jueves, 26 de febrero de 2026

Astracanada

Deus Ex Machina”: What Is it and How to Avoid it? | Literautas

 

En el París del siglo XIX, ‘bouffes’ eran tanto los locales donde se representaba un subgénero teatral como sus intérpretes. Y por estos andurriales, los ‘bouffes’ siguieron el ejemplo parisino en 1866  la compañía de "Bufos Madrileños", creada por Francisco Arderíus. El diario Los Sucesos  (domingo, 23 de diciembre de 1866) señalaba sobre su figura: “Casi todas las tardes entraba en el café Suizo un hombre muy alto, delgado, completamente afeitada la cara, asomándole bajo el ala del sombrero los mechones castaños de una peluca, embozado en una gran capa, no sólo en invierno, sino hasta en verano”. Aquel empresario del espectáculo reventaba cada noche los palcos del Teatro Variedades.  El púbico se desternillaba de risa. Más tarde, en 1852, arrendó el Teatro Circo, con el objeto de fomentar el ‘género chico’, es decir la zarzuela, donde también actuaba. Para ello se constituyó una sociedad por los maestros Gaztambide, Barbieri, Olona, Hernando, Inzenga, Oudrid y el actor y empresario Francisco Salas. Pero para algunos diarios conservadores el modo de entender su trabajo en los escenarios fue considerado como “el más vulgar rellano del arte”. Esto viene a cuento con la opereta burda protagonizada por unos miembros de la Guardia Civil en el Congreso de los Diputados  la tarde/noche del 23 de febrero de 1981. El protagonista de esa ‘astracanada’ fue Antonio Tejero. Pero en escena aparecieron otros actores: dos generales, Milans del Bosch y Armada, un marino que puso la nota de color, Camilo Menéndez, y un civil, García Carrés, cuya misión consistía en alentar por teléfono a Tejero. No hace falta que relate el final del cuento. Todos sabemos lo que nos contaron Oneto y algún otro periodista. Pero nunca supimos, y posiblemente nunca sabremos, quiénes formaron parte de la trama civil, como sucede en todas las asonadas. Los papeles de aquel intento de golpe de Estado se clasificaron como ‘secreto de Estado’. Pero cuarenta y cinco años más tarde se decidió desclasificarlos y sacarlos a la luz. Los españoles pensábamos que aquello rompería el arcano, pero no fue así. Muchas cosas quizás no se sepan nunca. Casualmente, ese mismo día, o sea, ayer, coincidió la ‘desclasificación’ de papeles con la muerte de Tejero sobre las seis y media de la tarde,  la misma hora en la que los guardiaciviles penetraron en el Congreso 45 años antes gritando: “¡Quieto todo el mundo!”. Y los diputados echaron cuerpo a tierra, salvo tres de ellos: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Lo más significante fue que los españoles supimos lo que ya sabíamos: que el rey paró el golpe al ordenar a Milans que regresase con los tanques sus cuarteles y pusiese fin al sainete tragicómico. Aquella noche, Juan Carlos I se convirtió en el ‘deus ex machina’, que no deja de ser un recurso narrativo en el que un conflicto aparentemente irresoluble se soluciona de forma abrupta, por la intervención de un elemento externo inesperado, es decir, con la aparición del monarca en las pantallas de los televisores vestido de militar y detrás de una mesa. En el teatro griego, todo sea dicho, el ‘deus ex machina’ siempre aparecía descendiendo lentamente en una grúa. Pero los tiempos cambian y los gustos también. En Televisión Española, por lo que se desprende, Fernando Castedo estaba offside; los tramoyistas encargados de la escenografía disponían de libranza por asuntos propios; a sor Patrocinio, la monja de las llagas, una vez resucitada, le estaba cambiando los apósitos un enfermero en el botiquín de la planta noble; y Pavía, montado sobre el espadón de Narváez a modo de escoba y más galán que Mingo, volaba sobre la cúpula del Hemiciclo con hechuras de moscardón.

 

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