sábado, 13 de mayo de 2017

Aún no existían las motos Harley-Davidson...





Hoy se cumple un siglo de las presuntas apariciones en Fátima de la Virgen a tres pastorcillos, a los que les comunicó tres mensajes proféticos de los de tocar madera. Con ocasión de ese centenario se encuentra en ese lugar el papa Francisco, que canonizará a dos de esos muchachos: Jacinta y Paquito. Todo apunta a que Lucía, la última en fallecer, será canonizada en un proceso separado. Yo estuve una vez en aquel “lugar mágico” aprovechando un viaje entre Lisboa y Oporto. Respeto la fe de los creyentes católicos, pero sólo encontré un extenso perímetro de complejos hosteleros donde en sus cercanías aparcaban muchos autocares de fervorosos de excursionistas. Muy cerca de ese lugar se encuentra Batalha, donde hay un importante monasterio, Santa María da Vitória, gótico tardío, fundado por Joäo I para agradecer el triunfo en la Batalla de Aljubarrota el 14 de agosto de 1385 contra las tropas del invasor Juan I de Castilla, que pretendía la absorción de Portugal, reino existía desde 1143, cuando se reconoció a Afonso Henriques como primer rey del nuevo Estado, rompiéndose así el vasallaje hasta entonces debido a Alfonso VII de Castilla. Pero aconteció que el 22 de octubre de 1383 falleció el rey Fernando I y hubo una crisis dinástica al no existir heredero varón. El trono correspondía por derecho a su hija Beatriz de Borgoña, casada con Juan I de Castilla, por lo que de heredar la corona portuguesa, el rey castellano se convertiría en rey de Portugal, lo que supondría la sumisión de Portugal a Castilla y la pérdida de su independencia. Según el Tratado de Salvaterra do Magos, el heredero del trono portugués debía ser el primogénito del matrimonio entre Juan I de Castilla y Beatriz de Borgoña, y la capital del Reino conjunto sería Toledo. Pero entonces resultó que los lisboetas proclamaron regente y gobernador al hermanastro de Fernando I,  Joäo, maestre de Avis. El rey castellano decidió entrar a la brava en Portugal en 1384 y cercar Lisboa. Fracasó. En abril de 1285 las Cortes de Coimbra proclamaron a Joäo, maestre de Avis, rey de Portugal. Juan I de Castilla volvió a invadir Portugal el 8 de junio de 1385 por la frontera de Salamanca con 40.000 soldados de leva. El resultado fue la batalla, donde el pánico se apodero de los soldados castellanos. El cobarde Juan I de Castilla, en vista de la situación que se le planteaba, tomó las de Villadiego cabalgando toda la noche hasta Santarém. El balance de esa “aventura” castellana fue la siguiente: en el campo de batalla murieron alrededor de mil soldados portugueses. Las bajas en las tropas castellanas  fueron de cuatro mil muertos y cinco mil prisioneros. En su cobarde huida, se calcula que murieron otros cinco mil castellanos. Castilla permaneció de luto durante los dos años siguientes. Con lo que se demostró que Castilla no estuvo a la altura de las circunstancias, que a Juan I, aragonés de nación, le mató su ambición y que quedó demostrado que no existe enemigo pequeño. Juan I de Castilla murió  a extramuros del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1390 al caerse de un caballo que le habían regalado. Aún no existían las motos Harley-Davidson con gastos a cargo de Patrimonio. Eso llegó con los siglos.

