jueves, 14 de diciembre de 2017

Afán recaudatorio




El afán recaudatorio del Gobierno puede llegar a límites insospechados. También a mover a risa. Ahora resulta que aquel que recibe un lote de aguinaldo navideño está en la obligación declarar el importe del mismo por ser considerada tal donación empresarial como ingresos en especie. Lo que ya no sé es cómo debe calcular su importe el receptor si ese dato no se lo proporciona la empresa en la que presta sus servicios. Día llegará, a este paso, en el que al dar una limosna a un pobre, nos veamos en la obligación de que el inope receptor de unas monedillas nos firme un recibo de entrega. Productos en especie es el uso, consumo u obtención de bienes, derechos o servicios de forma gratuita o a precio inferior de mercado para fines particulares, aunque no supongan un gasto real para quien los conceda, siempre que no supere el 30% de las percepciones del trabajador. Dicho al estilo de Montoro: sobre el valor de la retribución en especie debe practicarse un ingreso a cuenta, que funciona del mismo modo que las retenciones. Ese ingreso se imputa al trabajador. Corresponde a la empresa calcularlo e ingresarlo en la Agencia Tributaria en el modelo 111, junto con el resto de retenciones e incluirlo también en el modelo 190, de manera que el trabajador puede ver las cuantías reflejadas en sus datos fiscales para hacer la Declaración de la Renta. Algo parecido sucedía (lo digo en pasado porque a día de hoy las entidades bancarias no dan ni un celemín) cuando los bancos hacían “regalos” por domiciliar una nómina, abrir un depósito, etcétera. Tributaban en la Renta como rendimientos del capital mobiliario. Y si toca la lotería está uno copado. Al ir a cobrarla, le practicarán una retención del 20 % de todo aquello que exceda de 2.500 euros. De ese modo, el perceptor agraciado sólo tendrá que anotar el premio en su declaración de Renta. Se dijo en 2013 que sería una medida temporal para conseguir ingresos adicionales en momentos de crisis económica. Pero esa “medida temporal” continúa en vigor desde entonces. Vamos, que el gordo ya no es tan gordo, cuando los 400.000 euros del décimo se quedan en 320.500. Es, como en las latas de atún, el peso escurrido excluidos los vinagres.

martes, 12 de diciembre de 2017

Sabor a sueño mutilado





Lo sucedido en Zaragoza el pasado día 8 de diciembre, cuando unos tipos atacaron a un hombre, Víctor Láinez, con un objeto contundente por llevar tirantes con la bandera española, da idea de cómo las gastan aquellos que todavía ven como un símbolo “facha” lucir los colores de la bandera española, instaurada oficialmente en 1843 y cuyos colores han permanecido desde entonces salvo en el periodo de la Segunda República. Como no puede ser de otra manera, rechazo ese comportamiento salvaje. La prensa  señala que el herido está en muerte cerebral. Horas más tarde me entero de que ha fallecido. En un Estado de Derecho los símbolos son importantes. Pero no cabe duda de que, durante la Transición, los redactores de la Constitución del 78 tuvieron una ocasión de oro para modificar los colores de una bandera oficializada durante el reinado de Isabel II; que, por un lado representaba a la Casa de Borbón y, por el otro, había sido utilizada por los causantes del golpe de Estado de 1936 contra la Segunda República,  legalmente constituida en 1931, y declarada como oficial durante toda la dictadura franquista. Quizás, las Cortes Constituyentes en la redacción del artículo 4.1 de la Constitución del 78 tuvieron una ocasión de oro para haber cambiado los colores de la bandera, del mismo modo que eliminaron del escudo el águila de san Juan. No se hizo así por razones que desconozco, aunque lo que entonces se llamó “consenso” no fue, a mi entender, otra cosa que el gran miedo instalado entonces en todas las instituciones del Estado. Lo que ocurrió tres años después, en febrero de 1981, da idea de cómo andaba el aceite del candil. Es triste comprobar que ahora, 39 años después del nacimiento de la Constitución de 1978, el Gobierno que preside Mariano Rajoy apoyado por el Partido Popular (partido  creado por siete exministros franquistas), manifieste todo tipo de reticencias para modernizar esa Constitución de arriba abajo y no esté interesado en poner un solo céntimo de euro de los Presupuestos a la Ley de Memoria Histórica escudándose en la crisis económica. ¿Pero no dicen que ya nos hemos recuperado? Nos sigue quedando a muchos un regusto a sueño mutilado. Menos mal que existen las hemerotecas. Y en ellas consta que Rafael Hernando declaró en una tertulia televisiva que “los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica le denunció por lo que entendían como un delito de injurias graves. Pero la Fiscalía archivó la querella, al no encontrar “elementos suficientes para ejercer acciones penales o civiles”. Creo que fue en marzo de este año cuando Hernando volvió a la carga, asegurando que “esto de estar todo los días con los muertos para arriba y para abajo supongo que será el entretenimiento de algunos”. Y otra vez la ARMH se dirigió a la fiscalía, al considerar que estas palabras podrían incumplir el artículo 510 del Código Penal, que contempla penas de hasta 4 años de prisión para quienes públicamente “fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada”. ¿Y en qué quedó? En nada. Sólo Camboya supera a España en número de fosas comunes. Ese hecho produce escalofríos. Ya dijo Charles de Gaulle que las guerras civiles no se acaban nunca. Estaba en lo cierto.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Algo empieza a ir mal





