La infanta Sofía dijo ayer en Zaragoza, durante su primer
discurso oficial en el Monasterio de
Cogullada (antigua residencia de Franco en sus
vistas a la capital de Aragón, propiedad de Ibercaja
Banco) con motivo de la entrega de premios de la Fundación Ibercaja, de la que es presidenta de honor, que “el docente merece respeto, recursos y
reconocimiento”. El discurso, que he leído, se me antojó mediocre y lleno de tópicos, posiblemente escrito por su madre. Si, todo el mundo merece respeto: los médicos, los trabajadores por cuenta ajena,
los maquinistas de locomotora, las señoras de la limpieza y cualquier ciudadano que se encuentre ejerciendo su trabajo aunque sea mal remunerado en un Estado de derecho. Por eso digo que la infanta no ha dicho nada
que no sepamos. La hija menor del Jefe del
Estado, que se encuentra en Lisboa estudiando Ciencias Políticas en el Fordward College carece de la
experiencia necesaria como para impartir lecciones magistrales. Fue muy aplaudida por los vasallos de turno, eso sí. Para eso fueron invitados. A otros por menos, y estoy pensando en Unamuno, le desterraron a Fuerteventura y hasta le quitaron la cátedra en Salamanca. La infanta ha recordado en su oratoria la
película 'Buda explotó por vergüenza',
un film dramático de coproducción franco-iraní dirigida por Hana Makhmalbaf en 2007 donde se relata la
historia de una niña afgana que lucha por ir a la escuela y recibir una
educación. A nadie se le escapa que en España (mayormente en la enseñanza pública, la que se quiere cargar la infame derechona) existe acoso escolar, pérdida
de la autoridad del profesor, retribuciones exiguas pese a ser funcionarios de carrera, abandono escolar, masificación en las aulas, alumnado con necesidades especiales, burocracia excesiva, calor insoportable y hasta
algunos suicidios que no se cuentan por no crear alarma. Pero que se silencien no significa que no ocurran. Los galardonados, a los que no seré yo el que les quite mérito por dsconocerlos, han
recibido un premio de 12.000 euros. No cabe duda de que para ejercer la Pedagogía hay que sentir vocación, como para el Sacerdocio o la Medicina. Antes
se decía aquello de que “pasas más hambre que un maestro de escuela”.
Pero eso ocurría en el siglo XIX, cuando sus salarios, dependientes de los ayuntamientos, eran tan escasos e inciertos
que incluso dependían de la caridad de los padres de sus alumnos para poder
comer. Aquella miserable
situación de los maestros, propia de una novela de Pérez Galdós, terminó con el conde
de Romanones, que a finales de 1901 introdujo
reformas en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Una de las más
significativas fue la incorporación del salario de los
maestros a los Presupuestos Generales del Estado. Fueron unos tiempos en los que la mayoría de
la población española era analfabeta. Con el franquismo y las depuraciones de muchos
maestros tachados como “peligrosos difusores de las ideas republicanas, laicas
y progresistas” hubo un gran retroceso. El
ominoso proceso se estructuró mediante comisiones depuradoras provinciales, que exigían
a cada docente un certificado de buena conducta, que debía ser expedido por el
alcalde, el párroco y un comandante de puesto de la Guardia Civil. Se calcula que más de
la mitad del medio millón de profesionales de la enseñanza se vieron afectados
de alguna manera, sufriendo desde suspensiones de empleo y sueldo o traslados
forzosos, hasta el despido definitivo, la cárcel o incluso el fusilamiento. La máxima responsabilidad política recayó
sobre el intelectual falangista José María Pemán, que
presidió la Comisión de Cultura y Enseñanza, y el Ministro de Educación Pedro Sainz Rodríguez,
bajo cuya cartera se estableció el Decreto del 8 de noviembre de 1936.
Aquella depuración fue ejecutada por las Comisiones Depuradoras del Personal de Instrucción Pública, integradas por inspectores de enseñanza,
directores de institutos, representantes de la Falange y miembros de la Iglesia
católica. La infanta Sofía, cuyo abuelo fue aupado a la Jefatura del Estado por deseo expreso
del dictador responsable de aquel desatino histórico, podía haber hecho un somero análisis de aquella indeseable
situación que causó tanto dolor. Y además de recordar la película “Buda explotó por vergüenza”, también
la infanta podría haber hecho referencia a la película“El
Sur”, de Víctor Erice, donde Julia, la
esposa del médico y zahorí Agustín Arenas, fue una
de las maestras depuradas por aquella sinrazón. Pero lo que no se cuenta, no existe, o al menos así lo entienden algunos sansirolés de mierda que añoran tiempos pasados.
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