Nunca se vendieron tantos libros de cocina como ahora, cuando la gente está perdiendo el deseo de cocinar. Por otro lado, el “menú del día” tiene fecha de caducidad. La gente se ha vuelto comodona y es consciente de que meterse en la cocina, sobre todo, viviendo solo, produce gran pereza. Primero, porque no se suele ser experto en cuestiones culinarias; segundo, porque comprar platos ya cocinados en el súper evita el embarazo de tener que fregar cacharros; y tercero, por falta de tiempo. Por otro lado, los restaurantes, aunque sean modestos, comienzan a resultar caros y poco atractivos. Recuerdo haber leído no sé dónde una predicción del presidente ejecutivo de “Mercadona”, Juan Roig, respecto al cambio de hábitos de los españoles: “Para el año 2050 las cocinas desaparecerán de los hogares, ya que la sociedad tenderá a comprar toda la comida preparada en lugar de cocinar en casa”. Según ese empresario, “cocinar en casa consume tiempo y es poco práctico”. Por otro lado, eso de comer dos platos y postre “porque así se ha hecho siempre” dejará de formar parte de la ortodoxia casera, y servir tres platos en un evento se me antoja una exageración. A mi entender, con un plato de fundamento y una pieza de fruta va uno más que servido. De hecho, a día de hoy solo el 28 % de los españoles cocina a partir de alimentos frescos. Pero vendrá la segunda parte, las quejas de pescaderías y carnicerías por la progresiva disminución de clientes. En una palabra, seguiremos comiendo en casa pero aquellos platos preparados que solo necesiten ser previamente calentados. Tengo comprobado que las cocinas de las viviendas cada vez son más pequeñas. Pasaron los años en los que en muchos hogares, sobre todo en el medio rural, la cocine era como el cuarto de estar, donde se hacía la vida. Las “cocinas económicas” de carbón conseguían que ese habitáculo fuese el más caliente de la casa, algo que se agradecía en invierno en casas sin calefacción. Y en Aragón, por ejemplo, existían las famosas cadieras, bancos de madera junto al fogón que solían contar con una tabla de madera abatible (a menudo unida por bisagras o simplemente reposando sobre los brazos), que se utilizaba para comer o jugar a las cartas. Algunas cadieras, hasta disponían de un espacio bajo el asiento para guardar utensilios. Pero todo eso pasó a la historia, como pasarán a otra vida las cocinas, el uso de manteles, las charlas de sobremesa y hasta la pequeña salita para tomar café. Terminaremos comiendo silentes sobre una bandeja, con servilletas de papel y con platos, cubiertos y vasos de plástico de usar y tirar. El número de personas montadas en patinete circulando con una enorme mochila a las espaldas da idea de ese cambio de costumbres.
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