domingo, 12 de enero de 2020

La dictadura de algunos restaurantes



Si algo odio es esa moda de los platos a compartir, es decir, cuando en un banquete primero te ponen unos platos en el centro de la mesa para que vayas picando y sólo tengas derecho a la elección del segundo, que suele ser de carne o de pescado, sin que sepas a ciencia cierta si te darán gato por liebre o acedía por lenguado. Si es de carne, más vale no decirle al camarero que la prefieres muy hecha. Esa carne “muy hecha” estará más oxidada y nutrirá menos por la conocida reacción de Maillard (donde las proteínas de la carne se combinan con los azucares hasta dar un tono marrón produciendo acrilamidas). Anda, explícale eso al camarero que hace tres meses estaba poniendo ladrillos caravista en una obra o vendiendo biblias a domicilio.  Eso, dado el caso, significaría de forma expresa que has optado por masticar una suela de zapato al hincarle el tenedor. Cuando se ponen platos a compartir siempre llena más la andorga el comensal más caradura, o más tripero, el que se come todo lo que está al alcance de su brazo y, más tarde, hasta te pide que le pases parte de los que se encuentran en el otro lado de la mesa. Utilizan el mismo sistema con las botellas de vino. No digamos nada si  se trata de espumosos de Juve&Camps. Otra cosa que odio en los restaurantes poco elegantes, sobre todo en los de carretera, es el tuteo de los camareros, la forma poco ortodoxa de servir y recoger los platos, que pretendan hacerse los graciosos o que vistan enteramente de negro, esa moda tan al uso, con camisa de manga corta y enseñando tatuajes en los brazos. Hay que evitar, por otro lado, los platos recomendados, o aquellos que están fuera de la carta. Cuando te recomiendan un plato hay que desconfiar del camarero que te lo propone. Si optas por el plato que está fuera de la carta, atente a las consecuencias cuando recibas la cuenta. La “clavada” está asegurada. Y no digamos nada si al entrar en un restaurante y pedir la carta observas que en vez de los precios de cada plato pone “según mercado”. Eso equivale a decir que te cobrarán lo que les dé la gana. Es la dictadura de muchos restaurantes de medio pelaje y cantinas de estación, como aquellos ridículos sombreros de pelo de castor que portaban los indianos poco pudientes. Frente a ellos, siempre perdemos la batalla.

lunes, 6 de enero de 2020

Se acabó el carbón



Leo en La Vanguardia que “España abandona el carbón”. Esa noticia pondrá muy contentos a los niños en las futuras visitas de los Reyes Magos. “¡Se acabó el carbón!” es una vieja expresión que equivalía a decir que “se acabó lo que se daba”. Se cuenta que un carbonero de Madrid, al comienzo de la guerra civil, puso un cartel en la puerta de su negocio que decía: “Se acabó el carbón. A partir de ahora, leña”. Todos sabemos cómo acabó aquello. Lo cierto es que el carbón hace referencia a Krampus, el hermano malo de Santa Claus, un personaje flaco que salía a la calle con una vara para castigar a los niños que no había descubierto a su hermano, el caníbal  Krampus veinte días antes. Lo que sucedió fue que Washington Irving y la empresa de Coca Cola cambiaron el personaje y su ropa, que del verde pasó al rojo, y aquel hombre flaco se convirtió en un viejo bonachón que iba a bordo de un trineo. El carbón que se entregaba a los niños era el que más tarde iba a ser utilizado para el fuego de la caldera de Krampus donde esos niños iban a ser cocidos y devorados sin contemplaciones. En los cuentos infantiles de Grimm, las brujas les apretaban a los niños los brazos para ver si ya estaban tiernos para hacer con ellos un guiso. En España, esa tradición maléfica austríaca se suavizó con las figuras de los Reyes Magos, unos personajes de piel blanca, negra y amarilla, como los habitantes de los tres continentes entonces conocidos, que llegaban desde Oriente para entregar regalos a los niños que la noche anterior habían colocado sus zapatos en la ventana del dormitorio. Pero la tradición de los regalos en la fiesta de la Epifanía parte de la época romana y de las Saturnales, entre el 17 y 24 de diciembre, en honor a Saturno, dios de la Agricultura.  Esas fiestas terminaban el día 25 de diciembre con la celebración del Sol Invictus, cuando las horas de luz solar comenzaban a crecer. Los cristianos copiaron la fórmula, haciendo coincidir tal fecha con la del nacimiento del Nazareno. La tradición de santa Claus tuvo su origen en Turquía, a finales del siglo III, cuando un niño de nombre Nicolás se quedó huérfano y heredó una gran fortuna de sus padres. Años más tarde, el menor se convirtió en un sacerdote que destinó parte de su fortuna a ayudar a niños y desamparados.