viernes, 12 de mayo de 2017

Un estéril ejercicio de melancolía




Eso dice El Mundo en su editorial de hoy con respecto a los deseos del la Izquierda de expulsar  de su "pirámide" al Faraón de Cualgamuros: que es "un estéril ejercicio de melancolía". Parece evidente que el Gobierno que preside Mariano Rajoy “aparcará” la exhumación de Franco del Valle de los Caídos de la misma manera que “aparcó” inexplicablemente la Ley de la Memoria Histórica impulsada por Rodríguez Zapatero, no por derogarla, que no está derogada, sino por falta de dotación económica, que es peor que su derogación. Una proposición no de ley no obliga a su cumplimiento, pero deja constancia política de unos deseos democráticos. El Gobierno, inexplicablemente, hace referencia a las dificultades que  podría plantear a la familia del dictador sacar los restos del sátrapa y trasladarlos a otro lugar, por ejemplo el panteón de Mingorrubio, donde está enterrada Carmen Polo Valdés y donde estuvo enterrado su nieto Francisco de Asís, fallecido en accidente de tráfico, antes de que se trasladasen sus restos al Monasterio de las Descalzas Reales, donde descansan los restos de su padre, Alfonso de Borbón Dampierre y de su tío Gonzalo. De hecho, el Ayuntamiento de Madrid asume el mantenimiento de la capilla y la cripta privada, construidas ambas con fondos del Estado, por un acuerdo firmado con Patrimonio Nacional en 1975. Allí se pensaba que iban a ser enterrados Franco y su mujer. Pero hubo durante su larga agonía en La Paz un “cambio de planes”. Según Rufo Gamazo, “bajo las órdenes de Carlos Arias Navarro, con la sanción de Juan Carlos y por sugerencia del Servicio Central de Documentación y la alta jerarquía militar, antes de la Operación Lucero”. En ese sentido, relata el periodista Jorge Vilches (La Razón, 04/04/2017) que “según el general Juan María de Peñaranda, el Servicio Central de Documentación (Seced) –Cesid desde 1977, y luego CNI–, dependiente de Presidencia de Gobierno, fue el encargado de la elaboración de un plan completo y minucioso para que “se cumpliesen las previsiones sucesorias”. Todo se hizo al margen de la opinión de Franco y de su familia; es más, el marqués de Villaverde, yerno del dictador, no fue más que un obstáculo durante esos dos años. La idea era aquello que entonces se oía: ‘Después de Franco, las instituciones’. El equipo del Seced estudió hasta los detalles más pequeños. La familia tenía un panteón en El Pardo, pero no se sabía si quería ser enterrado allí, en el Pazo de Meirás, en el Tercio de la Legión, o en el Valle de los Caídos. Arias dijo que no había que consultar a la familia, porque quien moría no era Franco, sino el Jefe del Estado, y ‘se le va a enterrar donde nosotros digamos..., a no ser que hubiera dejado el propio Franco algo dispuesto’. En secreto decidieron que se enterrara en el Valle de los Caídos, un conjunto escultórico que no estaba pensado para eso, pero que evitaría las manifestaciones descontroladas y el vandalismo por su aislamiento. Por esta razón, y de forma urgente, se hicieron obras tras el Altar Mayor para albergar el cadáver del dictador...”. (...) “La imagen de solemnidad y evitar el ridículo eran otras de las prioridades de Arias. Se decidió que el Palacio de Oriente, donde Franco hacía sus emblemáticas apariciones, era el lugar más conveniente para la asistencia de la gente: más vistosidad y mayor control. Sin embargo, el recorrido del féretro presentó problemas por las resbaladizas cuestas que comunican el Palacio con la carreta de La Coruña. Saltó la alarma cuando se dieron cuenta de que un coche de caballos, tirando del enorme peso de un armón, podía dar un paso en falso y el que el féretro se moviera o cayera. Una foto o una toma de televisión de este tipo echarían por tierra la imagen de la sucesión solemne. Se decidieron entonces por un vehículo militar, al que se le acopló con mucha dificultad un féretro, pero que aseguraba la tranquilidad...”. En fin, como en el microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.


