Cualquier trabajador fuera de sus horas de trabajo es libre para hacer aquello que le venga en gana. Pero todavía hay ciudadanos que piensan que los docentes trabajan menos horas y tienen más vacaciones. Veamos: si el que así piensa se refiere a la pausa de los dos meses de verano, se equivoca. Solo disponen de un mes de vacaciones, el otro se lo pagan ellos a través de los descuentos que se le practican durante todo el año. Lo que aquí describo viene a cuento con un artículo de Álvaro Romero, en El Correo de Andalucía, donde da en el quid de la cuestión. Romero hace referencia a una señora, no dice su nombre, que en una tertulia de televisión, tampoco dice en cuál, mantuvo equivocadamente que “las tutorías de los profesores son una manera de cobrar evitando las clases, un modo de conseguir un día libre”. Álvaro Romero, indignado, señala que “la tal (sic) -como mucha gente, imagino- no sabe nada de la vida de un docente, pero hablar sigue siendo gratis. Evidentemente, no sabe que los docentes, al margen de sus clases, tienen que hacer tutorías con los alumnos y con los padres de estos fuera del horario escolar. Tampoco sabe que esas tutorías las suele fijar el profe (sic) pero que siempre tienen lugar cuando les viene bien a los papis (sic). Menos idea tendrá la tal (sic) de que, al margen del tiempo de las clases, estas hay que prepararlas porque, al contrario de lo que ocurre en esos programas televisivos, en una clase no valen las tonterías y todo lo que se enseña ha precisado de muchas horas de preparación, más bien años de hincar codos y reflexionar no solo sobre la materia, sino sobre el modo de enseñarla”. Sobre esa cuestión algo conozco por tener un hijo profesor de Secundaria y por lo que él me cuenta. Además de todo ello, para ser educador con plaza fija en la enseñanza pública hay que pasar, con excelente nota por cierto, unas duras oposiciones; y que, por tratarse de concurso-oposición, se puede aprobar y no conseguir plaza, y que constan de dos fases: una, de nivel de preparación; y, otra, de concurso de méritos. Algo que no sucede en la enseñanza privada ni en la concertada, esta última también financiada por el Estado aunque manejada en buena parte por órdenes religiosas sobre las que no deseo dar mi opinión. A las aulas deben asistir los educandos para adquirir los conocimientos necesarios que se exigen en cada curso académico. Los adoctrinamientos, si es que alguien precisare de ellos, mejor en los templos.
miércoles, 19 de octubre de 2022
martes, 18 de octubre de 2022
La piedra en la bicha
Reconozco tener muchas manías. Una de ellas consiste en que, cuando visito alguna catedral, alguna muralla romana o algún sitio de interés, suelo rascar con el dedo en algún trocito de piedra que se mueve hasta sacarla de su sitio. Y cuando llego a casa la introduzco dentro de una bolsita de plástico, la etiqueto y la guardo como si fuese la reliquia de un santo. Hace un par de meses conseguí un trocito del Muro de Berlín con su correspondiente certificación. Ese día fue para mí como de gran fiesta. Pues bien, leyendo a Gregorio Marañón descubrí algo que no sabía. En su libro recopilatorio “Elogio y nostalgia de Toledo” hace referencia a Benito Pérez Galdós, que fue gran amigo de su padre, Manuel Marañón y Gómez Acebo, además de un conocedor al dedillo de la actual capital de Castilla-La Mancha. Pues bien, en su ensayo “La piedra en la bicha” refiere ese “trapero del tiempo” que fue el ilustre médico una pequeña historia que simboliza el amor que Galdós sintió por la Catedral. Escribe Marañón: “Bajo el aire de infantil travesura que tantas veces tomaban sus expansiones, aun siendo ya viejo, puede encontrarse la expresión de un ansia subconsciente de unir su personalidad efímera a la inmortal perennidad del monumento. En la fuente de los Doce Caños recogió un día una piedrecilla, pulida como un diamante, y quiso dejarla en la iglesia donde nadie la pudiera descubrir ni quitar. Para ello, con la complicidad del campanero, a la hora en que la nave estaba solitaria, introdujeron, con no poco esfuerzo, la pedrezuela en la boca de una de las bichas de bronce que sostienen el cuerpo del púlpito del Evangelio, en el crucero de la Catedral. Bastaba explorar con el dedo meñique las fauces del pequeño monstruo para tocar allá adentro el canto de Galdós. Su mano guió la mía, con satisfacción que no olvidaré nunca, la primera vez que me confió el secreto; y recuerdo que yo era tan pequeño que tuve que subirme a una silla para cumplir el rito”. Marañón se lamenta de que la piedra fue extraída por su culpa, por no haber sabido guardar el secreto al lograr que la tocasen muchas personas, y hasta sospecha Marañón quién fue el que dio la orden de que la quitasen de allí. Le produjo un gran abatimiento.
