Entre la larga lista de libros prohibidos por el Vaticano
una vez desaparecido el Índice se
encontraban, por ejemplo, El Lazarillo de
Tormes; el Prólogo de Emilio Castelar a la Historia General de la Masonería, de G. Danton; la Crítica de la razón pura, de Kant; y, asombrosamente, el Gran Diccionario Universal, de Larousse. La lista sería agotadora por
interminable. Era, según parece, un inventario de libros perniciosos para la fe
y las costumbres. Me asombra que no se diga nada en ese amplio rol sobre las
novelas Marcial Lafuente Estefanía,
donde hubo incontables tiros y muertos. Perdonen la broma. El conocido Index librorum fue publicado por primera vez, a petición el
Concilio de Trento, por Pío IV en 1564.
La última edición data de 1948, aunque no fue hasta 1966 cuando Paulo VI lo suprimió definitivamente y
dejó de ser anatema la lectura de esas obras. Pero pese a la desaparición del Index, el Vaticano hizo públicas nuevas
regulaciones referidos a libros, escritos y medios de difusión que incluyó en
dos artículos (831 y 832) del Código de
Derecho Canónico. El artículo 831, en su apartado primero señala que “sin causa justa y razonable, no escriban
nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto
suelen atacar a la religión católica, o a las buenas costumbres; los clérigos y
los miembros de institutos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del
Ordinario del lugar”. Y en su apartado segundo se señala que “compete a la Conferencia Episcopal
dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos o miembros de
institutos religiosos tomen parte en emisiones de radio o de televisión en las
que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las
costumbres”. En el artículo 832, “los
miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior
mayor, conforme a las normas de las constituciones, para publicar escritos que
se refieren a cuestiones de religión o de costumbres”. A mi entender,
parece inteligente que la Iglesia Católica
pretenda “controlar” las lecturas de su feligresía en materia de fe. Lo que no
comprendo es que, además, intente por todos los medios a su alcance controlar
las costumbres que, como las tradiciones, son tendencias adquiridas a base de
tiempo y que asume toda la comunidad. De hecho, la costumbre es la raíz que
informa al Derecho consuetudinario. La fe, sin embargo, es una virtud
teologal, el conjunto de creencias de
una religión. Pero también existe la fe publica, la fe de vida, la fe púnica,
la mala fe, dar fe, a buena fe, de mala fe, prestar fe, auto de fe, y la fe de
erratas (del latín errata, cosa
errada) que es, a mi entender, el acto de contrición del editor ante el agudo
lector que en nada está dispuesto a dejar pasa por alto un evidente gazapo. La “fe
de erratas”, en rigor siempre necesaria, no debe confundirse con la “fe de
errores”. No quieren decir lo mismo. La fe de erratas, o de referencias
cruzadas, es la lista de deslices generalmente de poca trascendencia observados
en una publicación y suele insertarse al final del texto. Fe de errores, en
cambio, es del mismo paño que información errónea, que aparece en la prensa
escrita con más frecuencia de la deseada. Irrita al lector de diarios y suele
aclararse mediante la oportuna nota de rectificación en la sección “cartas al
dirctor”. En el caso concreto de la Iglesia Católica, con su famoso
Índice, procuró “capar”
intelectualmente a sus fieles creyentes, al tiempo que también intentaba
controlarlos mediante el Sexto
Mandamiento y los regímenes de la castidad, como quedó claro durante nacional-catolicismo, donde se enseñaba
a los españoles que existían tres formas de virtud de la castidad: la de los
esposos, la de las viudas y la de la virginidad. Ya lo decía Ortega respecto a la normalidad
histórica: “El prestigio ganado en un combate evita otros muchos, y no tanto
por el miedo a la física opresión, como por el respeto a la superioridad vital
del vencedor”, o sea.
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