Yo ya sospechaba algo que me acaba de corroborar Emérito Quintana: La hucha de las pensiones sólo es un artificio contable puesto que nunca ha existido. Es, supongo, un arma que siempre esgrime el Gobierno de turno para asustar a ocho millones u medio de pensionistas cuando se acercan las elecciones generales. Según Emérito Quintana, “los gobiernos siempre tuvieron la astucia de crear un presupuesto separado para el sistema de Seguridad Social, con sus respectivos impuestos, creando la ilusión de que la Seguridad Social no forma parte del Estado. En los sistemas de reparto no hay ningún ahorro, pues las contribuciones de los trabajadores de hoy sirven para pagar a los jubilados de hoy, pero en sus inicios este modelo generaba un gran superávit, ya que había millones de personas contribuyendo y sólo decenas de miles cobrando. Ese dinero extra la Seguridad Social lo invierte en deuda pública, compra bonos que emite el Estado, y el Estado recibe el dinero y se lo gasta ese mismo año. Al final, el dinero vuelve a las mismas manos y el Estado se debe ese dinero a sí mismo”. En suma, es como en el juego del trileo, la más cruel de las pantomimas. Los tres cubiletes y la bolita. Claro, hace falta la colaboración de unos compinches que actúen de ganchos. Una de las formas de convencer a las víctimas es apostando a la elección ganadora, y el estafador paga al apostador ganador que es obviamente su palero. El truco del estafador consiste en esconder la bolita entre las uñas para evitar que la víctima la localice. En algunos casos el estafador permite que una víctima que no es cómplice del fraude, acierte; esto lo hace generalmente cuando la apuesta de dinero es baja y tiene como objetivo atraer más incautos a la trampa. No cabe duda de que el actual sistema de reparto de las pensiones en España tiene un esquema de pirámide, siendo necesario que existan más trabajadores cotizantes en activo para poder pagar a los actuales pensionistas. Aquí, los “beneficiarios” (pensionistas) cobran del dinero de los nuevos “inversores” (trabajadores en activo). Lo que no está escrito en ningún sitio es que el Estado acostumbra a cambiar las reglas de juego en mitad de la partida. Inicialmente el sistema funcionaba porque los jubilados se morían pronto. Pero a medida que fue creciendo el sistema (o sea, cuando la esperanza de vida fue mayor) llegó un momento en el que a esos trileros les resultó más difícil engañar a gente nueva y eso hizo que los nuevos no fuesen “muchos” sino “pocos” en comparación con la gente que tenía que empezar a cobrar en el futuro cercano. Llegado ese momento crítico, el de ahora (con trabajos de baja calidad, alto paro, y mejores expectativas de vida), aquellos que montaron el sistema,  amenazan con subir los años de cotización para cobrar menor pensión y recomiendan hacer fondos de pensiones, en claro beneficio de la banca. Jo, ¡qué tropa! Aquí, como en todos los sistemas piramidales, algo empieza a ir mal, muy mal. Pero lo más triste, si cabe, es que a los trabajadores todavía en activo, casi sexagenarios y con un rabo de años cotizados a sus espaldas, se les engaña miserablemente cuando ya carecen de  capacidad de maniobra. A estos sacrificados ciudadanos, que por causa de la crisis económica se ven hoy obligados a ayudar a hijos y nietos, les ocurre como al perro herido, que jamás logra entender por qué le apalea su amo. Pese a todo, le lame. Pese a todo, les vota. ¡Que les compre quien lo entienda!

