En el París del
siglo XIX, ‘bouffes’ eran tanto los
locales donde se representaba un subgénero teatral como sus intérpretes. Y por
estos andurriales, los ‘bouffes’
siguieron el ejemplo parisino en 1866 la compañía de "Bufos Madrileños", creada por Francisco Arderíus. El diario Los
Sucesos (domingo, 23 de diciembre de
1866) señalaba sobre su figura: “Casi
todas las tardes entraba en el café Suizo un hombre muy alto, delgado,
completamente afeitada la cara, asomándole bajo el ala del sombrero los mechones
castaños de una peluca, embozado en una gran capa, no sólo en invierno, sino
hasta en verano”. Aquel empresario del espectáculo reventaba cada noche los
palcos del Teatro Variedades. El púbico se desternillaba de risa. Más tarde,
en 1852, arrendó el Teatro Circo, con el objeto de fomentar el ‘género chico’, es decir la zarzuela,
donde también actuaba. Para ello se constituyó una sociedad por los maestros Gaztambide, Barbieri, Olona, Hernando, Inzenga, Oudrid y el
actor y empresario Francisco Salas.
Pero para algunos diarios conservadores el modo de entender su trabajo en los
escenarios fue considerado como “el más
vulgar rellano del arte”. Esto viene a cuento con la opereta burda protagonizada
por unos miembros de la Guardia Civil en el Congreso de los Diputados la tarde/noche del 23 de febrero de 1981. El
protagonista de esa ‘astracanada’ fue Antonio
Tejero. Pero en escena aparecieron otros actores: dos generales, Milans del Bosch y Armada, un marino que puso la nota de color, Camilo Menéndez, y un civil, García
Carrés, cuya misión consistía en alentar por teléfono a Tejero. No hace falta que relate el
final del cuento. Todos sabemos lo que nos contaron Oneto y algún otro periodista. Pero nunca supimos, y posiblemente
nunca sabremos, quiénes formaron parte de la trama civil, como sucede en todas
las asonadas. Los papeles de aquel intento de golpe de Estado se clasificaron
como ‘secreto de Estado’. Pero
cuarenta y cinco años más tarde se decidió desclasificarlos y sacarlos a la
luz. Los españoles pensábamos que aquello rompería el arcano, pero no fue así.
Muchas cosas quizás no se sepan nunca. Casualmente, ese mismo día, o sea, ayer,
coincidió la ‘desclasificación’ de
papeles con la muerte de Tejero sobre las seis y media de la tarde, la misma hora en la que los guardiaciviles
penetraron en el Congreso 45 años antes gritando: “¡Quieto todo el mundo!”. Y los diputados echaron cuerpo a tierra,
salvo tres de ellos: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago
Carrillo. Lo más significante fue
que los españoles supimos lo que ya sabíamos: que el rey paró el golpe al
ordenar a Milans que regresase con los tanques sus cuarteles y pusiese fin al
sainete tragicómico. Aquella noche, Juan
Carlos I se convirtió en el ‘deus ex
machina’, que no deja de ser un recurso narrativo en el que un conflicto
aparentemente irresoluble se soluciona de forma abrupta, por la intervención de
un elemento externo inesperado, es decir, con la aparición del monarca en
las pantallas de los televisores vestido de militar y detrás de una mesa. En el
teatro griego, todo sea dicho, el ‘deus
ex machina’ siempre aparecía descendiendo lentamente en una grúa. Pero los
tiempos cambian y los gustos también. En Televisión Española, por lo que se
desprende, Fernando Castedo estaba offside; los tramoyistas encargados de
la escenografía disponían de libranza por asuntos propios; a sor Patrocinio, la monja de las llagas, una vez resucitada, le estaba cambiando los apósitos un enfermero en el botiquín de la planta noble; y Pavía, montado sobre el espadón de Narváez a modo de escoba y más galán que Mingo, volaba sobre la cúpula del Hemiciclo con hechuras de moscardón.
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