Sigo con cierta atención los artículos, escasos y
breves por cierto, de Chema López
Juderías, director de Diario de
Teruel. En su último trabajo, “Yo fui
vecino de Morrissey”, cuenta sus peripecias en su viaje a Londres en la
década de los 90. Un barbero, al que éste le contó dónde vivía, en el 20 de
Prince Albert Road, le indicó que en esa calle también vivía el cantante de The Smiths, y le llenó de satisfacción. Lo
que no sé es si López aprendió inglés durante su estancia, si fregó muchos
platos, si sirvió muchas hamburguesas o si peló muchos huevos duros. Cuando se
sale de casa en plena juventud, un poco a la aventura, suelen pasar las cosas más
dispares. Y pasados los años se suelen contar aunque corregidas y aumentadas, y
con el énfasis que ponía el paleto cuando regresaba a su pueblo después de
haber hecho la mili en Melilla o en Cerro Muriano. Mis viajes por asuntos de
trabajo fueron más de andar por casa: Sevilla, León, Zamora, Badajoz… De todas
aquellas andanzas, recuerdo de forma especial lo que me ocurrió en una pista de
baile en La Garrovilla (Badajoz) cuando las parejas bailaban en el centro de
una inmunda sala, rodeadas de una opaca cortina. Las mujeres de aquel pueblo,
sentadas en sillas de madera de Vitoria, intentaban averiguar no sin gran
dificultad lo que acontecía dentro; es decir, si las parejas se besaban, si se
arrimaban demasiado… En un momento dado, fue un visto y no visto, se vino al
suelo aquella pesada cortina color maleta y envolvió a parejas y comadres. Hubo
gritos, un cierto histerismo y algún soponcio. Al final, todo quedó en un susto.
Se volvió a colocar la cortina en su sitio, las parejas siguieron bailando al
son de un microsurco y las comadres, entre risotadas, se pusieron a contar
chistes picantes, que les encantaba, a
trasegar limonada, a espantar moscas y a abanicarse por los sofocos derivados del
calor reinante. Todo eso, de alguna manera, ya lo conté hace años en mi relato “Aquel verano, entre el tío del fagot y el
árbol de las genealogías”, que me distinguieron con el Premio “Teruel”. Pero mi alegría fue breve. Al poco, recibí una
llamada de mi llorado amigo José Luis
Aranguren Egozkue para felicitarme por mi suerte. Me dejó muy pensativo
cuando me dijo que me habían dado el galardón, ya antes de abrir la plica, en
la creencia de que el autor del relato era un iberoamericano. Sin pretenderlo, así
quiero pensarlo, me amargó el día. Fue
como si se me hubiesen caído encima los palos de un sombrajo, o mi particular
cortina color maleta, como sucedió en aquella pista extremeña una calurosa
tarde de domingo.
sábado, 26 de octubre de 2019
Los restos de Azaña deberían estar aquí
Si se quieren hacer las cosas bien, los restos de Manuel Azaña Díaz deberían regresar a
España, como en su día regresaron los restos de Niceto Alcalá Zamora, fallecido en Buenos Aires el 18 de febrero de
1949 y trasladados cementerio madrileño de La Almudena en
1979 tras la aceptación de sus familiares; y los de Alfonso
XIII, fallecido en Roma el 28 de febrero de 1942, ya depositados en el Panteón de Reyes de El Escorial desde 1980.
El entierro de Alcalá Zamora se hizo sin ningún tipo de honores oficiales, y el
de Alfonso XIII, que había sido juzgado y condenado por las Cortes de la II
República, se televisó con gran pompa, recibió honores de jefe de Estado y la
ceremonia fue presidida por su nieto, Juan
Carlos I. Pero ahora queda atravesada
en el corazón de los españoles una espina que deberíamos extraer. El retorno de
los restos de Manuel Azaña, no debería demorarse por más tiempo. Cuando los
anteriores reyes visitaron a su viuda, Dolores
Rivas Cherif, en Méjico, en 1978, éstos le propusieron el traslado de los restos
de su marido desde Montauban (Francia), fallecido el 3 de noviembre de 1940 y después
de haber sido perseguido sin tregua por la Gestapo, por la policía franquista y
por un tal Pedro Urraca, “cazador de rojos” en Francia y
mano derecha de Serrano Suñer. Un
oscuro personaje que entregó a Franco a Lluís
Companys; y a los alemanes a Jean
Moulin, líder de la resistencia francesa. (Recomiendo la lectura de “Entre hienas”, de su nieta Loreto Urraca) Pero parece ser que a la viuda de Azaña no le
pareció entonces que era el momento oportuno. Pocos meses antes de su muerte
