lunes, 5 de febrero de 2018

Superar los 15 años






Tengo el vicio de acercarme a lugares donde venden libros de segunda mano y a veces encuentro cosas interesantes. Hoy he estado repasando una edición de las Leyendas de Bécquer, en edición de Pascual Izquierdo (Ediciones Cátedra, 1992, Madrid) muy bien documentado y con importantes notas al pie. Al principio del libro había un escrito: “Esperando superar  mis 15 años. Navidad, 1993”. No llevaba firma. Supongo que sería un autorregalo de alguien que estaba pasando por un mal momento. Han pasado ya 25 años y quiero pensar que aquel muchacho, o muchacha, que escribió con tímida letra aquel lacónico texto, habrá superado con éxito su etapa adolescente, posiblemente se haya casado y tenga hijos en edad parecida a la que él, o ella, tenía cuando decidió adquirir el libro tan romántico de un autor que un día manifestó: “He leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho”. Muchas de aquellas Leyendas fueron publicadas en el Semanario Pintoresco Español, en el Museo Universal y en la Revista Española de Ambos Mundos. Sin embargo, las primeras leyendas sobre tradiciones españolas fueron publicadas en inglés y en Londres, en 1830, es decir, seis años antes de que naciera el poeta, por Joaquín Telesforo de Trueba y Cossío con el título “The romance of  history of  Spain”. Pero como bien apunta Pascual Izquierdo en sus “Apuntes para una biografía”, “ya en la “Historia de los templos de España”,  además de la descripción arquitectónica del edificio religioso, Bécquer incorpora el relato de las tradiciones legendarias relacionadas con el propio templo y sus imágenes”. Aquella primera entrega data de en 1857. Un año antes, junto a su amigo  García Luna, había escrito la comedia “La novia y el pantalón”. Y al año siguiente ya había concluido su quinta entrega de “Historia de los templos…, y aún le quedó tiempo para escribir el libreto de la zarzuela “La venta encantada” al alimón con su amigo y que firmó con el seudónimo de Adolfo García.  Pero la dicha dura poco en casa del pobre y aquel año tan productivo  Bécquer contrajo una grave enfermedad, la temible tuberculosis pulmonar, de la que nunca se recuperó y que le llevó a la muerte con sólo 34 años, sólo tres meses más tarde que a su hermano Valeriano, que tanto le había ayudado a la hora de confeccionar ilustraciones. Curiosamente, el médico que firmó el parte de defunción en la madrileña calle de Claudio Coello, se limitó a indicar que había fallecido a las 10 de la mañana de aquel frío 22 de diciembre de “un grande infarto de hígado”. Aquel día coincidió con un eclipse de sol. Fue sepultado al día siguiente en el nicho número 470 en la madrileña Sacramental de San Lorenzo y San José, en el Patio de Cristo. Sus restos, junto a los de su hermano, fueron trasladados a Sevilla en 1913. Cinco días más tarde, en la noche del 27 de diciembre, descerrajaban unos tiros de retacos a Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros, en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas) cuando salía del Congreso en berlina camino del Palacio de Buenavista, y cuando todo estaba preparado para que partiese hasta Cartagena para recibir a Amadeo de Saboya. En 1906,  Pérez Galdós centró en este personaje el trigésimo noveno de sus “Episodios Nacionales”.

domingo, 4 de febrero de 2018

Purrusalda, el sabor de la Cuaresma





La comida hecha en casa del pobre suele ser contundente, más aún cuando se utiliza como plato único. Me vienen a la cabeza las migas de pastor, las patatas a la importancia, los garbanzos de vigilia, el chicharro al horno…  Decía Camba que la cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas. Y entre esos sencillos platos de cuchara se lleva la palma la purrusalda con bacalao, que tiene como ingrediente principal el puerro, al que se añade aquello que hay en la huerta y a poder ser como es costumbre en Bilbao, es decir, con el añadido de unos trozos de bacalao desmigado. Su nombre proviene del euskera: porru, purru (puerro) y salda (caldo) y su modo de cocinar es sencillo sin perder la elegancia. Se necesitan los siguientes ingredientes: 4 patatas medianas, 4 puerros, 2 zanahorias, 1 cebolleta, ½ pimiento verde, ½ pimiento rojo, 3 dientes de ajo, 1 pimiento choricero, 1 cucharadita de pimentón dulce, 1 litro de caldo de pescado, 1 cebollino, algo de perejil, 2 cayenas, pizca de sal y aceite de oliva. Se corta la verdura en julieta y los puerros se pican en trozos gordos, aunque algunos cocineros prefieren hacerlo en tiras finas. Se sofríen las verduras en aceite hasta que queden pochadas. Después se le añade la patata troceada, el caldo de pescado y algo de pimienta dulce y el pimiento choricero. Se fríen los ajos y se rehoga con la cayena. A continuación se añadirá a la olla el bacalao. Habrá que quitarle, en caso necesario, la gelatina sobrante que pueda desprender. Y en mitad de la cocción se añadirá el pimentón dulce. Todo ello se deja al fuego hasta encontrar su punto de cocción. Se puede acompañar ese plato de cuchara con un rioja tinto de precio asequible, por ejemplo un  Colegiata”  (Bodegas Fariña, D.O. Toro),  a partir de uva monovarietal  tempranillo  procedente de viñedos plantados en espaldera, sobre suelo arenoso y pedregoso de aluvión. Y terminar con un delicioso postre cuaresmal: las delicadas torrijas.

