
Choca conocer que la Guardia Civil haya detonado una granada de mortero de 105 mm a 2.300 metros de altura en un pico del Pirineo, en la Colladeta del Ibón de Plan (Huesca) cercano al imponente macizo de Cotiella, visto por un senderista días antes. En agosto del pasado año cerca de un camping de Gironella (Barcelona) apareció otra granada de mortero marca ‘Valero Ecia 81’ de la Guerra Civil y los Mossos d'Esquadra tuvieron que encargarse de neutralizarla; y en marzo de 2023 especialistas de la Ertzaintza tuvieron que neutralizar otro proyectil de artillería de 90 milímetros en Villarreal de Álava. Se trataba de un obús rompedor de calibre de 90mm, con una longitud de 36cm y un peso de 9 kg. Aquel artefacto se localizó en una zona boscosa de Legutio, es el entorno del monte Albertia, llena de hayedos y robles donde todavía quedan restos de nidos de ametralladoras. Es lo que tienen las guerras civiles, que no se acaban nunca. Me viene a la memoria una escena final de la película “Amanece, que no es poco”, dirigida por José Luis Cuerda, donde el cabo Santos (interpretado por el actor José Sazatornil) pierde la paciencia ante lo absurdo del amanecer (mientras que algunos personajes de aquella España profunda no saben por dónde saldrá el sol, y otros aseguran no muy convencidos que lo hará “por aquellas montañas de allá”) y grita "¡Me cago en el misterio!", saca su pistola reglamentaria del ‘9 largo’ y dispara contra el sol por haber salido por el sitio contrario a donde él esperaba que saliese. Ahí se había roto una de las ideas más arraigadas en nuestra memoria colectiva: “Lo que dice un uniforme, o una toga, es una verdad sagrada, está por encima de las leyes de la física, y no se hable más”. Una gorra de visera, un tricornio o un birrete es algo muy serio. Y si se trata de un solideo o de una mitra, ya ni te cuento. Lo de encontrar una granada de mortero en un pico del Pirineo corrobora tal afirmación. Fue el resultado de un duelo al sol frustrado. Pero si no se puede apagar el sol a cañonazos, se intentará romper la luna con cohetes antigranizo, como hacía el tío Porretas en la Sierra de Armantes, con su asombroso paisaje lunar y desértico plagado de alacranes, cada vez que atisbaba un negro nubarrón por la parte de Bubierca. Así no habrá duda de qué militar garbancero es el que manda después de muerto, hace el saludo a la romana con el brazo de santa Teresa izado y coloca el ‘nihil obstat’ en ese papelín general que los rojos eufemísticamente llaman BOE. ¿Por dónde va a salir el sol? ¡Por dónde va a ser, carajo!, siempre por Antequera, al poniente de Granada.
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