Si algo odio es esa moda de los platos a compartir,
es decir, cuando en un banquete primero te ponen unos platos en el centro de la
mesa para que vayas picando y sólo tengas derecho a la elección del segundo,
que suele ser de carne o de pescado, sin que sepas a ciencia cierta si te darán
gato por liebre o acedía por lenguado. Si es de carne, más vale no decirle al
camarero que la prefieres muy hecha. Esa carne “muy hecha” estará más oxidada y
nutrirá menos por la conocida reacción de Maillard (donde las proteínas de la carne se combinan con los azucares hasta dar un
tono marrón produciendo acrilamidas). Anda, explícale eso al camarero que hace
tres meses estaba poniendo ladrillos caravista en una obra o vendiendo biblias
a domicilio. Eso,
dado el caso, significaría de forma expresa que has optado por masticar una
suela de zapato al hincarle el tenedor. Cuando se ponen platos a compartir
siempre llena más la andorga el comensal más caradura, o más tripero, el que se
come todo lo que está al alcance de su brazo y, más tarde, hasta te pide que le
pases parte de los que se encuentran en el otro lado de la mesa. Utilizan el
mismo sistema con las botellas de vino. No digamos nada si se trata de espumosos de Juve&Camps. Otra cosa que odio en los restaurantes poco
elegantes, sobre todo en los de carretera, es el tuteo de los camareros, la
forma poco ortodoxa de servir y recoger los platos, que pretendan hacerse los
graciosos o que vistan enteramente de negro, esa moda tan al uso, con camisa de
manga corta y enseñando tatuajes en los brazos. Hay que evitar, por otro lado,
los platos recomendados, o aquellos que están fuera de la carta. Cuando te
recomiendan un plato hay que desconfiar del camarero que te lo propone. Si
optas por el plato que está fuera de la carta, atente a las consecuencias
cuando recibas la cuenta. La “clavada” está asegurada. Y no digamos nada si al
entrar en un restaurante y pedir la carta observas que en vez de los precios de
cada plato pone “según mercado”. Eso equivale a decir que te cobrarán lo que
les dé la gana. Es la dictadura de muchos restaurantes de medio pelaje y
cantinas de estación, como aquellos ridículos sombreros de pelo de castor que
portaban los indianos poco pudientes. Frente a ellos, siempre perdemos la
batalla.
domingo, 12 de enero de 2020
lunes, 6 de enero de 2020
Se acabó el carbón
Leo en La
Vanguardia que “España abandona el carbón”. Esa noticia pondrá muy
contentos a los niños en las futuras visitas de los Reyes Magos. “¡Se acabó el carbón!” es una vieja expresión que
equivalía a decir que “se acabó lo que se daba”. Se cuenta que un carbonero de
Madrid, al comienzo de la guerra civil, puso un cartel en la puerta de su
negocio que decía: “Se acabó el carbón. A partir de ahora, leña”. Todos sabemos
cómo acabó aquello. Lo cierto es que el carbón hace referencia a Krampus, el hermano malo de Santa Claus, un personaje flaco que
salía a la calle con una vara para castigar a los niños que no había
descubierto a su hermano, el caníbal Krampus
veinte días antes. Lo que sucedió fue que Washington
Irving y la empresa de Coca Cola
cambiaron el personaje y su ropa, que del verde pasó al rojo, y aquel hombre
flaco se convirtió en un viejo bonachón que iba a bordo de un trineo. El carbón
que se entregaba a los niños era el que más tarde iba a ser utilizado para el
fuego de la caldera de Krampus donde esos niños iban a ser cocidos y devorados
sin contemplaciones. En los cuentos infantiles de Grimm, las brujas les apretaban a los niños los brazos para ver si
ya estaban tiernos para hacer con ellos un guiso. En España, esa tradición maléfica
austríaca se suavizó con las figuras de los Reyes Magos, unos personajes de
piel blanca, negra y amarilla, como los habitantes de los tres continentes
entonces conocidos, que llegaban desde Oriente para entregar regalos a los
niños que la noche anterior habían colocado sus zapatos en la ventana del
dormitorio. Pero la tradición de los regalos en la fiesta de la Epifanía parte
de la época romana y de las Saturnales, entre el 17 y 24 de diciembre, en honor
a Saturno, dios de la Agricultura. Esas fiestas terminaban el día 25 de diciembre
con la celebración del Sol Invictus,
cuando las horas de luz solar comenzaban a crecer. Los cristianos copiaron la
fórmula, haciendo coincidir tal fecha con la del nacimiento del Nazareno. La tradición de santa Claus
tuvo su origen en Turquía, a finales del siglo III, cuando un niño de nombre Nicolás se quedó huérfano y heredó una
gran fortuna de sus padres. Años más tarde, el menor se convirtió en un
sacerdote que destinó parte de su fortuna a ayudar a niños y desamparados.
