martes, 14 de julio de 2026

Manías

 Dar gato por liebre

 

Reconozco ser maniático para ciertas cosas. Por ejemplo, tener las cosas de la casa en orden;  negarme a que el camarero sugiera ‘platos para compartir’  en el centro de la mesa;  pinchar ensalada de un solo cuenco varios comensales; llevar sandalias o manga corta en verano o zapatos de rejilla color maleta. Sería larga la lista. Hoy leo que Elena Monje, farmacéutica, explica por qué muchos ciudadanos no apuran el último sorbo de la taza de café. Dice que “tiene base psicológica”. Esa boticaria sostiene que “el fondo de la taza suele presentar pequeñas diferencias respecto al resto de la bebida. Puede cambiar la temperatura, la textura, el color o acumular sedimentos, detalles que algunas personas perciben de forma especialmente intensa y que generan una sensación de rechazo”. No había caído en esa circunstancia. En lo que a mí respecta, acostumbro a dejar algo de sopa en el plato, o algo de vino en el vaso. También, que nunca me gusta salir a la calle sin la americana puesta y los zapatos con polvo,  que me ofrezcan conejo para comer,  que el contertulio casual me hable  con un lenguaje impreciso, etcétera. Estoy convencido de que la gente que habla sin propiedad es pobre para todo. Eso sí, suelen opinar de lo que han leído en internet o en la radio, que da igual, utilizando una tormenta de ideas confusas que te dejan tarumba.  Reconozco que ser considerado ‘raro’ puede dificultar el establecimiento de relaciones interpersonales satisfactorias en una sociedad hipócrita donde nadie quiere destacarse por temor  al ‘qué podrán  pensar de nosotros’. Aclararé lo del conejo.  No tengo nada contra esos herbívoros que habitan en madrigueras. No tienen apenas grasa ni colesterol malo, Vamos, que es sanísimo y su tamaño no importa. En el Levante siempre los han comido pequeños y en el Norte, grandes. Quizás lo que me suceda es que temo que me den gato por liebre. Reconozco que existe un gran archivo de recetas de cocina sobre el conejo y que para mucha gente es un delicioso manjar. Pero para mí, no. Todavía recuerdo el día que fui invitado a comer a una casa. De primero había sopa. La comencé a tomar sin demasiada alegría hasta que apareció en mi cuchara una cosa redonda que no sabía lo que era. La dueña de la casa me dijo que era un ojo del conejo. Creí morirme de asco. Por cierto, en “El Practicón”, Ángel Muro tiene una receta de gato escrita en verso. Comienza: “Elige un gato joven / que tenga buena facha: / llamas al aguador y lo despacha. /  Cébale con  riñones, / asaduras, mollejas y pichones;/ prohíbe darles sustos,/ desazones, castigos y disgustos;/  y al año o poco más, tendrá el minino /  el cogote muy ancho, el pelo fino…”.

 

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