jueves, 11 de mayo de 2017

El tío el fagot






De la muerte de Ramiro Carramiñana me enteré por Penicilinas. Me encantaba la idea de que ya no pensaba volver al Seminario en octubre. Aquel verano, él y yo nos hicimos grandes amigos. Penicilinas era hijo del mancebo de botica de la oficina de farmacia del pueblo, cuyo licenciado, don Mamertino Ruiz del Árbol, casi no aparecía por ella, salvo por las tardes para llevarse la recaudación.
            Penicilinas era espigado, con el pelo ralo y una cierta propensión hacia el gorroneo más acendrado. Por aquellos años faltaba casi de todo y, recuerdo, él y yo llevábamos pantalones bombachos, patillas muy altas y un esbozo de bigote acorde con nuestra gloriosa pubertad.
            Casi todas las tardes gustábamos de caminar junto a la carretera que hacía hilo con Zaragoza. Saludábamos, esperando respuesta, a los primeros turistas extranjeros que desconocían nuestro idioma y nuestras costumbres, poco acordes con el resto de Europa. Otras veces, por variar, nos acercábamos hasta la  Estación de FC., siempre coincidiendo con la llegada del tren correo de Ariza, más que nada por ver el glorioso cuerpo de Adela, la mujer del factor de noche.
            --Niño, déjame pasar.
            La casa del pobre Ramiro estaba situada en la calle Estrecha. Su verdadero nombre no era ese, sino calle de Federico Mistral, aunque todos la llamábamos así. No me pregunten por qué, que no lo sé. Allí acudimos Penicilinas y yo dispuestos a ver en el difunto la brevedad de la vida, cuya alma guarde Dios, amén de por si caía algo dentro de nuestro maltrecho cuerpo de chicos de posguerra.
            En el portal, un crespón negro anunciaba el luto de los moradores. El tío del fagot ni se inmutaba. Sentado en una silla de tijera, junto a un botijo, había dejado de interpretar “Orquídeas a la luz de la luna”, con los ojos en blanco y la cara de cartón.
            El tío del fagot sabía muchas historias; de cuando sirvió al Rey en Burgos, del viaje hasta Montijo por cuestiones de una herencia, y el día en que robó al párroco la llave de la Iglesia, para poder tocar en el armonio las sinfonías K-1 y K-2 de Scarlatti y el Adagio de Albinoni.  Me contó, antes de que la vista le traicionase, lo del baile frustrado y el caso de la meretriz piadosa. Sólo lo hizo en una ocasión. Nunca más volvió a darme detalles de ambas cuestiones, por más que le tirara de la lengua, que fueron muchas las veces. Dejó de hablar conmigo y con todo el mundo, así, por las buenas, un día cualquiera y sólo por san José rompía el silencio y contestaba a todo el mundo cuanto quisieran saber sobre él. El resto del año lo pasaba soplando el fagot, matando moscas con rete y mango a ciegas y liando cigarrillos de picadura selecta.
            --Le acompaño el sentimiento.
            Lo del baile tiene mucha gracia saliendo de su boca, ahora  sellada. Imagina un local muy blanco y limpio, separado en dos mitades iguales por una densa cortina opaca de terciopelo que cuelga del techo. A uno de los lados queda el ambigú, los veladores y unas comadres trasegando gaznate abajo horchata fría, mistela y agua de búcaro. Al otro lado de la cortina, las parejas apechugaditas bailando el fox-trot ese, la polca y la pachanga, con aseo y marcando el paso como mandan los cánones de Las Alpujarras. Todo perfecto, hasta que un gamberro tira de la cortina por colgarse en ella y tapa a todos, o sea, parejas de baile, comadres, voyeurs de barra, camareros... Y del griterío se pasa a la histeria colectiva, a los ahogos, a los restregones a discreción y al sálvese quien pueda. Y aquel gamberro, mira que los hay bordes, oye, no teniendo bastante con el cirio montado, apaga las luces de la pista y suelta una colección de petardos y bombas fétidas bajo la siniestra capa, a lo cafre, oye, que a la Miguela, la del tío Brocha, casi le cuesta la vida esa gamberrada. Yo es que me pongo encanado de risa sólo de recordarlo.
            La calle Estrecha tenía forma de ele y no medía más de dos metros de anchura. Al tío el fagot, según me contara un día de san José, le recordaba la calle del Potro, de Sevilla. Allí enganchó unas purgaciones de garabatillo el mismo año en que se acabara la guerra de África. Dice que se las curó con el aceite inglés y el “salvarsán”, que ya existían.
            En el silencio compinchado de la noche morada podía escucharse como un lamento gitano aquel enrarecido “ora pro nobis”, repetido una y mil veces, y que parecía salir astillado por las rendijas de las persianas y las celosías del piso superior.