sábado, 3 de febrero de 2018

San Blas y una costumbre en Ateca





Ayer hacía referencia a La Candelaria. Hoy me referiré a san Blas, festivo en muchas ciudades y pueblos de España, entre ellos Ateca, en la Comunidad de Calatayud. Viene siendo costumbre que aparezca por las calles del pueblo La Máscara, un peculiar personaje provisto de una estrafalaria  indumentaria de franjas rojas y amarillas con cascabeles y espada de hierro. La Máscara recorre todo el pueblo, al tiempo que los niños le persiguen, le lanzan manzanas e  intentan arrancarle esas esferas ahuecadas con sus correspondientes escrupulillos en su interior que les hacen sonar. Los adultos tratan de evitar por todos los medios que La Máscara corone el cerro de san Blas. Es, a mi entender, otra versión de ese Cipotegato  arlequinado con los colores amarillo, rojo y verde,  provisto de máscara protectora, al que se le lanzan tomates durante su recorrido por las calles de Tarazona el día de san Atilano, cada 27 de agosto. Son varias las explicaciones sobre los orígenes de esa bufonada turiasonense.  Unos lo relacionan con el “pellexo de gato” que ahuyentaba a los niños para que no entorpeciesen la procesión del Corpus Christi. Otros, a la oportunidad que daban a un presidiario de obtener la libertad a cambio de evitar ser atrapado y de sufrir la humillación de tener que zafarse cuando el populacho le lanzase  hortalizas y frutas medio podridas sobrantes en el mercado.  En Ateca, ya en la cima del cerro, todos los vecinos, con La Máscara en medio de ellos, cantan la canción “En el puente de Alcolea”. Después, la Máscara y los vecinos de Ateca caminan ladera abajo hasta llegar a la ermita del santo. La batalla de Alcolea, para el que no lo recuerde, tuvo lugar el 28 de septiembre de 1868.  Isabel II, que por aquellos días se encontraba en San Sebastián, se vio obligada a abandonar el país. La implicación de Novaliches en la batalla, donde fue herido en la barbilla, le hizo ser objeto de burla popular: “El general Novaliches/ en Córdoba quiso entrar/ y en el puente de Alcolea/ le volaron las “quijás”.  Y los atecanos siguen a vueltas con la coplilla, disfrutando.