domingo, 10 de diciembre de 2017

Puentes





En la noche de ayer, sábado, pude ver en la primera cadena de TVE la película “Los puentes de Madison”, filmada en 1995 en uno de los 99 condados que tiene el Estado de Iowa. En concreto, el puente que se ve en la película es el de Roseman, en los alrededores de Winterset, pueblo natal de John Wayne. Aquellos puentes se construyeron con maderas nobles y se les incorporaron techos, que solían estar pintados del color de los establos, normalmente de rojo, para que los caballos no tuvieran miedo al cruzarlos. Son como viejos vagones de mercancías sin ruedas y varados en pleno campo. En la película se utiliza por el protagonista una cámara Nikon F, con lente de una sola distancia focal. La novela comienza: “There are songs that come free from the blue-eyed grass, from the dust of a thousand country roads. This is one of them...”.  En la actualidad sólo quedan 6 de aquellos 19 puentes originales del siglo XIX: los puentes Cedar, Cutler-Donahoe, Hogback, Holliwell,  Imes y el citado Roseman, construido éste en 1883 por  Benton Jones. Tiene 32 metros y medio de longitud y fue restaurado en parte para el rodaje de la película, basada en la novela “The Bridges of  Madison County” de Robert James Waller. El coste de aquella restauración fue de 152.515 dólares. En realidad sólo se utilizaron dos puentes para el rodaje: Roseman y Holliwell. El Roseman  es también conocido como el "puente embrujado". Cuanta una leyenda que dos policías se apostaron en él durante su construcción, en 1882, para atrapar a un fugitivo de la cárcel del condado, y que cuando éste llegó allí, exhaló un escalofriante alarido al tiempo que pegó un salto sobrehumano al techo del puente y desapareció para siempre. Según esa leyenda, ese hecho probó la inocencia del perseguido. Los puentes eran bautizados por el apellido de la familia más cercana a cada uno de ellos. Aquella película,  interpretada y dirigida por Clint Eastwood nos retrotrae a 1965, año en el que durante cuatro días se vive un intenso romance entre un fotógrafo que trabaja para la revista National GeographicMagazine y una mujer casada de origen italiano. Una historia que reflejará Francesca (la protagonista) en un diario dividido en cuatro partes que sus hijos descubrirán después de su muerte. Nunca he entendido la razón por la que siempre se pasan películas de aceptable calidad a altas horas de la noche. Y una de dos, o te mueres de sueño, o te marchas a dormir con gran fastidio. Normalmente optas por lo segundo. Por cierto, en la película descubro que el río (¿Middle?) que discurre bajo el puente Roseman se encuentra en pleno estiaje, con poquísima agua en su cauce, como sucede en España con el Ebro y el resto de los ríos de la vertiente mediterránea. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Pinceladas de acuarela





Estos días de frío ayudan a la lectura. Acabo de releer una obra de Alonso Zamora Vicente, “Primeras hojas”, (Espasa-Calpe, selecciones Austral. Madrid, 1985) donde el protagonista es él. Lleva prólogo de José Manuel Caballero Bonald y unas delicadas ilustraciones a plumilla de Julián Grau Santos. Me choca que Caballero, en su sesudo prólogo, siempre nombra a Zamora como “Zamora Vicente”, como si se tratase de un árbitro de fútbol. Pues bien, el libro parte de que “el manojo de recuerdos familiares, amontonado, se ordena en el álbum de fotografías”. Está escrito en primera persona, del singular o del plural. Para Caballero, Zamora es un nieto del 98 y un hijo o hermano menor del 27. Consta de 22 relatos y muchos de ellos, creo que once, terminan con una oración formada por un gerundio. Según Caballero, “puesto que, en términos gramaticales, esa forma verbal cumple también un papel modificador parecido al del adverbio, el hecho de que el escritor lo use tan reiteradamente a modo de colofón del relato, le otorga a éste un matiz de acción ininterrumpida, como de inciertas lontananzas temporales, donde el sujeto de la oración parece ser ya la propia materia narrativa generándose a sí misma”. Zamora no escribe. Zamora pinta acuarelas costumbristas de una infancia, la suya, con una madre recién muerta, unos paseos por el Madrid de principios de los años 20, ora en el paseo de Rosales o la Casa de Campo en tardes invernizas, ora en el cine, ora contando una fugaz escapada, ora de visita en casa de tía Plácida, que una tarde le regaló un “napoleón” de oro. En uno de sus primeros relatos cuenta: “Mi madre murió pronto. No murió en casa sino en un hospital de Carabanchel. Fuimos todos los hermanos a verla el día que la había operado, sin saber todavía que había muerto. Me pusieron los zapatos nuevos, que me apretaban mucho”. Zamora me recuerda en ese libro, marcando las distancias, claro, a la manera de escribir de Elena Fortún. En fin, todo el libro no es otra cosa que el monólogo dramático de un muchacho que nada en la zozobra, que se asoma al mundo de los mayores, o que permanece silente rodeado de crisantemos o cerca de un jazmín blanco, “que nos trajeron –dice- desde Extremadura”. Como sucedía con Celia.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La sima del olvido