viernes, 14 de octubre de 2022
El acordeón de la escritura
Yo siempre mantuve la idea de que un relato es una novela desnuda. A mi entender, si a una novela la pudiese pasar por un tamiz y quitarle los grumos, o sea, todo aquello que le sobra, se quedaría en una narración más o menos breve, que ahí no entro en consideraciones. De ahí el error de los concursos literarios donde exigen al autor cierto número de páginas. Si un relato que ocupa cuatro folios debe ser alargado por exigencias del convocante el resultado puede ser un ladrillo. De hecho, Alfonso Zapater me contaba hace años, mientras tomábamos unas cervezas en el bar La viña P del “Tubo” zaragozano, a propósito de su novela “Viajando con Alirio” (Planeta, Barcelona, 1980), que las cien primeras páginas eran fáciles de construir con la idea que él llevaba en la cabeza, pero que el resto, pongamos otras cien, llevaban más trabajo al tener que añadirle aderezos innecesarios. Su novela (en edición Planeta) consta de 201 páginas. Comprendo el viacrucis que ello le supuso. El argumento es simple: Enrique, que transportaba mercancías por España con su furgón, es contratado para trasladar a su pueblo natal el cadáver de Alirio Pérez Lafita, lo que le llevará por los parajes en los que transcurrió la vida del difunto. Juan Villalba Sebastián, en su trabajo “Alfonso Zapater. El eterno aprendiz” le hizo un buen retrato biográfico al minuto en la revista Turia (número 95, 2010, páginas 369-392) como aquellas que hizo Ángel Cordero Gracia, entre 1925 y 1978, detrás de la Lonja zaragozana y junto a unos urinarios ya desaparecidos, a niños de primera comunión, militares sin graduación, chicas de servir, parejas de novios y a algún desorientado que callejeaba esperando la hora de tomar el primer tren de regreso a no sabemos dónde. De Ángel Cordero queda memoria perenne en el caballito de bronce de Francisco Rallo. Los tipos fotografiados en blanco y negro, ¡ay!, desaparecieron para siempre como simple polvillo de mariposa aunque alguno de sus retratos, ya virando al color sepia, duerma el sueño de los paisajes robados en una valija del desván, o permanezca como una hoja tan seca como el difunto Alirio entre las páginas de un prontuario de esperanto en una librería de lance.
miércoles, 12 de octubre de 2022
Abrir las alcantarillas
Cada vez que se abren las alcantarillas sale una peste horrorosa. Pasó con Franco y su traslado a Mingorrubio el 24 de octubre de 2019. Y está pasando ahora, con el aviso del Gobierno del levantamiento de José Antonio de su ubicación actual, el frontal del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos. La prensa de ultraderecha ya tiene tema donde explayarse, sobre todo los medios de prensa de Editorial Católica, donde anidan los desertores de ABC y La Razón, así como la radio y la televisión de la Conferencia Episcopal. La familia Primo de Rivera ya ha manifestado su deseo de que José Antonio sea trasladado a un cementerio católico. Una decisión, a mi entender, digna de respeto. Con la ley de la Memoria Democrática (artículo 54.3) “las criptas adyacentes a la basílica y los enterramientos existentes en la misma tienen el carácter de cementerio civil”. Dicho eso, sobran más comentarios. Sobre José Antonio se han escrito diversas biografías casi todas ellas exaltando su figura y los valores que, a criterio de sus autores, le adornaron. Yo tengo suficiente con hacer referencia a las 40 páginas intercaladas en el libro “Las tres Españas del 36”, de Paul Preston (Plaza & Janés, Barcelona, 1998) sobre el “mártir de la cruzada” fusilado en la cárcel Alicante el 20 de noviembre de 1936 y del que se han contado muchas leyendas apócrifas. Señala Preston en su libro, al referirse a José Antonio, que “detrás de su apariencia amable y educada subyacía una violencia apenas controlable que en ocasiones le convirtió en un simple alborotador. (…) “…frecuentaba los mejores bares y restaurantes, cultivaba una exquisita elegancia en el vestir -solo llevaba trajes ingleses- y coleccionaba grabados británicos con escenas de equitación. Se le veía a menudo en el Ritz luciendo traje de etiqueta, era experto en vinos y conducía un coche deportivo de color rojo”. En otro momento de su libro, Preston señala: “que el propio Prieto considerase que José Antonio podría haber sido un serio inconveniente para Franco indica por qué se hizo tan poco en Salamanca para facilitar los intentos de salvarle de la ejecución. [Se sabe que no se le quiso intercambiar por un hijo de Largo Caballero]. Una vez muerto, por supuesto, Franco no tendría escrúpulos en permitir que su fin fuera considerado un martirio, lo que serviría como instrumento para atraer a las masas”. Y así fue.
