
¿Ustedes se imaginan una
visita del jefe del Estado a Zaragoza y que desde un balcón del Ayuntamiento éste dijera al
público congregado en la explanada que Zaragoza es España? Pues eso mismo es lo
que ha hecho Felipe VI a su llegada
a Ceuta, o sea, decir que es España. Y lo ha repetido refiriéndose a Melilla. Eso ya lo sabemos y parece algo tan
evidente que no necesita demostración. Cosa distinta sería que el jefe del Estado
hiciese una visita a alguno de los 7 municipios y 10 aldeas que conforman el
Rincón de Ademuz, pongamos por caso la aldea de Mas de los Mudos (perteneciente
a Castielfabib), y dijese a los vecinos que son conquenses o turolenses por su
vecindad. Eso sería no saber dónde se pisa. Como se supone que los pocos habitantes que quedan en Mas de los
Mudos son alalos (por la falta de costumbre de comunicarse entre ellos al vivir
dispersos), se mirarían unos vecinos a otros llenos de estupor y sin salir de
su asombro. Ceuta es España, claro que sí, desde 1640, cuando Portugal recuperó
su independencia de la Monarquía Hispánica y los ceutíes decidieron
voluntariamente mantenerse leales a Felipe
IV. En lo que respecta a Melilla, en 1497 fue
incorporada a la Corona de Castilla por una expedición militar liderada por Pedro de Estopiñán, al servicio del duque de Medina Sidonia, y pasó
a depender directamente de la monarquía española en tiempos del rey Felipe II, en 1556. En el lenguaje
coloquial español, la expresión "quedarse
calvo detrás de las orejas" significa no haber aportado nada útil en una
conversación. Por esa razón, decir que “Ceuta
es España” y que "Melilla es España" no añade nada nuevo a lo que ya se conoce y se da por hecho.
Los ceutíes lo
que verdaderamente necesitan en estos momentos es que les ‘echen un capote’ ante una
situación incómoda para sacarlos de un apuro y que no que les vengan a ratificar lo
que ya saben, como si acabasen de descubrir el Mediterráneo. Eso es tautología
pura y dura, esa figura retórica donde se repite el mismo pensamiento de forma
redundante, sin aportar información nueva y que nada tiene que ver con el pleonasmo,
donde se añaden palabras
redundantes para dar énfasis a lo que se dice. Por eso tautología y pleonasmo tienen distintos
matices aunque sean poco perceptibles. No cabe duda que
la vista de los reyes ha insuflado alegría a ceutíes y melillenses, pero en este ruedo ibérico, tanto en
política como en Tauromaquia, de nada sirven los “¡olés!” ni recibir a portagayola al morlaco corniveleto con el capote por quedar bonito ante la afición si no se acierta con el estoque y la muleta caída en la suerte suprema al entrar a volapié.
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