Conservo un librito, “Otras lecciones de cosas”, de Joaquín Pla Cargol, que me encanta releer. Es una edición en cartoné  (Ed. Dalmáu Carles, Pla, Gerona, 1935) con 150 grabados. Parece increíble cómo en apenas 200 páginas se puede escribir de microbios, volcanes, la navegación submarina, la radiotelegrafía, los tiempos cosmogónicos, etcétera. Por ejemplo, sobre los dirigibles, se hace referencia a la importantísima línea Sevilla-Buenos Aires, servida por zeppelines que realizaban el viaje en poco más de 3 días. Y al referirse a las razas humanas, se señala que “la raza negra tiene el color negruzco-azulado, los labios muy grandes y prominentes, la nariz exageradamente ancha, cabello negrísimo, ensortijado, y pómulos muy salientes”. Descrito de esa manera, da la sensación de que se estuviera refiriendo al fantasma de Los Monegros. En fin, “Otras lecciones de cosas”  es como la continuación de “Lecciones de cosas”, aquel manual pedagógico de principios del siglo XX tan socorrido en las ayudas a educandos. Según Juan Carlos Delgado Madrid (ABC, 18/01/2008) el libro “Lecciones de cosas” (predecesor de “Otras lecciones de cosas”) “fue compañero de los trabajos y los días de la infancia y de los maestros. Detrás de cada página había un intento de iniciar a los pequeños lectores en numerosos conocimientos y despertar la observación, la intuición y la invención por medio de la iconografía”. Estos días de frío viene bien repasar esos libros que duermen en una repisa llenos de polvo y olvido, junto a la edición encuadernada de “Gente Menuda” (hasta junio de 1936), “El Tesoro de la Juventud”, algunos libros de asuntos regionales en su día donados por las cajas de ahorro a cambio de ingresar algún dinero en la cartilla, unos viejos tratados de contabilidad de León Batardón y algunos ejemplares de “La Novela Corta” con escritores de la talla de Zamacois, Cansinos Asens, Álvaro de Retana, Emilio Carrere, José Francés..., este último hoy tan olvidado. Ya pocos recuerdan a ese funcionario de Correos que a veces firmó con el seudónimo de Silvio Lago, que obtuvo el Premio Nacional de Teatro en 1948 con su tragedia “Judith: tragedia en seis jornadas”; que por ironías del destino nunca se representó en un escenario.

viernes, 1 de diciembre de 2017

No tiene gracia



Se me antoja excesivo desear cortarle la papada al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido Álvarez, con un cúter, “después de atarlo tumbado sobre una tabla de neurocirujano y estacarle la cabeza con tornillos y cordeles para que no se mueva ni un milímetro”, como ha descrito Jair Domínguez en el semanario Esguard. Por otro lado, me parece una cutrería utilizar un cúter existiendo el bisturí. En la cirugía estética suele utilizarse una determinada técnica para disimular las bandas de platisma que aparecen a cierta edad, pero la papada es otra cosa. Domínguez  explica que la cocinará y la servirá en un plato de porcelana blanca. “Disfrutaré –escribe- de aquel manjar como si fuera un guerrero korowai absorbiendo la fuerza del enemigo”. Recuerdo cuando en el TBO aparecían viñetas de unos africanos de color dando vueltas alrededor de una tinaja en la que había metido a un explorador para que se cociese lentamente, al estilo de cómo ejecutaba sus guisos un  franciscano de La Almunia de Doña Godina de nación y que pasó su vida en el convento de San Diego de Alcalá, de Zaragoza. Fray Raimundo Muñoz utilizó el seudónimo de Juan Altamiras para escribir su “Nuevo arte de cocina”. Supongo que  Jair Domínguez necesita la ayuda de un siquiatra. No debe tolerarse, ni en broma, que un ciudadano sobrepase los límites de su libertad de expresión, en este caso con su “Vull menjar-me la papada d’en Zoido”. Se puede ser nacionalista, se puede estar en contra de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña y hasta se puede “aconsejar” una liposucción que mejore el aspecto físico de alguien que ejerce una función pública. Pero lo que no se debe tolerar en un Estado de Derecho es que cualquier sansirolé metido a escritor a la violeta use su libertad de expresión para reírse del prójimo, sea ministro, mecánico o barrendero. Cosa distinta es que se pueda criticar la forma de llevar a cabo el ejercicio de su ministerio.