domingo, 22 de marzo de 2026

Ya huele a incienso

 

Los desfiles procesionales de Castilla y León se distinguen por su silencio atronador, y perdonen el pleonasmo. Entre su acendrada austeridad aparecen cuatro personajes singulares que solo se dan en esa parte de España. Me refiero, por ejemplo, al Lambrión Chupacandiles, que anuncia las procesiones de Ponferrada; a Barandales, que aparecen en cabecera de las procesiones en Zamora equipado con dos cencerros; o al Pardal, todo un símbolo en Medina de Rioseco (Valladolid), que se encarga de recoger las cofradías y dirigir posteriormente las procesiones anunciando la marcha mediante toques lúgubres de corneta. El nombre (pardal) se cree que le viene dado por el gorrión, también llamado de esa guisa, que anuncia con su canto la primavera. Tararú, en Palencia, no es un personaje sino el sonido de una corneta muy larga que se utiliza para llamar a los cofrades para participar en la Procesión de Los Pasos. Es equivalente al Merlú zamorano y a la Ronda leonesa.  El Merlú es una figura  emblemática de la Semana Santa zamorana, consistente en que seis parejas de congregantes de la Cofradía de Jesús Nazareno salen en la madrugada del Viernes Santo con cornetas y tambores para despertar y reunir a los mayordomos  antes de esa larga, silente y tétrica procesión. De la misma manera, la Ronda se desarrolla en la ciudad de León en la madrugada del Viernes Santo. Es un acto singular y único organizado por la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno. Como puede comprobarse, la Semana Santa española tiene unas peculiaridades típicas, tanto religiosas como gastronómicas, que siempre sorprenden a los visitantes. Es cultura y tradición a partes iguales. Cada región tiene sus rarezas ancestrales que las distinguen del resto, aunque en ninguna de ellas falta el fervor popular, da igual que sea con el retumbar de tambores en Zaragoza, con el profundo silencio de Zamora, o escuchando el sonido  negro de una saeta salida de un balcón de Sevilla. Pero una de las cosas más importantes es que haga buen tiempo, que anime a la gente a salir de sus casas para  poder respirar humo de incienso en callejuelas tortuosas, o ir a una casa de comidas a saborear con la familia a mesa y mantel un contundente bacalao confitado a baja temperatura con ajo y aceite, asado al horno, cocinado "al pil-pil" (emulsionando su gelatina) o rebozado, regado con un vino‘tempranillo’ de Valdepeñas de precio muy asequible, por ejemplo un ‘Señorío de los Llanos’, crianza (2020), o un tinto‘Colegiata’  (D.O Toro) de Bodegas Fariña. Lo bueno, me refiero a los vinos, no tiene por qué ser caro. El buen bacalao, en cambio, hace tiempo que dejó de ser comida de pobres.

 

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