viernes, 20 de julio de 2018

¿Acaso somos lerdos?



El pasado 18 de mayo el Consejo de Ministros aprobaba el Real Decreto 293/2018 de acuerdo con la normativa europea, para que los establecimientos comerciales se vean obligados a cobrar por las bolsas de plástico que dispensan. Un Real Decreto que entró en vigor el pasado 1 de julio. El Gobierno no fija el precio, pero ofrece en el Real Decreto un anexo con precios orientativos. Para las bolsas de más de 15 micras se propone un precio de 15 céntimos por unidad. Lo veo bien si es por respeto al medio ambiente. Pero hay algo con lo que yo, como consumidor, no estoy de acuerdo. A mi entender, las bolsas que se despachan y se cobran al usuario no deberían llevar publicidad alguna del establecimiento. No parece que sea de recibo que, encima de tener que pagar la bolsa, anunciemos al comercio que la expende, es decir, que los clientes  que portamos la bolsa hacemos propaganda del comercio que nos la ha facilitado y vendido sin recibir nada a cambio por el hecho de anunciarles. Ese detalle también debería haberlo tenido en cuenta el Gobierno en su Real Decreto. Pero no, se ha limitado a señalar unos “precios orientativos” que no todos respetan. En definitivas cuentas, siempre será una forma barata de publicidad para las tiendas que las distribuyen. Por esa razón habría que exigirles a las tiendas que las bolsas que nos despachan y cobran estuviesen libres de anuncios publicitarios. A mi entender, la publicidad hay que pagarla. ¿Acaso llevan gratis los taxis la publicidad en sus puertas? ¿Y los autobuses urbanos? ¿Y las marquesinas y mupis anuncian gratis? Definitivamente, al ciudadano le toman por idiota. O es que tal vez seamos somos tontos y no lo sabemos. ¿Quién no va haciendo publicidad de ropa cuando lleva puesto un polo con un conocido cocodrilo? Un artículo, en este caso el polo en cuestión, por el que ha pagado una cantidad considerable sólo por el hecho de poder lucir la marca. Al conducir nuestro coche también vamos haciendo publicidad de la marca y tampoco le exigimos al concesionario que elimine los distintivos, o que nos pague por hacerle publicidad. Y ya el colmo llega cuando bajo la matrícula trasera del vehículo te colocan el nombre y el teléfono del concesionario que te lo ha vendido sin pedirte permiso. Sí, creo que somos lerdos, que los comerciantes lo saben y de eso se aprovechan.

"Cachondeíto fino"



Hoy, Antonio Burgos, en las páginas de ABC, hace “cachondeíto fino” con la propuesta ciudadana y de la Junta de Andalucía de que se desentierren los restos del general Queipo de Llano en la iglesia de La Macarena. Queda claro que, de hacerlo, ni bajarán las cifras de paro, ni se eliminarán los atascos en el Puente del Amarillo, ni se terminará con ello el problema de las migraciones, ni con la violencia machista, ni con la corrupción, etcétera. Una cosa nadas tiene nada que ver con la otra. Pero si se exhuman los restos de Quipo de La Macarena de una puñetera vez se habrá dado un paso gigantesco en la devolución de la dignidad de los sevillanos. Queipo, además de golpista, fue responsable de muchas muertes. Queipo, al que Franco le hizo marqués, había dirigido en 1930 la “cuartelada de Cuatro Vientos”, llegó a ser consuegro de Niceto Alcalá Zamora y fue el responsable de la muerte de 3.028 ciudadanos en el corto periodo del comienzo de la Guerra Civil y enero de 1937. Para el que no lo recuerde, en 1930 y tras el fracaso de la sublevación de Jaca,  Queipo, por entonces en la reserva, Ramón Franco y un grupo de oficiales y paisanos asaltaron el aeródromo de Cuatro Vientos en un intento de promover una insurrección republicana en contra de Alfonso XIII y que terminó siendo sofocada por el general Orgaz. Paca la Culona, como le motejaba Franco, fue según Ian  Gibson quien ordenó el fusilamiento de  Federico García Lorca con aquella frase histórica de “café, mucho café” dicha a Valdés por teléfono. Sería larga la lista de fechorías realizadas por ese general, amigo de arengar a través la radio, cuyo fajín lució la Virgen Macarena durante casi cuarenta años en sus desfiles procesionales por las calles de Sevilla. Antonio Burgos podría ahorrarse lo que él denomina como “cachondeíto fino” y dejarse de hacer encomio de un franquismo trasnochado que llena de vergüenza a todos demócratas. O sea, guasas, chacotas y zumbas, las justas. El “cachondeíto fino” y la ironía son una cosa. La ponderación de los culpables de la mayor tragedia histórica del siglo XX en España, otra. Y Bieito Rubido, director de ABC, debería tenerlo muy en cuenta.