domingo, 9 de octubre de 2022
Una de cal y otra de arena
Tiene razón el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince al afirmar que el lector con odio comprende que cuando alguien se empecina a leer habitualmente a determinado escritor o columnista que le cae antipático, su lectura no puede ser otra cosa que la confirmación de su odio. Escriba lo que escriba, el lector que le odia lo colgaría de una grúa. Entonces, ¿para qué le lee? Pues simplemente por seguir manteniendo esa animadversión hacia él. Eso me ocurre a mí también. Cada vez que leo El Debate en su edición digital (la edición de papel desapareció al comienzo de la guerra civil) voy derecho a la sección de “Opinión” por leer al nieto de Muñoz Seca. Y después de haberle leído me dan ganas de asfixiarle con una almohada. Hoy, en su artículo “El profesor”, Ussía hace un rodeo en torno a la figura de Santiago Amón y a cuando le dio clases en el colegio Alameda de Osuna; y que, más tarde, siendo compañeros en Antena -3 de Radio le permitió el tuteo, hasta llegar al sitio que quería llegar, o sea, al “fallido profesor de periodismo en la Complutense, Pablo Iglesias”. De él dice Ussía que “un tipo que desea terminar con la libertad en el Periodismo, no está capacitado para enseñarlo”. Pues en eso tiene razón. Pablo Iglesias no es periodista. Es un osado politólogo con ínfulas de “mesías” prometido, capaz de reírse de las blasfemias pronunciadas por el inspector de Trabajo y actual vicepresidente segundo de Valencia, Héctor Illueca Ballester, ante una mosca insistente y que yo me niego a trasladar al lector por respeto a los creyentes. También en ese artículo de Ussía he descubierto algo que no sabía: que Santiago Amón fue durante una temporada apoderado del diestro palentino Marcos de Celis. Lo bueno que tiene leer artículos, aunque sea de tipos que no me caen en gracia, es que siempre aprendo algo que hasta entonces desconocía. Cuenta Ussía que Santiago Amón, el primer día que se presentó en su clase en el Alameda de Osuna, lo hizo de la siguiente manera: “Me llamo Santiago Amón, nacido en Baracaldo, pero palentino de sangre y alma. Y seré desde hoy hasta el preuniversitario, su profesor de latín. Quiero anunciarles que todos serán aprobados al final de cada curso. Y también recordarles que si ustedes han elegido estudiar Letras, el que no tenga interés en aprender el latín, aunque sea aprobado, es un perfecto imbécil”. Me viene a la cabeza cuando José Solís Ruiz, entonces ministro Secretario General el Movimiento, defendía un proyecto de ley para aumentar el número de horas dedicadas al deporte en los colegios en detrimento del estudio de las lenguas clásicas (latín y griego). Dijo Solís: “¿Porque en definitiva para qué sirve hoy el latín?”. Adolfo Muñoz Alonso, desde su escaño, le contestó: “Por de pronto, señor ministro, para que a su señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa”. Hoy, sin que sirva de precedente, le echo al mortero de Ussía una palada de cal y otra de arena. Pero no dejo de reconocer que los escritores de paredes de retretes, como es el caso de Ussía, tienen inclinaciones perdurables. Es triste decirlo, pero algunos están convirtiendo la prensa en el meublé de la Merceditas.
viernes, 7 de octubre de 2022
Se imponen las rogativas
Pese a que se anuncian lluvias torrenciales en la parte de Valencia, Cataluña y Teruel para los próximos días, lo cierto es que España está seca y que las lluvias torrenciales no aumentarán el volumen de agua de los embalses, en cuyos fondos ya se pueden contemplar pueblos e iglesias tragados en su día por las aguas. Dicen los entendidos que ese colapso hídrico no es por falta de lluvias sino por el riego a manta en las explotaciones agrícolas de regadío, que ya superan los 4 millones de hectáreas. En muchos pueblos y ciudades ya se producen cortes en el suministro. Según los expertos,”no vale la excusa de que necesitamos esta producción agraria para poder comer, ya que la mayor parte de esa producción se exporta”. Sea como fuere, pronto los obispos de todas las diócesis pedirán a los párrocos de pueblos y aldeas que hagan rogativas "ad petendam pluviam" y procesionen por las calles al santo patrón de cada municipio implorando aguaceros. Y en la procesión por las diversas calles caminarán con cirio en mano las comadres, junto a sus maridos, el alcalde y los concejales, una pareja de guardiaciviles, los gurruminos, la banda de música interpretando un pasacalle de “El año pasado por agua”, de Chueca y Valverde, los monaguillos echando incienso al braserillo y el cura revestido con la capa pluvial por si las moscas para las incensaciones. En algunas aldeas de Zamora, el terrateniente se pone sobre sus hombros la capa parda alistana de honras y respeto, con las andillas, el capillo, el espejuelo y la chiva, para no ser menos que el eclesiástico con el capillo ancho a la espalda. Algunas capas poseen un gran valor. Contaba un alistano que un día de 1967 llegó un mercachifle a su pueblo y le cambió su capa parda alistana (que llevaba en poder de su familia desde 1812) por un pantalón de tergal acampanado, como de "yé-yé", y que más tarde se arrepintió de haber hecho el trueque. Pagó la paletada y en el pecado llevó la penitencia. En fin, nunca llueve a gusto de todos. Hay que bailarle el agua al santo sacado en andas con una plegaria multiuso, como las navajas suizas, para que llueva mansamente y empape la tierra, para que nos libre de las heladas, del pedrisco, del escarabajo patatero, de la filoxera, de la araña roja, de la langosta y de los especuladores, que todo lo devoran.