejó hemipléjico del lado izquierdo. Murió dos años más tarde, el 1 de marzo de 1906.

lunes, 14 de agosto de 2017

La tragedia del vapor "Cabo Machichaco"





En verano, nada mejor que leer un libro interesante. Recomiendo “Pachín González”, del costumbrista José María de Pereda. Es su obra póstuma. En ese libro, de forma novelada, se narra la peripecia de un santanderino preparado para emigrar en un intento de salir de pobre y que el 3 de noviembre de 1893 pudo ser espectador del drama causado entre la ciudadanía por la explosión del vapor “Cabo Machichaco”, fondeado en la bahía de Santander. Comienza la novela:
“Salió de su casa el día preciso (el de los Difuntos, por más señas), después de oír las tres misas del párroco de su aldea; día bien triste, ciertamente, para los vivos, si tienen memoria para recordar y corazón para sentir, porque los hay que no sienten ni recuerdan, sobre los cuales pasan esas y otras remembranzas como el viento sobre las rocas”. (...) “Ello fue que la madre y el hijo llegaron a Santander, según lo anotó a pulso el jovenzuelo en su flamante cartera, «en la tardezuca del 2 de noviembre de 1893.
Lo cierto es que el 3 de noviembre de 1893 se produjo en el puerto de Santander la explosión del vapor “Cabo Machichaco”, perteneciente a la Compañía Ybarra y bajo las órdenes del capitán de la Marina Mercante, Facundo Léniz Maza. Prestaba servicio de cabotaje entre Bilbao y Sevilla con varias escalas, entre ellas las del puerto de Santander. En ese sentido, cuenta Alfredo Caballero Sardina: “El 3 de noviembre, el vapor abandonó el fondeadero de la ría de Astillero tras haber cumplido el plazo reglamentario de cuarentena, a causa de la epidemia de cólera que se extendía por su puerto de origen, Bilbao, atracando en el muelle saliente número 1, conocido como la tercera machina, frente a la actual calle de Calderón de la Barca. Entre otras mercancías, el ‘Machichaco’ transportaba algo más de 51 toneladas de dinamita procedente de Galdácano y varios garrafones de ácido sulfúrico en cubierta. De acuerdo con el Reglamento del Puerto de Santander, cualquier buque que transportase dinamita debía efectuar sus operaciones de carga o descarga en el fondeadero de La Magdalena o al final de los muelles de Maliaño. Sin embargo, esta normativa parece ser que era incumplida sistemáticamente con la connivencia de todos los responsables en aplicarla”. Sobre las 13’30 se declaró un incendio a bordo, del que fueron informadas las autoridades. Comenzó en cubierta y se propagó por las bodegas de proa. Lo cierto es que había explosionado una garrafa de ácido sulfúrico por razones desconocidas. Según Alfredo Caballero Sardina, “tripulaciones de algunos barcos anclados en el puerto, prestaron su ayuda en el intento de extinguir el fuego, entre otras, la del vapor correo “Alfonso XIII “que había llegado el día anterior a Santander tras su primer viaje a Cuba. También aportó su valiosa ayuda el trasatlántico español “Catalina” de cuya tripulación formaba parte Pachín González, el personaje que inspiró a Pereda la novela del mismo nombre. El fuego del barco atrajo a multitud de curiosos que, ajenos al contenido mortal de las bodegas, contemplaban despreocupadamente el fuego. Una hora después estallaron las bodegas. Muchos edificios cercanos de la calle Méndez Núñez, se derrumbaron. La onda expansiva se propagó por toda la bahía y cientos de fragmentos de hierro y otros objetos salieron disparados a varios kilómetros de distancia. La explosión produjo además una inmensa ola de agua de millares de toneladas, que arrastró a muchas personas al mar. Todos los que estaban a bordo dejaron su vida en la explosión. El trágico resultado fue de 590 muertos y 525 heridos. Santander tenía en aquel tiempo 50.000 habitantes censados. En esta tragedia fallecieron la mayor parte de las autoridades civiles y militares de la provincia, incluido el gobernador civil, además de bomberos, trabajadores y curiosos que se habían acercado a observar cómo ardía el barco. La magnitud de la explosión fue tal, que un calabrote llegó hasta la localidad de Peñacastillo, a unos ocho kilómetros de distancia, y mató a una persona. Un guardia halló dos piernas sobre el tejado de un almacén de madera a una distancia de dos kilómetros. En la playa de San Martín, a kilómetros de recorrido, apareció el bastón del gobernador civil, Somoza, que junto con otras autoridades se hallaba a bordo en el momento de la explosión. El ancla del vapor fue a parar al patio del colegio La Salle, a pocos metros del Alta, donde muchos años más tarde aún se podía ver como fúnebre monumento...”. Durante los meses siguientes se procedió a extraer la parte que no había explosionado. El 21 de marzo de 1894, sin embargo, días antes de la desaparición de sus últimos restos, el barco volvió a estallar y provocó la muerte de 15 buzos. El Ayuntamiento de Santander realiza un homenaje cada 3 de noviembre a las víctimas de la catástrofe del vapor “Cabo Machichaco”  justo enfrente del monumento, obra del escultor Cipriano Folgueras Doiztúa, situado entre la Estación Marítima y el Hotel Bahía.

