Me entero de que, en 1974, el archiduque austriaco Andrés
Salvador de Habsburgo-Lorena y Salm-Salm, nieto
del emperador Francisco José y de Elizabeth, tuvo la ‘ocurrencia’ de importar 500 kilos de agresivos cangrejos
americanos (hoy denominados como cangrejos de las Marismas) en España; y
después de que sobrevivieran unos 7.000 ejemplares fueron liberados en La
Puebla del Río, lo que dio lugar a la casi desaparición de los cangrejos
autóctonos y a crear un problema ambiental descontrolado. Por aquellos días se
dijo que era importante desarrollar su cría y explotación comercial, pero se consiguió
dañar los arrozales y casi terminar con
los cangrejos autóctonos. Por otra parte, esos cangrejos transmiten enfermedades como la afanomicosis, causada por el hongo ‘Aphanomyces astaci’, que afectó gravemente a poblaciones de
cangrejos de ríos europeos. En una entrevista de Julia Sáez-Angulo en la revista EMG (05/05/2016), a la pregunta de “¿Cómo contempla las decisiones que se han
tomado en España respecto a un cangrejo rojo?”, la respuesta del austriaco
fue la siguiente: “Las decisiones
tomadas de las autoridades competentes [en España] son coherentes. Se protegió la especie autóctona y se permitió la
importación del cangrejo americano para suplir la desaparición de la anguila de
la mayoría de los estuarios del Atlántico, sobre todo en una zona carente de
población de decápodos de la especie cangrejo de río como en la Isla Mayor”.
De hecho, la
captura y comercialización del cangrejo rojo americano impulsó durante décadas
la economía de muchos pueblos, entre ellos Isla Mayor (Sevilla), hasta el año
2000 llamada Villafranco del Guadalquivir. Para el que lo desconozca, aquel pueblo
nació en el siglo XX debido a la colonización de las marismas del Guadalquivir
y al cultivo del arroz, logrando su independencia municipal de La Puebla del
Río en 1994. Su comercialización llegó a
generar unos 20 millones de euros por temporada y a involucrar a una parte
importante de sus habitantes. Pero los resultados fueron catastróficos para el
medio ambiente. Por
si ello fuera poco, aquel mismo año (1974) un
pescador alemán tuvo otras ‘ocurrencia’: soltar siluros en el pantano de
Mequinenza para promover la pesca deportiva, rompiendo el equilibrio de los
ecosistemas fluviales. El siluro es un gran depredador
oportunista del río Danubio que se alimenta de peces autóctonos, aves acuáticas
y pequeños mamíferos, alterando gravemente los ecosistemas locales. Y otra gran
preocupación se encuentra en la expansión imparable del mejillón-cebra,
aparecido por primera vez en el embalse de Sichar (Valencia) en 2005. Su acumulación puede llegar a taponar vías de
paso del agua, como las que conectan los embalses con las centrales
hidroeléctricas o plantas potabilizadoras, e incluso en trasvases de agua.
Nadie sabe cómo llegó a España esa especie de molusco incomible procedente de
los mares Negro, Caspio y Azov, se supone que adherido al casco de un buque. Hay
que tocar madera cuando alguien tiene una ‘ocurrencia’ y desea ponerla en
práctica sin calibrar sus resultados. Recuerden cuando alguien con menos neuronas que un sapo tuvo la ‘ocurrencia’
de comercializar aceite desnaturalizado de colza; o la pretensión de fabricar una
bomba atómica, como aquella "ocurrencia" fallida de Franco, que fue como
un remedo insensato de los “grandes inventos
del doctor
Franz de Copenhague”.
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