            --¿Subimos?
            --Vale.
            En principio dudamos sobre la conveniencia o no de entrar en aquella casa. Nos pudo la morbosidad, el aburrimiento, o las dos cosas a la vez. A Penicilinas le animó el hambre, ya que sabía que siempre podría echar algo al cuerpo, dadas las costumbres. Hay dos cosas, pensé, que encandilan a los españoles. La primera de ellas es la de mover cadáveres de un lado para el otro; la segunda, los uniformes y las gorraviseras. Ignoro el motivo.
            --Anda, pasa tú primero. Te conocen más.
            --Bueno.
            En la habitación donde yacía Ramiro Carramiñana sobre una cama con colcha de ganchillo, unas mujeres enlutadas gemían, hacían silencios largos, se abanicaban, miraban el cadáver, rezaban algo, y así toda la noche. Impresionaban los cirios puestos en las mesillas, que daban un aspecto tétrico. Unas moscas muy pesadas rondaban por la alcoba. El calor era también muy raro.
            En otra habitación con más luz, varios hombres, sentados en torno a una mesa camilla vestida de verde, y con un tapete de ganchillo parecido al existente en la cama del difunto, bebían  anís “Las cadenas”, brandy “Tres cepas”, “Machaquito” y licor “Izarra”, que hacía juego con el tapete. Una vela a medio consumir alumbraba las imágenes de los santos Teopompo y Sinesio, quienes miraban al cielo con cara descansada, como después de utilizar el “Laxén-Busto” con aprovechamiento. Al lado de los santos, un diploma de “Corte y Confección” ponía la nota académica a la noche serena y cálida de espantos. En la otra pared, un anuncio de “Hipofosfitos Salud” servía de soporte a un calendario raquero.
            --Haga el favor, hombre, me acerque la escupidera.
            --Sí señor.
            --¿Hace un “Machaquito”?
            --No señor.
            --¿Es usted abstemio?
            --Puede...
            El diploma de “Corte y Confección” había sido expedido por la Academia  Elegance a la señorita María Carrodilla Carramiñana del Río, por la aplicación demostrada durante el curso 1947-48, según rezaba, en la calle Cuatro de Agosto, 4, de Zaragoza. O sea, en El Tubo. En otro rincón, sobre una máquina de coser “Singer”, estaba colgado el retrato de primera comunión de Tolentino Carramiñana del Río, hermano de la anterior, hijo del difunto y que, ahora, pasado el tiempo, ejercía con aseo la venta de lencería fina de la casa “Cañamares, S. en C.”, por la parte e Osorno, provincia de Palencia.
            --Capicúa.
            --¿Mande?
            --La academia. Lo pone ahí.
            --¡Ah!, pensaba...
            En la calle Estrecha seguía tocando el fagot el ciego. Ahora intentaba “Lilí  Marlén”, en Do sostenido, con los ojos en blanco, como los santicos liliputienses.
            Un vecino, que se servía otra copita, ahora de “Izarra”, dijo que impresionaba Ramiro sobre la cama, con traje oscuro y la boina calada hasta las orejas. Yo nunca había visto de cerca el rostro de un difunto y hervía de curiosidad. Como sólo había un sitio disponible, se lo cedí a Penicilinas. Le resultaría más fácil arrimarse a las rosquillas. Me quedé de pie, junto al quicio de la puerta. Entonces, y  aprovechando que don Mamertino llegaba en ese momento y quería ver el cadáver de Ramiro, me colé de rondón. Casi me desmayo. Entre la oscuridad, las velas, la falta de ventilación y aquel raro olor a no sé qué, se me cambió la color hasta semejar una de esas muñecas de porcelana china. El movimiento sinuoso e intermitente de las velas conseguía que pareciese que Ramiro respiraba a tumbos. Su desconsolada viuda, Petra del Río González, lloraba a calzón quitado. Se había maquillado y tenía boquita de piñón. De la cama del difunto pendía una gran cruz de metal que casi daba en el suelo. En la pared, a un lado, estaba la foto de boda en blanco y negro, retocada y coloreada por un aprendiz. No eran ni parecidos, ni los hubiese reconocido la madre que los parió. Las prendas de ganchillo atafetanadas, como la del tapete del cuarto de estar, o la de la colcha del difunto, las enviaba desde caracas una hermana del tío del fagot, Giselda, dueña de una casa de lenocinio, que había marchado a  América  cuando salió huyendo de Franco y  coincidiendo con la toma de Barcelona por las tropas nacionalistas. En Caracas conoció a Pepito Acuña, nada más desembarcar en el puerto y despedirse del vapor Escolano, que la había llevado sin ahogarla. Cuando escribe cada año, por Navidades, utiliza palabras que no entendemos los de aquí, tales como chavetado, campisto, percusio, monifato, zarandajo, sariposo...