viernes, 2 de febrero de 2018

La Candelaria







Hoy, festividad de la Candelaria, llegamos al ecuador del solsticio de invierno y los fieles salen de los templos católicos con una vela en la mano por aquello de la purificación de las mujeres cuarenta días después de parto, según el Antiguo Testamento. Uno, quizás por su torpeza, no entiende la razón por la que era necesaria entre los judíos tal purificación. Tampoco comprende por qué por una ley del Antiguo Testamento sólo se tenían que purificar las mujeres. Hay quien entiende que todo deriva de unas fiestas paganas lupercales (Kalendas Martias) prohibidas en el año 494 por el papa Gelasio I. Gelasio fue, también, un comediante fenicio lapidado en el siglo III.  Pero el nombre es griego y significa risa. En Estados Unidos coincide esta fecha con el Día de la Marmota. Los agricultores, que por estas fechas están muy pendientes del cielo, guardaban esas velas en casa para protegerse de las tormentas y beneficiarse en las cosechas. Hay un viejo refrán que dice: “El día de la Candelaria está el invierno fuera, pero si no ha nevado, y quiere nevar, invierno por comenzar”. Pues aquí, ya ven, se encuentra media España con campos nevados y en muchas carreteras de la mitad norte es obligatorio el uso de cadenas. Otros refranes señalan justo lo contrario. Dicen los italianos: “Per la santa Candelora se nevica o se plora dell'inverno siamo fora; ma se è sole o solicello siamo sempre a mezzo inverno”.  En conclusión, mejor será que nos fiemos del Calendario zaragozano de Mariano Castillo Ocsiero, de gran utilidad dese 1862, cuando el índice de analfabetismo en España alcanzaba cifras escalofriantes y cuando en nuestro país no había estadísticas fiables ni existía Instituto Nacional de Meteorología, ni los legendarios barcos de mediados del siglo XX con nombres de vitaminas, ni los satélites artificiales que anticipan los meteoros por su posición y trayectoria. Pero, como prueba del interés que llegó a tener el Calendario zaragozano en el ámbito de lo que hoy se conoce como sector primario (agricultura y ganadería), en 1887,  el Calendario zaragozano tuvo una tirada de 1.116.000 ejemplares, y todavía hoy sus ventas sobrepasan los 280.000, quizá por tradición de padres a hijos y porque  agrega a sus previsiones meteorológicas el santoral completo y los días feriados en cada municipio.  Castillo Ocsiero fue un gran observador del firmamento que guardó las previsiones meteorológicas que entonces aparecían en la prensa, llegando a la conclusión de que el tiempo en cada cuadrante del mapa español se repetía cada veinte años, aproximadamente. La Candelaria, en fin, pretende ser un rayo de luz en las tinieblas (aumenta el paro, por haberse puesto fin a la campaña de Navidad), es la fecha de caducidad para la retirada definitiva de los últimos belenes, de poder aprovechar algo más los rayos de sol (“por san Blas, hora y más”) y de preparar el “palmo” de Jueves Lardero, alegres y volando.

jueves, 1 de febrero de 2018

Ay, Barrio de Santa Cruz...




Las huelgas son un derecho de los trabajadores. Lo asombroso es que, tal y como leo en ABC de Sevilla, ahora “hay huelga de geranios y gitanillas en los balcones del sevillano Barrio de Santa Cruz". Una vecina de la calle Judería comentaba al periodista  Pedro Ybarra: “Se llevan las plantas, se llevan los visillos, se suben en las ventanas, de la ventana al balcón, para hacerse fotos y es que no se puede vivir así”. En las calle del Barrio de Santa Cruz se practican ruidosos performances y reportajes de comuniones y bodas y ensucian las blancas paredes con los zapatos haciéndose fotos. Comenta otra vecina a ese periodista  que “las de pre-boda son las más terribles porque acuden los novios y todos sus amigos”. Pero para esa vecina hay algo peor, si cabe: “Con el cambio de rotulación de la calle Judería, al ponerla sobre su fachada, cuando vienen los equipos alemanes a la ciudad se orinan en la ventana y en la puerta. Por eso he tenido que poner en la ventana un refuerzo para que no entren dentro de la vivienda. Hay mucha gente que no está bien, incluso escupen por xenofobia en mi fachada”. Sevilla es una de las ciudades españolas más visitada por los turistas de todos los países y ello tiene un alto coste. El entrañable Barrio de Santa Cruz, al igual que sucede en todo el Casco Histórico sevillano, se ha degradado y convertido en un plató de Hollywood donde abundan las tiendas de suvenires trasnochados y los  restaurantes que sirven sangrías y paellas de baja elaboración. Todo huele a fritanga. Sevilla, por desgracia, se ha convertido en la ciudad del “todo vale”. Curiosamente el Barrio de Santa Cruz tuvo hasta 1840 una calle dedicada a Barrabás. En aquel año fue sustituido su rótulo por el de Lope de Rueda. Se cuenta que en el siglo XV, durante la Sevilla de las tres culturas, vivía en aquella calle un morisco que  fue encarcelado por robar colmenas y que tenía el poder de atraer a las abejas hasta su casa. Al no poderse probar su delito, fue liberado de su pena un Viernes Santo. No se entiende un Barrio de Santa Cruz “con su lunita plateada”, como decía la letra de una canción de Carmelo Larrea, sin sus geranios en los balcones chorreando agua bendita, sin su silencio mudo en la atardecida morada y sin sus limpios vencejos acariciando el aire en su aparente adiós sobre los hondos vericuetos del crepúsculo, y siempre regresando.