La posible entrada de vientos de componente norte, que arrastran aire cargado de humedad, pueden deslucir las procesiones de Semana Santa en gran parte de España. Los encargados de dar los partes meteorológicos lo suelen contar con la boca pequeña para que no se desanimen los ciudadanos a tomar carreteras, visitar pueblos y gastar lo que no está escrito en bares, restoranes y suvenires. Da igual que la gasolina esté en subida libre y que los precios de los hoteles rocen lo insoportable. La Semana Santa, y todo lo que se representa en los actos ceremoniales, han pasado de causar un subidón casi patológico del fervorín popular a convertirse en un espectáculo donde cada año voy notando que aumenta el machaca de tambores y bombos, el número de miembros de cofradías con nombres muy largos, de terrazas de chinos en las aceras, de prolongados cortes de tráfico, de pitos y de flautas. Los fastos, en honor de lo que sea, se me antojan como un tremendo trastorno social, donde muchos ciudadanos se transforman en un gran performance permanente con hábitos, capirotes y terceroles de casi todos los colores, en torno a unas peanas con cristos con mucha sangre y vírgenes de negro y muy dolorosas, con mares de lágrimas cayéndoles por rostros de escayola barnizada. Y según en qué lugar, las procesiones son silentes y tremendistas, como sucede en Castilla, o llenas de bulla contenida, como en el caso de Andalucía. En todas ellas solo rompe el silencio el sonido de las matracas y de las baquetas golpeando los tersos parches membranófonos de tambores de marcha y de barril variando en sonido desde graves y profundos hasta agudos y resonantes. Lo que sucede es que cuando se mezcla devoción popular, pasión religiosa, tradición cultural, saetas y música sacra, se pasa a un escenario que se aleja de lo espiritual para convertirse en un absoluto negocio y espectáculo. A ello se une la gastronomía según las regiones. Existe todo un recetario: el potaje de vigilia (garbanzos, espinacas y bacalao), las sopas de ajo, las patatas viudas, las torrijas, las monas de Pascua, los pestiños, el hornazo, la purrusalda, la leche frita, los buñuelos de viento, la limonada… Lo cierto es que la variedad de confesiones existentes hoy en España por las migraciones sobrevenidas y la disminución de sentimiento religioso entre los españoles, (según las últimas estadísticas solo el 55% se identifican como católicos) han contribuido a disminuir la religiosidad durante la Pascua Florida. Los datos existentes, además, señalan que en la última década España ha perdido alrededor de 4.000 sacerdotes y 3.000 monjas de clausura pese a que, por el Concordato en vigor, la Iglesia católica recibe alrededor de 11.000 millones de euros de dinero público cada año vía impuestos a través de la asignación tributaria del IRPF (de los que más de 36 millones que se han destinado a Trece TV, propiedad de la Conferencia Episcopal) sin contar a los casi 37.000 profesores de religión (sin necesidad de opositar para ejercer la enseñanza) que contrata y paga el Estado, pero de libre asignación por los obispos. En fin, no quiero acalorarme, que luego me sube la tensión arterial. Cuando los fastos superan a la eficacia, malo.
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