domingo, 5 de enero de 2020
Tromba de buscavidas
Jesús
Cacho se pone duro en su artículo de Vozpópuli, “Las mentes
vacías, las neveras llenas”, y saca a colación a José María Gil Robles y a Manuel
Azaña en lo referente al devenir histórico de España y a su fragmentación
en nacionalidades y regiones, “donde la Constitución establece unos mecanismos
de relación entre los poderes del Estado que acabarán porque no exista en
España una democracia sino una partitocracia, es decir, el triunfo de los
partidos políticos, equivalente de hecho al triunfo de la minoría que mangonea
esos partidos a base de una mayoría de diputados sumisos y transigentes, y una
opinión pública totalmente marginada” (Gil Robles). “Sin auténtica separación
de poderes –señala Cacho-, la corrupción ha sido el pedernal que ha ido
desgastando los perfiles de una democracia anémica y mal servida por la
ausencia de instituciones y organismos de control independientes del Ejecutivo,
capaces de haber metido a tiempo en la cárcel a los grandes ladrones.
Corrupción del felipismo y corrupción no menor del rajoyismo. Majestuosa
corrupción en el caso de Juan Carlos I, la mancha de aceite
que desde lo más alto salpicó a toda la sociedad”. De la misma manera, las
Comunidades Autónomas, esa parte integrante del Estado, que dijera Azaña, ha
sido caldo de cultivo para la aparición
de caciques locales que, como bien se señala Cacho, “picotean en el cuerpo
exangüe que nuestra desacreditada partitocracia,
donde acude ahora toda clase de cuervos ávidos de sacar tajada. Justo castigo a
la socialdemocracia, de derechas y de izquierdas, que ha gobernado este país
desde la muerte de Franco y que se ha mostrado incapaz de
regenerarse desde dentro. Caciques locales, como los de Teruel Existe,
lugareños avispados dispuestos a labrarse un futuro sobre las aspiraciones de
la pobre gente olvidada, ajena al cogito ergo sum. [Descartes. Discurso del método: “Pienso, luego existo”.] Epígonos del
cántabro Revilluca encantados
con la idea de hacerse famosos sobre los tablaos de Telecinco y La Sexta.
Detrás de los de Teruel vienen los caciques de Soria, los de León (“Si todo el
mundo tiene su chiringuito, León tiene más derecho que nadie”), los de
Cartagena (contra Murcia), los de Linares (“Jaén nos roba”), los del Bierzo y
los que caigan. Todos dispuestos a unirse al cortejo que encabezan los
separatismos catalán y vasco, enemigos de la unidad y la igualdad entre
españoles”. España en almoneda”. La España vaciada ha servido de excusa
perfecta para la “aparición en tromba de buscavidas” de todo pelaje dispuestos
a poder servir de bisagras si fuese menester a mayor gloria de los líderes de
los partidos consolidados. Son, digo, como esos peones de la cuadrilla que
tapando con el capote la visión del toro, llegado el caso, salvan al maestro de
terminar en la arena como el pobre Manuel Granero por la embestida en 1922
de aquel toro del duque de Veragua (asesinado
durante la Guerra Civil), de nombre Pocapena, como narró Hemingway en su novela “Muerte en la tarde”.
