miércoles, 22 de enero de 2020

Áurea mediócritas


Acabo de leer “La reina roja”  (Ed. Cátedra) de Gonzalo Suárez. No sé cómo clasificarla. Es una historia sórdida. En el capítulo VIII (“Antesala del infierno”) me choca cuando el autor escribe en la página 56: “Puse la fotografía sobre el tapete. Justo en el momento en el que [Paraiso] se disponía a cuajar su treintaisieteava carambola”. A mi entender, lo correcto hubiese sido escribir “la trigesimoséptima carambola”. El autor, sin duda por un lapsus perdonable, se había embrollado con los números ordinales y los partitivos. Ello me da pie para hacer algunas consideraciones en lo que respecta a números ordinales, cardinales y partitivos. Me canso de ver escrito “decimoprimero” y “decimosegundo” cuando lo correcto es decir, o escribir, undécimo y duodécimo. Se tenderá siempre a utilizar los ordinales entre el primero y el vigésimo y los cardinales podrán sustituir a los ordinales a partir del décimo, algo que se entiende fácilmente al hacer referencia a reyes o a papas.  Por otro lado, debe mantenerse la concordancia de “un” y “una” en los cardinales compuestos y no debemos olvidar  que el numeral distributivo “sendos” significa “uno (para, de, en) cada uno de dos o más de dos”. Los libros de estilo facilitan la labor. ¡Cuánto se echa en falta “El dardo en la palabra”, del zaragozano Fernando Lázaro Carreter! En lo que a mí respecta, líbreme Dios de pretender dar lecciones al lector. Me conformo con poderlas recibir e intentar asimilarlas. Como bien decía Lázaro, “tan espontáneo es el ‘andé’ de niño como el ‘anduve’ de la madre que lo corrige; simplemente ésta actúa en un nivel cultural superior”. De eso se trata. Añadía Lázaro que "entre el purismo (freno a todo lo extranjero) y el casticismo (vigencia permanente de lo propio y castizo) conviene evitar cambios disgregadores". Lo correcto, siempre, es lo más sencillo: hablar y escribir con propiedad y sin afectación, para que todos puedan entendernos. En el áurea mediócritas está la virtud.

martes, 21 de enero de 2020

In odium fidei



Hoy, 21 de enero, la Iglesia recuerda al santo Juan Yi Yun-li, nacido en 1823 en Hongju, Chungcheong-do, al sudoeste de Corea, decapitado en 1867 y  canonizado en Seúl por el papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, durante su visita con atentado incluido a ese país, junto a otros 102 mártires. De Corea del Sur, el Papa siguió viaje a Papúa-Nueva Guinea, donde beatificó a Peter To Rot, nacido en 1912 en Rakunai (Nueva Pomerania) y asesinado en 1945 durante la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, cuando ese catequista de 33 años, entonces casado con Paula Ia Varpit,  fue asesinado por dos oficiales  de la policía militar japonesa, Yoshinori Machida y Gunto ayudados por un médico militar  que le inyectó una dosis mortal de veneno tras negarse a dejar de catequizar y oponerse a la poligamia, que pretendían instaurar los invasores de esa isla del Pacífico con la intención declarada de los nipones de ganar la colaboración de los jefes de la aldea y de la población local. Ambos, tanto el coreano Juan Yi Yun-li, como el papú Peter To Rot, murieron “in odium fidei” y la Iglesia Católica dejó constancia de ello.

