El obispo de Córdoba, Jesús
Fernández aprovechó en el funeral de ayer por las víctimas del desastre
ferroviario de Adamuz para decir a los presentes al acto que “los curas que se
acercaron para ofrecerles el servicio religioso a las víctimas no pudieron acceder al lugar del
siniestro y que la confusión entre las autoridades propició que no se les permitiera
a los clérigos llegar hasta los heridos”. El obispo de Córdoba parece que no
entiende que una cosa es que un eclesiástico ayude a bien morir espiritualmente
a un enfermo cuando éste lo solicite expresamente o por medio de sus
familiares, y otra cosa muy distinta es permitir la entrada de sacerdotes en una
situación de emergencia, donde es prioritario hacer un triaje sin pérdida de
tiempo para determinar prioridades de asistencia médica en medio de la gran
confusión, con poca luz, en un
descampado y en terrenos estrechos donde no caben ambulancias, y donde la
llegada de sacerdotes no ayuda en modo alguno a facilitar la angustiosa labor
de salvamento. Eso parece de cajón. Por otro lado, es imposible saber si el herido
es católico, profesa otra religión o simplemente es ateo. En España existe
libertad religiosa, contemplada en el artículo 16 de la Constitución y en la Ley Orgánica 7/1980 de Libertad Religiosa.
Pero de ninguna de las maneras el clero pueden interferir con“gorigoris” y asperges las labores de salvamento. Por otro lado, ya se conoce
que el homenaje del próximo día 31 en Huelva
por los 45 fallecidos será laico, en un espacio todavía por determinar y
presidido por el jefe del Estado. Mientras, en Aragón, en plena campaña electoral, Azcón
ha señalado que “el destrozo del sistema ferroviario es la viva imagen de la
degradación del sanchismo”, mientras Ayuso,
tras un mitin donde vomitó desaciertos, de regreso a Madrid repuso fuerzas en “El Mesón La Dolores”, de Calatayud, y contempló ensimismada el
baúl de la Piquer con olor a bodega de barco y naftalina. Creo que esa mujer tan sensible debería donar su cerebro para la Ciencia.
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