En El Bierzo, diario digital que dirige con acierto Alejandro J. García Nistal, apareció un trabajo sorprendente: “Cuando el timbre abría el baile en el salón de Sorbeda”. Para el que no lo sepa, Sorbeda del Sil es una localidad española del municipio de Páramo del Sil, en la comarca de El Bierzo, provincia de León, que cuenta con 132 habitantes y que cuenta con una Junta Vecinal, que es el órgano de gobierno de las Entidades Locales Menores. Celebra sus fiestas patronales cada 22 de julio en honor de santa María Magdalena. Pues bien, en Sorbeda del Sil un vecino encontró en el altillo del desván de una vieja casa un libro-registro lleno de polvo donde se recogía la vida social del lugar durante los años 30 del siglo pasado. Según afirma la periodista María Carro, así lo refería en Diario de León el pasado día 10 de mayo y que ahora resumo. Se trata de un libro-registro manuscrito que recoge numerosos testimonios de esa época. La asociación “Recreo y Cultura” se mantuvo activa entre 1929 y enero de 1937. En los estatutos se daba cuenta de las normas que debían cumplir los socios, que los había de dos tipos: “de número”, y “adictos”. Los primeros formaban parte del órgano activo, y los segundos, carecían de competencias. Los “de número” pagaban una cuota de 5 pesetas y 3 pesetas los “adictos”. El local fue alquilado a un vecino de esa localidad a razón de 240 pesetas al año. Para el salón de baile se compró un piano a manubrio (organillo) que costó 325 pesetas. Entre las normas se estableció que “todo socio tendrá que entrar en el local descubierto y se privará de fumar y ninguno podrá entablar conversación con las jóvenes durante el tiempo que estén dentro, si bien pueden hacerlo al bailar. Tampoco podrán acceder con madreñas, palos, cachabas o paraguas ni con armas blancas o de fuego”. Además, “Ningún socio podrá dejar a ninguna moza comprometida de un baile para otro, y será expulsado el que no respetase la norma”. Tampoco se les permitía a los mozos sentarse en el sitio reservado para las mujeres, con el fin de que ninguna joven estuviera de pie a no ser que lo desease. Por su parte, la moza que fuera invitada a bailar tenía que acceder al paisano que la había invitado; de lo contrario, no podría bailar con ningún otro durante el transcurso de esa pieza de baile. Entre los integrantes de aquella insólita asociación, formaban parte el párroco, Pío Alonso y el maestro, Domingo Álvarez. El sonido de un timbre abría la sesión de baile en el salón.
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