domingo, 5 de enero de 2020

Tromba de buscavidas



Jesús Cacho se pone duro en su artículo de Vozpópuli, “Las mentes vacías, las neveras llenas”, y saca a colación a José María Gil Robles y a Manuel Azaña en lo referente al devenir histórico de España y a su fragmentación en nacionalidades y regiones, “donde la Constitución establece unos mecanismos de relación entre los poderes del Estado que acabarán porque no exista en España una democracia sino una partitocracia, es decir, el triunfo de los partidos políticos, equivalente de hecho al triunfo de la minoría que mangonea esos partidos a base de una mayoría de diputados sumisos y transigentes, y una opinión pública totalmente marginada” (Gil Robles). “Sin auténtica separación de poderes –señala Cacho-, la corrupción ha sido el pedernal que ha ido desgastando los perfiles de una democracia anémica y mal servida por la ausencia de instituciones y organismos de control independientes del Ejecutivo, capaces de haber metido a tiempo en la cárcel a los grandes ladrones. Corrupción del felipismo y corrupción no menor del rajoyismo. Majestuosa corrupción en el caso de Juan Carlos I, la mancha de aceite que desde lo más alto salpicó a toda la sociedad”. De la misma manera, las Comunidades Autónomas, esa parte integrante del Estado, que dijera Azaña, ha sido caldo de cultivo para la aparición  de caciques locales que, como bien  se señala Cacho, “picotean en el cuerpo exangüe que nuestra desacreditada  partitocracia, donde acude ahora toda clase de cuervos ávidos de sacar tajada. Justo castigo a la socialdemocracia, de derechas y de izquierdas, que ha gobernado este país desde la muerte de Franco y que se ha mostrado incapaz de regenerarse desde dentro. Caciques locales, como los de Teruel Existe, lugareños avispados dispuestos a labrarse un futuro sobre las aspiraciones de la pobre gente olvidada, ajena al cogito ergo sum. [Descartes. Discurso del método: “Pienso, luego existo”.] Epígonos del cántabro Revilluca  encantados con la idea de hacerse famosos sobre los tablaos de Telecinco y La Sexta. Detrás de los de Teruel vienen los caciques de Soria, los de León (“Si todo el mundo tiene su chiringuito, León tiene más derecho que nadie”), los de Cartagena (contra Murcia), los de Linares (“Jaén nos roba”), los del Bierzo y los que caigan. Todos dispuestos a unirse al cortejo que encabezan los separatismos catalán y vasco, enemigos de la unidad y la igualdad entre españoles”. España en almoneda”. La España vaciada ha servido de excusa perfecta para la “aparición en tromba de buscavidas” de todo pelaje dispuestos a poder servir de bisagras si fuese menester a mayor gloria de los líderes de los partidos consolidados. Son, digo, como esos peones de la cuadrilla que tapando con el capote la visión del toro, llegado el caso, salvan al maestro de terminar en la arena como el pobre  Manuel Granero por la embestida en 1922 de aquel toro del duque de Veragua (asesinado durante la Guerra Civil), de nombre Pocapena, como narró Hemingway en su novela “Muerte en la tarde”.

