domingo, 20 de septiembre de 2026

Roja, colorada, encarnada...

 

Roja, colorada, escarlata, carmesí, encarnada, bermellón… ¡Qué más da!  Existe una adaptación de Elena Fortín y sus compañeras de “La hora del cuento” y publicada en su libro “El arte de contar cuentos a los niños “ (Ediciones Espuelas de Plata, 2008).  Al hacer referencia Caperucita Roja la llama Caperucita Encarnada. Existen tres versiones del mismo cuento: la tradicional de Charles Perrault, la clásica de los Hermanos Grimm y la versión en verso de Ludwig Tieck.En la primera de ellas, de 1697, Caperucita va a ver a su enferma abuela, encuentra al o y este llega antes a la casa para devorar a la anciana. Cuando llega la niña, el lobo la invita a meterse a la cama y también se la come. El final termina con la muerte de ambas. En la segunda versión, de1812, al final del cuento aparece un cazador que abre la tripa del lobo mientras duerme, rescata a la niña y a su abuela, y llena al lobo de piedras pesadas para que muera al despertar al tener sed,  ir a calmarla al río, caerse y ahogarse. En la tercera, de 1800 y en verso, se muestra a una Caperucita menos inocente y más consciente de su entorno, en una trama compleja donde el lobo y el cazador adquieren matices más siniestros. la tituló “Vida y muerte de la joven Caperucita Roja” y la convirtió en una tragedia en verso dividida en cinco escenas. En “Gente menuda”, la revista infantil que aparecía cada domingo como suplemento en la revista “Blanco y negro” asoma el cuento “Caperucita encarnada” ya en tiempos de la República, concretamente en 1936, como comedia en verso en un acto y tres cuadros en tres entregas (del domingo 3 al domingo 17 de mayo) donde no aparece el nombre del autor. Algo más tarde, en el suplemento correspondiente al 31 de mayo, en el ‘’Almanaque de Gente Menuda’, entre los dibujos infantiles enviados a la revista aparece trazada una carabela, y debajo pone "Ramón Sainz de Varanda, 11 años". Supongo que por  entonces viviría en Taracena (Guadalajara). Y el 28 de junio vería la luz el último fascículo, al menos que yo conservo, donde está el relato de Elena Fortún “La invitación”, con dibujo de Serny, que comienza: “A la finca grande de la carretera ha venido a vivir una niña…”. Veinte días más tarde, hace ya 90 años, se desencadenó el desastre.

 

Agitando el turibulo

 

En la Shahada, que es la declaración de fe fundamental y el primer pilar del islam, se afirma que Dios es Alá y Mahoma su profeta. Y en el catecismo del jesuita Gaspar Astete (siglo XVI) utilizado durante siglos en España e Hispanoamérica para la doctrina cristiana se decía textualmente que la religión católica era “la única religión verdadera y que fuera de ella no había salvación posible”. Hoy, Francisco Marhuenda, en La Razón, intenta salvar a Ayuso de las críticas de muchos ciudadanos en lo que respecta al ático comprado por la Comunidad de Madrid para no sabemos qué (cada día que pasa da la presidenta madrileña una versión diferente) con un coste que superó los 6,3 millones de euros. En el artículo “Ayuso, honrada y honorable” Marhuenda, en un intento fallido de salvar los frágiles cimientos de la honorabilidad de esa descerebrada señora, utiliza argumentos de ataque que no asustan ni a los sietemesinos contra el Gobierno: “A estas alturas de la peor legislatura desde la Transición -señala -, no podemos esperar ningún atisbo de coherencia entre las huestes de Sánchez y sus aliados. No son más que una horda sin principios que ha asaltado la Administración del Estado y tiene como única prioridad mantenerse en el poder a cualquier precio”. Y sigue señalando que  “la Asamblea se ha convertido en un espectáculo lamentable donde el monotema es lo mala que es Ayuso, aunque la gran mayoría de los madrileños le apoya”. Marhuenda se ha convertido, entre otros directores de diarios de papel y digitales que reciben vergonzosas subvenciones para que agiten el avispero, en el principal profeta que mantiene viva la llama de una presunta corrupción de libro, donde la diosa es una señora que se explica con incoherencias y a la que le gusta la incensación constante y la fruta tomada del Árbol del Bien y del Mal de un ‘paraíso terrenal’ que solo beneficia a la gente de dinero, a la enseñanza y la sanidad privadas y aun grupúsculo de adoradores que la consideran 'portadora de los valores eternos', como se decía de España durante el franquismo. Para Ayuso, los madrileños que critican su nefasta gestión pública son inicuos sin redención posible, entre ellos Óscar López, que piensa presentar batalla. Marhuenda, como digo, convertido en el arcángel san Gabriel encargado de mandar a las tinieblas a los detractores de la diosa Ayuso, sigue diciendo en su soflama que “es una lástima que las televisiones, radios y periódicos del régimen [¿de qué régimen?] no tengan ningún atisbo de coherencia, porque un análisis de esta legislatura pone de manifiesto las mentiras, manipulaciones, propaganda e incoherencia de Sánchez y sus colaboradores. Es cierto que les cortaría el grifo de las millonarias subvenciones, patrocinios y publicidad que reciben”. Y lo dice como un acólito al que le capó una rama de cerezo, con un atiplado "ora pro nobis", sin despeinarse ni perder la compostura. Creo que el grifo por el que sale dinero público, el de todos los madrileños, se lo deberían cerrar a Marhuenda y a todos los plumillas que, como él, rumian vomitivos comistrajos en la misma pocilga.

