viernes, 23 de enero de 2026

Rosas degolladas

 

 

Señala el diario digital Vozpopuli que el jefe de la Oposición, Núñez Feijóo, ha manifestado que el Gobierno es el responsable de los trágicos sucesos de Adamuz y que, por lo tanto, Pedro Sánchez es el máximo responsable del desastre. Imita de alguna manera a los “Episodios Nacionales” de Galdós, donde en “Trafalgar” el autor del libro cuenta que “Desde que salimos de Cádiz -dijo Malespìna- Churruca  tenía el presentimiento de este gran desastre”. Núñez Feijóo hace deducciones solemnes que rayan en la Tautología. No aporta información verdadera en cualquier escenario. Es como si dijese que Sánchez es el político en activo más inepto “del mundo al otro confín”.  Sus deducciones son como de buen discípulo de Perogrullo, o Pero Grillo, autor de “Profecía”,  en un escrito de 1460 y donde usaba el seudónimo de Evangelista; o del profeta  Zacarías, donde en muchas Biblias puede leerse (9.9.): “Regocíjate mucho, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén. Mira que tu rey vendrá a ti justo y salvador; vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”; o recuerda la perla cultivada de un sargento de cocina del CIR número 10, que aseguró estando yo en la mili aquello de que “para asar un pollo hay que tener, primero, el pollo”. Las deducciones de Núñez Feijóo, como digo, pueden llegar al disparate. Solo le ha faltado decir que España va mal, señalando como responsable de tales deficiencias al jefe del Estado por ser el máximo representante del territorio. Y Jorge Azcón, en vísperas electorales, ha manifestado que “el destrozo del sistema ferroviario es la viva imagen de la degradación del sanchismo”. Por si todo ello fuese poco, Miquel Giménez, en ese mismo diario, hace referencia  a una foto en Adamuz donde aparecen los reyes junto a  Puente, Montero y Moreno Bonilla, y comenta: La composición y el tono es como los cuadros que pintó Solana, reflejando una España negra, negrísima, alejada de cualquier esperanza. Al fondo, la tragedia humana de unos españoles que no tienen más culpa que haber nacido en España; en primer plano, una serie de rostros hieráticos cuando no indiferentes. Y en el extremo izquierdo de la instantánea, justo antes del tren descarrilado, crudo testimonio de muerte e incompetencia, está ella, Letizia, enlutada de pies a cabeza con ese rictus al que nos tiene acostumbrados. Gélida, distante, mirando a cámara. Lo más significativo: todos están dándole la espada al ferrocarril de Iryo, mausoleo de tantos compatriotas muertos, de tantas familias truncadas, de tantos sueños cercenados de golpe”. Es como el regreso de los personajes del cuadro de la tertulia de Pombo reflejados en los espejos de la calle del Gato.

 

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