jueves, 22 de octubre de 2026

Por ahí no, nene

 

De niño me decían en casa: “Por allí no vayas, nene, ¡puede estar el sacamantecas!”. Y no iba. El miedo es un freno que paraliza. Temía encontrarme con un hombre que, adaptado a  mi imaginación infantil, se me antojaba como alto, con levita negra, chistera, bisturí y un mandil lleno de sangre. Siendo adulto supuse que aquel matarife que sacaba los mondongos y extraía las mantecas de los niños nunca había existido, que esas cosas solo pasaban en Londres. Me equivocaba. También ocurrían en Vitoria-Gasteiz.  Un tal Juan Díaz de Garayo, alias El Zurrumbón,  fue un violador alavés y asesino en serie en el siglo XIX, nacido en Eguílaz el 17 de octubre de 1821 y ejecutado mediante garrote vil el 11 de mayo de 1881 en la prisión del Polvorín Viejo de Vitoria. Ahora me entero de que aquel asesino, protagonista en los pliego de cordel que cantaban los ciegos en las plazas de los pueblos ya tiene hasta su cómic, siendo sus autores  Miguel Herraiz y Ángel Abellán Victorio con viñetas basadas en el  guion de Sergio Granda y dirigida por David Pérez Sañudo, que llega a los cines tras su estreno en el último Festival de San Sebastián. Todo sucedió en Álava, a finales del siglo XIX. Mientras la Tercera Guerra Carlista tocaba a su fin y el territorio intentaba recuperar una frágil normalidad, una serie de mujeres aparecieron brutalmente estranguladas, sembrando el miedo y la desconfianza en toda la región. Los rumores se extendieron y el terror se instaló en pueblos y caminos, donde nadie parecía sentirse a salvo.  Ángela Berrosteguieta, hermana de una de las víctimas, decidió investigar por su cuenta ante la indiferencia vecinal hasta conseguir desenmascarar al asesino que estranguló, rajó, mutiló y evisceró al menos a seis mujeres de entre 13 y 55 años. Lo que muchos desconocen es que el asesino Juan Díaz de Garayo estuvo a punto de ser un cabezudo de Vitoria. Fue uno de los nombres que se barajó para la comparsa nacida en 1917. Finalmente Celedón, Cachán, El Pintor y Escachapobres ganaron la partida. Pero Sacamantecas estuvo entre los finalistas. Aquella peregrina idea se le ocurrió a Ángel de Apraiz Buesa, catedrático de Literatura e Historia del Arte, al publicar en diciembre de 1916 en la revista del Ateneo, bajo el seudónimo de Arritoin de Aranceta, un listado de posibles tipos que a su criterio encajaban perfectamente para ser cabezudos. Lo justificaba señalando que el sacamantecas Díaz de Garayo “era un tipo vulgar y ordinario, de regular estatura, de ceñudo y repulsivo aspecto, y bestia como los braceros pobres del campo, boina azul vieja y mugrienta, remendada, chaqueta de color oscuro y pantalón percal, que no sabía ni leer ni escribir”. El impulsor de la comparsa de gigantes y cabezudos fue el escritor Ángel Eguileta, que firmaba sus textos con el seudónimo de ‘Un Aldeano’. Pero además del sacamantecas, fue descartado como posible cabezudo el bandolero ‘Temiño’, que vivió a principios del siglo XIX y se escapó de la cárcel de San Vicente en plena Navidad. Tras su huida fue reducido a tiros en los montes de Vitoria-Gasteiz. Elegía como sus víctimas a los curas de Álava. Quedó inmortalizados en el libro “Memoria del Vitoria de antaño”, escrito por Ladislao de Velasco, y en la memoria colectiva de los alaveses. El sacamantecas está enterrado en la fosa común del antiguo cementerio de Santa Isabel, un camposanto que encierra otros rincones misteriosos, descritos en la novela "El silencio de la Ciudad Blanca", de Eva García Sáenz de Urturi. En esa obra literaria se describe la leyenda del panteón de Julián Zulueta, donde se informa de que la estatua del ángel que corona el mausoleo puede mover su brazo y señalar a las personas visitantes, lo que significa que morirán en una semana.

 

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