lunes, 20 de enero de 2020

Conviene leer las etiquetas



Hoy necesitaba comprar unas cebollas de Fuentes de Ebro pasa hacer un lomo a la zaragozana al estilo de “La cocina completa”, de la bilbaína Marquesa de Parabere (María Mestayer Jaquet, que firmaba como Maritxu, que no sabía cocinar y que tampoco era marquesa. Había tomado el título nobiliario de una novela de Gabrielle Anne de Cisternes de Courtiras titulado “La Marquise de Parabère”, publicada en 1859).  Esas cebollas, como decía, tienen la virtud de que no pican en la lengua, son jugosas y saben dulce. Las ahora adquiridas, que rechacé de inmediato, iban envueltas en una malla y ya las había echado al carro del supermercado cuando decidí mirar su etiqueta.  Estaban estuchadas en Fuentes de Ebro pero procedían de Perú, como sucede con los espárragos y con los pimientos del piquillo si uno no está atento a la letra pequeña de las latas y de los frascos. Algo parecido acontece con la ropa. Posiblemente mi camisa esté confeccionada en China, el pantalón en Méjico,  la ropa interior en Vietnam o en Portugal,  mis calcetines en Villaconejos de Trabaque, en la provincia de Cuenca, y mis zapatos, en Tabuenca, cerca del Moncayo, lugar donde por los extensos eriales del Cerro del Calvario se pueden probar con éxito asegurado los zapatos Gorila con forros transpirables y de extraordinaria dureza. Día llegará, a no tardar, en el que las conocidas como “frutas de Aragón” (frutas confitadas, forradas de chocolate y envueltas en papel de celofán) procedan de la República Dominicana; los “adoquines de Calatayud”,  de Rumanía; y los guirlaches, de Uzerche, que para el que no lo sepa está en la región de Lemosín, en el departamento de Corrèze y en el distrito de Tulle.

sábado, 18 de enero de 2020

El asno de Buridán



Trihalometanos en el agua de grifo,  arsénico en el arroz…  Al final va a resultar que comer y beber, aunque sea agua, es fatal para la salud. Tal estado de cosas me recuerda lo que me contaba un amigo baturro, de aquellos de cachirulo en la cabeza, respecto a una de sus acémilas que le ayudaban en las faenas del campo: “Cuando se olvidó de comer, se murió”. Es decir, algo parecido a lo que le ocurrió al asno de Buridán (aquel teólogo escolástico discípulo de Guillermo de Ockham, defensor del libre albedrío)  sobre aquel pollino que no sabía distinguir entre un montón de heno y un cubo de agua y que, en consecuencia, terminó muriendo de sed. Cualquier día nos contarán los expertos en nutrición que echarse a la andorga un cocido madrileño es malísimo para la salud y que llevarse a la boca un trozo de tortilla de patata con cebolla los sábados por la noche o los jueves al mediodía termina produciendo no sabemos qué misteriosa dolencia. ¿Por qué precisamente los sábados por la noche y los jueves al mediodía? Sencillamente, por reducción al absurdo. Decía el ilustre endocrinólogo Gregorio Marañón que el cocido madrileño salvó durante la larga posguerra más vidas que la penicilina. Pero no pasa nada, de algo habrá que morirse.

jueves, 16 de enero de 2020

San Antón



Mañana, la Iglesia Católica celebra la fiesta de san Antón, y hay costumbre de hisopar a los animales y de hacer hogueras en las plazas de los pueblos. Conozco varios cuadros de ese santo. Uno de ellos, de Francisco de Zubarán, donde aparece el santo de cuerpo entero. Otros, de Cèzanne, Rivera, Leonora Carrington, El Bosco…,  que representan todos ellos las tentaciones que sufrió aquel santo durante su época de anacoreta en Egipto, si hacemos caso a los relatos de san Atanasio y de san Jerónimo. Es curioso que hubiera un tiempo en Madrid en el que no era raro ver piaras de cerdos coincidiendo con esa festividad recorriendo sus calles. La festividad de san Antón comenzó en el Siglo de Oro. Era tiempo de matanza y hasta los judíos conversos  criaban un cerdo como forma hipócrita de demostrar su fe ante los atentos ojos de la Inquisición. Llegado el día de la fiesta, 17 de enero, les entregaban a los párrocos el marrano vivo para que ellos dispusiesen cómo repartir su carne una vez sacrificado. Con el tiempo apareció una cancioncilla que todavía se mantiene viva en el ámbito rural: “San Antón, san Antón/ el que no mata cochino/ no come morcillón”. El filólogo salmantino Pedro García Domínguez, en su artículo “Mogarraz y el cochino de san Antón” detalla que “desde el siglo XV [al marrano] se lo asocia a San Antón al que en 1490, El Bosco, pintor predilecto del rey Felipe II, pinta siempre al santo con un cerdo manso a sus pies. El cerdo es el símbolo de la impureza, en la tradición judía, contrapuesta a la defensa de la pureza en férrea pugna”.