domingo, 13 de agosto de 2017

Uebos o huebos





En El Español vienen hoy domingo, bajo el apartado La Jungla, “7 expresiones habituales que en su origen no significaban lo mismo”. Y entre esas expresiones aparece “¡manda huevos!”. Señala el diario digital a este respecto: “esta expresión que hiciera tremendamente popular Federico Trillo significa ‘hastío, cansancio’, pero su origen implica otro significado distinto. Como detalla Fundéu (Fundación del Español Urgente) la expresión tiene su origen en el arcaísmo “uebos”, que significa “necesidad, algo necesario...”. De inmediato consulto el “Diccionario secreto” de Camilo José Cela (Alianza Editorial, Madrid, 1974, t. I, pág.163, series coleo y afines). Y me llevo una sorpresa mayúscula. Dice: “Excepto en 1ª acep., es met. formal (los cojones semejan huevos. antón. por huevos de ave...”. (...) 1. Del lat. opus est, a través de la loc. impersonal cast. ant. huevos est. A mi entender, “huevo” procede del latín ovum. Y la palabra (así, en singular) “uebos”, (o “huebos”, con grafía normalizada) viene del latín opus. Ahí sí acierta Cela al referirse a necesidad, menester. Cela, por otro lado, hace referencia a los Fueros de la Novelera (Tilander, pág. 53): “Nuill hombre qui yta oveillas a pastor, ite las delant dos hombres que sean testimonios, si huebos fuere, que non pueda negar el pastor”. En resumidas cuentas, “madat opus!” equivale a decir “la necesidad obliga”. Gunnar Tilander (1894-1973) fue un hispanista sueco que publicó importantes documentos históricos, entre ellos, los “Fueros aragoneses desconocidos promulgados a consecuencia de la gran peste de 1384” (1ª ed. 1935; 2ª, 1959); “Los fueros de Aragón” (1937); “Documento desconocido de la aljama de Zaragoza” (1939, 2ª ed. 1959), “El Vidal Mayor” (1956) y “Los fueros de la Novelera” (1951). Y para terminar, una precisión: en los “Estudios de léxico histórico español”, de María Águeda Moreno Moreno y Marta Torres Martínez: en su página 24 se señala que ”el primer y único registro de la voz italiana ‘collone’ en la lexicografía española se halla tempranamente en el ‘Diccionario de arabismos’ de Diego de Guadix (1593). El vocablo se describe con el significado de ‘genital o testículo’. El sustantivo en plural ‘collones’ aparece en un manuscrito aragonés (“Libro de las maravillas del mundo”) de autoría anónima que narra el viaje a Jerusalén, Asia y África de Juan de Mandevilla: “Mas faze tan grant calor en aquesta isla/ et por la grant destreza dela calor los perpendiculos de lombre & los collones sallen fuera del cuerpo...”. “Así, -sigue exponiendo María Águeda Moreno- la forma ‘collone’ aparece genéticamente emparentada con la voz del latín vulgar ‘coleo-onis’  (testículo) y ésta del griego clásico”.