--Haga el favor, hombre, me pase una rosquilla.
            --Sí señor.
--Queso también.
            --Sí señor.
            Del cuarto de al lado salió un gemido insufrible, coincidiendo con los Misterios Dolorosos del Santo Rosario.
            --Anda, se hace tarde.
            Penicilinas se levantó de la silla a regañadientes, tras haberse metido entre pecho y espalda dieciséis magdalenas, siete rosquillas, tres vasos palmeros de mistela y una copita de “Izarra”, por no hacer un feo.
            El tío del fagot, hermano de Giselda, había cambiado ahora el ritmo y se inclinaba por una milonga.  La luna parecía tonta, con cara redonda de carne con ojos.
            --Eres un capullo, Mamertinito. No piensas más que en comer.
            --El que come, escapa.
            A Penicilinas le había puesto el cura al nacer el mismo nombre que tenía el farmacéutico. Los motivos eran dos: uno, por darle coba al jefe; y, dos, por ver lo que caía. Y cayó una estilográfica “Pelikán” con plumilla de oro, y un lote de medicamentos compuesto de seis cajas de “Hepal-crudo forte”, tres cajas de “Ceregumil” y una lata de congrio en vinagre, de “Alfageme y Cía”. Vigo. España.
            Lo de la meretriz piadosa bien merecería capítulo aparte, aunque sabe Dios  que el tío del fagot era la sapiencia personificada y que, cuando contaba algo, sólo el día de San José, lo hacía con elegancia, exento de jactancia y, únicamente con deseos de enseñar al que no sabe. Era hombre de mundo, amarrado ahora al oscuro rincón por la ceguera.
            --Maestro, ¡qué bien se está callado!
            --Mejor se está sin decir ná.
            Pues resulta que aquel año se inauguraba la fuente de cinco caños en La Almunia de Doña Godina y, contaba el tío del fagot que apareció por ese lugar el Gobernador Civil,  que era un falangista de la primera hornada, un tal Pardo de Santayana, con un rabo de guardias civiles. Por aquellas fechas, el tío del fagot tuvo que ausentarse del pueblo y marchar hasta La Rinconada, cerca de Sevilla. Hizo una escapada y estuvo dos días hospedado en una fonda de la calle San Eloy, cerca de Sierpes. En la Alameda de Hércules, o en la calle Feria, o por allí cerca, conoció a una mujer de bandera que hacía las esquinas, pero con salero, no como esas otras que se quedan como un saco de patatas fritas esperando que te desahogues cuanto antes. Y el tío del fagot, que siempre presumió de hombría y carajo se marchó con ella, ya sabes, a esas cosas... Para qué te voy a explicar, si tú tienes pelos en los cojones. No veas, escucha, cuando subieron las escaleras y dieron con el ático de la dama. Un cuarto oscuro, con un catre destartalado, una mesilla de noche que no te quiero ni contar y, para acabar de enredarla, una santa, o una virgen, que todas se parecen, con lamparillas de aceite, sobre un altillo. Pero no es eso lo peor. Para mis entendederas, aquello era como lo del baile aquel, con el gamberro de marras, la cortina que se cae; vamos, un caso. Total, a lo que iba, que la tía se desnuda y se queda en porretas sobre el jergón. Pero al otro lado de la cortina salían unos quejidos negros muy lastimeros. El tío del fagot se empezaba a poner nervioso y, según me dijo, ya no tenía ganas más que de marcharse. Hizo de tripas corazón, se metió en la cama con ella y sin poder resistir la curiosidad por más tiempo preguntó qué era lo que pasaba al otro lado de la cortina. “Nada –le contestó la rabiza--. Ahí está mi madre agonizando desde hace seis semanas”. Mira, escucha, el tío el fagot se puso los pantalones, salió a la calle, pilló un taxi, regresó a La Rinconada y nunca más volvió por Sevilla, ni tan siquiera cuando le tocó el viaje aquel de la Caja de Ahorros con todo pagado. Prefirió, eso sí, conquistar en el pueblo a la criada del farmacéutico, que era de Siétamo, y hacer lo que se pudo, hasta el día en que la echaron de casa por sisar en la compra.
            Amanecía cuando nos íbamos a dormir. Faltaban pocas horas para que Ramiro recibiera sepultura. El tío del fagot había guardado el instrumento en su estuche. Estaba fatigado de interpretar aquella cálida y larga jornada. Necesitaba descansar,  consciente de que nada es tan llevadero como un gustoso hartazgo de música de viento en el silencio mudo de la noche morada.

