Leo en El Correo de Zamora que “el Ayuntamiento de Toro ha publicado la imposición de multas coercitivas a los propietarios del palacio Bustamente, el Banco Santander y la empresa Landcompany S. L., por no haber atendido un decreto previo en el que se dictaba orden de ejecución tras la visita de inspección realizada por los servicios técnicos municipales y la emisión de informe por parte del arquitecto municipal”. Pero, ¿a qué palacio se hace referencia? Como dijo el torero bejarano Rafael Guerra, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. Ello equivale a que cuando un palacio se ha convertido en ruinas es imposible levantarlo; y, menos aún, que siga teniendo el esplendor que otrora tuvo. Se trata de un viejo caserón situado junto a la iglesia de San Sebastián de los Caballeros (restaurada por el Estado en la década de los 70 del siglo pasado para conservar las pinturas murales del monasterio de Santa Clara, fundado en el siglo XIII por Berenguela, primogénita de Alfonso X el Sabio) y junto al primer recinto amurallado, construido por mandato del Pedro I de Castilla, y que en la actualidad se encuentra en un estado de demolición por la vejez, la desidia de sus propietarios y la despreocupación en su necesario mantenimiento. Parece normal que, dado su lamentable estado, tanto al banco como a la inmobiliaria lo único que les interese sea el solar. En los archivos de ese municipio consta que en primera mitad del siglo XV Inés Gómez, vecina de Villapando, vendió en 1460 en la antigua calle de la Reina un edificio (el palacio) a García Alonso de Ulloa un mayorazgo heredado por Guiomar de Ulloa y que, ante la ausencia de herederos, el palacio y otros bienes pasaron a depender del monasterio del Sancti Spíritus; que, a su vez, en 1672, lo vendió a Félix de Ribera Velázquez, quien ordenó adecuar un oratorio en una dependencia que habitó Teresa de Ávila, amiga de Guiomar, en una de sus esquinas. Diego de Bustamante, enajenó el edificio en 1690, decidiendo mantener el aposento tal y como estaba cuando se alojó la fundadora de las Carmelitas Descalzas. Con posterioridad, el edificio perteneció a Jesús Valdés, barón de Covadonga hasta 2007, quien en 1944 ya había vendido a un precio simbólico un amplio terreno anexo al palacio de Bustamante, para su uso exclusivo como zona de esparcimiento.
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