Me entero y celebro que una comisión bilbilitana presidida por el
alcalde y senador José Manuel Aranda
acudiese ayer viernes al Teatro Real para recoger el diploma correspondiente que acredita
a las fiestas de san Roque de
Calatayud como de ‘Interés Turístico
Nacional’. Hasta entonces lo eran de
‘Interés Turístico Regional’ desde
1994. Para su consecución se estuvo trabajando mucho tiempo en la elaboración de una extenso dosier con la aportación de documentación de
estatutos e historia de todas y cada una de las peñas, el origen y protagonismo
de la Cofradía de san Roque y la
descripción detallada de la romería madrugadora hasta la ermita en la sierra de
Armantes, el cohete volador (chupinazo) que da inicio al programa festivo, los
muñecos de capea, la disponibilidad de alojamientos turísticos y restaurantes en
50 kilómetros a la redonda, etcétera, tendente todo ello a conseguir ese merecedor
reconocimiento turístico. El santo francés del siglo XIV está considerado como
protector de la peste bubónica (causada por la
bacteriaYersinia
pestis, transmitida por las
pulgas que portaban las ratas negras comunes ocultas en los barcos) y se le suele representar en los altares con hábito de
peregrino (con bastón, sombrero, y concha) mostrando con un dedo una llaga en
una pierna y acompañado de un perro con un pan en la boca. Murió en Montpellier
el 15 de agosto de 1378. El calificativo de ‘negra’ a aquella peste era
debido a las manchas, bubones y al aspecto producido por la gangrena en los
dedos de manos y pies. El culto a san Roque fue consecuencia del miedo
generalizado y de de la falta de explicaciones científicas, que llevó a culpar
a factores sobrenaturales, castigos divinos o a chivos expiatorios como las
minorías extranjeras, además de propiciar el movimiento de los ‘flagelantes’, penitentes que recorrían
las ciudades azotándose públicamente para aplacar la ira divina. Tomaron su
nombre de los ‘flagella’, látigos de
tres puntas que se usaban para arrear a los animales de tiro, convencidos de
que las medidas recomendadas por la Iglesia católica, (rezar gorigoris y
practicar sacramentos) no conseguían el resultado perseguido, o sea, sanar. Hay
que recordar que la peste fue la causa de que muriesen cerca de 200 millones de
personas en Eurasia y el norte de África en el siglo XIV y que alcanzó un punto máximo entre 1347 y 1353, diezmando
aldeas enteras y desestabilizando la economía feudal. Pero no deseo terminar hoy
mi exposición sin señalar, para aquel que lo desconozca, que el patrón de
Calatayud no es san Roque sino san Íñigo
de Oña. Ya lo dice el refrán: “Unos tienen
la fama y otros cardan la lana”. Algo parecido a lo que sucede en Pamplona
con san Fermín de Amiens (cuya leyenda
no llegó a Pamplona hasta el siglo XII, cuando el obispo Pedro de París llevó en 1186 de Amiens a Pamplona una reliquia de
la cabeza del santo) y san Saturnino
de Tolosa. En realidad, esta fiesta,
la de san Fermín, mezcla la leyenda del martirio de san Saturnino y el toro,
con la de la decapitación de san Fermín. El pañuelo rojo atado alrededor del
cuello de los participantes recuerda la decapitación de san Fermín, que es
copatrón de toda Navarra, compartiendo este título con san Francisco Javier desde que el papa Alejandro
VII tuviera que intervenir en 1657 para poner fin a tres décadas de
polémicas que dividieron a los pueblos e instituciones navarras, entre
partidarios de uno u otro santo: Los partidarios de san Fermín (el Cabildo y el
Ayuntamiento de Pamplona) y los que pugnaban por san Francisco Javier (los
jesuitas y la Diputación de Navarra). Dicho conflicto nació del fervor popular
motivado por la canonización de Francisco Javier y en un contexto de renovación
de la Iglesia. Se argumentaron todo tipo de razonamientos a favor y en contra
del patronazgo de uno u otro santo, posturas que eran opuestas e
irreconciliables. El asunto se zanjó de forma salomónica con el nombramiento compartido de los dos
santos como copatrones de Navarra en aquel año. Siento que mi amigo y cronista José Verón y mi amigo, también cronista, Pedro Montón, a los que siempre conservo en mi memoria, no hayan podido compartir tan importante logro de todos los bilbilitanos. Aprovecho, por aquello de ir por atún y ver al duque, para recordar a su alcalde, señor Aranda, que me tiene a su disposición para lo que guste.
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