El humo ciega tus ojos




A Luis María Anson se le va la pinza. Su obsesión por la figura de Juan de Borbón raya lo patológico. Hoy, en su “canela fina” de El Mundo vuelve a pretender hacer comulgar al lector con ruedas de molino. En su artículo La abdicación, 40 años después, Anson recuerda cuando “Juan III abdicaba en su hijo Juan Carlos I los deberes y derechos a la Corona que había defendido de forma ejemplar y dignísima frente a la dictadura de Franco, durante cuatro décadas”.Y seguidamente, Anson escribe: “A la muerte del ‘caudillo de España por la gracia de Dios’, el 20 de noviembre de 1975, Don Juan fue presionado hasta la náusea por muy diversos personajes para que abdicara. Se negó en rotundo”. Y yo me pregunto: ¿De qué tenía que abdicar? Los deberes y derechos de la Corona que había ostentado su padre, Alfonso XIII, los perdió la noche del 14 de abril de 1931 cuando éste huyó de España, como describe Alejandro Torrús en el diario Público (14/04/2013): “primero se dirigió a Cartagena en su coche deportivo de lujo y allí embarcó en el buque 'Príncipe Alfonso' con destino a Marsella. Nunca más volvería en vida. Sus restos fueron traslados a España en 1980 siendo recibidos por su único hijo vivo: don Juan, el que nunca fue rey. Los ministros del gobierno del almirante Aznar estaban reunidos en Palacio desde las 12 del mediodía. La decisión de ‘empaquetar’  rey hacia Marsella fue tomada el día antes, el lunes 13 de abril. El gobierno había explicado a Alfonso XIII que en caso de querer batallar con las armas el resultado de las elecciones municipales del 11 de abril no podría contar con gran parte del Ejército y de la Guardia Civil. Solo el ministro de Fomento, Juan de la Cierva Peñafiel (el que según Azorín "se apoya en un abominable bastón de cerezo, comprado en la Dalia Azul de Murcia"), defendía que el monarca debía permanecer en España. El rey, aseguraba, no quería que se derramara sangre por él. Años más tarde, cuando la Guerra Civil y en una situación óptima para la victoria, Alfonso XIII olvidó el pacifismo, el amor a su pueblo y apoyó fervientemente al general Franco”. ¿O es que nadie se acuerda ya de cuando Juan de Borbón pretendió unirse a los rebeldes en la columna de Somosierra? Según José María Zavala, la entrada a España para unirse al bando franquista se produjo por el paso de Dantxarinea (Baztán), acompañado por el conde de Ruiseñada y el infante José Eugenio de Baviera.  Al llegar a Pamplona, Juan de Borbón con el nombre falso de Juan López se puso su ‘traje de luces’, o sea, un mono azul y la boina roja carlista con un emblema falangista en la solapa. Hasta que recibió un recado de Emilio Mola para que se marchase por dónde había venido. Pero eso no fue todo: el 7 de diciembre de 1937 Juan de Borbón mandó un mensaje a Franco para que se le permitiese incorporarse de marinero en el crucero Baleares. Digo más, el  9 de abril de 1939 y a toro pasado  Alfonso de Borbón Battenberg envió desde Roma un telegrama a Franco para ponerse a su disposición. Decía literal: “A sus órdenes, como siempre, para cooperar en lo que de mí dependa a esta difícil tarea, seguro de que triunfará y de que llevará a España hasta el final por el camino de la gloria y de la grandeza que todos anhelamos”. A Luis María Anson, acólito turiferario, no sé si con alba y cíngulo, habría que pedirle rigor en el manejo de turíbulo en la incensación, es decir, de atrás para adelante, a favor de los Borbones (que no constituyen el sacramento de mi fe), por evitar que el humo ciegue sus ojos y los del portador de la naveta.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Un párrafo por día




