
Se cuenta que, en 1615, en Lima, una religiosa llamada Rosa, aunque su verdadero nombre era Isabel Flores de Oliva (1586-1617), encabezó una rogativa desde una iglesia, ante el posible desembarco de piratas holandeses que ya habían asaltado el puerto de Callao. Sin previo aviso, una gran tormenta impidió que las embarcaciones se acercaran a tierra y, así, el antiguo virreinato de Perú quedó a salvo. Los creyentes comenzaron a atribuir la presencia de la tormenta y la huida de los piratas al poder místico de Rosa, terciaria dominica canonizada por Clemente X en 1671. Era el cuarto hijo entre doce hermanos del español Gaspar Flores, de oficio arcabucero, natural de Baños de Montemayor (Cáceres) y de María de Oliva Herrera, hilandera y costurera, natural de Huánuco (Perú). Murió de tuberculosis a los 31 años de edad. En su entierro multitudinario estaba presente hasta el virrey, que entonces era Francisco de Borja y Aragón, también conocido como príncipe de Esquilache. La madre de éste, Francisca de Aragón Barreto, era descendiente de Fernando II de Aragón. A partir de entonces se popularizó la conocida “tormenta de santa Rosa”, debido a que en la región de Río de la Plata se dan tormentas fuertes con mucha frecuencia, principalmente en primavera y verano. La tradición popular sostiene, como también lo señalan las cabañuelas, que durante un período cercano a la celebración de Santa Rosa de Lima (30 de agosto) puede registrarse un fuerte cambio en las condiciones del tiempo, con lluvias, tormentas y aparato eléctrico. Las cabañuelas son de origen judío al coincidir con la Fiesta de los Tabernáculos (Sukot). En escritos del año 1020 descubiertos en Toledo se da cuenta de las cien cabañuelas que se colgaban en el barrio judío de esa ciudad en memoria de los años del éxodo, tiempo que el pueblo hebreo pasó malviviendo en toscas cabañas en el desierto del Sinaí. El Sukot coincidía con la época de la vendimia y el cambio de estación, y se realizaban ritos que incluían pronósticos sobre cómo sería el clima para las futuras cosechas, cosas todas ellas que hoy hubiese pronosticado aunque con dudoso acierto el negacionista primo de Rajoy, José Javier Brey Abalo, catedrático de Física en la Universidad de Sevilla, que mantuvo en 2007 (ahora no sé si seguirá en sus trece) la teoría de que “ni siquiera los mejores científicos del mundo pueden garantizar el tiempo que hará mañana”, según palabras de su primo. Vamos, que ese catedrático se cargó las teorías del astrologo español Mariano Castillo y Ocsiero de 1840, que afirmaba sin despeinarse que en invierno hará frío y en verano, calor; y las predicciones del joven burgalés Jorge Rey, que se adelantó a la Aemet y dio en el clavo con “Filomena” en enero de 2021, colapsando Madrid. Ver para creer.
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