miércoles, 22 de enero de 2020
Áurea mediócritas
martes, 21 de enero de 2020
In odium fidei
Hoy, 21 de enero, la Iglesia recuerda al santo Juan Yi Yun-li, nacido en 1823 en
Hongju, Chungcheong-do, al sudoeste de Corea, decapitado en 1867 y canonizado en Seúl por el papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984,
durante su visita con atentado incluido a ese país, junto a otros 102
mártires. De Corea del Sur, el Papa siguió viaje a Papúa-Nueva Guinea, donde
beatificó a Peter To Rot, nacido en
1912 en Rakunai (Nueva Pomerania) y asesinado en 1945 durante la ocupación
japonesa en la Segunda Guerra Mundial, cuando ese catequista de 33 años,
entonces casado con Paula Ia Varpit,
fue asesinado por dos oficiales de la policía militar japonesa, Yoshinori Machida
y Gunto ayudados por un
médico militar que le inyectó una dosis
mortal de veneno tras negarse a dejar de catequizar y oponerse a la poligamia, que
pretendían instaurar los invasores de esa isla del Pacífico con la intención
declarada de los nipones de ganar la colaboración de los jefes de la aldea y de
la población local. Ambos, tanto el coreano Juan Yi Yun-li, como el papú Peter
To Rot, murieron “in odium fidei” y
la Iglesia Católica dejó constancia de ello.
lunes, 20 de enero de 2020
Conviene leer las etiquetas
Hoy necesitaba comprar unas cebollas de Fuentes de
Ebro pasa hacer un lomo a la zaragozana al estilo de “La cocina completa”, de la bilbaína Marquesa de Parabere (María Mestayer Jaquet, que firmaba como Maritxu, que no sabía cocinar y que
tampoco era marquesa. Había tomado el título nobiliario de una novela de Gabrielle Anne de Cisternes de Courtiras titulado
“La Marquise de Parabère”, publicada
en 1859). Esas cebollas, como decía,
tienen la virtud de que no pican en la lengua, son jugosas y saben dulce. Las
ahora adquiridas, que rechacé de inmediato, iban envueltas en una malla y ya
las había echado al carro del supermercado cuando decidí mirar su
etiqueta. Estaban estuchadas en Fuentes
de Ebro pero procedían de Perú, como sucede con los espárragos y con los
pimientos del piquillo si uno no está atento a la letra pequeña de las latas y
de los frascos. Algo parecido acontece con la ropa. Posiblemente mi camisa esté
confeccionada en China, el pantalón en Méjico, la ropa interior en Vietnam o en
Portugal, mis calcetines en Villaconejos
de Trabaque, en la provincia de Cuenca, y mis zapatos, en Tabuenca, cerca del
Moncayo, lugar donde por los extensos eriales del Cerro del Calvario se pueden
probar con éxito asegurado los zapatos Gorila
con forros transpirables y de extraordinaria dureza. Día llegará, a no tardar,
en el que las conocidas como “frutas de
Aragón” (frutas confitadas, forradas de chocolate y envueltas en papel de
celofán) procedan de la República Dominicana; los “adoquines de Calatayud”, de
Rumanía; y los guirlaches, de Uzerche, que para el que no lo sepa está en la
región de Lemosín, en el departamento de Corrèze y en el distrito de Tulle.
sábado, 18 de enero de 2020
El asno de Buridán
Trihalometanos en el agua de grifo, arsénico en el arroz… Al final va a resultar que comer y beber,
aunque sea agua, es fatal para la salud. Tal estado de cosas me recuerda lo que
me contaba un amigo baturro, de aquellos de cachirulo en la cabeza, respecto a
una de sus acémilas que le ayudaban en las faenas del campo: “Cuando se olvidó
de comer, se murió”. Es decir, algo parecido a lo que le ocurrió al asno de Buridán (aquel teólogo escolástico
discípulo de Guillermo de Ockham, defensor
del libre albedrío) sobre aquel pollino que
no sabía distinguir entre un montón de heno y un cubo de agua y que, en consecuencia,
terminó muriendo de sed. Cualquier día nos contarán los expertos en nutrición
que echarse a la andorga un cocido madrileño es malísimo para la salud y que
llevarse a la boca un trozo de tortilla de patata con cebolla los sábados por
la noche o los jueves al mediodía termina produciendo no sabemos qué misteriosa
dolencia. ¿Por qué precisamente los sábados por la noche y los jueves al
mediodía? Sencillamente, por reducción al absurdo. Decía el ilustre
endocrinólogo Gregorio Marañón que
el cocido madrileño salvó durante la larga posguerra más vidas que la penicilina.
Pero no pasa nada, de algo habrá que morirse.
jueves, 16 de enero de 2020
San Antón
Mañana, la Iglesia Católica celebra la fiesta de san Antón, y hay costumbre de hisopar a
los animales y de hacer hogueras en las plazas de los pueblos. Conozco varios
cuadros de ese santo. Uno de ellos, de Francisco
de Zubarán, donde aparece el santo de cuerpo entero. Otros, de Cèzanne, Rivera, Leonora Carrington,
El Bosco…, que representan todos ellos las tentaciones
que sufrió aquel santo durante su época de anacoreta en Egipto, si hacemos caso
a los relatos de san Atanasio y de san Jerónimo. Es curioso que hubiera un
tiempo en Madrid en el que no era raro ver piaras de cerdos coincidiendo con
esa festividad recorriendo sus calles. La festividad de san Antón comenzó en el
Siglo de Oro. Era tiempo de matanza y hasta los judíos conversos criaban un cerdo como forma hipócrita de demostrar
su fe ante los atentos ojos de la Inquisición. Llegado el día de la fiesta, 17
de enero, les entregaban a los párrocos el marrano vivo para que ellos
dispusiesen cómo repartir su carne una vez sacrificado. Con el tiempo apareció
una cancioncilla que todavía se mantiene viva en el ámbito rural: “San Antón, san Antón/ el que no mata cochino/
no come morcillón”. El filólogo salmantino Pedro García Domínguez, en su artículo “Mogarraz y el cochino de san Antón” detalla que “desde el siglo XV [al marrano] se lo asocia a San Antón al
que en 1490, El Bosco, pintor predilecto del rey Felipe II, pinta siempre al santo con un cerdo manso a sus pies. El
cerdo es el símbolo de la impureza, en la tradición judía, contrapuesta a la
defensa de la pureza en férrea pugna”.
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