Francisco Umbral, en La noche que llegué al Café Gijón (Ediciones Destino. Barcelona. 1ª edición, dic. 1977) retrata de maravilla  al extremeño Eusebio García-Luengo. Dice de él que “lo suyo era el artículo. Iba todas las mañanas a hacer un artículo al Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao. El artículo le duraba una semana. Un párrafo por día, y punto y aparte. Sus artículos, de folio y medio o dos folios, constaban de seis párrafos. –Me tomo la cerveza, me voy a casa y hasta el párrafo del día siguiente--.” Bueno, Umbral creo que exageraba bastante. Fue un gran escritor de teatro, ganó el primer premio de novela “Café Gijón” con la obra La primera actriz, la revista Índice le publico Las supervivientes y tuvo la mala suerte de que una editorial de Valencia, que le había publicado la novela No sé, se inundase y  desaparecieran miles de ejemplares en el mar por las aguas arrastradas. También la revista Garcilaso le publicó su obra ¿Por qué?, varios ensayos y miles de artículos en los más diversos medios: ABC, Arriba, Letra, Nueva Cultura, Índice, Proel, Garcilaso, Corcel, El Urogallo, Almotamid, Revista de estudios políticos, Cuadernos hispanoamericanos, El Correo Literario, Cuadernos de literatura contemporánea, Acanto, La estafeta literaria, Leviatán, Murta o El Español.  En teatro publico, entre otros trabajos, El retrato, Entre estas cuatro paredes, El celoso por infiel, Los hijos, El pozo y la angustia, Por primera vez en la vida... Murió en Madrid a los 94 años en diciembre de 2004. Está enclavado en la “Generación del 36”.

