Los desfiles
procesionales de Castilla y León se distinguen por su silencio atronador, y
perdonen el pleonasmo. Entre su acendrada austeridad aparecen cuatro personajes
singulares que solo se dan en esa parte de España. Me refiero, por ejemplo, al Lambrión Chupacandiles, que anuncia las
procesiones de Ponferrada; a Barandales,
que aparecen en cabecera de las procesiones en Zamora equipado con dos
cencerros; o al Pardal, todo un
símbolo en Medina de Rioseco (Valladolid), que se encarga de recoger las
cofradías y dirigir posteriormente las procesiones anunciando la marcha mediante
toques lúgubres de corneta. El nombre (pardal) se cree que le viene dado por el
gorrión, también llamado de esa guisa, que anuncia con su canto la primavera. Tararú, en Palencia, no es un personaje
sino el sonido de una corneta muy larga que se utiliza para llamar a los
cofrades para participar en la Procesión
de Los Pasos. Es equivalente al Merlú
zamorano y a la Ronda leonesa. El Merlú
es una figura emblemática de la Semana Santa zamorana,
consistente en que seis parejas de congregantes de la Cofradía de Jesús Nazareno salen en la madrugada del Viernes Santo
con cornetas y tambores para despertar y reunir a los mayordomos antes de esa
larga, silente y tétrica procesión. De la misma
manera, la Ronda se desarrolla en la ciudad de León en la madrugada del Viernes
Santo. Es un acto singular y único organizado por la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno. Como puede
comprobarse, la Semana Santa española tiene unas peculiaridades típicas, tanto
religiosas como gastronómicas, que siempre sorprenden a los visitantes. Es cultura y tradición a partes iguales. Cada región tiene sus rarezas ancestrales que
las distinguen del resto, aunque en ninguna de ellas falta el fervor popular,
da igual que sea con el retumbar de tambores en Zaragoza, con el profundo
silencio de Zamora, o escuchando el
sonido negro de una saeta salida de un
balcón de Sevilla. Pero una de las cosas más importantes es que haga buen tiempo,
que anime a la gente a salir de sus casas para poder respirar humo de incienso en callejuelas
tortuosas, o ir a una casa de comidas a saborear con la familia a mesa y mantel
un contundente bacalao confitado a baja temperatura con ajo y aceite, asado al
horno, cocinado "al pil-pil" (emulsionando su gelatina) o rebozado,
regado con un vino‘tempranillo’ de
Valdepeñas de precio muy asequible, por ejemplo un ‘Señorío de los Llanos’, crianza (2020), o un tinto‘Colegiata’ (D.O Toro) de Bodegas Fariña. Lo bueno, me refiero a los vinos, no tiene por qué ser caro. El buen bacalao, en cambio, hace tiempo que dejó de ser comida de pobres.
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