Lo que nos faltaba. Ahora, cuando
hasta el monárquico ABC apuesta por un cambio en la Jefatura del Estado, está
a punto de aparecer un libro en Editorial Foca, “Adiós, princesa”, de un primo
de Letizia Ortiz, David Rocasolano, ventilando ciertas cuestiones íntimas de su
prima, la princesa de Asturias. Por dignidad, nadie debería adquirirlo en las
librerías. Por dos motivos: uno, por tratarse de un libro escrito desde el
resentimiento; y, dos, porque la decisión de determinados actos voluntarios,
los que fueren, pertenecen enteramente al ámbito privado de las personas. David
Rocasolano demuestra con la publicación de ese libro que la lealtad a su sangre
no es una de sus virtudes. Podrá tener su “minuto de gloria” firmando
ejemplares, pero merecerá el mayor de mis desprecios. Cualquier ciudadano
merece respeto y consideración. La princesa Letizia, también. No se puede ni se
debe convertir España en una corrala llena de chismosos al estilo de la Casa de Tócame Roque, que
tuvo situada en la madrileña calle del Barquillo, que tuvo que ser demolida en
1850 y que dio pie para que don Ramón de la Cruz escribiese el sainete “La Petra, la Juana, o el buen casero”.
España está pasando por una crisis económica de tremendo calado, la corrupción
aflora como si se hubiese destapado un frasco y
derramado toda la porquería existente en su interior, la
Casa Real pasa por momentos delicados,
muchos ciudadanos sufren el paro y pasan hambre, etcétera, pero este país no
puede convertirse en un campo de Agramante, con riñas, discusiones, confusión y
desorden. No es tiempo, tampoco, de hacer sainetes al estilo de “Los bandos del
Avapiés o la venganza del Zurdo”. Letizia Ortiz está llamada a ser reina
consorte por su matrimonio con el futuro Felipe VI y los españoles, también por
dignidad, estamos obligados a respetar la vida privada de las personas. No todo
vale en democracia cuando se falta al respeto de las Instituciones y de las
personas. Ni trenes expresos embistiendo a carros de gitanos ni mandangas. Si
quiere respeto el ciudadano David Rocasolano, deberá ganárselo sin hurgar en
heridas ajenas produciendo daño.
lunes, 8 de abril de 2013
sábado, 6 de abril de 2013
Ahora Castro, antes Garzón
El catedrático de Derecho
Constitucional Ramón Punset, en el “Faro de Vigo”, bajo el título “Cómo
destruir la Monarquía”,
hace un elogio a la figura del Rey: “devolvió la soberanía al pueblo español,
protegió el sistema constitucional de derechos y libertades en los momentos de
máximo peligro y aseguró de forma constante el funcionamiento regular de las
instituciones democráticas, sin interferir ni coartar jamás el proceso de
formación de la voluntad política que a ellas corresponde”. Dicho eso, Punset
hace referencia a lo que representa una institución anacrónica por su método en
la elección de la Jefatura
del Estado, a lo que denomina como “incrustación excepcional en el ámbito del
Estado democrático de Derecho”. Y, más abajo, hace referencia a la actual
situación de “descomposición” institucional en la que se encuentra uno de los
tres pilares del Estado: Dice: “El recurso contra el auto de imputación de la Infanta por parte del
fiscal Horrach -jerárquicamente dependiente del Fiscal General del Estado, a su
vez designado por el Gobierno- lo considero una torpeza mayúscula, como
igualmente lo es la adhesión al mismo de la Casa Real. Si la Audiencia Provincial
lo estima, la opinión pública entenderá que Doña Cristina recibe un trato de
favor respecto a la (sic) cónyuge del coimputado Diego Torres (¡y encima el
fiscal invoca el principio de igualdad para la Infanta!). Si lo
desestima, agrandará la herida de la Familia Real con un pronunciamiento
jurisdiccional más autorizado. Que el Abogado del Estado, que representa al
Gobierno, también se oponga a la imputación, siendo así que en el caso Nóos se
ha producido un expolio continuado de importantes cantidades de dinero público,
flaco servicio presta al interés general. También él merma el crédito ciudadano
de las instituciones”. Para “La
Razón”, para Anson (“El Imparcial”) y para ciertos periódicos
de la caverna, el juez José Castro es algo parecido a un juez de paz de un
poblado de cien vecinos. Se cansan de repetir que éste no pertenece a la
carrera judicial, que fue funcionario de prisiones y que accedió a la
judicatura por el llamado “cuarto turno”, por donde accedían, que yo sepa, los
secretarios judiciales, como fue el caso de la exvicepresidenta Fernández de la
Vega. Esos “argumentos” propios de lerdos
no los hubieran plasmado en el papel si la infanta Cristina no hubiese sido
imputada. Pero los que tenemos algo de memoria recordamos a Garzón, primero
alabado y más tarde odiado por esa misma derechona que ahora osa, con la osadía
de los indocumentados, poner en duda el “oficio” de un juez, el juez Castro, en
digno ejercicio de sus funciones.
