Leo una columna de Félix Villalba, “Las puertas de la España vaciada”, en Heraldo-Diario de Soria, donde su autor cuenta que hace un par de años el humorista Leo Harlem, que había recalado en Soria con su espectáculo, dijo en una entrevista que “la España vaciada la vais a echar de menos como se os llene”, algo que acontece estos días en pueblos y aldeas que se llenan de parientes de los pocos que van quedando para pasar las fiestas patronales. Lo que no sabernos es si ello constituye una alegría o un incordio para los ancianos que allí rompen una cotidiana rutina impuesta por las circunstancias. En el ensayo “Los santos patronos y la identidad de las comunidades locales en la España de los siglos XVI y XVII”, José Ignacio Gómez Zorraquino, al referirse a “la nueva España” dice que los cambios religiosos de la Reforma y Contrarreforma, contribuyeron a avivar las identidades distintivas, y las comunidades locales de pequeño vecindario, como parte de unas comunidades mayores, también se vieron inmersas en la búsqueda de sus propias identidades. Señala su autor que “en este complejo universo debemos situar todo lo que acontece con relación al patronazgo, la reivindicación de las reliquias, la publicación de hagiografías, aunque sin olvidar que antes de Trento las hagiografías y el culto a las reliquias tenían plena vigencia. Los santos fueron convertidos en héroes dominantes, admirados y propuestos como el ideal humano, o interesadamente invocados como protectores o terapeutas. A la vez, funcionó a la perfección una poderosa publicidad y una extensa propaganda -sustentadas en el sermón panegírico y en la imprenta- que afianzaban y reproducían lo que acabamos de señalar. Puntualmente, las élites lectoras podían recurrir a los escritos y libros impresos y, por otra parte, los sermones panegíricos cumplían una función divulgadora en amplios ámbitos de la cultura y de la devoción popular”. (…) Habitualmente, las hagiografías de tantos santos se solían adecuar más al modelo general que a la verdadera personalidad del hagiografiado. Ante esta circunstancia, no es raro encontrar que todos o casi todos los santos nacen igual, tienen una niñez semejante, viven lo mismo, mueren conforme a la muerte de los demás santos y hacen milagros de idéntica tipología en vida y, en mayor número, atendiendo a las beatificaciones, después de la muerte”. (…) “Tampoco debemos olvidar que tras el Concilio de Trento las órdenes religiosas adquirieron un nuevo protagonismo. A los viejos enfrentamientos entre órdenes religiosas se unieron otros nuevos choques con las órdenes que iban naciendo”. (…) “En este contexto, resulta significativo que el cronista real padre bernardo fray Atanasio de Lobera, autor de una destacada hagiografía de los santos Froilán y Atilano, llegase a afirmar que la regla de san Benito de Nursia contó con 476 papas, 2.000 cardenales, 7.000 obispos, 15.000 arzobispos, 34.000 santos y 15.000 doctores”. La verdad es que a día de hoy, el santo patrono o patrona no es más que una excusa para celebrar unos días de asueto en los que se entremezcla lo religioso y lo profano a partes iguales y que dejan algo de dinero en el pueblo. Cada año lo mismo: misa, procesión, subida a la ermita, comida de hermandad para la ‘tercera edad’ a cargo del ayuntamiento, bailes populares, charangas, panderetas, toros ensogados, cohetes voladores, pitos, flautas… Ya lo dice el refrán: “No hay olla sin tocino ni sermón sin agustino”. Pasados los festejos locales regresa cada mochuelo a su olivo y el silencio vuelve a reinar en unas calles estrechas y umbrías donde solo rompe esa taciturnidad inquietante el ladrido de los perros.
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