domingo, 20 de enero de 2019

Y a la mar, "maera", y a la Virgen, cirios...



Manuel Vicent, en el diario El País, hace hoy referencia a la entrada en escena de Vox en Andalucía. “En cualquier guiso –señala-, un solo diente de ajo es suficiente para que todo sepa a ajo. Sucede lo mismo cuando se usa el franquismo como condimento político. Basta con una pizca para que una derecha que trata de ser moderada, moderna y europea adquiera el sabor de un caldo revenido, absolutamente rancio”. Y sigue escribiendo Vicent que “el ideario de la extrema derecha remueve en su inconsciente la nostalgia de unos ciudadanos entrados en edad que, pese a todo, puede que fueran felices en un tiempo en que las consignas patrióticas te llevaban por el imperio hacia Dios y luego tenías que bajar al urinario público donde había anuncios contra la blenorragia”. Ahora tenemos en España tres derechas, como las hijas de Elena y que ninguna era buena. Con eso de las tres derechas sucede cómo con la reproducción de las amebas, que lo hacen por fisión binaria en la que el material genético se duplica por mitosis. En España había, al menos desde el comienzo de la Transición, una sola derecha que englobaba al centro derecha, a la derecha y a la ultraderecha; y que, como se contaba en el catecismo de Ripalda,  eran tres “personas” distintas pero un solo “dios” verdadero. Pero el citoplasma de aquella gran derechona se ha dividido en tres derechas. Es como en el caso de aquel cliente que entró en un “Catunambú” de Sevilla con intención de tomar un café. Y el camarero, mirándole fijamente a los ojos, le espetó: “Verá usted, aquí servimos tres clases de café: el café, el café-café y el café por la gloria de mi madre. Usted decide cuál de ellos desea”. Pues con la derecha actual pasa algo parecido. Se puede uno inclinar por tres gamas de azules: el azul celeste, el azul eléctrico y el azul turquí. Y el que no sepa distinguirlos padece de tritalomanía, por tener un problema en sus conos oculares, responsables de la percepción del color.  Curiosamente, tales conos también son de tres tipos: sensibles a la luz roja,  sensibles a la luz azul y  sensibles a la luz verde. Los andaluces se inclinaron por el rojo de Susana Díaz, pero el gran absentismo a la hora de votar logró como resultado final un vuelco electoral histórico, que desembocó en el triunfo de la suma de las tres derechas. Pues nada, así sea, se acabó el carbón. Y a la mar, maera, / y a la Virgen, cirios….

sábado, 19 de enero de 2019

Elogio del mondadientes



Si algo es español, pero español, español, es el mondadientes, ese palillo que muchos ciudadanos se ponen entre los labios y se pasan de un lado al otro de la boca con pericia y con la sola ayuda de la lengua, que ejerce de conductora. Ya lo decía Julio Camba: “Yo creo que el español concibe mejor el palillo de dientes sin comida que la comida sin palillo de dientes. Poniéndose a hurgar y hurgar con un palillo de dientes en la dentadura, malo será que al fin y a la postre no se acabe por pescar algo. Por lo menos se mastica, se estimula la salivación, se entretiene el hambre y se cubren las apariencias”. A los españoles se les puede ver en los cafés de los casi abandonados pueblos, tanto da en los Monegros como en La Alcarria, en Los Ancares como en La Maragatería, echando una partida de cartas y cantando las veinte o las cuarenta sin que el palillo se mueva de su sitio del extremo de la comisura de los labios, generalmente de los llamados planos, y la colilla del cigarro de “caldo” en el otro lado. Hay dos cosas en España de las que se puede presumir: de llevar el mondadientes en la boca toda una tarde y de saber beber en porrón con sólo sacar hacia afuera el labio inferior al estilo de los niños cuando hacen “pucheritos”, o sea, ganas de llorar. En el arte de saber beber en porrón fue un maestro Paco Martínez Soria; que, tras echarle a la oficina de las tripas una buena tragantada de vino peleón, hacía un giro de muñeca majestuoso, (sólo comparable al giro de muñeca de las pajilleras de Chapina, con y sin cascabeles) dejando el pitorro ladeado, siempre vuelto a la derecha y sin dejar escapar una gota. Hay cosas que forman parte consustancial de nuestra esencia carpetovetónica. ¡Qué le vamos a hacer! “Por lo demás, –seguía contando Camba- hay mondadientes y mondadientes. No es que yo me crea a pies juntillas la historia del caballero que habiendo pedido un mondadientes en el restaurante tuvo que esperarse un buen rato porque de momento no quedaba ninguno libre”. Hombre, ya puede ser cuando se le toma vicio.  El palillo de dientes es un adminículo casi tan ventajoso como la navaja suiza que incluye un ramillete de artilugios útiles. ¡Qué digo!, casi tan útil como la larga uña del chino que regenta un bar en mi calle, dura como el carey y con la que transmite magnetismo a los parroquianos cuando le piden en la barra un chato de vino, no sé muy bien si por calmar el  jodido secaño o por aquello del consolatrix affictorum que siempre se busca como remedio de la soledad.