por una cardiopatía, había dicho Azaña a sus íntimos: “"Que me dejen donde
caiga y si alguien cree que mis ideas puedan ser útiles que las difunda". Y
allí se le dejó, envuelto su ataúd en una bandera mejicana, a 50 kilómetros de
Toulouse. Ahora, 41 años después de aquella real visita, si parece haber
llegado el momento de ese traslado. Sus restos deben volver a España, recibir
honores de jefe de Estado, y disponer de un mausoleo digno, como merece, en el
Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, junto a la Basílica de Atocha, junto a
los restos de Larra, Quevedo, Canalejas, Dato, Sagasta, De los Ríos Rosas, etcétera. Porque Azaña fue, además de un sobresaliente
político (pese a que no entró de lleno en política hasta los 51 años de edad),
presidente del Ateneo, y un gran escritor que consiguió el Premio Nacional de Literatura en 1926, con “Vida de Juan Valera”. Como curiosidad, doce días después de
haberse proclamado la Segunda República española, nació el himno “Canto
rural a la República española”, que se escuchó por primera vez en el
salón de actos del Ateneo de Madrid. Manuel Azaña, presidente entonces de esa Institución,
presentaba el 26 de abril de 1931 la pieza del compositor Óscar Esplá. De la letra se encargó el poeta Manuel Machado y fue interpretado por la Banda de Alabarderos y la tiple Laura Nieto. En la foto que acompaño puede verse al malnacido Pedro Urraca el
día de su boda (1930) con una francesa a la que había conocido en Biarritz, Hélène, que fue compañera de
pupitre de Simone de Beauvoir (y que mantuvo un affaire
con un militar nazi durante la ocupación, a cambio de privilegios). La madre de
Hélène era propietaria de un apartamento que había alquilado Antoniette Sachs, una pintora y
militante socialista de origen judío que mantuvo un idilio con Jean Moulin.
viernes, 25 de octubre de 2019
Adalid de cartón-piedra
Màrius
Carol, director de La
Vanguardia, bajo el título “La última
selfie franquista”, al referirse al traslado de la momia de Franco a Mingorrubio, señala: “Ver al
ex teniente general Tejero, autor de
un golpe de Estado fallido contra la democracia, al lado de un puñado de
nostálgicos del franquismo brazo en alto cantando el Cara al sol para
recibir el ataúd en El Pardo, a pocos metros del cementerio de Mingorrubio, era
una selfie de un pasado apolillado.
Franco no pidió nunca ser enterrado en el Valle de los Caídos”, etcétera. Pero
hoy en los medios hay opiniones para todos los gustos. Carol hace referencia al
diario alemán Der Spiegel,
donde dice que “ha sido un triunfo para la democracia española”. Con eso
debemos quedarnos. De nada sirve que los nietos del dictador desplieguen
banderas preconstitucionales y griten a los cuatro vientos que lo acontecido
ayer con su abuelo fue una “profanación” de sepultura; o que Ramón Perez-Maura señale en el diario ABC
que “es más que probable que éste no sea el
último entierro del general. Cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos
dicte sentencia, apuesto a que acabaremos viendo a Franco enterrado en la
catedral de la Almudena. Al tiempo”. Parece un sarcasmo que el bisnieto
de don Antonio Maura nos salga ahora
con esa pata de banco. Que yo sepa, el TEDH es la máxima autoridad
judicial para la garantía de los derechos humanos y libertades fundamentales en
toda Europa, excepto Bielorrusia, Kazajistán y la Ciudad del Vaticano. No hay
regla sin excepción, pero la excepción
refina, amplía y modifica la regla. Si existe una excepción,
evidentemente debe existir una regla para la que se aplica dicha excepción. O
dicho de otro modo, en la frase “La visita al Valle de los Caídos es de pago al
público excepto los miércoles”, la excepción señala que hay que pasar por
taquilla siempre, salvo que lo visites ese día de la semana, por ser de puertas
abiertas. Por cierto, yo lo visité hace ya muchos años y tuve que pagar. Le
dije al tipo de la taquilla que me parecía caro ese pase al recinto de
Cuelgamuros, y éste me respondió sin inmutarse: “Hoy no es miércoles”. “Ya, --le
respondí-- pero esto es un repago”. Y el tipo de la taquilla, sin apenas
inmutarse, se encogió de hombros al tiempo en que su viejo transistor sonaban
unos compases de “It never
rains in southern California”.
