viernes, 16 de enero de 2026

El fuego de san Antón

 

 

Todavía existen viejas tradiciones relacionadas con el día de san Antón, entre ellas las hogueras, la bendición de las mascotas en las puertas de las parroquias y el dicho “por san Antón, el que no mata cochino no come morcillón”. Todo proviene de los siglos XI y XV cuando Europa sufrió epidemias de argotismo gangrenoso, también conocido como el “fuego de san Antón” por la continuada ingesta de pan de centeno contaminado de un hongo llamado cornezuelo (Claviceps Purpúrea ) de efectos alucinógenos. A aquellas personas enfermas se les acusó de brujería y el único remedio a sus males, según se mantenía entonces, consistía en peregrinar a Santiago de Compostela, o  ser tratadas en el convento de san Antón, en Castrojeriz  (Burgos). En aquel cenobio, los frailes antonianos les curaban y antes de su marcha les ponían un escapulario con la Tau. Ya en nuestros días un químico suizo, Albert Hoffman, estudiando el cornezuelo descubrió en 1943 el LSD de tan terribles efectos.  Pero antes de ello, en 1936, el médico Ramón Obella Vidal y el farmacéutico Francisco Rovira fundaron en Vigo el ‘Instituto Bioquímico Miguel Servet’, en el que también trabajó el político galleguista Alexandre Bóveda (ejecutado por los franquistas) y el químico Fernando Calvet. Idearon el ‘Pan Ergot’, producido a partir del cornezuelo, como remedio contra las jaquecas y el glaucoma. Más tarde, Zeltia’  empezó a experimentar con sus alcaloides en Obstetricia, dando lugar a unos inyectables de  aquel invento que evitaban hemorragias a las parturientas. Algunos gallegos llegaron a denominar al cornezuelo como el  volframio vegetal’, por la importancia económica de las exportaciones de ese fármaco, relacionada con los beneficios que en los años 40 tuvo la extracción de ese mineral de brillo metálico gris que se exportó a Alemania para endurecer las chapas de sus equipos acorazados durante la Segunda Guerra  Mundial. No hay que olvidar que durante los años 50 el kilo de cornezuelo llegó a tener un valor de 1.000 pesetas, que era una suma importante en aquel momento.   En muchos partos de aldeas gallegas solía ser frecuente que entrara en acción la ‘curandeira’, que recogía el ‘garuncho’ (cornezuelo), lo cocía y después se lo daba a beber a la recién paridas porque le ayudaba a las contracciones del útero. En aquellos años oscuros de la dictadura franquista, donde la Iglesia Católica tuvo un papel fundamental en la represión de todo lo que se movía, existieron ‘curandeiras’ que recorrían aldeas olvidadas  y que lo mismo ayudaban  a parir que a provocar abortos. Sobre ello existe un silencio sepulcral.

 

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