martes, 17 de julio de 2018

Sobre el concepto de ciudadanía



Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla y comentarista político,  escribe hoy en eldiario.es  y, a mi entender, da en el quid de la cuestión: “La institución monárquica choca frontalmente con los dos principios básicos en los que descansa el Estado constitucional democrático: el principio de igualdad y el carácter representativo de todo poder político. Si hay algo que el Estado constitucional democrático no puede tolerar es que jurídicamente se configuren distintas categorías de individuos jerárquicamente ordenados. Para evitarlo fue para lo que se inventó el concepto de ciudadanía, que supone la equiparación jurídica de todos los individuos, independientemente de sus diferencias personales”. (…) “En última instancia el Estado constitucional no es más que un proyecto de ordenación racional del poder, tanto en su origen como en su ejercicio, y en el mismo no tiene cabida una magistratura de tipo hereditario. La herencia es una institución coherente con la propiedad privada, pero no con el ejercicio del poder del Estado, que se caracteriza precisamente por la separación del poder político y la propiedad”.  A mi entender, esa “anomalía” se ha hecho visible en los últimos años, en el momento en que hablar o escribir sobre la Corona dejó de ser tabú, y los españoles hemos podido comprobar que a esa Institución se le están cayendo los palos del sombrajo a fuer de cometer errores de libro. Señala la prensa que Juan Carlos de Borbón sufrió un ataque de ansiedad con las revelaciones de Corinna Zu Sayn-Wittgenstein en unas supuestas grabaciones realizadas por el excomisario Villarejo y publicadas en El Español y en OKDiario. Como consecuencia de ello, Alberto Garzón (IU) solicitó la comparecencia del director del CNI en la  Comisión de Secretos Oficiales, del Congreso. Pocos días después se anunciaba que Féliz Sanz Roldán acudiría “a petición propia" a esa comisión”. Pero al tratarse de una comisión de secretos oficiales, todo aquello que pueda decir ese coronel nunca trascenderá. O sea, nos quedaremos los ciudadanos in albis, de la misma manera que pasará mucho tiempo (cuando digo mucho tiempo quiero decir muchos años) hasta que puedan desclasificarse los papeles de la  verdadera “trama” civil y militar de aquel malhadado 23F, del mimo modo que, pese al tiempo transcurrido,  todavía se desconocen muchas cuestiones de interés sobre el asesinato de Carrero Blanco a manos de ETA, ocurrido en una calle madrileña próxima a la Embajada de los Estados Unidos. Pero termino con otro párrafo de Javier Pérez Royo: “La monarquía española sigue siendo una anomalía histórica que no ha sido corregida. Es verdad que la dimensión de la anomalía no es la misma con la Constitución de 1978 que la que tuvo con las constituciones del siglo XIX, pero la anomalía sigue estando presente. Durante los primeros decenios de vigencia de la Constitución la anomalía ha pasado desapercibida, en buena medida porque veníamos de donde veníamos, por un lado, y porque hubo un pacto de no información sobre la conducta del rey, por otro. Pero en los últimos años la anomalía se ha hecho visible”. Parece difícil, en suma, intentar taponar con una mano la rotura de un colector.