lunes, 21 de octubre de 2019
Vísperas y completas
Como en las coplas de
Mingo, ha Mingo Revulgo, ahao, el adalid anda de mañanita con cabeza
desgreñada, la color tiene marrida, la cospanzón rechinado, anda de valle en
collado, como res que va perdida, y no otea si va adelante o caratrás, a
Mingorrubio volando, por picos y serranías, un jueves rayando el día. ¡Oja,
oja, los ganados, y la burra con los perros, cuáles andan por los cerros
perdidos, descarriados! En Santa Bárbara queda, la espada que le entregaste, al
obispo o maestrante, que esperaba en la fachada al Cid exterminador, con
medallas y clamor de vientres agradecidos. Prietas las filas, recias,
marciales, en una España vacía, liquidada en los tapiales. ¿No ves, necio, las
cabañas y los cerros y los valles, los collados y las calles, arderse con las
montañas? Están llenas de esqueletos que con el dedo señalan a milicos
cuarteleros y a curas aspergeando agua del Guadarrama, la corriente de los
lares de Collado y de Villalba. Agua que no has de beber, déjala correr, déjala,
déjala…Tempera
quitapesares que corrié muy concertado, del comer desordenado reventó por los ijares. Y
aquí dejas a los tuyos, ganadores de una guerra, que abren las bocas rabiando
de la sangre trasegada; los colmillos regañando parece que no han comido; por
lo que queda en el hato, cada hora en gran rebato, nos pone con sus bramidos;
desde que hartos, mas transidos los veo cuando no cato. Mingo Revulgo, Mingo,
Mingo Revulgo, ahao, torna, tórnate a buen hanzo, enhiéstate ese cospazo porque puedas revivir, si no, temo que el
morir te verná de mal relanzo.sábado, 19 de octubre de 2019
"Cuatro libros...".
A propósito de
la lenta muerte de las chumberas en Andalucía, hacía referencia a Fr. Francisco Ximénez, hijo del
Convento de Santo Domingo de México, natural de la villa de Luna del Reino de
Aragón, cuyo nombre aparecía en el tratado “Cuatro
libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales…, México, 1615”, escrito
por Francisco Hernández de Toledo y
por encargo de Felipe II. Sobre ese
monje aragonés se sabe que nació en Luna, municipio en la comarca de las Cinco
Villas, partido judicial de Ejea de los Caballeros y diócesis de Jaca, sufragánea
de la archidiócesis de Pamplona, a 65 kilómetros al noroeste de Zaragoza. Luna,
atravesada por el río Arba de Biel, comprende los municipios de Lacorvilla,
Júnez y Lacasta. Después de vivir en diversos lugares de España e Italia,
Francisco Ximénez marchó a La Florida, donde permaneció hasta 1605, año en el
que se trasladó a Méjico, tomando el hábito de los dominicos en 1612. En el documento donde se hace monje manifestó
ser hijo de Martín Ximénez y de Ana Espinel. En el hospital de Huaxtepec
se dedicó a cuidar enfermos y en el convento de Nuestro Padre Santo Domingo
cuidó de la botica y aprendió a preparar fármacos. Fue allí donde leyó los “Cuatro libros…”, escritos en latín por
Francisco Hernández de Toledo (1514-1587) y que más tarde Ximénez tradujo al
castellano, terminando esa labor en Puebla. En su honor, Charles Plumier denominó Ximenia
a un género de plantas de la familia Olacaceae.
En sus 31 manuscritos de Botánica, Plumier documentó más de 4.300 especies,
entre ellas fucsia magellánica en
honor al alemán Leonhart Fuchs. Parece
ser que fucsia fue la denominación original de la fucsina, colorante artificial
descubierto en 1858 y que un año más tarde se reemplazó por el nombre de
magenta, en recuerdo de la sangre
derramada en la batalla de Magenta,
en Italia, ganada por Napoleón III,
pocos días antes de otra batalla, la batalla
de Solferino, que ganó el mismo emperador francés y que perdieron los
austríacos de Francisco José I. Carlos Linneo, botánico sueco del siglo
XVIII, fue el primero en utilizar el nombre de fucsia. Un ejemplar los “Cuatro libros…” se encuentra en la Biblioteca del Jardín
Botánico, en Madrid . En realidad, el título completo de los “Cuatro
libros…”, publicado en 1615, es largo:
“Qvatro libros de la natvraleza, y virtvdes de
las plantas, y animales que estan receuidos en el vso de Medicina en la Nueua
España, y la Methodo, y correccion, y preparacion, que para administrallas se
requiere con lo que el Doctor Francisco Hernandez escriuio en lengua Latina.
Mvy vtil para todo genero de gente q [ue] viue en esta[n]cias y Pueblos, do no
ay Medicos, ni Botica. / Traducido y aumentados muchos simples, y Compuestos y
otros muchos secretos curatiuos, por Fr. Francisco Ximenez hijo del Conuento de
S. Domingo de Mexico, Natural de la Villa de Luna del Reyno de Aragon. A
N[uest]ro R. P. Maestro Fr. Hernando Bazan, Prior Prouincial de la Prouincia de
Sa[n]ctiago de Mexico, de la Orden de los Predicadores, y Cathedratico Iubilado
de Theologia en la Vniversidad Real".
Existe una nota bibliográfica en el “índice de la obra” a
tener en cuenta:
“En el ejemplar de la
biblioteca del RJB reproducido, hay un error tipográfico en la foliación, la
hoja 23 está repetida y faltan las hojas 151-160; tiene, además al final del
volumen un 5 hojas con un índice manuscrito de autor desconocido”.
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