martes, 9 de mayo de 2017

Unas necesarias precisiones




Inexplicablemente, la proposición no de ley socialista para exhumar los restos de Franco de su emplazamiento en el suelo horadado del paraje de Cuelgamuros, en el macizo de Guadarrama, no parece que vaya a prosperar, si tenemos en cuenta que el Partido Popular no está por la labor y de que no cuenta con el respaldo de esa iniciativa de Podemos o ERC. Al final va a ser cierto aquello de que contra Franco vivíamos mejor. Por todos es sabido que el fascista que ganó una guerra murió  en el sanatorio madrileño de La Paz y en su cama hospitalaria. A su yerno, el marqués de Villaverde, se le atribuyen presuntamente unas  fotografías le Franco en la UCI, lleno de tubos, que circularon en algunos semanarios. El caso de José Antonio Primo de Rivera es distinto, ya que fue fusilado en la prisión provincial de Alicante por conspiración durante la Guerra Civil. José Antonio murió tras el tiro de gracia de Guillermo Toscano, que también se los dio a Ezequiel Mira Iñesta, Luis Segura Baus, Vicente Muñoz Navarro y Luis López López, que acompañaron al jefe de Falange Española ante el pelotón de ejecución, compuesto por 14 fusileros, entre anarquistas, soldados del Quinto Regimiento y guardias de asalto, que dispararon con Mauser modelo Oviedo1916. José Aznar Esteruelas, médico forense, casado, de 56 años y natural de Zaragoza,  el 3 de mayo de 1940 declaró ante el juez lo siguiente: “Me tocó por turno, como médico forense, asistir al fusilamiento de José Antonio y de los otros cuatro presos, fusilamiento que no presencié pues esperé en uno de los pasillos de la cárcel provincial a que se llevasen a cabo, para después certificar las muerte. Puedo manifestar que a uno de los otros cuatro fusilados le tuvieron que disparar dos tiros de gracia, pues parece ser que principalmente en el momento de la ejecución se cuidaron de apuntar a José Antonio y descuidaron a los demás”. El otro forense, Manuel Hurtado Martínez, de 65 años, casado y natural de Murcia, declaró: “Como médico de la Beneficencia Municipal concurrí a esos fusilamientos, acto que no presencié, pues me escondí tras un recodo para no verlo”. A ninguno de ellos se les practicaron autopsias. El certificado de defunción de José Antonio tuvo que ser expedido en Alicante el 5 de julio de 1940, por orden del Juzgado de Primera Instancia número 2, en presencia del juez municipal Federico Capdepón  Icabalceta y del secretario del Distrito del Norte, Rafael Martínez Bernabéu. El acta de la defunción se encontraba depositado en el Registro Civil, sección de Defunciones, al folio 313 del tomo 19.

Las medallas y los méritos




El hecho de que Margarita de Borbón, hermana del anterior jefe del Estado, haya recibido la Medalla de Oro de la Real Academia Nacional de Medicina pone de manifiesto que las medallas de oro entregadas por Instituciones tenidas por prestigiosas tienen menos valor que un euro de madera. Alguien con capacidad bastante que me explique los méritos ha hecho esa señora para conseguir tamaña distinción. La duquesa de Soria (también duquesa de Hernani, tras el fallecimiento de Manfedo de Borbón y Bernaldo de Quirós, que vestía ligas en la pantorrilla. Habría mucho que hablar sobre el testamento de “tío Manfredo” y el cabreo de los Méndez de Vigo) según señalan los medios, ha vuelto a su actividad oficial tras una rotura de cadera. Estoy harto de escuchar que a alguien le cruje la cadera cuando tras un accidente se cae al suelo y se la rompe. Eso es cierto en algunos casos, como el de su hermano mientras cazaba elefantes en Botsuana, un país con más animales que personas. Pero lo normal es que uno se caiga al suelo como consecuencia de una fractura de cuello de fémur, concretamente entre la cabeza y el trocánter mayor. Suele ocurrir en ancianos. Pero lo que me choca es que la prensa diga que “Margarita de Borbón ha vuelto a su actividad oficial”. Servidor de ustedes, que pertenece a la clase social más ínfima, la más numerosa de las naciones, la de los perros abandonados en la carretera, y de la que se siente orgulloso, no atina a comprender en qué consiste “la actividad oficial” de esa dama. Comprendo que la culpa es mía, por confundir los orzuelos con los defectos del paisaje y no acabar de entender los beneficios que las infantas de España aportan al bienestar del común de los ciudadanos, verbigracia Cristina de Borbón. Me consta que la RANM dispone de 50 sillones y que en ellos se sientan destacados miembros de las distintas disciplinas médicas simbolizadas en cada uno de esos sillones donde, por cierto, asienta sus posaderas Carlos Zurita, duque consorte. También, que la RANM se creó en el siglo XVIII por ese afán borbónico de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Cada día que pasa me siento más republicano.