
Hace ya muchos años que comencé a leer la revista semanal ‘Cambio 16’. Incluso llegué a encuadernar ejemplares comprendidos entre 1974 y 1982 como había hecho mi abuelo mucho antes con ejemplares de ‘Blanco y Negro’ o ‘La Esfera’. La revista que dirigía José Oneto fue entonces, no sé ahora, una tronera abierta en una España oscura en la que ya se vislumbraba el final del franquismo y la necesaria mudanza política hacia un cambio de rumbo. Como dejó escrito en un artículo de aquel semanario Francisco Fernández Ordóñez, “nada cansa tanto como la defensa de lo evidente”. Recuerdo que la espinosa marcha hacia la prometida apertura política de Arias pasaba por largos y estrechos vericuetos. En 1974, todavía con el antiguo régimen, se seguían secuestrando diarios y revistas, engrasando la maquinara del TOP, encarcelando a disidentes, con los etarras matando y el Gobierno empecinado en cerrar puertas a un país que crecía, ignorante del peligro de que pudiesen estallar hasta las ventanas. La prometida apertura del apodado “Mantequilla” para los que esperaban más dureza y para los dueños de la cuerda de trenzado que hacían cábalas en el búnker, solo fueron cantos de sirena. Había un tufillo irrespirable en un tira y afloja mientras Franco no terminaba de morirse ni los ciudadanos de a pie veíamos el final de la empinada cuesta. Todo era, como digo, un misterio. Isidro Suárez Días-Moris, consejero delegado de 'Reace' y uno de los implicados que más sabían de la desaparición del aceite de Redondela no había muerto en la cárcel de Vigo de forma natural, sino intoxicado; y Juan de Borbón, señalaría en Estoril, coincidiendo con su sexagésimo aniversario, algo desconcertante: “La Monarquía no puede ser impuesta en España”. Pues mire, se impuso y no en la persona de aquel aprendiz de marino con derecho a pataleta. No cabe duda de que el aspirante frustrado a la Corona sangraba por la herida de haber sido ninguneado por un dictador con selectiva memoria. Nunca se le tuvo en cuenta su arranque de valentía del 1 de agosto de 1936, cuando cruzó de forma clandestina la frontera francesa por Dancharinea bajo el alias ficticio de "Juan López", vistiendo mono azul con símbolos falangistas y boina carlista como si fuesen tiempos de carnavales, ni que el 7 de diciembre de aquel año enviase una carta a Franco pidiéndole ser asignado al crucero ‘Baleares’ alegando su formación previa en la Royal Navy británica. ¡Pero si solo había sido un guardiamarina! Tuvo suerte, el “Baleares” se hundió en la batalla del Cabo de Palos el 6 de marzo de 1938 alcanzado por los torpedos disparados por el destructor republicano ‘Lepanto’ provocando la detonación de sus santabárbaras y muriendo 786 miembros de la tripulación y el contraalmirante Manuel Vierna Belando. Al final del cuento supimos los españoles que Zamora no se ganó en una hora y que la democracia no se vende en las farmacias. Pero, todo hay que decirlo, del franquismo quedan muchos flecos enmarañados en una maquinaria a punto de griparse. El próximo día 29 veremos qué sucede en las urnas. Yo no espero sorpresas, consciente de que ni están todos los que son ni son todos los que están. Que con su pan se lo coman.
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