viernes, 5 de abril de 2013
Más peso de la ley y menos aforamientos
He leído por ahí, en un periódico
de la derecha, claro, que parece incomprensible que un diputado esté aforado y
una infanta no lo esté. Normal. El diputado representa la voluntad del pueblo
soberano y una infanta no representa a nadie. Al menos yo no me siento
representado por ella ni cuando asiste a la botadura de un buque de la Armada. Es, cuando tales “folclorismos” salen a escena, una
señora de peineta situada en un lugar preferente en un acto castrense. Para eso,
a mi entender, sirve cualquier mujer que vaya de esa guisa tras la peana en una
procesión del Corpus en Toledo, incluso De Cospedal. No me interesa si Cristina de Borbón “bajará
la cuesta” o no la bajará. Está por ver qué dice la Audiencia Provincial
de Palma de Mallorca. Ahora pretenden algunos insensatos que el artículo 56.3
de la Constitución
pueda ampliarse a la figura del heredero de la Corona. Esos mismos insensatos,
de llevarse a cabo tal ampliación (inviolabilidad y falta de sujeción a
responsabilidad), posiblemente pedirían más tarde que ese paraguas cubriera al
resto de la Familia Real,
con lo que no podrían ser imputados, al menos en este caso, ni Urdangarín ni su
consorte. Además, ¿qué cara se les quedaría a los españoles si eso fuese así? Otros
descerebrados entienden que, al menos, tal impunidad debería aplicarse al Heredero “cuando éste asume funciones
representativas propias del rey, como ocurre ahora”. Pues tampoco. Digo más, no
sólo no debe aplicarse tal impunidad a
quien ejerce esas funciones, sino que el Rey nunca debería haber tenido tales
privilegios, más propios de la Edad Media,
o de un franquismo que los demócratas aborrecemos. En un Estado de derecho
ningún español debe irse de rositas esquivando el peso de la ley cuando comete
alguna tropelía. Ser imputado de ninguna de las maneras equivale a estar
acusado. Pero aforamientos, los justos. Parece ser, como declaró el año pasado
Torres Dulce en “La Razón”,
que al Fiscal General del Estado le preocupa esa falta de “aforamiento” en el
caso del Heredero. Tal vez suceda que Torres Dulce no está a la altura de las
circunstancias, como tampoco parecen estarlo Ruiz-Gallardón y Rajoy.
Presuntamente, si hacemos caso a lo que cuenta Jiménez Losantos en “Libertad
Digital”, la infanta “trincó tanto como
Urdangarín, en Nóos
y sobre todo en Aizoon”. Está por ver todavía. Dice García-Margallo que la imputación de la
infanta no ayuda a la “marca España”. Desde luego a lo que no ayuda nada es al
prestigio de la Corona. La
“marca España”, para los europeos que contemplan nuestro maltrecho devenir
histórico, es poco más que una marca de patinetes. Así de claro.
miércoles, 3 de abril de 2013
Calatayud en la pluma del pintor Solana
El 26 de mayo de 1957, Camilo
José Cela pronunciaba su discurso de ingreso en Real Academia Española de la Lengua. Acababa de
cumplir 41 años. Aquel discurso, “La obra literaria del pintor Solana” fue
respondido por Gregorio Marañón, de la misma manera que otros ingresos, como el
de Torrente Ballester o el de José García Nieto (en verso) fueron respondidos
por Cela. Pues bien, en su extenso discurso, Cela, al hacer referencia a la
obra escrita de Gutiérrez Solana recuerda que éste nombra en varias ocasiones
Calatayud y Terrer. Solana escribe Terrier. Así, Cela, al hacer referencia a “Florencio Cornejo” cuenta que “En Terrer,
poblacho del partido judicial de Calatayud, en el que ejerce de barbero el
practicante Lorenzo Carmuesco, al describirnos el monumento de la degollación
de los inocentes -que está en la iglesia de Santa María y es muy bárbaro y
tiene mucha tragedia y crueldad – nos habla de un judío con barba cuadrada,
[que] tiene unas faldas blancas como un valenciano y el pecho con vergonzosos
pelos rizados como las mujeres”. En otro episodio de “La España negra” (1920) cuenta
Cela: “Del rumbo SW silba el lebeche -el
lebeccio de los italianos y el llebetx o llebeig catalán -viento que levanta
dolor de cabeza en los marineros –que lo escriben con ‘v’ y allá cada cual- y
en algunos diccionarios, que lo hacen venir del SE. En la isla de Cabrera, que
se ve, en las mañanas claras, desde mi casa de Palma de Mallorca, hay un morro
Lebeche, cortado a pico sobre la mar, a cuyo pie se abre la
Cava Blava, en cuyas aguas marinas, un
pañuelo blanco se torna azul como la piedra que dicen aguamarina. En esta rosa
que hoy pintamos, el lebeche, volando el primer cielo, nace en Santander y va a
morir a Zamora después de haberse pateado Santoña y Medina del Campo,
Valladolid y Segovia, Ávila y Oropesa, Tembleque y Palencia, Calatayud y
Terrer”. Cela, que ocupó el sillón ‘Q’ hasta su muerte, recordaba en aquel
discurso de ingreso que “Solana, cuando el 24 de junio de 1945 bajó al sepulcro,
nos había dado, envueltos en prolija anécdota y arropados en su negra nube
fabulosa, seis ejemplares y breves libros:
los dos volúmenes de “Madrid (Escenas y costumbres)”, “La España negra”, “Madrid
callejero”, “Dos pueblos de Castilla” y “Florencio Cornejo”.