lunes, 16 de julio de 2018

Serendipias y otras zarandajas



Las serendipias son casualidades afortunadas que se encuentran por azar cuando se están buscando cosas distintas, pero que permite a la Ciencia buscar otras líneas de investigación, por ejemplo el descubrimiento de la penicilina cuando en 1928 Fleming investigaba la gripe; el brandy, cuando los mercaderes de vino medievales hervían el vino para extraer el agua y así ocupase menos sitio en los barcos y que, más tarde, a su llegada a puerto de destino volvían a añadírsela. Hasta que en cierta ocasión no se volvió a “bautizar” aquel jarabe y el resultado en su cata fue extraordinario. Pero hay más serendipias: el caucho vulcanizado, ciertos edulcorantes, el horno microondas, los rayos X, etcétera. A mi entender, una de las serendipias mejor logradas  fue la destilación de orujos de vino en alambique. Aquella primitiva “agua de vida” descubierta en Valencia pasó rápidamente de convento en convento  hasta llegar a los que configuraban el Camino de Santiago y de ahí recorrió los diferentes reinos cristianos. Pero hasta finales del siglo XVIII, cuando el científico alemán Fahrenheit  inventó  termómetro, no se podía cuantificar la temperatura, por lo que hasta el siglo XIX, las destilaciones se hacían de forma empírica y una mala práctica, podía matar o dejar ciega a toda una población, como sucedió en España hace apenas cuarenta años, en que unas partidas de orujos procedentes de augardenteiros tradicionales, de esos que van por las aldeas destilando a contrata, dejó un siniestro reguero de muertos, ciegos y tullidos por medio país. Son famosos los orujos gallegos y los aguardientes de Cazalla de la Sierra, provincia de Sevilla. Hoy está prohibido por Sanidad comercializar los aguardientes caseros por el peligro que encierran. José Ángel Fontecha descubre estos  días a viajeros y turistas la importancia que supuso la comercialización de aguardiente para esa localidad de Sierra Morena. La empresa Turnature  será la responsable de la gestión durante los próximos 30 años de un espacio lúdico que ya han denominado “Espacio de Felicidad y Cultura de Cazalla de la Sierra” y que antes ocupó el convento de San Francisco. Constará con cinco parterres, cada uno de ellos relacionado con los continentes, donde existen las más diversas especies de plantas, entre ellas el escaramujo, también llamado rosa canina o tapaculo por sus propiedades anti diarreicas; y está previsto que albergue  una colección de alambiques que en su día sirvieron para  la elaboración del “cazalla” y una sala para dedicarla al Arte Contemporáneo. A través de Cazalla de la Sierra. El país del aguardiente”, Salvador Jiménez Cubero, biólogo jubilado, intentó en 2015 arrojar luz sobre esta importante página de la historia del municipio. Como contaba Guadalupe  Jiménez en las páginas de ABC hace tres años, “el libro debe su nombre al periodista decimonónico Carlos del Río, de El Liberal  que titulaba “El país del aguardiente, Cazalla, Guadalcanal, Constantina”, una crónica de viajes fechada el 25 de junio de 1895 y  fruto de cuatro años de investigación en el que el autor descendió durante meses a  incómodos archivos”, como señala Antonio Carmona Granado, historiador, en el prólogo de ese libro,  que no sólo está centrado en el aguardiente, sino también en la historia del vino y el arrope en esta localidad.  Entre el siglo XVII y el siglo XXI se localizaron 67 fábricas diferentes en el casco urbano del municipio y algunas más en haciendas y lagares: anís Kruger, anís Machaquito, anís Cazalla, anís Torre del Oro, anís Triunfante, Giralda o anís Clavel y anís Miura.

Almendras garrapiñadas



Leo una noticia curiosa en El Correo de Andalucía: “Explota un puesto de garrapiñadas en el Prado de San Sebastián”. Sigue señalando ese diario que “la deflagración de una bombona de camping-gas en el citado puesto de venta ambulante ha sido el detonante del suceso, si bien no hay que lamentar heridos”. Menos mal que la cosa no ha pasado de un susto. Pero a lo que iba. Dejando claro que la frase publicada es incorrecta, puesto que lo que explotó no fue el puesto sino la bombona, convendrán el lector conmigo en que tal y como llegan las noticias de agencias, o cómo se redactan en el interior de las tripas de las redacciones de los diarios, parece  normal que el lector se quede hecho un mar de dudas. Sólo con haber cambiado “explota” por “explosiona” hubiésemos disipado dudas. Porque dicho así, “explota un puesto de garrapiñadas”, con carencia de sujeto, da la sensación de que alguien ha montado un chiringuito para buscarse la vida vendiendo al transeúnte almendras  garapiñadas embolsadas al estilo de Briviesca, o de Alcalá de Henares, confeccionadas por las monjas clarisas y documentadas en el siglo XVII por Juan de la Mata. “Garrapiña” es el aspecto del líquido de algo cuando se solidifica en grumos. El nombre viene del vasco garai-ipiñia, que significa “puesto encima”. De la misma manera, “garrapiñera” era aquel utensilio utilizado para hacer helados. Consistía en un recipiente cilíndrico de metal en el que se colocaba lo que se iba a helar y se le hacía girar dentro de otro recipiente de madera lleno de hielo con sal. Muchos de mi generación conocimos de niños aquel artilugio casero tan entrañable provisto de manubrio que nos deleitó muchas tardes veraniegas. Pero a lo que iba: una persona explosiona o hace explotar una bomba, pero nunca explota la bomba. Explotar es un verbo intransitivo, es decir, que el sujeto es la cosa que explota. Explosionar es transitivo, es decir, el sujeto es aquel que hace que algo explote. Parece incorrecto, por tanto, una expresión muy habitual en las redacciones de prensa, verbigracia, “el suicida explosionó”, por confundir objeto y  sujeto. De cualquier manera, que ya me estoy haciendo un lío, los negocios se explotan por el sujeto que abre la persiana para hacer negocios y las bombas explotan por ellas mismas. Lo que en el sevillano Prado de San Sebastián explotó no fue el puesto de garrapiñadas sino la bombona de gas. Por cierto, no se trataba de un puesto al estilo de una barraca de feria, de un quiosco, o de una churrería como se da a entender,  sino un pequeño carrito de mano con el que intentaba ganarse la vida de forma ambulante un pobre hombre que se desplazaba en un cochecito de inválido.