jueves, 2 de enero de 2020

Insomnes



Estos primeros días de enero, con temperaturas bajo cero y los restos de turrón y guirlache todavía  presentes en alguna alacena de la cocina, me he acordado de los veraneos en un pueblo, hace ya cincuenta y tantos años, donde sucedían pocas cosas, por no decir ninguna. Por aquellos días tenía un amigo algo bohemio y matábamos las horas arañando una guitarra imitando a Luis Aguilé. Por la carretera asomaban los primeros turistas, que siempre pasaban de largo, camino de las playas catalanas. Una de aquellas tediosas atardecidas acudimos a casa de un difunto. Nos sentamos en torno a una mesa camilla donde había pastas y licores. Tiempo después escribí un relato sobre lo acontecido en el velatorio y lo mandé a un concurso en Teruel: “Aquel verano, entre el tío del fagot y el árbol de las genealogías”. Mi sorpresa llegó cuando me lo premiaron. No lo esperaba. Me dieron la “máxima recompensa”, como reza uno de los premios concedidos al anís del Mono alrededor de una de sus medallas impresas en la etiqueta,  dibujada por Santiago Rusiñol siendo estudiante de Bellas Artes y por encargo de Vicente  Bosch. Bueno, a lo que iba. Durante aquellas noches veraniegas de insoportable calor, a muchos vecinos les encandilaba acercarse hasta la estación de ferrocarril y la llegada del último convoy procedente de Zaragoza: el “Ómnibus Arcos”, que tenía una parada fijada de un minuto. Y mientras el “pueblerío” intercambiaba chascarrillos en los bancos del andén, un mozo vestido al estilo de la “western story” se montaba en el último vagón, que quedaba exento de focos, en plena oscuridad, y aparecía tirándose en marcha junto al despacho del jefe de la estación. El personal se reía, y tras la charlotada gratuita y excéntrica, todos regresaban al pueblo distante a un kilómetro. Pero al factor de noche, Telesforo Bonet, que había llegado hacía poco tiempo desde Tarancón,  se lo llevaban los demonios por el peligro de accidente a que se exponía aquel insensato. Mientras, el tío del fagot, Fabián Rosete, soplaba el instrumento en un alarde de inhibición. Del otro lado de una acequia, donde años antes se había ahogado Miguelín, el hijo de un guardagujas, llegaba el sonido monocorde de unas chicharras insomnes y de guateque.

miércoles, 1 de enero de 2020

Elogio del anís "La toledana"



Sobre el anís se han escrito muchas páginas, aunque no las suficientes. De Cela tengo recogidos dos elogios, en su ventana “El color de la mañana” en ABC, y con menos de un mes de diferencia entre ellos. En el primero, “Iniciación del arte de beber anís” (ABC, domingo, 15/01/95) señalaba que “beber anís no es fácil, se requiere un paladar, si de ida, virgen y, si de vuelta, culto; una lengua chascadora; una mirada enternecida por la nostalgia o el rijo; y un  dedo meñique siempre dispuesto a dispararse al tacto de la copa…”. En otro artículo, como decía, “Vida y muerte del ojén”, (ABC, sábado, 11/02/95)  hacía referencia a “aquel anís benemérito que no debiera haber muerto nunca”. Años antes, también  Xavier Domingo (Cambio 16, 15/02/82), y bajo el lacónico título “El anís”, señalaba: “Cada anís tiene su secreto, acentúa un sabor particular, insiste en el aroma de una hierba distinta y sólo el gran iniciado sabe distinguir si entra más hinojo que ajenjo o más regaliz que anís estrellado. Plantas virtuosas, vegetales con potencia medicinal, hierbas de camino, que un sabio tiraba y otro recogía”. Estos días festivos ha tomado alguna copa de anís y he recordado cuando, de niño, los músicos madrugadores tocaban el día de san Isidro una diana floreada en la entrada de la casa de mis padres, también en las casas de otros vecinos, todos ellos empleados en la misma factoría. La costumbre era, en reconocimiento al trabajo de soplar el clarinete, la trompeta, la tuba, aporrear un bombo y hacer sonar los platillos, sacar unas rosquillas y unas copitas de anís La Toledana (que era el que disponía el economato de la fábrica) a modo de tentempié tempranero en una bandeja de alpaca. Los músicos, siempre agradecidos, nos deleitaban con algún pasacalle.