sábado, 17 de octubre de 2026

La venda y la herida

 

 

Un relato de Gustavo Morales, “El cobrador de los muertos”, me ha hecho pensar y recordar cosas de mi infancia. Cuenta Morales que hay dos oficios siniestros casi desaparecidos: el cobrador de los muertos y el practicante a domicilio. El primero tocaba el timbre y cuando abrías la puerta aparecía un hombre enlutado y con cara de pocos amigos que sacaba de una pequeña cartera un recibo de decesos del ‘Ocaso’ que teníamos contratado, para asegurarnos en la muerte un buen entierro con “esquelas, recordatorios y ataúd incluido”. Sigue diciendo Morales que “era tan habitual que mi padre, pesimista él, según nací un viernes de dolor me dio de alta en ello y desde entonces debo haber abonado pagos a esa compañía ya para una docena de entierros o más, con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz en la testa además de una banda de cornetas y tambores ejecutando el ‘Réquiem’ de Mozart y si falta algo de eso puedo reclamar a la aseguradora tras mi sepelio”. Bueno, el muerto nunca podría reclamar nada dado su lamentable estado. El otro oficio, así lo comenta Morales, era el practicante, que más tarde cambió su nombre por ATS, siglas de ‘Ayudante Técnico Sanitario’, que no deben confundirse con las siglas ATS, referidas a “Applicant Tracking System” (Sistema de Seguimiento de Aspirantes, aplicación de software diseñada para automatizar y centralizar el proceso de reclutamiento y selección de personal en las empresas). Gustavo Morales  se refería a “aquel hombre que llegaba con su maletín preñado de temibles objetos que transportaban nuestra imaginación al horror,  y para alimentar el terror de la niñería iniciaba una perturbadora ceremonia consistente en ir sacando y depositando en una mesa cajas de metal plateado que contenían jeringuillas de cristal con afiladas agujas doradas en un cacharro con agua que ponía a hervir al fuego de un recipiente con alcohol, que prendía con un encendedor ‘Ronson’ para desinfectarlas”. Recuerdo, veraneando en Lugo de niño, recibir en casa de mis abuelos paquetes que enviaba mi madre desde Aragón cuyo contenido eran unos inyectables (de muestras gratuitas, ya que mi padre era médico) de un complejo vitamínico, ‘Hepal Crudo’, muy doloroso, que fabricaban los ‘Laboratorios Juste’. Al día siguiente de la llegada del cartero con el paquete aparecía por casa un practicante de apellido Pontide, alto, circunspecto, de cara afilada y dedos de pianista de cabaré, dispuesto a cumplir con aseo la suerte de banderillas, después de haber llevado a cabo un rito lento y aterrador con la preparación del instrumental que sacaba de un pequeño maletín. Como parece, asegurarse el entierro “con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz”, y poner la venda de dolorosas inyecciones protectoras de no sabemos qué antes de que se pudiese producir la herida, fueron las armas que tuvieron a mano nuestros antepasados para disipar el espectro de un Cielo o un Infierno que nos esperaba con la puerta abierta cuando estirásemos la pata, tal como nos avisaba César Abellas Vázquez, canónigo magistral de la Catedral de Lugo, célebre por el rigor y empaque de unos sermones que producían desasosiego.

 

No hay comentarios: