Leo un artículo de Fernando Jáuregui (“¡Manda huevos! y otras cosas”) donde, al hacer referencia a Sánchez y a su improbable triunfo del PSOE en los comicios del próximo 29 de noviembre (según las previsiones del CIS), señala el periodista: “Cuando se habla del mago Sánchez hay que hablar con cautela: nunca se sabe si, al margen de lo previsto, ‘ley de nietos’ incluida, en la chistera de Houdini está agazapada alguna liebre que corra hacia el voto”. Para mí, mentar a Houdini (o Houdin) es algo muy serio. Fue el nombre artístico de Erik Weisz , que lo adoptó como homenaje a otro famoso mago que había muerto tres años antes de que él naciera, y con el que quedó fascinado tras leer su biografía. Nació en la ciudad francesa de Blois en 1805. Huérfano de madre, su padre le envió a estudiar a Orleans, de donde regresó ya mayor de edad dispuesto a heredar el oficio familiar de relojero; lo hizo en el taller de su primo a despecho de los deseos de su progenitor, que quería que estudiase Derecho y le había conseguido un empleo en un despacho jurídico. Decidido a ser alguien en el mundo de la horología (arte, la ciencia y la técnica de medir el tiempo mediante instrumentos como relojes, cronómetros y relojes de sol), solicitó por correo dos volúmenes sobre el tema pero por error le enviaron un célebre tratado de magia titulado “Divertimentos científicos”. Aquella equivocación le cambió la vida. Leyó el libro con tan creciente interés que siguió comprando otros e incluso recibió clases de Maous de Blois, un mago local. Ensayaba juegos de manos mientras ampliaba sus estudios y abría su propio taller de relojería en Tours. Compatibilizó ambas actividades hasta que entró en contacto con un prestigioso mago Torrini, un aristócrata de nombre Edmund de Grisi, que le tomó como aprendiz. El éxito de Houdini se debió a su capacidad para inventar trucos de ilusionismo. El más popular fue el de la clarividencia (averiguar con los ojos vendados qué objetos personales tenían los espectadores), pero también destacaron el de la suspensión etérea (hacer levitar a alguien volviéndolo ligero mediante la aspiración de un frasco de éter) y otras formas de prestidigitación que hacían desaparecer cosas a ojos del público para luego hacerlas reaparecer en el sitio más insospechado. En 1847, Luis Felipe de Orleans asistió a una función y le contrató para un pase privado. Más tarde, con la subida al poder de Napoleón III llegó la insólita misión en Argelia. Según contó el mago en sus memorias, se le pidió que viajase a la colonia para enfrentarse a los morabitos, es decir, los santones que vivían como ermitaños y bendecían a los fieles otorgándoles baraka, (suerte). Los morabitos solían utilizar trucos de magia y a Napoleón III se le ocurrió que un francés les demostrase que su magia era más fuerte que la de ellos. Houdin actuó en el teatro argelino de Bab Azoun y dio funciones a varios jeques usando sus mejores trucos, que dejaron pasmados a los argelinos. En cierta ocasión retó a un argelino a dispararle y atrapó la bala con la boca, dejando a todos impresionados. Fue su mejor truco de magia. Murió en 1871.
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