
En relación con
el chat anterior, donde criticaba que Pérez-Maura
afirmase en un artículo de El Debate que
Sánchez no pudiese hacer uso de La Mareta durante las vacaciones
veraniegas, no puedo sustraerme a contar a los lectores cuando Alfonso XIII recibió el 7 de septiembre de 1912 las llaves de
un palacio de 700.000 pesetas de las de entonces, construido para su disfrute
en Santander, regalado por el
Ayuntamiento y a la venta del mismo por Juan
de Borbón en 1977 por 150 millones de pesetas al
Ayuntamiento que en su día había sido regalado a su padre. Pérez-Maura, que
nació en Santander en 1966, será conocedor de lo que cuento. Para saber cómo
era Santander en 1912 nada mejor que recurrir a las hemerotecas o leer los
cronicones de Fermín Sánchez González,
también conocido por el seudónimo de Pepe
Montaña (1893-1971). Aquel año dio
comienzo con la noticia de haber llegado al cardenalicio José María Cos. Los
santanderinos estaban divididos en dos bandos: los que preferían al torero Machaquito y los que se inclinaban por Bombita. El 20 de abril hubo una gran
función en el Teatro Principal en
beneficio de los soldados heridos de Melilla, Se representó la obra “Al
natural”, de Jacinto Benavente. Por aquellos días terminó su mandato el gobernador civil, señor Fuertes, al que sustituyó Alberto
Larrondo. El 19 de mayo moría Marcelino Menéndez Pelayo. El multitudinario entierro al día siguiente estuvo presidido por el ministro de
Instrucción Pública Santiago Alba, que ostentaba la representación del rey y del Gobierno. Alfonso XIII que andaba por tierras montañesas, aprovechó para ir a los
toros, a unas regatas y a visitar las obras del Palacio de la Magdalena. Los reyes se hospedaron en la finca que en
Fraguas tenían los duques de Santo Mauro.
Uno de aquellos días el rey marchó a cazar a los Picos de Europa (que era el trabajo que mejor sabía hacer) y su mujer, Victoria, aprovechó para“ver su casa”, que era como llamaba desahogadamente al palacio en construcción. Dicen las crónicas que descendió del coche para que
le abriesen la capota y recibió a las autoridades. Venía acompañada del duque
de Santo Mauro, su hija, el conde de
Grove y el general Vera. Victoria recibió un ramo de flores, y una compañía del Regimiento de
Valencia le rindió honores. Ya en palacio, desde la torreta pudo ver la entrada
en los muelles de los barcos de guerra“Terror”
y “Proserpina”, y desde una cabina de
teléfonos habló con su suegra, María
Cristina y con el príncipe de
Asturias que se encontraban en San Sebastián. Al día siguiente, de riguroso
incógnito, volvió la reina a la obra regia para hablar con los arquitectos sobre el
reparto de las habitaciones. El día 7
salió al encuentro de su marido, que regresaba de la cacería, acompañándola el alcalde Lloreda y el
diputado Pedro Acha. Deseaba que el
monarca pidiese sin demora las llaves de palacio. El rey accedió y diez minutos
más tarde entró en el palacio. El alcalde le hizo entrega de una llave de oro y
platino con incrustaciones de pedrería. Llevaba el escudo de Santander y las iniciales
del matrimonio real: A.B. por un lado y V.B. por el otro. El alcalde se la
entregó, diciéndole: “Señor, en nombre del pueblo de Santander tengo la honra y
satisfacción de haceros entrega de la llave de este Palacio, el cual deseo que
disfrutéis con felicidad acompañado de la Familia Real”. El rey contestó con
otro sencillo discurso, en el que patentizó su cariño y gratitud para Santander,
afirmando que el verano próximo sería un vecino más de la ciudad, y rogando se
dieran las gracias a todos los donantes y al pueblo que tan pródigo había sido
con la Monarquía. Visitó todas las dependencias, miró al fondo de la bahía, vio
los fuegos encendidos del yate “Giralda”,
acudió al domicilio de los infantes a dejarlos y despedirse de ellos y sin
quitarse el traje de cazador que llevaba embarcó en el yate. Unos días más
tarde llegaba el conde de Romanones
invitado por los diputados y senadores de esa provincia que militaban en el
Partido Liberal y le brindaron un banquete en el Círculo Mercantil. Por cierto, Romanones fue el único personaje que acompañó a la reina y a sus hijos hasta la estación de El Escorial para despedirlos en 1931 cuando iban camino del exilio. A Victoria la había dejado sola hasta su marido, que se había marchado la víspera precipitadamente camino de Cartagena, en aquel amargo trance. Se había instalado la II República en España y el palacio quedó sobre la bahía santanderina como una alegoría fantasmagórica. En 1932, gracias a Fernando de los Ríos, se transformó en sede de la Universidad Internacional de Verano. Durante la guerra civil funcionó como hospital, después como y prisión fascista, y más tarde albergó a damnificados del gran incendio de Santander de 1941.
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