sábado, 12 de agosto de 2017

A propósito de la muerte de Terele Pávez





Me entero de que acaba de morir ayer viernes la actriz Maria Teresa Ruiz Penella, de nombre artístico Terele Pávez, hija del obrero tipográfico de El Ideal, afiliado a las JONS y diputado por Granada entre 1933 y 1936 dentro de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso y de Magdalena Penella, hija del músico Manuel Penella Moreno, autor de opera, revistas y zarzuelas. Su mayor éxito fue  “El gato montés”, estrenado en 1916 en el Teatro Principal de Valencia y con el que en 1919  obtuvo un gran éxito en el Park Theatre de Nueva York. En 1932 estrenó, en Barcelona, su ópera de cámara “Don Gil de Alcalá”. También es autor de “La Maredeueta” que la hizo popular Concha Piquer. El maestro Penella falleció en México, en 1939. Ramón Ruiz Alonso, padre de la hoy fallecida, fue el que detuvo a Federico García Lorca en la calle Angulo, de Granada, en casa de los Rosales. Ramón Ruiz Alonso en las elecciones de febrero de 1936 volvió a revalidar su escaño de diputado pero, tras una sospecha de fraude, las elecciones tuvieron que ser repetidas en Granada y Cuenca, y no obtuvo el acta. Al perder su escaño hizo un intento por  militar en Falange Española, pidiendo a José Rosales entonces jefe de Falange en Granada que intercediese ante José Antonio. Pero José Antonio no admitió que fuese “liberado” con un sueldo mensual de 1.000 pesetas, que era lo que entonces cobraba un diputado. Tras el estallido de la Guerra Civil, Alonso se afilió a Falange y fue uno de los organizadores del batallón “Pérez del Pulgar”.El batallón se disolvió cuando gran parte de sus componentes se pasaron al lado republicano cruzando las líneas del frente. Con la victoria de Franco, Ramón Ruiz Alonso no disfrutó de ningún cargo público. Tuvo cuatro hijas, tres de ellas actrices: Emma Penella, Elisa Montes (casada con el actor Antonio Ozores) y Terele Pávez. La otra hija, la pequeña, María Julia, se casó con un norteamericano y fijó su residencia en Las Vegas (Nevada). Ruiz Alonso enviudó en 1974, abandonó el barrio madrileño de Fuencarral y se marchó a vivir a la urbanización La Florida, donde tenía su domicilio Emma Penella. Según he podido leer en Granada Hoy (14/02/2010) “el último periodista que consiguió hablar con Ruiz Alonso, y obtener una entrevista personal en su casa de Madrid, fue Eduardo Molina Fajardo, director del periódico falangista Patria, de Granada. Estuvo detrás de él entre 1970 y el 29 de marzo de 1975 en que lo consiguió. A partir de ese día, no tenemos conocimiento de que accediera a hablar con nadie más sobre la muerte de Federico García Lorca. Tampoco sabemos si dejó escritas sus memorias bajo el título “Así se escribe la historia”. Sus miedos se fueron acrecentando, se sentía vigilado, quizás amenazado. Su hija Emma relató cómo pidió que le comprasen un pastor alemán para hacerle compañía en casa, hasta que se fue a vivir con ella. Dejó de vérsele por la calle aunque no salía mucho. El aluvión de información sobre la muerte de García Lorca le hizo sentirse muy incómodo. Con Franco vivo debió sentirse protegido, pero durante la agonía del dictador se llenó de intranquilidad y tomó la decisión de perderse para siempre”. (...) “Tan sólo unos días después de haber enterrado a Franco, el denunciante de Lorca se pasó por la embajada de EEUU en Madrid y solicitó visado para emigrar temporalmente. Después fue al Instituto Nacional de Emigración para completar la documentación. En su expediente, al que hemos tenido acceso, figuran sus datos y la última fotografía que se hizo en España. Ruiz Alonso se personó en el Servicio Provincial de Encuadramiento y Colocación de Madrid, perteneciente a la Organización Sindical, el día 5 de diciembre de 1975. Rellenó solicitud para emigrar a ultramar, concretamente a EEUU. Se dirigió a la Organización Sindical solicitando rebaja en el pasaje. El expediente abierto número 100631 fue resuelto el 14 de diciembre de 1975 de manera favorable, según nos ha relatado el funcionario que le atendió. Se le consiguió vuelo desde Barajas para el día 7 de enero de 1976. En su hoja de solicitud escribió los siguientes datos: Ramón Ruiz Alonso, domiciliado en Madrid, calle Maestro Chapí, 7, nacido el 14 de noviembre de 1903 en Villaflores, Salamanca, hijo de Ricardo y Francisca, de estado civil viudo, de profesión jubilado, con DNI 50.012.507, etcétera. Después se personó en la Embajada de EEUU para solicitar visado de turista, que le fue concedido desde el 15 de diciembre de 1975 hasta el 15 de abril de 1976. Aportó pasaporte M159862/73, con vigencia hasta el 23 de noviembre de 1978. El motivo de su viaje era turista y su destino el domicilio de su hija menor, situado en el 3576 Llear Lake, Las Vegas 89030 (Nevada)”. (...) “La residencia de su hija María Julia y su yerno Ward Messing en Las Vegas es una especie de adosado, estilo americano; allí pasó Ramón Ruiz Alonso los dos últimos años de su vida. Para ello, renovó periódicamente el visado de turista. Falleció en 1978 de muerte natural, a punto de cumplir los 75 años. Cuatro años después sus restos fueron trasladados en una urna y depositados en el panteón familiar de los Ruiz Penella, en la Sacramental de San Justo de Madrid. Allí reposan de forma anónima desde el 17 de octubre de 1982”. Poco se puede añadir al lector sobre la muerte de García Lorca. Está todo documentado. La orden de su fusilamiento llegó desde Sevilla, de Queipo. Pero nunca supieron sus asesinos el verdadero paradero de Fernando de los Ríos, que era en realidad la persona buscada. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Ginebra visitando a Pablo de Azcárate, que era secretario general adjunto de la Sociedad de Naciones. Ambos se desplazaron a reorganizar la embajada española en Francia, de la que De los Ríos se hizo cargo hasta la toma de posesión de Álvaro de Albornoz. Entre el 31 de agosto y el 5 de octubre de 1936 ejerció de rector de la Universidad de Madrid, que durante la guerra se vería obligada a trasladarse a Valencia. Posteriormente fue nombrado embajador en los Estados Unidos, permaneciendo al frente de la legación republicana hasta el final de la guerra, pasando entonces a ejercer como profesor en la New School for Social Research de Nueva York, ciudad en la que fijó su residencia hasta su muerte en esa ciudad el 31 de mayo de 1949.