Ignacio Soria Aldavero escribe en un diario de Edigrup un artículo, “Señoritingos”, donde señala que“no hay cosa peor que esos personajes que salieron un día de su pueblo con la maleta medio vacía, y que después volvieron con ínfulas de saber más que nadie, y con el firme propósito -antes de marcharse de nuevo-, de querer demostrárselo a medio pueblo con el tacto y las formas del mismo burro que a buen seguro montaron de niños. El otro día -sigue diciendo el autor- me encontré a un alcalde de un pueblo de nuestra provincia y me relató el calvario que arrastra con uno de esos tocapelotas de los que les hablo. Me dijo que, a pesar de su paciencia, tuvo que ponerlo en su sitio porque la situación era ya insostenible: que si necesito un documento y lo necesito para ayer; que qué hay de lo mío; que qué cara es el agua si yo no la gasto; que si ese trozo de tierra era de mi tatarabuelo y me lo habéis robado; que si huele a caca de vaca; que si me molesta el tañer de las campanas…”. Son tipos en la diáspora desde los tiempos de López Rodó y sus planes de desarrollo, que tienen casa cerrada en el pueblo y que solo acuden a ella unos días en verano por no tener mejor sitio adonde poder ir, y que, cuando llegan, parece que perdonan la vida a los pocos vecinos que van quedando. Son personajillos, digo, que presumen de coche con turbo, que ocupan la primera fila de asientos en misa mayor, que se santiguan con muchos aspavientos, que piden en el bar cosas rarísimas y que se cabrean cuando uno de sus hijos se cae corriendo, se hace una rozadura en la rodilla y preguntan histéricos a los vecinos con los que se encuentran que dónde hay un médico, aún sabedores de que el galeno solo acude una vez por semana y ese día no le toca pasar consulta. Entonces despotrican contra la Sanidad pública y sostienen que con Franco no pasaban esas cosas. El día que se marchan esos energúmenos, el pueblo volverá a recobrar el sosiego perdido.
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