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

El cambalache de un borrador

 

Hoy leyendo un trabajo de Andrés Amorós en El Debate he sentido como un escalofrío. Sabido es que Amorós es una de las plumas más finas que tiene este país y al que, cada vez que lo leo, siento que me reconforto. Hoy hace un exquisito resumen de la publicación póstuma de Elena Fortún aparecida en 1943 y publicada por Editorial Aguilar, “Celia en la revolución”. La protagonista ya no es aquella niña, sobre la que escribía Encarnación Aragoneses (verdadero nombre de la autora) desde 1928 en el suplemento infantil “Gente menuda”, dentro de la revista “Blanco y Negro” que dirigía Torcuato Luca de Tena. Según recuerda Amorós, “el 28 de junio de ese año apareció por primera vez el nombre de Celia en un cuento breve, dialogado: firmado con el seudónimo de Luisa. El 6 de enero de 1929 se publicó ‘Celia sueña en la noche de Reyes’. El personaje se había convertido ya en el protagonista de una sección fija, ilustrada por su amigo Santiago Regidor”, que consiguió dotar a los personajes infantiles de una gran espontaneidad e ingenuidad y que a partir de 1932 fue sustituido por Serny, seudónimo de Ricardo Summers. Regidor fue vecino del matrimonio de Elena Fortún y Eusebio Gorbea en la calle Ponzano de Madrid. Había sido discípulo en su juventud del paisajista Carlos de Haes y más adelante catedrático de dibujo en el Instituto de San Isidro de Madrid. Falleció en esa ciudad en septiembre de 1942. En “Rinconete” (Centro Virtual Cervantes) Isabel Bellido, bajo el epígrafe “Elena Fortún y Carmen Laforet: culpables por escribir”, narra: "Cuando me muera pídele a Carolina tus cartas, que guardo todas en un sobre, para que las rompas tú y nadie más las lea». Llegado a tal punto del texto, el lector-fisgón toma consciencia de lo que tiene entre sus manos. La frase pertenece a una Elena Fortún anciana y moribunda que se encomienda a Carmen Laforet, su interlocutora, que tenía entonces (año 1951) treinta años. Las hijas de Laforet heredaron una parte de la intimidad de su madre al recibir unas cartas que la autora de la serie de libros de Celia le dirigió, pero faltaba la otra mitad de la historia. La también escritora Cristina Cerezales Laforet se propuso dar con las misivas firmadas por su madre con pasmosa diligencia. Consiguió localizar a Carolina Regidor (la que asoma al principio de este artículo; hija de Santiago Regidor, primer ilustrador de Celia), que vivía en una residencia de ancianos de Madrid, pero, poco antes de su ansiada cita, la amiga de Elena Fortún falleció. Muerta también la esperanza, unos pocos días después, Cristina Cerezales Laforet se topó con el libro Los mil sueños de Elena Fortún’, de Marisol Dorao, biógrafa de la autora. Cuál fue su sorpresa cuando vio que, desde la fotografía de cubierta, Fortún le señalaba una parte de su escritorio donde figuraba un sobre que rezaba ‘Cartas de Carmen Laforet, para entregarle a ella después de mi muerte’. Efectivamente: las tenía Marisol Dorao. Ahora las cuarenta y seis cartas están reunidas (frente a frente, página a página) en De corazón y alma’ (1947-1952), un libro editado por la Fundación Banco Santander, al cuidado de Nuria Capdevila-Argüelles (editora y estudiosa de Elena Fortún) y Cristina y Silvia Cerezales Laforet”. Y entre aquellos papeles estaba el borrador de “Celia en la revolución”. Lo cierto es que, en noviembre de 2021, la Biblioteca Regional ‘Joaquín Leguina’ de la Comunidad de Madrid recibió un inesperado paquete e correos sin remitente: el manuscrito original de “El pensionado de santa Casilda”. Nadie sabe quién lo envió. Sí se sabe que Elena Fortún terminó el libro “Celia en la revolución” el 13 de octubre de 1943 en Buenos Aires, según señalo su autora al final del texto. Tras ardua labor dio con el borrador Marisol Dorao. Resultó difícil su traducción ya que el manuscrito estaba lleno de abreviaturas. La primera edición de ese libro (Aguilar, 1987) con ilustraciones de Asun Balzola me lo regaló mi madre (que cuando empezó la guerra civil tenía la misma edad que Celia, quince años, y que también pasó penalidades sin cuento con su padre, más tarde también mi abuelo, preso en Santander, en el barco-prisión “Alfonso Pérez”). Lo conservo como un tesoro por lo que significa. Hay que saber valorar las pequeñas cosas, aunque sean difíciles de explicar a las nuevas generaciones.

