jueves, 10 de septiembre de 2009

LA PUTA RESPETUOSA

Las alarmas se han disparado. El alcalde socialista de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, señala que son necesarias medidas urgentes para que desaparezca la prostitución de las calles de la ciudad por él gobernada. Veo correcto que dicha medida pueda ponerse en práctica en el menor tiempo posible. Sin embargo, en el fondo de la cuestión subyace un cinismo incomprensible. El tema de las rabizas callejeras en Zaragoza es viejo, tan viejo como lo es la ciudad bimilenaria. Que a mí me conste, se estudia en los libros de Medicina de todo el mundo una uretritis gonocócica relacionada con la “cepa Madrazo”, transmitida a las izas durante los años sesenta por soldados de la Base Americana llegados desde las bases militares de Turquía. Por aquellos años, la prostitución zaragozana se concentraba en unos garitos de alterne situados en la carretera de Logroño, justo detrás de un restaurante de carretera de nombre Madrazo. Era el gueto favorecido por las autoridades civiles y eclesiásticas para liberar el casco de la ciudad del Ebro de un bochornoso espectáculo. Algo parecido a lo que acontece hoy, para vergüenza de los ciudadanos, con el tema chabolista. Ya saben: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero no estaría de más recordar a las autoridades eclesiásticas aragonesas que, durante un largo periodo de tiempo, el único burdel existente en la ciudad de Tarazona estuvo controlado por el Obispado de esa Diócesis, al que le reportó cuantiosos beneficios económicos. Por otro lado, ciertos gobernadores civiles, Baeza, Pardo de Santallana, etcétera, todos ellos camisas azules, tampoco fueron precisamente hermanitas de la caridad. Pues bien, lo que parece que le horripila al regidor socialista Belloch, sobre el que debo aclarar que no era precisamente uno de los socialistas que cabían dentro de un taxi a la muerte de Franco, es que las meretrices se hayan echado a la calle en los aledaños de un barrio habitado por pijos y pequeñoburgueses. Ese es el quid de su estrafalaria aprensión social. Es, por decirlo de alguna manera, como si las meretrices madrileñas de la calle Hortaleza brotasen de la noche a la mañana invadiendo espacio en las aceras de Serrano, o de Diego de León. No dudo que haberlas, las habrá, aunque no a la vista sino en un segundo piso ascensor. Son, por apuntarlo elegante, de alto standing. Al alcalde Belloch se la suda que las colipoterras alternen por la calle del Caballo, Pignatelli, Conde Aranda y adyacentes, o por los polígonos industriales. Conjeturará que ese es su hábitat natural, como la selva lo es para los antropoides. Lo que desconoce el ciudadano Belloch es que existe “La puta respetuosa”, al menos en la obra de Jean-Paul Sartre. Hay muchas formas de mancillarse. También en política.

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