viernes, 18 de enero de 2019

Eppur si muove



Ignacio Ruiz-Quintano recuerda hoy en el diario ABC algo que siempre afirmaba Gustavo Bueno: “A Galileo la Iglesia no lo degradó por el geocentrismo, sino por el atomismo, que ponía en solfa el dogma de la transustanciación, esencia del catolicismo”. Precisamente acabo de releer -creo que ya lo he hecho tres o cuatro veces- “En torno a Galileo”, de José Ortega, que conservo en Colección Austral,  fruto de aquel tema escogido por él para un curso de doce lecciones explicadas en 1933 en la Cátedra Valdecilla de la Universidad Central, como dejan claro los editores en su preámbulo a la primera edición (1965). Y uno, que intenta retener lo que puede, que no es mucho, se queda con la copla, es decir, con que Galileo, en junio de 1633, fue obligado a arrodillarse delante del Tribunal de la Inquisición, en Roma, y adjurar de la teoría copernicana. Tenía entonces setenta años de edad, una carrera vivida  que da derecho a aquel que la ha alcanzado a que pueda reírse hasta de su sombra sin temor alguno ni a nada ni a nadie. La mise en scène, por tanto, de Galileo ante el tribunal que lo juzgaba no era cosa distinta a una estrambótica reafirmación del “doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”, como sentenciaba Gaspar Astete, de la Compañía de Jesús, en su opúsculo publicado en el siglo XVI en forma de catecismo con preguntas y respuestas. El fragmento concreto decía así: “Además del credo y los artículos, creéis otras cosas?”. “Sí, padre, todo lo que enseña la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana”. “¿Qué cosas son esas?”. “Eso no me lo preguntéis a mí… etc”. Doy por entendido que aquellos “doctores” no eran otros que los obispos, santos padres y presbíteros adornados de ciencia, obligados a trasladar a niños y adultos los artículos de fe emanados del Concilio de Trento, que marcó el paso del Medioevo a la Edad Moderna. El Concilio de Trento fue un arma de la Contrarreforma contra el  expansivo protestantismo, al tiempo que, entre otras cosas, sirvió para “vender” indulgencias (que es como vender humo) para financiar la basílica de San Pedro. También, obligó a predicar los domingos en las iglesias; a impartir catequesis a los niños; a la creación de registros parroquiales de nacimientos, bodas y defunciones; y  reafirmó la necesidad del celibato y la eliminación de las concubinas, hasta el punto que se obligó a los obispos a instaurar la llamada “renta de putas”, que era la multa que los clérigos debían pagar al obispo de su diócesis cada vez que infringían esa norma establecida. De la misma manera, se impuso el culto de dulía (a la Virgen y a los santos), lo que llevó a los protestantes a episodios de violencia iconoclasta. No se debe olvidad que en un concilio anterior, el Concilio de Constanza (1414-1418) acudieron 700 mujeres para atender sexualmente al clero participante y que, según los teólogos, distraían a los clérigos asistentes de las labores encomendadas. En aquel concilio participaron tres papas: Paulo III, que tuvo cuatro hijos ilegítimos; Julio III, ninguno por ser gay; y Pío IV, que tuvo 3. Para terminar, como recordaba Ortega: “La Teología es una ciencia práctica que no descubre verdades sobre Dios, sino que sólo enseña al hombre a manejar los dogmas de la fe”, que es cosa diferente. Parece ser que Salvatore Ricciardo, un estudiante de posgrado de la Universidad de Bérgamo, ha encontrado en septiembre pasado un archivo mal datado de la Royal Society. Se trata de una carta de Galileo a un amigo en la que trataba de matizar las ideas expuestas en otro documento por las que finalmente le condenarían. La carta hallada tiene siete páginas, está fechada el 21 de diciembre de 1613 y firmada G.G. y parece resolver este misterio. Está enviada a su amigo Benedetto Castelli y en ella asegura que como en la Biblia hay pocas referencias a la astronomía, estas no deben ser tomadas al pie de la letra porque, además, estaban simplificadas para que la gente las entendiera.