jueves, 7 de mayo de 2026

Cosas de aquí

 NARRATIVA | santiago-maestro

 

En Aragón hay palabras y frases graciosas, muy expresivas, que no recuerdo haber escuchado en otras partes de España, por ejemplo “¡ahivadai!”, cuando le piden a alguien que se aparte; “andurriales”, que equivale a lugares poco frecuentados; “esgarramantas”, equivalente a ser un don nadie; “gatuperio”,  a intriga o a mezcla confusa; “a la gingorria”, de cualquier manera; “malachandra”, mujer perezosa; “terretiemblo”, niño muy movido; “tozuelo”,  cogote; “tontolaba”, idiota, etcétera. Y no digamos nada sobre frases hechas. Veamos algunas: “A medida del santo van las cortinas”,  que equivale a decir tal para cual, sobre todo si comparten comportamientos cuestionables; “pintar menos que Pichorras en Pastríz”,  para descalificar a alguien; “hacer algo por el alma de la abuela”, sin  beneficio alguno; “qué mierda llevas, Calatayud, si la has cogido, pa'tú pa'tú”, se le dice a alguien que va borracho y haciendo eses; “ponerse como Felipón”, comer demasiado; etcétera. A propósito de Pichorras y el pueblo de Pastríz me consta que existe una novela de 168 páginas escrita por Santiago Maestro Terraza y publicada por Mira Editores en 2001. Por casualidad la encontré un domingo en el rastrillo de la plaza de san Bruno, que leí y no terminó de gustarme. Puede encuadrarse en el tipo de relatos españoles picarescos del siglo XVI, aunque cinco siglos después, donde aparecían en escena antihéroes que intentaban sobrevivir como podían en el entorno desfavorable en una época sembrada de descontento, pobreza de solemnidad y falsas apariencias de una hidalguía (exenta de impuestos) que cabalgaba a mitad de camino entre el honor de gentilhombre valleinclanesco de humor cáustico y la realidad del hambre por la carencia de fortuna. Unos hidalgos, como digo, con chisteras de alas planas, melenas que les caían a media espalda, cuellos de enormes puntas, barbas y narices largas y extrema palidez por falta de sol y carencia de alimentos. Cervantes señala al principio de su excelsa novela que Don Quijote comía “algún palomino de añadidura  los domingos”,  lo que indica tenía el privilegio de poseer palomar, propio de los hidalgos y  de órdenes religiosas. En fin, Aragón es tierra de somardas, personas socarronas, irónicas y taimadas. Un ejemplo es ese agricultor que tiene que firmar un documento y pregunta: “¿Con mi nombre?”. El somarda siempre termina descolocando a su interlocutor. Recuerdo haber leído en el libro “Notario de guardia” (Javier Ronda y Marián Campra. Campra Comunicación. Sevilla, 2020) cuando una pareja de ancianos va al notario y éste le indica al matrimonio que deben volver a su despacho al día siguiente a primera hora para firmar unos papeles. Y la señora le pregunta al notario: “¿Debemos venir en ayunas?”. Si el notario hubiese sido un somarda redomado debería haberle respondido como el "Ripalda", con una abyecta sonrisa: "Si, señora, desde las doce de la noche antecedente".

 

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