sábado, 26 de septiembre de 2026

La fama y la lana

 

Me entero y celebro que una comisión bilbilitana presidida por el alcalde y senador José Manuel Aranda acudiese ayer viernes al Teatro Real para recoger el diploma correspondiente que acredita a las fiestas de san Roque de Calatayud como de ‘Interés Turístico Nacional’.  Hasta entonces lo eran de ‘Interés Turístico Regional’ desde 1994. Para su consecución se estuvo trabajando mucho tiempo en la elaboración de una extenso dosier con la aportación de documentación de estatutos e historia de todas y cada una de las peñas, el origen y protagonismo de la Cofradía de san Roque y la descripción detallada de la romería madrugadora hasta la ermita en la sierra de Armantes, el cohete volador (chupinazo) que da inicio al programa festivo, los muñecos de capea, la disponibilidad de alojamientos turísticos y restaurantes en 50 kilómetros a la redonda, etcétera, tendente todo ello a conseguir ese merecedor reconocimiento turístico. El santo francés del siglo XIV está considerado como protector de la peste bubónica (causada por la bacteriaYersinia pestis, transmitida por las pulgas que portaban las ratas negras comunes ocultas en los barcos) y se le suele representar en los altares con hábito de peregrino (con bastón, sombrero, y concha) mostrando con un dedo una llaga en una pierna y acompañado de un perro con un pan en la boca. Murió en Montpellier el 15 de agosto de 1378. El calificativo de ‘negra’ a aquella peste era debido a las manchas, bubones y al aspecto producido por la gangrena en los dedos de manos y pies. El culto a san Roque fue consecuencia del miedo generalizado y de de la falta de explicaciones científicas, que llevó a culpar a factores sobrenaturales, castigos divinos o a chivos expiatorios como las minorías extranjeras, además de propiciar el movimiento de los ‘flagelantes’, penitentes que recorrían las ciudades azotándose públicamente para aplacar la ira divina. Tomaron su nombre de los ‘flagella’, látigos de tres puntas que se usaban para arrear a los animales de tiro, convencidos de que las medidas recomendadas por la Iglesia católica, (rezar gorigoris y practicar sacramentos) no conseguían el resultado perseguido, o sea, sanar. Hay que recordar que la peste fue la causa de que muriesen cerca de 200 millones de personas en Eurasia y el norte de África en el siglo XIV y que alcanzó un punto máximo entre 1347 y 1353, diezmando aldeas enteras y desestabilizando la economía feudal. Pero no deseo terminar hoy mi exposición sin señalar, para aquel que lo desconozca, que el patrón de Calatayud no es san Roque sino san Íñigo de Oña. Ya lo dice el refrán: “Unos tienen la fama y otros cardan la lana”. Algo parecido a lo que sucede en Pamplona con san Fermín de Amiens (cuya leyenda  no llegó a Pamplona hasta el siglo XII, cuando el obispo Pedro de París llevó en 1186 de Amiens a Pamplona una reliquia de la cabeza del santo) y san Saturnino de Tolosa. En realidad, esta fiesta, la de san Fermín, mezcla la leyenda del martirio de san Saturnino y el toro, con la de la decapitación de san Fermín. El pañuelo rojo atado alrededor del cuello de los participantes recuerda la decapitación de san Fermín, que es copatrón de toda Navarra, compartiendo este título con san Francisco Javier desde que  el papa Alejandro VII tuviera que intervenir en 1657 para poner fin a tres décadas de polémicas que dividieron a los pueblos e instituciones navarras, entre partidarios de uno u otro santo: Los partidarios de san Fermín (el Cabildo y el Ayuntamiento de Pamplona) y los que pugnaban por san Francisco Javier (los jesuitas y la Diputación de Navarra). Dicho conflicto nació del fervor popular motivado por la canonización de Francisco Javier y en un contexto de renovación de la Iglesia. Se argumentaron todo tipo de razonamientos a favor y en contra del patronazgo de uno u otro santo, posturas que eran opuestas e irreconciliables. El asunto se zanjó de forma salomónica con el nombramiento compartido de los dos santos como copatrones de Navarra en aquel año. Siento que mi amigo y cronista José Verón y mi amigo, también cronista, Pedro Montón, a los que siempre conservo en mi memoria, no hayan podido compartir tan importante logro de todos los bilbilitanos. Aprovecho, por aquello de ir por atún y ver al duque, para recordar a su alcalde, señor Aranda, que me tiene a su disposición para lo que guste.

 

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