Mingote en el recuerdo
Una tarde, a principios de los
ochenta, asistí a una conferencia en el Ateneo de Zaragoza, cuando el Ateneo
estaba en el sitio de siempre, o sea, en la planta alta del Casino Mercantil.
Compartían mesa Emilio Romero y Antonio Mingote. Al final, cuando ya salían
para tomar las escaleras, le pedí a Mingote un autógrafo. Me miró con cara de
circunstancias y tomando la cuartilla que yo le ofrecía me hizo a tinta negra
una cara ovalada de cuya frente salía una flor que quedaba situada entre la
nariz y la boca. Y al lado su firma, “A. Mingote”, con esa “g” que siempre se
me antojó parecida a una hormiga. Le puse un marco a la cuartilla y desde
entonces la conservo como si poseyera un cuadro de Benjamín Palencia. Hay cosas
que no tienen precio, sólo el valor que se les quiere asignar. Para mí, Antonio
Mingote fue algo más que un dibujante del ABC.
Fue un observador de su tiempo. En el ABC del día 4 de abril de 1912,
Catalina Luca de Tena lo definió como “maestro del funebrismo”, como, según ella,
lo fue de igual manera César González-Ruano; Esperanza Aguirre, entonces
presidenta de la Comunidad
de Madrid, sobre la que dudo que haya leído la primera parte de “El
Quijote”, lo catalogó como “discípulo de
Cervantes”; y Ana Botella, alcaldesa de la Villa, escribió que era catalán de origen, cuando
todo el mundo sabe que nació en Sitges con casualidad, y de ahí hizo el salto a
Madrid, pasando por alto sus años juveniles en Calatayud, en Teruel y en
Daroca. Catalina Luca de Tena dio en la
diana. Fue maestro del funebrismo, pero lo fue por la época en la que le tocó
vivir, como antes lo fueron otros, por ejemplo Alejandro Sawa, donde cuenta
Andrés Trapiello (en la presentación de “Iluminaciones en la sombra” que hizo
de modo magistral por encargo de Nórdica Libros) que “por su velatorio circuló
toda la bohemia de Madrid, desde los canallas y golfos de la calle a los viejos
amigos. Todo el mundo hizo su frase. Menudearon en los periódicos los retratos
del difunto, con ganas la gente de lucirse un poco a costa del muerto, por
quien, pese a todo, parecían sentir una admiración sincera. Quizás le estaban
agradecidos póstumamente por haberles dado esa oportunidad de lucirse en el
funebrismo”. Y, cómo no, el funebrismo lo encontramos en Valle-Inclán, encarnado
en su personaje Max Estrella en “Luces de bohemia”; en los pintores Gutiérrez Solana, Darío de
Repollos, Zuloaga y, también, en el
“feísmo” que plasmó Eugenio Lucas en los lienzos sobre una España sórdida y
grotesca. En fin, hoy hace un año que murió Antonio Mingote, exoficial del
Ejército, pintor, dibujante, académico de la Española, Doctor “Honoris
Causa” por la Universidad
de Alcalá de Henares y alcalde honorario del Parque del Retiro. El Rey le
nombró marqués de Daroca tarde, pocos meses antes de su muerte. Más vale tarde
que nunca, como fue el caso de Delibes. Lo cierto es que hace un año que murió
Antonio Mingote y España sigue moviéndose en el desbarajuste. Lástima que no
esté ya presente para dibujar esas viñetas que eran fiel reflejo de lo que acontecía.
Él sabía que los mediocres no perdonan. Y que tampoco dimiten. Algunos
políticos tienen tanto pánico al cese que hasta duermen con la luz encendida.