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Una historia liviana

 

 

Recuerdo que en tiempos de la mili obligatoria muchos mozos de los diversos pueblos de nuestra geografía firmaban como voluntarios para hacer el servicio militar cerca de su familia y así poder evitar ser trasladados por sorteo a África. Ser voluntario equivalía a tener más tiempo efectivo de mili, pero no les importaba. Todos en los pueblos conocían a algún capitán o comandante pariente de unos vecinos al que encomendaban a su hijo para que “le cuidase bien” durante su estancia en el cuartel. Y el militar en cuestión procuraba corresponder las peticiones de los padres del muchacho y darle trabajos sencillos, como la panadería haciendo chuscos, recoger el correo, servir en la cantina de los oficiales o hacerse cargo de una acémila. Es caso es que, al dedicarse a esos menesteres poco castrenses, nunca se le veía haciendo instrucción o de centinela de garita. Si, además, el soldado era un “manitas” hasta hacía trabajos sueltos en casa de aquel oficial a cambio de permisos. El hecho de tener que ir a servir a África por un maldito sorteo en la Caja de Reclutas (Sahara, Ifni, Ceuta, Melilla…) no era plato de buen gusto para nadie. El padre del muchacho, ahora convertido en servidor de la Patria, le animaba diciéndole al futuro recluta: “Así verás mundo; peor fue ir al frente de Gandesa como me tocó a mí, y eso que era de la quinta del biberón". Pero aquellas palabras paternales no terminaban de consolarle al muchacho. Ir a África significaba para él tener que partir a otro mundo donde no había cosa distinta a dunas, ungulados, hombres con turbante y mujeres con  hiyab. Y en sus sueños nocturnos se le aparecían tuaregs vestidos de azul  montados sobre elegantes dromedarios, que comían en silencio o hablaban dialectos bereberes durante los descansos en los oasis. Se despertaba sobresaltado, se levantaba de la cama sudoroso y echaba un trago de agua del botijo por intentar disipar raros pensamientos. Otro  joven del mimo pueblo y de su misma quinta tuvo peor suerte. Al carecer de padrino, militar por supuesto, hubo de embarcar en Cádiz con rumbo a Villa Sanjurjo (actual Alhucemas) para servir en un tabor de regulares. Pasado el tiempo le dieron unos días de permiso y se presentó en su pueblo con un tarbuch rojo en la cabeza, camisa y pantalón ancho tipo zaragüelles de color garbanzo, fajín verde con borlas y flecos, alquicel, skara de marroquinería y correaje. Para los vecinos, salvo cuando el obispo de la diócesis estuvo en visita pastoral vestido con sotana morada, fajín de seda, muceta, solideo, cruz pectoral, medias moradas y bonete de cuatro crestas, no se había visto a nadie por aquellos andurriales luciendo tantos colorines. Visitó a todos casa por casa y en todas ellas le ofrecían algo de comer. Al despedirse, le besaban con cariño y le daban propinas, como era costumbre hacer también con los niños de primera comunión. Me acordé de aquel chiste tabernario, cuando a un quinto le dieron la papeleta de destino donde ponía “directo a África”, y el quinto, con los nervios desatados, trabucó la lectura y entendió que le habían hecho “director de fábrica”. Que tengan un buen fin de semana.