
Hoy en La Razón, el columnista y filólogo José María Marco hace un retrato de Manuel Azaña centrado en su obra “El jardín de los frailes”, con el que no estoy para nada de acuerdo. No dudo de su capacidad para analizar el tema pero, a mi entender, Azaña fue un intelectual de la ‘Generación del 14’, como lo fueron Marañón y Ortega. Presidente del Ateneo de Madrid, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra “Vida de don Juan Valera” , doctor en Derecho y presidente de la Segunda República. Sobre él dice Marco que “esta sociedad infantilizada le ha convertido en un muñeco de cera, que imparte lecciones de bondad, generosidad y tolerancia”. Hace referencia a los años que pasó (entre 1893 y 1897) en el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial, situado en un edificio justo al lado del monasterio). Según Marco, “era una universidad privada, católica, a cargo de los agustinos que habían sustituido a los jerónimos en el monasterio de El Escorial. Lo fundaron en1893 y lo patrocinó la entonces reina regente María Cristina. Un establecimiento destinado a educar a la elite que gobernaría España durante el nefasto reinado de Alfonso XIII, su hijo. Era el establecimiento educativo más caro de España, y el más selecto”. En la nueva edición de “El jardín de los frailes” que ahora se presenta se publica el reglamento: 1.500 pesetas por curso –que era lo que se pagaba para no tener que ir al servicio militar o más tarde a las guerras en Marruecos–, traje oscuro de etiqueta, cubiertos de plata con iniciales grabadas, etc. Azaña se codeó con los hijos de la oligarquía de la Monarquía constitucional”. Sobre su persona, los historiadores franquistas volcaron todo su rencor. Para Mola, que no fue historiador sino un militar golpista responsable de la muerte de miles de pacenses, fue “un caso, quizá el más interesante, de degeneración mental ocurrido desde el hombre primitivo hasta nuestros días“; González Ruano, que vendió su pluma a los nazis y estafó a fugitivos judíos en el París ocupado, lo describió como “oscuro funcionario enloquecido de soberbia y amoratado de rencor”; Stanley Payne, autor del libro "El camino al 18 de julio", lo señaló como el principal responsable de la guerra civil; el leonés Andrés Trapiello le prodigó desprecios tales como “político a medias, faltándole la principal mitad”; “sembrador de vientos” y “paralizado por el miedo físico", y le mandó al basurero de la historia. Pero hubo otros: Arrarás, el ladrón de los "Cuadernos", Ricardo de la Cierva, que veía masones hasta en las costuras del colchón de su cama; el impresentable Pío Moa y demás turiferarios del más rancio fascismo carpetovetónico. Ninguno de ellos le perdonó a Azaña que tuviese fe en una España democrática, moderna y tolerante. Esa fue la realidad. El resultado fue un golpe de Estado, una posterior guerra civil, una posguerra interminable, una victoria omnipresente y una dictadura autoritaria que perduró casi cuarenta años manejada por un adalid eunuco y perverso y un grupúsculo de rancios salvapatrias obcecados en llevar un camino diferente al de las democracias occidentales. Así nos lució el pelo.
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