En Aragón hay palabras
y frases graciosas, muy expresivas, que no recuerdo haber escuchado en otras
partes de España, por ejemplo “¡ahivadai!”,
cuando le piden a alguien que se aparte; “andurriales”,
que equivale a lugares poco frecuentados; “esgarramantas”,
equivalente a ser un don nadie; “gatuperio”,
a intriga o a mezcla confusa; “a la gingorria”, de cualquier manera; “malachandra”, mujer perezosa; “terretiemblo”, niño muy movido; “tozuelo”, cogote; “tontolaba”, idiota, etcétera. Y no digamos
nada sobre frases hechas. Veamos algunas: “A
medida del santo van las cortinas”, que
equivale a decir tal para cual, sobre todo si comparten comportamientos
cuestionables; “pintar menos que
Pichorras en Pastríz”, para
descalificar a alguien; “hacer algo por
el alma de la abuela”, sin beneficio
alguno; “qué mierda llevas, Calatayud, si
la has cogido, pa'tú pa'tú”, se le dice a alguien que va borracho y
haciendo eses; “ponerse como Felipón”,
comer demasiado; etcétera. A propósito de Pichorras
y el pueblo de Pastríz me consta que existe una novela de 168 páginas escrita
por Santiago Maestro Terraza y
publicada por Mira Editores en 2001. Por casualidad la encontré un domingo
en el rastrillo de la plaza de san Bruno, que leí y no terminó de gustarme. Puede
encuadrarse en el tipo de relatos españoles picarescos del siglo XVI, aunque cinco siglos después, donde aparecían en escena antihéroes que intentaban sobrevivir como
podían en el entorno desfavorable en una época sembrada de descontento, pobreza
de solemnidad y falsas apariencias de una hidalguía (exenta de impuestos) que
cabalgaba a mitad de camino entre el honor de gentilhombre valleinclanesco de
humor cáustico y la realidad del hambre por la carencia de fortuna. Unos hidalgos,
como digo, con chisteras de alas planas, melenas que les caían a media espalda,
cuellos de enormes puntas, barbas y narices largas y extrema palidez por falta
de sol y carencia de alimentos. Cervantes
señala al principio de su excelsa novela que Don Quijote comía “algún palomino
de añadidura los domingos”, lo que indica tenía
el privilegio de poseer palomar, propio de los hidalgos y de órdenes religiosas. En fin, Aragón es
tierra de somardas, personas socarronas, irónicas y taimadas. Un ejemplo
es ese agricultor que tiene que firmar un documento y
pregunta: “¿Con mi nombre?”. El somarda siempre termina descolocando a su
interlocutor. Recuerdo haber leído en el libro “Notario de guardia” (Javier Ronda y Marián Campra. Campra
Comunicación. Sevilla, 2020) cuando una pareja de ancianos va al notario y éste
le indica al matrimonio que deben volver a su despacho al día siguiente a
primera hora para firmar unos papeles. Y la señora le pregunta al notario: “¿Debemos
venir en ayunas?”. Si el notario hubiese sido un somarda redomado debería haberle respondido como el "Ripalda", con una abyecta sonrisa: "Si, señora, desde las doce de la noche antecedente".
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