jueves, 14 de mayo de 2026

Mirada serena

 

 

El comentario de un lector de periódicos me ha hecho reflexionar. Dice ese lector que quieren poner medidas restrictivas a la conducción de los mayores de 65 años y, sin embargo, los encargados de hacer las leyes pretenden se jubilen cada vez con más edad. Tiene razón. Hay cosas que no las entiende nadie. Si alguien ha perdido reflejos propios de la edad, no comprendo cómo pueden seguir manejando un puente-grúa, tirando de pico y pala, o enganchando vagones en una estación de ferrocarril. El que pierde reflejos por la edad considero que los pierde para todo.  Pierden reflejos pero ganan experiencia. Queda compensado. Conozco actores que han mejorado en sus interpretaciones con el paso de los años; abuelas capaces de aconsejar a sus hijas con respecto a los nietos con esa sapiencia de aquellos que van de vuelta en la vida; y gente mayor que con una mirada son capaces de saber con quién se juega los cuartos. Son personas que sufrieron la posguerra en sus carnes, las cartillas de racionamiento, que se vieron obligadas a dejar el terruño en busca de un futuro mejor, que malvivieron en casas de adobe sin calefacción ni agua corriente hasta bien entrada la década de los 60, que no pudieron estudiar por falta de recursos de sus padres, que tiraban hacia adelante con cuatro gallinas, seis conejos, la ceba de un cerdo y un pequeño huerto con hortalizas, que se tuvieron que ayudar arriesgándolo todo con el estraperlo, que besaban el pan cuando se les caía al suelo, que veían como algo normal tener sabañones en invierno, que consideraban un festejo familiar compartir un pollo asado con motivo de una boda, o poder disfrutar de un  partido de futbol (en blanco  y negro y con interferencias) en el teleclub municipal de una aldehuela donde nunca pasaba nada. Aunque no se tuviese afición por ese deporte, no importaba. El local disponía de dos estufas catalíticas que mitigaban un frío que calaba hasta los huesos. Se estima que durante aquellos años fallecieron en España  200.000 ciudadanos por inanición o enfermedades asociadas. En aquella época gris la ingesta de alimentos disminuyó un 26 % con respecto a 1933; y, consecuentemente, se incrementaron considerablemente los casos de tifus, tuberculosis y latirismo por el consumo  continuado de harina de almorta. Ahora, cuando veo a un niñato que no da un palo al agua y sostiene, además de un vaso con gin-tonic que con Franco vivíamos mejor, siento ganas de darle un soplamocos. Pero volviendo al principio: de nada sirve tener reflejos (de mechas en plan pijo en su pelambrera, claro) cuando se carece de tristes experiencia sufridas. La vida es la mejor fuente de sabiduría. El anciano silente no necesita diplomas personalizados en papel que simula el pergamino con orla cursi, ni falta que le hace. El que no es capaz de entender una mirada serena de anciano con arrugas en la cara de suela de zapato, tampoco entenderá una larga explicación.

 

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