lunes, 6 de julio de 2026

El patio de Monipodio

 La albahaca de la independencia | secretOlivo

 

Los agricultores españoles que cultivan patatas están preocupados por las importaciones masivas de Francia. Algo parecido sucede con el ajo, que se encuentra en una situación crítica por el encarecimiento de los costes de producción  y el aumento de las importaciones procedentes de Egipto, China y Turquía, que los producen más baratos. Si tenemos en cuenta que más del 40 % de los titulares de explotaciones agrarias en España supera los 65 años,  que más del 70 % del territorio agrario español es de secano y que resulta difícil fijar población en zonas rurales, donde falta una atención sanitaria adecuada,  una educación de calidad  y muchas infraestructuras básicas, tenemos el caldo perfecto para cunda el desánimo. Por si todo ello fuese poco, muchos agricultores y ganaderos españoles rechazan el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, donde solo ven posibles ventajas futuras para el aceite de oliva, los vinos y la industria transformadora. La trazabilidad de los productos de consumo será otro factor importante a tener en cuenta. Todos conocemos los engaños en las etiquetas de la miel o del arroz, por poner solo dos ejemplos. Hay con demasiada frecuencia fraudes en la sustitución de ingredientes, en la alteración de etiquetas y fechas de caducidad, y en las falsificaciones de sellos de calidad. No debe olvidarse que falsificar el origen de un  producto requiere, además de disponer de documentación física fraudulenta, vulnerar los sistemas digitales interconectados. Los fraudes alimentarios, empero, parece que hubiesen adquirido carta de naturaleza en España. Los más comunes consisten en la sustitución de especies caras por otras más baratas (por ejemplo servir fogonero por bacalao), la alteración del peso mediante el exceso de hielo o agua, y la venta de pescado de piscifactoría (al que le pinchan más anzuelos que banderillas al toro de lidia) como si fuese salvaje. Pero los fraudes se producen tanto en las pescaderías como en los restaurantes. Muchos productos puestos en la mesa no se corresponden con los que señala el menú. Suele acontecer que, cuando en un restaurante de Sevilla pides “urta a la roteña” te sirvan urta, pero no de Conil de la Frontera sino de Muritania; o que sirvan pescado congelado diciendo que es fresco.  Hay un modo de saber si el pescado es fresco con solo mirar los ojos o las agallas. También,  cuando al tocar el pescado, la carne se sienta firme y elástica. Si al presionar la pieza con el dedo la carne se hunde y no recupera su forma, es probable que ya estuviera cautiva en una pecera del arca de Noé.  La picaresca en España no viene de ahora. El pícaro siempre encontró, tanto en el siglo XVI como en la actualidad (época dorada de degeneración y corrupción), la forma de aplicar sus artimañas.  En contraposición, en el siglo XVI apareció la figura de Monipodio (“Rinconete y Cortadillo”) un personaje admirado y querido, y a su vez temido,  que controlaba las cofradías del hampa sevillana y de la mafia donde los rufianes tenían hasta su propia jerga. Su "patio", donde había un tiesto con albahaca y la imagen de la Virgen, funcionaba como un centro de operaciones donde se organizaban robos, se protegía a delincuentes y se cobraba por cometer fechorías. Hoy tenemos…, ¡yo qué sé lo que tenemos! El que quiera saber, que mire el telediario.

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