Han hecho de una frase de san Juan de la Cruz su lema: “para ir a donde no se sabe hay que
ir por donde no se sabe”. Y no aciertan.
martes, 2 de abril de 2013
Anfiano Gerner
Anfiano Gerner i Copons cortaba
entradas en el Cine Cervantes, en el barcelonés Paseo de San Juan, donde
proyectaban diariamente dos películas y el “no-do” en sesión continua. A Anfiano Gerner i Copons
le suspendieron para ascender a sargento y llegó un día en el que tuvo que
marcharse de la milicia harto de reengancharse de cabo primero. Su fuerte no
era la trigonometría para calcular los correctores de posición en el disparo del cañón ni entendía los gráficos
de trayectorias ni los sistemas de deriva ni el método taquimétrico ni las
potencias de perforación en el cañón ametrallador Vickers de 40 milímetros. Empezó por suspender el test de cultura general al equivocarse en la respuesta
sobre cómo se denominaba a los coleccionistas de sellos. Lo tenía en la punta de
la lengua y a la hora de responder dijo: “sifilíticos”, en vez de filatélicos.
Ahí empezó mal la cosa. Anfiano Gerner i Copons, ya siendo acomodador, tenía la
mala costumbre de contar a los espectadores el final de las películas. Provisto
de linterna y de unas zapatillas de fieltro negro para no hacer ruido en la
tarima, vigilaba a las parejas de las últimas filas en evitación de que
cundiese el desmadre. Si encontraba algo que no le cuadrara, enfocaba con la
linterna a los ojos de las parejas y les decía muy serio: “¡chsss…!, que esto
no es Sodoma y Gomera”. Anfiano Gerner i Copons había nacido en Agramunt, en el
partido judicial de Balaguer, un 2 de abril y el cura, a la hora de bautizarle,
se limitó a consultar el santoral del día. “A ver, a ver… martes de la Octava de Pascua…”. Dio
opción a los padrinos entre Anfiano,
Edesio o Eutimio. Pero como los padrinos se encogieron de hombros sin saber qué
responder, aprovechó el clérigo para ponerle el nombre de Anfiano. Los
padrinos, resignados, se limitaron a preguntarle al párroco que si ese nombre,
el de Anfiano, tenía forma hipocorística, verbigracia: Anfi; pero el cura, por
cautela, les respondió que no, que habría que llamarle Anfiano, con todas sus
letras. El que paga, manda, salvo en las cosas de la Iglesia. El folclore se deja
para más tarde, cuando el padrino se arranca por derecho y lanza peladillas a
los chicos desde la ventanilla del automóvil; y cuando, más tarde, se invita a
la familia a chocolate con bizcochos de suela.
lunes, 1 de abril de 2013
Saludo a abril
Hoy hace veinte años que murió en
Pamplona Juan de Borbón y Battenberg, tercer hijo de Alfonso
XIII. Quiso ser enterrado en El Escorial y fueron los agustinos los encargados
de recibir el cadáver y depositarlo en el pudridero hasta que sea trasladado a la Cripta, donde están
depositados los restos de los reyes de las Casas de Austria y de Borbón y sus
consortes con descendencia, con la excepción
de Felipe V, que reposa en La
Granja de San Ildefonso, y de Fernando VI, depositado en la
madrileña iglesia de Santa Bárbara. Sólo quedan dos sarcófagos disponibles en
ese recinto de mármol gris, que serán el penúltimo y último de los veintisiete
existentes. El último ya está reservado para Mercedes de Borbón-Dos Sicilias. Nunca he
entendido la razón por la que los padres del actual monarca puedan ocupar la Cripta Real, de la misma manera
que nunca comprendí la razón por la que a Juan de Borbón se le hiciera en su
día un funeral con honores de jefe del Estado. Alguien debería explicarlo de
forma entendible. En el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial ni están todos
los que son ni son todos los que están. Pero, vamos, no me pilla de sorpresa.
En este país a cualquier cosa le llaman mantón de Manila. Y uno, que con los
años empieza a conocer el percal, se da cuenta de que las pompas y vanidades de
este mundo se disipan, como se disipa el olor del agua de colonia “Álvarez
Gómez”, cuando un cura de abultada andorga solfea el responso
gregoriano “Libera me domine” al borde de la cama del enfermo terminal. También
estos días, concretamente el próximo 30 de abril, hará veinte años de la muerte
en Méjico de doña Lola Rivas, la mujer que tantas madrugadas estrelladas
contempló en las cercanías de El Escorial de Arriba acompañando a su marido,
que tenía una “querencia” arraigada con aquel entorno. Cuando se despeje el
vaho de lo inmediato, comprenderemos muchas cosas de “El jardín de los
frailes”: “En túmulos de escarlata / corta lutos el silencio. Es el ocaso”.
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