
Tiene razón García Trapiello cuando afirma en su
artículo de hoy en Diario de León, “¡Sube el volumen!”, que “sembrando terroríficos
miedos al Infierno la Iglesia medieval se hizo con la plaza en propiedad porque
detrás del miedo viene siempre un redentor, un vendehumos o un dictador sin
vergüenza ni estilo”. La gente llena la puerta de su casa de candados, suscribe
pólizas antirrobos, se atiborra de fármacos antidepresivos y coloca alarmas en la casa como si fuese una sucursal del Banco de España. Cunde el miedo, esa emoción natural de supervivencia que se activa ante un peligro real o imaginario (me inclino más por lo segundo) prepara al cuerpo para huir, luchar o estar
alerta y libera adrenalina para actuar
con rapidez. Hay tres clases de miedo: el racional, el irracional y el
patológico, todos ellos relacionados de alguna manera con el fracaso, la
soledad y la muerte. El último de ellos es el más peligroso, el que utilizan la
mayoría de las religiones para considerar a los clérigos, que han recibido el sacramento
del orden en alguno de sus tres grados, episcopado, presbiterado y diaconado, como útil y necesario. Pero no cabe duda de
que para que existiesen esos “vendedores de humo” era imperioso crear antes la
figura del pecador, del converso y del inicuo, triada que resume los estados
del alma frente a la gracia divina. De hecho, según entienden los doctores de
la Iglesia católica, solo ellos son capaces de explicar a los seguidores de esa
doctrina ('la única verdadera', según afirmaba el ‘Astete’) lo que no tiene una
explicación medianamente razonable. De
chico de pantalón corto recuerdo haber escuchado a un soberbio fraile que nos
trataba siempre de usted para marcar distancias, aquello de “cuando yo esté en el Cielo y ustedes en el
infierno…”. ¡Y se quedaba tan ancho el tío! Ante tal afirmación rotunda salida de la boca
de un tipo que vestía hábito, los educandos nos quedábamos paralizados,
conscientes de que la parálisis es la incapacidad del cuerpo
para actuar ante una amenaza. La
sumisión y el silencio eran la respuesta infantil en un vano intento de
complacer a aquel imbécil y evitar un posible conflicto. Un niño nunca sabe cómo
gestionar sus temores y un adulto se resigna ante lo inevitable. En ese sentido, señala García Trapiello que “sobran
miedos y cabrones que suben hoy el volumen hasta ensordecer la razón y el
corazón. Porque el miedo –según sostiene ese articulista- tiene volumen y tres
dimensiones: largo, ancho y alto. La largura del miedo es la que viene de atrás,
la que arrastra la historia desde las cavernas, miedo a la catástrofe natural,
a la desgracia familiar, a la enfermedad, a la pobreza, a la guerra, a la
muerte... La anchura del miedo es la que traza el poder o la religión para que
por ella desfilen cautivos todos menos los poderosos que pueden pagarse ir por
fuera y los ministros del Señor como
funcionarios del Cielo y la salvación. Y finalmente está la altura del miedo,
que se levanta como muro que oculta el horizonte como muralla alambrada y
fortificada para que no la crucen ni vecinos ni extranjeros, miedos elevados
como dogmas contra vacunas o negando el cambio climático, la redondez de la
Tierra, la igualdad de la gente, razas y credos...”. Nada es lo que parece.
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