En un artículo de Anton Jäger, “Los nuevos peligros de la extrema derecha europea”, (The New York Times, 3 de octubre de 2023) se hacía referencia a la novela “El desembarco” (1973) de Jean Raspail -que se ha convertido en un manual para la extrema derecha contemporánea. Ahí se señalaba que “el objetivo de los supuestos salvadores de Europa no es conquistar África, sino simplemente mantener a sus habitantes al sur del Mediterráneo”. Y eso es lo que está ocurriendo. A la opulenta Europa no le quita el sueño que España se haya convertido en refugio de miles de migrantes llegados en pateras, exceptuando los que se ahogan por el camino, entre ellos muchos menores de edad, y que el Gobierno se limite a distribuirlos por cupos por toda la geografía patria. A Europa lo que le pone en guardia es que esos advenedizos que huyen de países pobres de África decidan moverse como pez en el agua por el espacio Schengen sin pasar controles fronterizos en 27 países, porque, de ser así, la cosa se les complicaría. Nadie desea heredar miseria. En consecuencia afloran los xenófobos, achacando todo tipo de delitos y enfermedades a los recién llegados. Vox, partido de extrema derecha español, es un claro ejemplo de ello. Lo cierto es que países como Hungría y Polonia se encuentran desde hace años bajo el dominio de esa posición ideológica. Italia y Finlandia están gobernados por ella, en Bélgica, Francia y Suecia se acercan al poder, y en España ayudan a los gobiernos del PP en diversas Comunidades Autónomas, tales como Andalucía, Aragón, Extremadura y Castilla y León. Añadía Jäger en su artículo que “el auge de la extrema derecha en Europa ya lleva tiempo gestándose. Los primeros avances se produjeron en las décadas de 1980 y 1990 y con un periodo de avances constantes en la década de los 2000, sobre todo en Austria, donde la extrema derecha llegó al gobierno. Pero tras la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania, se ha producido un cambio importante. Más que meros contendientes electorales o moldeadores de la opinión pública, los partidos de extrema derecha europeos aparecen ahora como fuerzas de gobierno plausible y normal. Han pasado de ser una fuerza que solo era opositora a colarse en las altas esferas del poder”. No estamos en la Europa de los años 30, pero se le parece mucho. Y los continuos insultos, vejaciones y el mal estilo de diputados y senadores en este país no ayuda al sosiego de la una ciudadanía harta de ser silente, sino todo lo contrario. Todo ello me recuerda la dramática sesión en el Congreso de los Diputados el 16 de junio de 1936, como así consta en el Diario de Sesiones del día siguiente y que cualquiera puede leer. No tengo más que añadir. Como se dice en la jerga marinera, 'que cada palo aguante su vela'.
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