La Junta de Castilla y
León destina cada año una determinada cantidad de dinero para sostenimiento del
único bar existente en muchas aldeas de ese extenso y poco poblado territorio.
No cabe duda de que para muchos pueblos pequeños el bar constituye el único centro
de reunión, donde unos y otros pueden contarse sus cuitas. Es, por decirlo de
alguna manera, el cuarto de estar común o el living-comedor donde se pueden echar partidas de cartas o tomar un café
expreso decente para hacer más llevadera una soledad senil y fosilizada que, de otro modo,
resultaría casi insoportable. Un conocido andaluz me contaba que “existen tres
clases de cafés: el café, el café-café y el café por la gloria de mi madre”.
Las aldeas envejecen lentamente, la carencia de servicios esenciales es
manifiesta y, salvo los centros de recreo, en este caso los bares o los viejos teleclubes, son los únicos lugares de encuentro,
además de la parroquia, si es que llega el cura, las esperas callejeras a la
furgoneta de reparto de pan, o la sala de espera los días que señalados para la
consulta médica, si es que llega el médico. Leo en el diario que dirige Joaquín Sánchez Torné con maestría
que “León es la provincia de esa comunidad que más
ayudas ha recibido de la Junta para los bares y centros de ocio. En concreto,
la provincia suma 232 ayudas, por un importe total de 696.000 euros. De esta
cantidad, 117.000 han sido para núcleos principales, mientras que los 579.000
restantes han recaído en pedanías, según datos en los que se detalla que son
102 municipios los beneficiados con esta iniciativa”. En todos los casos,
con esas ayudas se pretende garantizar la continuidad de esos lugares de encuentro
sin interferir en la libre competencia. Como sostiene Miguel Ángel González Gago, consejero
de Presidencia de la Junta, “en una aldea sin bar la vida se hace muy difícil.
Son espacios comunes en los que se conversa, se mantienen relaciones sociales y
se comparte buena parte de la vida cotidiana, pero también donde tienen lugar
actividades culturales, celebraciones y otras iniciativas que contribuyen a
mantener vivos los pueblos”. Por desgracia, existen aldeas donde ya no quedan
escuelas ni niños ni gorriones ni luz al final del túnel, y en las tortuosas
callejuelas silentes solo se percibe el ladrido de los perros y el silbante
sonido del viento que corta como un templado cuchillo de Albacete. Como le contestó Manolete
a su mozo de espadas, Guillermo González
Luque (que hasta el último día de su vida vistió luto por él) una mañana recién regresados de América, cuando éste le
preguntó al maestro sobre por qué estaba tan callado, y Manolete le respondió con un lacónico: “Mejor se está sin decir ná”. Ese es
el verdadero silencio mudo que carece de alma y encierra con siete llaves en sus adentros la melancolía, distinto al 'sonío negro', sobre el que decía el jerezano Manuel Torre que 'tenía duende' y que con sus seguriyas "hería" el aire en la tasca trianera donde cantaba.
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