jueves, 2 de enero de 2020
Insomnes
Estos primeros días de enero, con temperaturas bajo
cero y los restos de turrón y guirlache todavía
presentes en alguna alacena de la cocina, me he acordado de los veraneos
en un pueblo, hace ya cincuenta y tantos años, donde sucedían pocas cosas, por
no decir ninguna. Por aquellos días tenía un amigo algo bohemio y matábamos las
horas arañando una guitarra imitando a Luis
Aguilé. Por la carretera asomaban los primeros turistas, que siempre
pasaban de largo, camino de las playas catalanas. Una de aquellas tediosas
atardecidas acudimos a casa de un difunto. Nos sentamos en torno a una mesa
camilla donde había pastas y licores. Tiempo después escribí un relato sobre lo
acontecido en el velatorio y lo mandé a un concurso en Teruel: “Aquel verano, entre el tío del fagot y el
árbol de las genealogías”. Mi sorpresa llegó cuando me lo premiaron. No lo
esperaba. Me dieron la “máxima recompensa”,
como reza uno de los premios concedidos al anís
del Mono alrededor de una de sus medallas impresas en la etiqueta, dibujada por Santiago Rusiñol siendo estudiante de Bellas Artes y por encargo de
Vicente
Bosch. Bueno, a lo que iba. Durante aquellas noches veraniegas de
insoportable calor, a muchos vecinos les encandilaba acercarse hasta la
estación de ferrocarril y la llegada del último convoy procedente de Zaragoza:
el “Ómnibus Arcos”, que tenía una
parada fijada de un minuto. Y mientras el “pueblerío” intercambiaba
chascarrillos en los bancos del andén, un mozo vestido al estilo de la “western story” se montaba en el último
vagón, que quedaba exento de focos, en plena oscuridad, y aparecía tirándose en
marcha junto al despacho del jefe de la estación. El personal se reía, y tras
la charlotada gratuita y excéntrica, todos regresaban al pueblo distante a un
kilómetro. Pero al factor de noche, Telesforo
Bonet, que había llegado hacía poco tiempo desde Tarancón, se lo llevaban los demonios por el peligro de
accidente a que se exponía aquel insensato. Mientras, el tío del fagot, Fabián Rosete, soplaba el instrumento
en un alarde de inhibición. Del otro lado de una acequia, donde años antes se
había ahogado Miguelín, el hijo de un
guardagujas, llegaba el sonido monocorde de unas chicharras insomnes y de
guateque.
miércoles, 1 de enero de 2020
Elogio del anís "La toledana"
Sobre el anís se han escrito muchas páginas, aunque
no las suficientes. De Cela tengo
recogidos dos elogios, en su ventana “El
color de la mañana” en ABC, y con menos de un mes de diferencia entre
ellos. En el primero, “Iniciación del
arte de beber anís” (ABC, domingo, 15/01/95) señalaba que “beber anís no es
fácil, se requiere un paladar, si de ida, virgen y, si de vuelta, culto; una
lengua chascadora; una mirada enternecida por la nostalgia o el rijo; y un dedo meñique siempre dispuesto a dispararse
al tacto de la copa…”. En otro artículo, como decía, “Vida y muerte del ojén”, (ABC, sábado, 11/02/95) hacía referencia a “aquel anís benemérito que
no debiera haber muerto nunca”. Años antes, también Xavier
Domingo (Cambio 16, 15/02/82), y bajo el lacónico título “El anís”, señalaba: “Cada anís tiene su
secreto, acentúa un sabor particular, insiste en el aroma de una hierba
distinta y sólo el gran iniciado sabe distinguir si entra más hinojo que ajenjo
o más regaliz que anís estrellado. Plantas virtuosas, vegetales con potencia
medicinal, hierbas de camino, que un sabio tiraba y otro recogía”. Estos días
festivos ha tomado alguna copa de anís y he recordado cuando, de niño, los
músicos madrugadores tocaban el día de san
Isidro una diana floreada en la entrada de la casa de mis padres, también
en las casas de otros vecinos, todos ellos empleados en la misma factoría. La
costumbre era, en reconocimiento al trabajo de soplar el clarinete, la trompeta,
la tuba, aporrear un bombo y hacer sonar los platillos, sacar unas rosquillas y
unas copitas de anís La Toledana (que
era el que disponía el economato de la fábrica) a modo de tentempié tempranero
en una bandeja de alpaca. Los músicos, siempre agradecidos, nos deleitaban con
algún pasacalle.
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